Capítulo 31 #3
Los tres sinvidas avanzaron hacia ella con las armas desenvainadas. Vivenna miró al suelo. Un trozo de cuerda, deshilachado pero útil todavía, reposaba en la basura cerca de la falda verde que había tirado.
Como todo lo demás, la cuerda la llamaba. Como si supiera que podía volver a vivir. Vivenna no podía sentir a los sinvidas que se cernían sobre ella, pero, por extraño que le resultara, sí que sentía la cuerda. Podía imaginarla retorciéndose alrededor de piernas, atando a las criaturas.
«Esos alientos que tienes —le había dicho Denth— son una herramienta». Casi sin precio. Sin duda poderosos…
Vivenna miró de nuevo a los sinvidas, con sus ojos inhumanamente humanos. El corazón le latía con tanta fuerza que parecía que alguien le martilleara el pecho. Los vio acercarse.
Y vio su muerte reflejada en aquellos ojos insensibles.
Con lágrimas en el rostro, cayó de rodillas, temblando mientras agarraba la cuerda. Conocía lo básico. Sus tutores se lo habían enseñado. Necesitaría tocar la falda caída para absorber su color.
—Ven a la vida —le suplicó a la cuerda.
No sucedió nada.
Parecía evidente que no bastaba con conocer lo básico. Lloró, con la visión borrosa.
—Por favor —suplicó—. Por favor. Sálvame.
El primer sinvida la alcanzó, el que le había cortado el paso al final del callejón. Vivenna se encogió, acuclillándose hacia el sucio suelo.
La criatura saltó por encima de ella.
Vivenna alzó la cabeza y vio perpleja cómo la criatura descargaba su arma contra otro sinvida que llegaba. Vivenna parpadeó para quitarse las lágrimas y solo entonces reconoció al recién llegado.
No era Denth. No era Tonk Fah. Era una criatura de piel tan gris como la de los hombres que la atacaban, y por eso no lo había reconocido al principio.
Tarugo.
Decapitó hábilmente a su primer oponente, blandiendo su espada de gruesa hoja. Un líquido claro brotó del cuello de la criatura descabezada mientras se desplomaba de espaldas. Muerta, al parecer, como cualquier ser humano.
Tarugo bloqueó un tajo del guardia sinvida restante. Detrás, en la boca del callejón, aparecieron dos más. Embistieron mientras Tarugo retrocedía y plantaba un pie con firmeza a cada lado de Vivenna, empuñando la espada ante él. De ella goteaba un líquido claro.
El guardia sinvida restante esperó a que los otros dos se acercaran.
Vivenna tembló, demasiado cansada y aturdida para huir.
Alzó la mirada y vio algo casi humano en los ojos de Tarugo al levantar su espada contra los tres guardias.
Era la primera emoción que veía en un sinvida, aunque tal vez fuesen imaginaciones suyas.
Vio determinación.
Los tres atacaron. Vivenna había supuesto, en su ignorancia allá en Idris, que los sinvidas eran como cadáveres putrefactos o esqueletos. Los había imaginado atacando en oleadas, sin habilidad, pero con un poder oscuro e implacable.
Estaba equivocada. Aquellas criaturas se movían con soltura y coordinación, igual que lo haría un humano.
Excepto que no hablaban. No gritaban ni gruñían.
Solo hubo silencio, mientras Tarugo repelía un ataque e incrustaba el codo en la cara de un segundo sinvida.
Se movía con una fluidez que ella había visto raras veces, con una destreza que igualaba al breve movimiento de deslumbrante velocidad que Denth había desplegado en el restaurante.
Tarugo blandió su espada e hirió al tercer sinvida en la pierna. Otro, sin embargo, le atravesó el estómago con la espada. Un líquido claro salpicó a ambos lados, manchando a Vivenna. Tarugo ni siquiera gruñó mientras descargaba su arma y se cobraba una segunda cabeza.
El guardia sinvida murió y cayó al suelo, dejando su arma clavada en el abdomen de Tarugo.
Otro guardia retrocedió tambaleándose, mientras un fluido claro manaba de su pierna, y luego cayó de espaldas también al suelo.
Tarugo se volvió con eficiencia hacia el último sinvida en pie, que no se retiró, pero sí adoptó una postura claramente defensiva.
La postura no le sirvió de nada. Tarugo abatió a ese último adversario en cuestión de segundos, aporreando con su espada la de su contrincante antes de dar un inesperado tajo y cercenarle la mano derecha.
Siguió con un golpe al estómago que derribó a la criatura.
Con un movimiento final, clavó la hoja en el cuello de otro sinvida caído, impidiendo que se arrastrara hacia Vivenna con un cuchillo en la mano.
El callejón recuperó la quietud. Tarugo se volvió hacia ella, con los ojos vacíos de emoción, la mandíbula cuadrada y el rostro rectangular impasibles sobre un cuello grueso y musculoso.
Empezó a retorcerse. Sacudió la cabeza, como para aclarar la visión.
De su torso brotaba una cantidad horrible de fluido incoloro.
Apoyó una mano en la pared y luego cayó de rodillas.
Vivenna vaciló un instante y tendió una mano hacia él. La posó en su brazo. Notó fría la piel del sinvida.
Una sombra se movió en el otro lado del callejón. Vivenna alzó la cabeza, temerosa, todavía conmocionada.
—Ay, Colores —dijo Tonk Fah, corriendo hacia ellos. Vivenna vio que tenía la ropa mojada de aquel líquido—. ¡Denth! ¡Está aquí! —Se arrodilló junto a Vivenna—. ¿Estás bien?
Ella asintió, embotada, apenas consciente de que aún tenía su falda en la mano.
Eso significaba que sus piernas, de rodillas para abajo, estaban al descubierto.
No tenía fuerzas para que le importara. Tampoco le importó que su pelo estuviera blanco como la cal.
Tan solo miraba a Tarugo, que seguía arrodillado ante ella con la cabeza gacha, como si elevase una plegaria en algún extraño altar.
Su arma resbaló de entre sus dedos temblorosos y resonó contra el empedrado. Sus ojos miraban al frente, vidriosos.
Tonk Fah siguió la mirada de Vivenna hacia Tarugo.
—Sí —dijo—. A Joyas no le va a hacer ninguna gracia. Vamos, tenemos que salir de aquí.