El aliento de los dioses Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Vivenna observó a los señores de los suburbios.

Los tres eran variaciones sobre un mismo tema.

El de la izquierda parecía el más cómodo de todos con su lujosa ropa.

Debía de ser Paxen, al que llamaban el «caballero idriano», que había conseguido su fortuna regentando burdeles.

El de la derecha necesitaba un corte de pelo que no desentonara con su fino atuendo; debía de ser Ashu, conocido por haber fundado y dirigir las ligas de lucha clandestina, donde la gente podía ver a idrianos pelear hasta quedar inconscientes.

El del centro parecía muy pagado de sí mismo.

Iba desaliñado, pero de un modo deliberadamente relajado, quizá porque acentuaba bien su rostro apuesto y juvenil. Rira, el jefe de Thame.

Vivenna se recordó que no debía confiar demasiado en ninguna interpretación superficial de su aspecto. Se trataba de hombres peligrosos.

La estancia estaba en silencio.

—No estoy segura de qué deciros —habló Vivenna por fin—. Vine a buscar algo que no existe. Esperaba que a la gente aún le importara su acervo.

Rira se inclinó hacia delante, con la ropa descuidada marcando un notorio contraste con la de los demás.

—Eres nuestra princesa —dijo—. La hija de nuestro soberano. Eso nos importa.

—Más o menos —dijo Paxen.

—De verdad, princesa —continuó Rira—, nos sentimos honrados de hablar con vos. Y curiosos por vuestras intenciones en nuestra ciudad. Habéis creado bastante revuelo.

Vivenna los miró con expresión seria. Finalmente, suspiró.

—Todos sabéis que se avecina una guerra.

Rira asintió. Ashu, sin embargo, negó con la cabeza.

—No estoy convencido de ello. Todavía no.

—Habrá guerra —dijo Vivenna con brusquedad—. Os lo aseguro. Mis intenciones en esta ciudad, por tanto, son asegurarme de que vaya tan bien para Idris como sea posible.

—¿Y eso qué implicaría? —preguntó Ashu—. ¿Un miembro de la realeza en el trono de Hallandren?

¿Era eso lo que Vivenna quería?

—Solo quiero que nuestro pueblo sobreviva.

—Un arreglo bastante poco ambicioso —dijo Paxen, frotando la punta de su hermoso bastón—.

Las guerras se libran para ganarlas, alteza.

Los hallandrenses tienen a los sinvidas.

Si los derrotáis, se limitarán a crear más.

Creo que una presencia militar idriana en la ciudad sería una absoluta necesidad si quisierais la libertad de nuestra patria.

Vivenna frunció el ceño.

—¿Pretendéis apoderaros de la ciudad? —preguntó Ashu—. Si es así, ¿qué obtendremos nosotros?

—Un momento —dijo Paxen—. ¿Apoderarse de la ciudad? ¿Estamos seguros de querer implicarnos de nuevo en algo así? ¿Qué hay del fracaso de Vahr? Todos perdimos mucho dinero en ese empeño.

—Vahr era de Pahn Kahl —repuso Ashu—. No uno de los nuestros, ni por asomo. Estoy dispuesto a correr otro riesgo si esta vez hay implicados auténticos miembros de la realeza.

—Yo no he dicho nada de apoderarme de la ciudad —intervino Vivenna—. Solo quiero dar a la gente un poco de esperanza.

«O, al menos, eso quería».

—¿Esperanza? —preguntó Paxen—. ¿A quién le importa la esperanza? Quiero compromisos. ¿Qué títulos se repartirán? ¿Quién conseguirá los acuerdos comerciales si Idris vence?

—Tenéis una hermana —dijo Rira—. Una tercera, soltera. ¿Es negociable su mano? La sangre real podría ganar mi apoyo para tu guerra.

A Vivenna se le atenazó el estómago.

—Caballeros —dijo con tono diplomático—, no se trata de buscar ganancias personales. Se trata de patriotismo.

—Claro, claro —contestó Rira—. Pero incluso los patriotas deberían obtener recompensas. ¿Verdad?

Los tres la miraron, expectantes. Ella se levantó.

—Me marcho.

Denth, con aspecto sorprendido, le puso una mano en el hombro.

—¿Estás segura? —preguntó—. Ha sido bastante difícil concertar este encuentro.

—He estado dispuesta a trabajar con matones y ladrones, Denth —repuso ella en voz baja—. Pero ver a esta gente y saber que son mi propio pueblo es demasiado duro.

—Nos juzgáis a la ligera, princesa —dijo Rira desde atrás, con una risita—. ¿Acaso no os esperabais esto?

—Esperarte algo es diferente a verlo de primera mano, Rira. Os esperaba a vosotros tres. No esperaba ver lo que le ha pasado a nuestra gente.

—¿Y las Cinco Visiones? —preguntó Rira—. ¿Entráis aquí, nos juzgáis indignos y os marcháis? No es muy idriano por vuestra parte.

Vivenna se volvió hacia los hombres. Ashu, con su pelo largo, ya se había puesto en pie y llamaba a sus guardaespaldas, gruñendo por la pérdida de tiempo.

—¿Qué sabéis vosotros de ser idrianos? —les espetó—. ¿Dónde está vuestra obediencia a Austre?

Rira rebuscó bajo su camisa y sacó un pequeño disco blanco que tenía inscritos los nombres de sus padres. Un amuleto de obediencia austrino.

—Mi padre me trajo aquí a cuestas desde las tierras altas, princesa.

Murió trabajando en los campos de lágrimas de Edgli.

Si yo he ascendido, fue a base de aguantar el dolor de mis manos arañadas y sangrantes.

He trabajado mucho en mejorar las cosas para vuestro pueblo.

Cuando Vahr habló de revolución, le di dinero para alimentar a sus seguidores.

—Compras aliento —replicó ella—. Y conviertes a amas de casa en prostitutas.

—Vivo —dijo él—. Y me aseguro de que todos los demás tengan de comer. ¿Lo haréis vos mejor?

Vivenna frunció el ceño.

—Eh…

Calló al oír chillidos.

Su sentido vital la sacudió, advirtiéndole que se acercaban grandes grupos de personas. Se volvió de golpe mientras los señores de los suburbios maldecían y levantaban. Fuera, al otro lado del parque, vio algo terrible. Uniformes de color púrpura y amarillo en unos hombretones de rostro gris.

Soldados sinvida. La guardia de la ciudad.

La gente corriente se dispersó, gritando mientras los sinvidas irrumpían en el descampado, dirigidos por varios guardias vivos uniformados. Denth maldijo y empujó a Vivenna a un lado.

—¡Corre! —dijo desenvainando su espada.

—Pero…

Tonk Fah la agarró por el brazo y la sacó del edificio mientras Denth cargaba contra los guardias. Los señores de los suburbios y su gente huyeron en confuso desorden mientras los guardias se apresuraban a bloquear las salidas.

Tonk Fah maldijo y llevó a Vivenna a un pequeño callejón al otro lado del parque.

—¿Qué pasa? —preguntó ella con el corazón desbocado.

—Redada —dijo Tonk Fah—. No debería ser demasiado peligrosa, a menos…

Las espadas sonaban, metal contra metal, y los chillidos se volvieron más desesperados.

Vivenna miró atrás. Los hombres de los señores de los suburbios, atrapados, se enfrentaban a los sinvidas.

Vivenna se horrorizó al ver a aquellos terribles guardias de rostro gris avanzar entre las espadas y dagas, sin hacer ningún caso a las heridas.

Las criaturas sacaron sus armas y empezaron a atacar.

Los hombres aullaban y gritaban, caían ensangrentados.

Denth se situó para defender la entrada del callejón donde estaba Vivenna, que no tenía ni idea de dónde se había metido Joyas.

—¡Fantasmas de Kalad! —maldijo Tonk Fah, empujándola ante él mientras se retiraban—. Esos idiotas han decidido resistir. Ahora sí que tenemos problemas.

—Pero ¿cómo nos han encontrado?

—No lo sé —dijo él—. Ni me importa. Tal vez vengan a por ti. Tal vez solo a por esos señores de los suburbios. Espero que no lo descubramos nunca. ¡Sigue corriendo!

Vivenna obedeció y recorrió a la carrera el oscuro callejón, tratando de no tropezar con su largo vestido.

Resultaba muy poco práctico para correr, y Tonk Fah seguía urgiéndola a avanzar, mirando hacia atrás con ansia.

Vivenna oyó el eco de gruñidos y gritos mientras Denth luchaba contra algo en la boca del callejón.

Vivenna y Tonk Fah salieron por el otro lado. Allí, de pie a la espera en la calle, había un grupo de cinco sinvidas. Vivenna se detuvo trastabillando. Tonk Fah soltó un improperio.

Los sinvidas parecían hechos de piedra, sus expresiones siniestramente adustas a la débil luz. Tonk Fah miró atrás, sin duda decidió que Denth no iba a llegar pronto y, resignado, alzó las manos y dejó caer la espada.

—No puedo enfrentarme yo solo contra cinco, princesa —susurró—. Contra sinvidas no. Tendremos que dejar que nos detengan.

Vivenna alzó despacio las manos también. Los sinvidas desenvainaron sus armas.

—Esto… —dijo Tonk Fah—. Nos rendimos.

Las criaturas atacaron.

—¡Corre! —gritó Tonk Fah, agachándose y recogiendo la espada del suelo.

Vivenna se apartó hacia la izquierda mientras varios sinvidas cargaban contra Tonk Fah. Se alejó tan rápido como pudo. El mercenario trató de seguirla, pero tuvo que parar a defenderse. Ella redujo el paso y miró atrás a tiempo de verlo clavar su espada de duelo en el cuello de un sinvida.

De la criatura brotó algo que no era sangre. Otras tres rodearon a Tonk Fah, aunque él consiguió blandir la espada y alcanzar a otra en el dorso de una pierna. El sinvida cayó a los adoquines.

Dos corrieron hacia ella.

Vivenna los vio acercarse, aturdida. ¿Debería quedarse? Tratar de ayudar…

«¿Ayudar cómo? —gritó algo en su interior, algo visceral y primario—. ¡Corre!».

Y lo hizo. Se alejó a toda prisa, abrumada por el terror, y se metió en un callejón doblando la primera esquina que vio. Corrió hacia el otro extremo, pero las prisas hicieron que tropezara con su falda.

Cayó sobre el empedrado y soltó un grito. Oyó pasos tras ella y pidió ayuda, sin pensar en su codo magullado mientras se arrancaba la falda a toda prisa, quedándose en calcetas. Se levantó como pudo y gritó de nuevo.

Algo oscurecía el otro extremo del callejón. Una figura enorme de piel gris. Vivenna se detuvo y dio media vuelta. Las otras dos criaturas entraron en el callejón tras ella. Vivenna retrocedió contra la pared, sintiéndose helada de pronto. Conmocionada.

«Austre, Dios de los Colores —pensó temblando—. Por favor…».