Capítulo 32 #3
—Y así llegó la guerra —prosiguió—. Los Cinco Sabios se dividieron, uniéndose a bandos distintos. Algunos reinos obtuvieron el uso de los sinvidas, mientras que otros no. Algunos reinos tenían armas que los otros solo podían envidiar.
»Para responder a la pregunta del dios, mi historia le atribuye solo otro motivo a la Multiguerra: la capacidad de crear sinvidas a tan bajo precio.
Antes del descubrimiento del Mandato de un solo aliento, los sinvidas requerían cincuenta.
Los soldados, incluso los sinvidas, son de uso limitado si solo puedes obtener uno por cada cincuenta hombres que tienes.
No obstante, poder crear un sinvida con un solo aliento…
uno por uno… eso duplicaría las tropas. Y la mitad de esas tropas no necesitaría comer.
El metal dejó de caer.
—Los sinvidas no son más fuertes que los hombres vivos —añadió Hoid—.
Son iguales. No son más hábiles que los hombres vivos.
Son iguales. Sin embargo, ¿no tener que comer como los hombres vivos?
Esa ventaja era enorme. Añádele a eso con su capacidad de no sentir nunca dolor ni miedo…
y de repente tienes un ejército prácticamente invencible.
Kalad llevó eso aún más lejos, pues se dice que creó un nuevo tipo más poderoso de sinvida, procurándose una ventaja aún más aterradora.
—¿Qué clase de nuevo sinvida? —preguntó Siri, curiosa.
—Nadie lo recuerda, majestad —respondió Hoid—.
Los registros de esos tiempos se han perdido.
Hay quien dice que los quemaron a propósito.
Fuera cual fuese la auténtica naturaleza de los fantasmas de Kalad, eran temibles e imponentes…
tanto que, aunque los detalles se perdieran en el tiempo, los propios fantasmas viven aún en nuestro acervo. Y en nuestras maldiciones.
—¿De verdad existen todavía, por ahí fuera? —preguntó Siri, estremeciéndose un poco, lanzando una mirada hacia las junglas que no podía ver—. Es lo que dicen las historias, ¿no? ¿Un ejército invisible, esperando a que Kalad regrese para Mandarlos de nuevo?
—Por desgracia —respondió Hoid—, yo solo puedo contar historias. Como os decía, hemos perdido mucho de aquella época.
—Pero sabemos de la familia real —dijo Siri—. Se separaron porque no estaban de acuerdo con lo que hacía Kalad, ¿no? ¿Vieron problemas morales en el uso de los sinvidas?
El narrador vaciló.
—Bueno, sí —contestó por fin, con una sonrisa asomando entre su barba—. Así fue, majestad.
Ella alzó una ceja.
—Psst —apuntó Sondeluz, inclinándose—. Te está mintiendo.
—Divina gracia —dijo el maestro, haciendo una profunda reverencia—. Os pido perdón. ¡Hay explicaciones divergentes! Yo solo soy un narrador de historias, de todas las historias.
—¿Y qué dicen las otras historias? —preguntó Siri.
—Ninguna coincide con las otras, majestad.
Vuestro pueblo habla de indignación religiosa y de traición por parte de Kalad el Usurpador.
El pueblo de Pahn Kahl afirma que la familia real hizo todo tipo de esfuerzos para conseguir poderosos sinvidas y despertantes, y que luego se sorprendieron cuando sus herramientas se volvieron contra ellos.
En Hallandren cuentan que la familia real se alineó con Kalad, lo nombró su general y desoyó la voluntad del pueblo al buscar la guerra con tanta ansia de sangre.
Hoid alzó la cabeza y empezó a dejar caer dos puñados de negro carbón quemado.
—Pero el tiempo arde a nuestra espalda, dejando solo ceniza y memoria. Esa memoria pasa de mente en mente y por fin llega a mis labios. Cuando todo es verdad y todo es mentira, ¿importa que algunos digan que la familia real quería crear sinvidas? Lo que creáis os pertenece solo a vos.
—En todo caso, los retornados tomaron el control de Hallandren —dijo ella.
—Sí —confirmó Hoid—. Y le dieron un nuevo nombre, una variación del antiguo. Sin embargo, algunos hablan todavía con pesar de la realeza que partió, llevándose la sangre del Primer Retornado a sus tierras altas.
Siri frunció el ceño.
—¿Cómo que la sangre del Primer Retornado?
—Sí, por supuesto —dijo Hoid—. Fue su esposa, embarazada de su hijo, la primera en convertirse en reina de esta tierra. Vos sois su descendiente.
Siri se reclinó. Sondeluz se volvió, curioso.
—¿No lo sabías? —preguntó, en un tono que carecía de su habitual frivolidad.
Ella negó con la cabeza.
—Si mi pueblo conoce ese hecho, nunca se habla de ello.
Sondeluz pareció encontrarlo interesante. Abajo, los sacerdotes pasaban a un tema diferente, algo sobre la seguridad en la ciudad y el aumento de las patrullas en los suburbios.
Siri sonrió, advirtiendo que había una manera sutil de hacer las preguntas que realmente quería formular.
—Eso quiere decir que los reyes-dioses de Hallandren continuaron sin la sangre del Primer Retornado.
—Sí, majestad —respondió Hoid.
—¿Y cuántos reyes-dioses ha habido?
—Cinco, majestad. Incluyendo a su inmortal majestad, Susebron el Grande, pero excluyendo a Dalapaz.
—¿Cinco reyes en trescientos años? —preguntó ella.
—Así es, majestad —dijo Hoid, sacando un puñado de polvo dorado y dejándolo caer ante él—.
La dinastía de Hallandren se fundó al término de la Multiguerra, y el primer rey-dios obtuvo su vida y su aliento del propio Dalapaz, a quien reverenciaban por dispersar a los fantasmas de Kalad y poner un final pacífico a la Multiguerra.
Desde ese día, cada rey-dios ha engendrado un hijo nacido muerto que luego retorna y toma su lugar.
Siri se inclinó hacia delante.
—Un momento. ¿Cómo creó Dalapaz a un nuevo rey-dios?
—Ah —dijo Hoid, cambiando a la arena de la mano izquierda—.
Esa sí que es una historia perdida en el tiempo.
¿Cómo, en efecto? El aliento puede pasar de una persona a otra, pero no convierte a nadie en una deidad, por mucho que se tenga.
Las leyendas dicen que Dalapaz murió al concederle su aliento a su sucesor.
Al fin y al cabo, ¿no puede dar un dios su vida para bendecir a otro?
—No es exactamente un signo de estabilidad mental, en mi opinión —intervino Sondeluz, e hizo un gesto para que trajeran más uvas—. No estás favoreciendo la confianza en nuestros predecesores, narrador. Además, aunque un dios entregue su aliento, eso no convierte en divino al receptor.
—Yo solo cuento historias, divina gracia —repitió Hoid—. Puede que haya verdades, puede que haya ficciones. Lo único que sé es que las historias existen y que debo contarlas.
«Con tanto teatro como sea posible», pensó Siri, viendo cómo Hoid metía la mano en otro bolsillo más y sacaba un puñado de trocitos de tierra y hierba. Dejó que todo cayera lentamente entre sus dedos.
—Hablo de fundamentos, divina gracia —dijo Hoid—.
Dalapaz no era un retornado corriente, pues consiguió impedir que los sinvidas se desmadraran.
De hecho, dispersó a los fantasmas de Kalad, que formaban el grueso principal del ejército de Hallandren.
Al hacerlo, dejó desvalido a su propio pueblo.
Lo hizo en un esfuerzo por traer la paz.
A esas alturas, ya era demasiado tarde para Kuth y Huth.
Sin embargo, los otros reinos, es decir, Pahn Kahl, Tedradel, Gys y el propio Hallandren, abandonaron el conflicto.
»¿Acaso no es legítimo suponer más acerca de este dios de dioses que tanto fue capaz de lograr? Tal vez sí que hizo algo único, como afirman los sacerdotes. Tal vez dejó alguna semilla dentro de los reyes-dioses de Hallandren que les permitía transmitir su poder y su divinidad de padres a hijos.
«Un legado que les daría un poderoso argumento a favor de su derecho al trono —pensó Siri, metiéndose una uva en la boca—.
Con un dios tan asombroso como progenitor, podrían convertirse en reyes-dioses.
Y lo único que podría amenazarlos sería…
la familia real de Idris, que al parecer se remonta al Primer Retornado.
Otro legado de divinidad, otra contendiente para el legítimo gobierno de Hallandren».
Eso no explicaba cómo habían muerto los reyes-dioses. Ni tampoco por qué algunos dioses, como Vo, el Primer Retornado, podían engendrar hijos, mientras que otros no.
—Son inmortales, ¿correcto? —preguntó.
Hoid asintió, dejando caer el resto de hierba y tierra sin perder comba y señalando el cambio de tema al sacar un puñado de polvo blanco.
—En efecto, majestad. Como todos los retornados, los reyes-dioses no envejecen. La atemporalidad es un don para quienes alcanzan la quinta elevación.
—Pero ¿por qué ha habido cinco reyes-dioses? —preguntó Siri—. ¿Por qué murió el primero?
—¿Por qué fallece cualquier retornado, majestad? —replicó Hoid.
—Porque están chalados —dijo Sondeluz.
El narrador sonrió.
—Porque se cansan. Los dioses no son como la gente corriente. Vuelven por nosotros, no para sí mismos, y cuando ya no pueden soportar la vida, mueren. Los reyes-dioses solo viven el tiempo que tardan en engendrar un heredero.
Siri se sobresaltó.
—¿Y eso es un conocimiento general? —preguntó, y se encogió un poco al pensar que quizá el comentario fuese sospechoso.
—Por supuesto, majestad —dijo Hoid—. Al menos, entre los narradores de historias y los eruditos.
Cada rey-dios ha abandonado este mundo poco después de que naciera su hijo y heredero.
Es natural. Una vez llegado el heredero, el rey-dios se inquieta.
Todos han buscado una oportunidad de usar su aliento en beneficio del reino. Y entonces…
Alzó una mano y chasqueó los dedos, haciendo salpicar una pizca de agua que se disolvió en bruma.
—Y entonces mueren —concluyó—, dejando a su pueblo bendecido y a su heredero para que gobierne.
El grupo quedó en silencio mientras la bruma se evaporaba delante de Hoid.
—No es exactamente el asunto más agradable que explicarle a una recién casada, maestro narrador —advirtió Sondeluz—. ¡Mira que decirle que su marido se aburrirá de la vida en cuanto ella le dé un hijo!
—No pretendo ser encantador, divina gracia —respondió Hoid, inclinando la cabeza. A sus pies, los diversos polvos, arenas y purpurinas se mezclaron, movidos por la leve brisa—. Yo solo cuento historias. Esta la conoce casi todo el mundo. Diría que a su majestad le interesará conocerla también.
—Gracias —dijo Siri en voz baja—. Me alegro de que me lo hayas contado. Dime, ¿dónde aprendiste este… método narrativo tan inusual?
Hoid alzó la cabeza, sonriente.
—Lo aprendí hace muchísimos años de un hombre que no sabía quién era, majestad. Fue en un lugar lejano donde se encuentran dos tierras y han muerto deidades. Pero eso no tiene importancia.
Ella atribuyó la vaga explicación al deseo de Hoid de crearse un pasado adecuadamente misterioso y romántico. Le resultaba mucho más interesante lo que había dicho sobre la muerte de los reyes-dioses.
«Así que hay una explicación oficial —pensó, con un nudo en el estómago—.
Y lo cierto es que es bastante buena. Teológicamente, tiene sentido que los reyes-dioses desaparezcan cuando han establecido un heredero adecuado.
Pero eso no explica cómo es que el Tesoro de Dalapaz, esa inmensa cantidad de aliento, pasa de un rey-dios a otro si no tienen lengua.
Y no explica por qué un hombre como Susebron iba a cansarse de la vida, cuando parece tan entusiasmado con ella».
La historia oficial funcionaría bien para quienes no conocían al rey-dios. A Siri le parecía coja. Susebron nunca haría una cosa así. Ya no.
Sin embargo… ¿cambiarían las cosas si ella le daba un hijo? ¿Se cansaría Susebron de ella tan fácilmente?
—Tal vez deberíamos desear que el viejo Susebron fallezca, mi reina —dijo Sondeluz en tono distraído, moviendo las uvas—.
Sospecho que te has visto forzada a todo esto.
Si él muriera, quizá incluso podrías volver a casa.
Aquí no ha pasado nada, hay gente que sana y un nuevo heredero en el trono. Todo el mundo está feliz o muerto.
Los sacerdotes continuaban discutiendo abajo. Hoid hizo una reverencia, esperando el permiso para marcharse.
«Feliz… o muerto». A Siri se le retorció el estómago.
—Disculpadme —dijo, poniéndose en pie—. Me gustaría caminar un poco. Gracias por tu historia, Hoid.
Y así, seguida de su séquito, Siri abandonó rauda el pabellón, para evitar que Sondeluz viera sus lágrimas.