Capítulo 32
abía un hueco en la alcoba en vez del rey-dios, siempre que ella despertaba.
Siri yacía en la honda y mullida cama, mientras la luz matutina se colaba por la ventana.
El día calentaba ya, e incluso su única sábana era demasiado calurosa. La apartó, pero permaneció en la cama, contemplando el techo.
Por la luz del sol, supo que era casi mediodía. Susebron y ella solían permanecer despiertos hasta tarde, hablando. Supuso que era bueno. Alguien podría reparar en que se levantaba cada vez más tarde por las mañanas y suponer que se debía a otras actividades.
Se desperezó. Al principio había sido raro comunicarse con el rey-dios.
Sin embargo, a medida que los días avanzaban, le resultaba más y más natural.
Encontraba enternecedora su escritura, sus letras indecisas y poco practicadas que plasmaban unos pensamientos tan interesantes.
Si Susebron hablara, Siri sospechaba que su voz sería amable.
Era muy tierno. Siri no se lo habría esperado en la vida.
Sonrió y volvió a hundirse en la almohada, deseando que él aún estuviera allí cuando despertaba. Era feliz. Otra cosa que jamás se habría esperado de Hallandren. Añoraba las tierras altas, y la prohibición de salir de la Corte de los Dioses la frustraba, sobre todo considerando la política.
Sin embargo, había otras cosas. Cosas maravillosas.
Los colores brillantes, los artistas, la abrumadora experiencia de T’Telir.
Y la oportunidad de hablar con Susebron cada noche.
El descaro de Siri había sido una vergüenza y un bochorno para su familia, pero Susebron lo encontraba fascinante, incluso seductor.
Volvió a sonreír, permitiéndose soñar. Sin embargo, la vida real empezó a interferir.
Susebron corría peligro. Un peligro real y serio.
Se negaba a creer que sus sacerdotes pudieran ser una amenaza o tenerle algún tipo de malicia.
Esa misma inocencia que lo hacía tan atractivo era también un punto débil terrible.
Pero ¿qué hacer? Nadie más conocía los apuros de Susebron. Solo había una persona que podía ayudarle. Esa persona, por desgracia, no estaba preparada para la tarea. Siri se había saltado sus lecciones y había llegado a su destino sin ninguna preparación.
«¿Y qué?», susurró una parte de su mente.
Siri miró al techo. Estaba costándole avergonzarse como acostumbraba por haber esquivado sus clases. Había cometido un error, sí. ¿Cuánto tiempo iba a perder deprimiéndose, molesta consigo misma por algo hecho y pasado?
«Muy bien —se dijo—. Basta de excusas. Quizá no esté tan bien preparada como debería, pero estoy aquí y tengo que hacer algo. Porque nadie más lo hará».
Se levantó de la cama, pasándose los dedos por el cabello.
A Susebron le gustaba largo; le parecía tan fascinante como a las criadas de Siri.
Teniéndolas para ayudarla con su cuidado, la longitud merecía la pena.
Se cruzó de brazos y empezó a caminar por la habitación en camisola.
Tenía que seguirles el juego. Odiaba pensar así.
«Juego» implicaba pequeños riesgos. Aquello no era ningún juego. Se trataba de la vida del rey-dios.
Rebuscó en su memoria hasta rescatar los fragmentos que pudo de sus lecciones.
La política era cuestión de intercambios.
Era dar lo que tenías, o lo que dabas a entender que tenías, para conseguir más.
Era como ser mercader. Empezabas con unas ciertas existencias y al final del año esperabas haberlas acrecentado.
O tal vez incluso haberlas cambiado por otras existencias totalmente distintas y mejores.
«No hagas demasiado ruido hasta que estés lista para atacar», le había aconsejado Sondeluz. Le había dicho que no pareciera demasiado inocente, pero tampoco demasiado lista. Que el truco era quedarse en la media.
Se detuvo junto a la cama para recoger las colchas y arrojarlas al fuego moribundo de la chimenea, como era su deber diario.
«Intercambios —pensó, viendo las sábanas encenderse en el gran hogar—. ¿Qué tengo yo para poder comerciar o intercambiar? No mucho».
Tendría que apañárselas.
Fue a la puerta y la abrió. Como de costumbre, varias sirvientes esperaban fuera. Las doncellas de siempre la rodearon, trayendo ropa. Otras mujeres entraron a limpiar la habitación. Varias de esas vestían de marrón.
Mientras sus criadas le ponían la ropa, Siri observó a una de las muchachas de marrón. En un momento dado, se acercó y le puso una mano en el hombro a la chica.
—Tú eres de Pahn Kahl —dijo en voz baja.
La muchacha asintió, sorprendida.
—Tengo que darte un mensaje que quiero que le entregues a Dedosazules —susurró Siri—. Dile que tengo información vital que debe conocer. Me gustaría negociar. Dile que esto puede cambiar drásticamente sus planes.
La muchacha palideció, pero asintió de nuevo, y Siri se apartó de ella para continuar vistiéndose.
Varias mujeres habían oído la conversación, pero era un precepto sagrado de la religión hallandrense que el servicio de un dios no repitiera lo que oía en confianza.
Con un poco de suerte, aquellas mujeres lo cumplirían.
Si no, bueno, en realidad Siri tampoco había revelado tanto.
Solo le quedaba decidir qué «información vital» tenía, y por qué debería interesarle a Dedosazules.
—¡Mi querida reina! —exclamó Sondeluz, atreviéndose a abrazar a Siri cuando ella llegó a su palco en el anfiteatro.
Ella sonrió mientras Sondeluz le indicaba que se sentara en uno de sus divanes. Siri lo hizo con cuidado. Empezaban a gustarle los elaborados vestidos de Hallandren, pero moverse grácil con ellos requería bastante habilidad. Mientras se sentaba, Sondeluz pidió fruta.
—Me tratas demasiado bien —dijo Siri.
—Tonterías —replicó él—. ¡Eres mi reina! Además, me recuerdas a alguien a quien apreciaba mucho.
—¿A quién?
—La verdad es que no tengo ni idea —dijo él, aceptando un plato de uvas cortadas, que luego tendió a Siri—. Apenas puedo recordarla. ¿Uvas?
Siri alzó una ceja, pero había aprendido a no animarlo demasiado.
—Dime —pidió, usando un palillo de madera para pinchar sus rodajas de uva—, ¿por qué te llaman Sondeluz el Audaz?
—Eso tiene respuesta fácil —dijo él, acomodándose—. Es porque, de entre todos los dioses, soy el único lo bastante audaz para actuar como un completo idiota.
Siri alzó una ceja de nuevo.
—Mi posición requiere de auténtico valor —continuó él—.
Verás, normalmente soy una persona bastante solemne y aburrida.
De noche, mi mayor deseo es sentarme y componer unos sermones interminablemente perifrásticos acerca de la moralidad para que mis sacerdotes se los lean a mis seguidores.
Por desgracia, no puedo. En cambio, salgo todas las noches, abandonando la teología didáctica en favor de algo que requiere auténtico valor: pasar tiempo con los otros dioses.
—¿Por qué requiere eso valor?
Él la miró.
—Señora mía, ¿has visto lo aburridísimos que pueden ser todos ellos?
Siri rio.
—Venga, en serio —dijo—. ¿De dónde procede el nombre?
—Es de lo más inadecuado. Sin duda, eres lo bastante inteligente para verlo. Nuestros nombres y títulos los asigna al azar un monito al que le suministran grandes dosis de ginebra.
—Ahora estás diciendo bobadas.
—¿Ahora? ¿Ahora? —Sondeluz alzó una copa de vino hacia ella—. Querida, yo digo bobadas siempre. ¡Por favor, ten la amabilidad de retirar esas palabras!
Siri negó con la cabeza. Al parecer, el dios estaba muy en forma esa tarde. «Magnífico —pensó—. Mi marido corre peligro de que lo asesinen fuerzas desconocidas y mis únicos aliados son un escriba que me tiene miedo y un dios que solo dice sandeces».
—Tiene que ver con la muerte —dijo Sondeluz por fin mientras los sacerdotes empezaban a entrar en el anfiteatro para la ronda de debates de ese día.
Ella lo miró.
—Todo el mundo muere —añadió él—. Algunos, sin embargo, mueren de formas que ejemplifican un atributo o una emoción concreta. Muestran una chispa de algo más grande que el resto de la humanidad. Se dice que eso es lo que nos trae de vuelta.
Guardó silencio.
—¿Moriste mostrando gran valentía, entonces? —preguntó Siri.
—Eso parece —dijo Sondeluz—. No lo sé seguro. Algo en mis sueños sugiere que puede que insultara a una pantera muy grande. Eso parece bastante valiente, ¿no crees?
—¿No sabéis cómo moristeis?
Él negó con la cabeza.
—Lo olvidamos. Despertamos sin recuerdos. Ni siquiera sé en qué trabajaba.
Siri sonrió.
—Sospecho que eras algún tipo de diplomático o vendedor. ¡Algo que requería que hablaras mucho, pero dijeras muy poco!
—Ya —dijo él en voz baja, en una actitud muy poco propia de él mientras contemplaba a los sacerdotes abajo—. Sí, sin duda, eso era exactamente… —Sacudió la cabeza y luego sonrió—. ¡De todas formas, mi querida reina, hoy tengo preparada una sorpresa para ti!
«¿Quiero que Sondeluz me sorprenda?». Siri miró nerviosa a su alrededor. Él se echó a reír.
—No tienes nada que temer —dijo—. Mis sorpresas rara vez causan lesiones corporales, y nunca a reinas hermosas.
Movió la mano, y entonces un hombre mayor con una barba blanca extraordinariamente larga se acercó.
Siri frunció el ceño.
—Este es Hoid —lo presentó Sondeluz—, maestro narrador. Creo recordar que había algunas preguntas que deseabas hacer…
Siri rio aliviada, recordando por fin la petición que le había hecho a Sondeluz. Miró a los sacerdotes de abajo.
—Hum, ¿no deberíamos prestar atención a los discursos?
El dios hizo un gesto de indiferencia.
—¿Prestar atención? ¡Ridículo! Eso sería demasiado responsable por nuestra parte.
Somos dioses, por el amor de los Colores.
O, bueno, al menos yo lo soy. Tú casi. Eres diosa política, como si dijéramos.
De todas formas, ¿de verdad quieres escuchar a un puñado de sacerdotes envarados hablando sobre tratamiento de residuos?
Ella hizo una mueca.