Capítulo 31
ntentaré disuadirte una vez más —dijo Denth—. ¿De veras tenemos que pasar por esto?
Caminaba con Vivenna, Tonk Fah, Joyas y Tarugo. Parlin se había quedado atrás, a sugerencia de Denth. Al mercenario le preocupaba el riesgo de la reunión, y no quería tener que seguirle la pista a nadie más.
—Sí, tenemos que pasar por esto —respondió Vivenna—. Son mi gente, Denth.
—¿Y qué? —dijo él—. Princesa, los mercenarios son mi gente y no me verás pasar mucho tiempo con ellos. Son un grupo apestoso y molesto.
—Y maleducados, para colmo —añadió Tonk Fah.
Vivenna puso los ojos en blanco.
—Denth, soy su princesa. Además, tú mismo dijiste que eran influyentes.
—Sus líderes lo son —matizó Denth—. Y aceptarían sin ningún problema reunirse contigo en territorio neutral. No hace falta meternos en los suburbios; la gente corriente no tiene tanta importancia.
Ella lo miró.
—Esa es la diferencia entre los idrianos y los hallandrenses. Nosotros le prestamos atención a nuestro pueblo.
Tras ellos, Joyas bufó con desprecio.
—Yo no soy hallandrense —puntualizó Denth, pero dejó estar el tema al ver que se aproximaban a los suburbios.
Vivenna tuvo que admitir que estaba sintiendo un poco más de aprensión.
Ese suburbio parecía distinto de los demás.
Más oscuro, de algún modo. Era por algo más que los establecimientos desvencijados y las calles sin mantener.
En las esquinas había grupitos de hombres que la observaban con ojos recelosos.
De vez en cuando se atisbaba un edificio con mujeres muy ligeras de ropa, incluso para tratarse de Hallandren, esperando en los portales.
Algunas incluso les silbaron a Denth y a Tonk Fah.
Era un lugar muy ajeno. En el resto de T’Telir, Vivenna sentía que no encajaba. Allí, además, se sentía rechazada. Sospechosa. Incluso odiada.
Hizo acopio de valor. En algún lugar de ese barrio había un grupo de idrianos cansados, sobrecargados de trabajo, temerosos.
La amenazante atmósfera hizo que sintiera aún más lástima por su pueblo.
No sabía si serían de mucha utilizad a la hora de intentar sabotear los esfuerzos bélicos de Hallandren, pero sí estaba segura de una cosa: pretendía ayudarlos.
Si su pueblo se le había escurrido a la monarquía entre los dedos, entonces era el deber de Vivenna intentar volver a recogerlos.
—¿A qué viene esa cara que pones? —preguntó Denth.
—Estoy preocupada por mi gente —respondió ella, estremeciéndose mientras pasaban ante un grupo de matones callejeros vestidos de negro con bandas rojas en el brazo, las caras manchadas y sucias—.
Pasamos junto a este suburbio cuando buscábamos casa nueva.
No quise acercarme, aunque nos habías dicho que los alquileres eran baratos.
No puedo creer que mi pueblo esté tan oprimido que tengan que vivir aquí, rodeados de todo esto.
Denth frunció el ceño.
—¿Rodeados?
Ella asintió.
—Vivir entre prostitutas y bandidos, tener que pasar por delante de estas cosas a diario…
Él se echó a reír, sobresaltándola.
—Princesa —dijo—, tu pueblo no vive entre prostitutas y bandidos. Tu pueblo son las prostitutas y los bandidos.
Vivenna se detuvo en mitad de la calle.
—¿Qué dices?
Denth la miró.
—Este es el barrio idriano de la ciudad. Este suburbio se conoce como las Tierras Altas, por el amor de los Colores.
—Imposible —replicó ella.
—Y tan posible —dijo él—. Lo he visto en otras ciudades a lo largo y ancho del mundo.
Los inmigrantes se agrupan y crean pequeños enclaves.
Los enclaves son convenientemente ignorados por el resto de la ciudad.
Cuando se reparan las calles, lo hacen primero en otros sitios.
Cuando se envían guardias de patrulla, evitan los barrios extranjeros.
—Y el suburbio se convierte en su propio pequeño mundo —añadió Tonk Fah mientras llegaba junto a Vivenna.
—Todos los que ves aquí son idrianos. —Denth le indicó que continuara andando—. Hay un motivo por el que los tuyos tienen mala reputación en el resto de la ciudad.
Vivenna sintió un gélido entumecimiento. «No —pensó—. No, no es posible».
Desgraciadamente, pronto empezó a ver señales.
Símbolos de Austre, intencionadamente poco llamativos, en las esquinas de los alféizares o en los portales.
Gente vestida de gris y blanco. Recuerdos de las tierras altas en forma de gorras de pastor o capas de lana.
Pero, si esa gente era de Idris, entonces estaba completamente corrompida.
Los colores mancillaban su ropa, por no mencionar el aire de peligro y hostilidad que exudaban.
¿Y cómo podía ninguna idriana pensar siquiera en convertirse en prostituta?
—No lo comprendo, Denth. Somos un pueblo pacífico, gente de aldeas montañesas. Somos abiertos. Amistosos.
—Ese tipo de gente no dura mucho en los suburbios —dijo él, caminando a su lado—. O cambian o los machacan.
Vivenna tuvo un escalofrío, acompañado de una punzada de odio hacia Hallandren.
«Podría haber perdonado a los hallandrenses por volver pobre a mi pueblo.
Pero ¿esto? Han convertido a pastores y granjeros en matones y ladrones.
Han convertido a nuestras mujeres en prostitutas y a nuestros niños en pilluelos callejeros».
Sabía que no debía dejarse llevar por la ira. Sin embargo, tuvo que apretar los dientes y esforzarse para que su pelo no se tiñera de un rojo ardiente. Las imágenes despertaron algo en su interior. Algo en lo que había evitado pensar desde el principio.
«Hallandren ha destruido a esta gente. Igual que me ha destruido a mí al dominar mi infancia, al obligarme a honrar la obligación de dejarme tomar y violar en nombre de proteger a mi país. Cómo odio esta ciudad».
Eran pensamientos indignos. No podía permitirse odiar a Hallandren. Se lo habían dicho en muchas ocasiones. Últimamente le costaba recordar por qué.
Pero consiguió mantener su odio, y también su cabello, bajo control.
Al poco tiempo, Thame se reunió con ellos y los condujo el resto del camino.
Les habían dicho que se reunirían en un parque grande, pero Vivenna pronto vio que el término «parque» se usaba en un sentido muy amplio.
Era un descampado, cubierto de basura y rodeado de edificios por todas partes.
Su grupo se detuvo en el borde de aquel triste parque y esperó mientras Thame se adelantaba.
La gente, como les había prometido el idriano, estaba congregada allí.
La mayoría eran parecidos a los que Vivenna había visto antes.
Hombres con siniestra ropa de colores oscuros y expresión cínica.
Chulescos matones callejeros. Mujeres con atuendo de prostituta.
Unos pocos ancianos de aspecto demacrado.
Vivenna forzó una sonrisa, pero la notó falsa. Para ayudarse, cambió a amarillo el color de su pelo. El color de la felicidad y el entusiasmo. La gente murmuró.
Thame regresó y le indicó que avanzara.
—Espera —dijo Vivenna—. Quería hablar con la gente normal antes de reunirme con los líderes.
Thame se encogió de hombros.
—Como deseéis.
Vivenna dio un paso adelante.
—Pueblo de Idris —dijo—, vengo a ofreceros consuelo y esperanza.
La gente continuó murmurando. Muy pocos parecieron prestarle atención. Ella tragó saliva.
—Sé que habéis llevado vidas difíciles. Pero os aseguro que el rey se preocupa por vosotros y quiere apoyaros. Encontraré un modo de llevaros a casa.
—¿A casa? —preguntó un hombre—. ¿De vuelta a las tierras altas?
Vivenna asintió. Varias personas bufaron y unos pocos se retiraron. Vivenna los vio irse, preocupada.
—Esperad —dijo—. ¿No queréis oírme? Traigo noticias de vuestro rey.
La gente no le hizo caso.
—La mayoría solo quería confirmar que sois quien se rumoreaba que erais, alteza —dijo Thame en voz baja.
Vivenna se volvió de nuevo hacia los grupos que seguían hablando en voz baja en el parque.
—Vuestra vida puede mejorar —les prometió—. Me encargaré de que se os atienda.
—Nuestras vidas ya son mejores —dijo un hombre—. No hay nada para nosotros en las tierras altas. Aquí gano el doble de lo que ganaba allí.
Otros asintieron, mostrando su acuerdo.
—Entonces ¿por qué venís a verme? —susurró ella.
—Ya os lo he dicho, princesa —respondió Thame—.
Son patriotas y se aferran a ser idrianos.
Idrianos de ciudad. Nosotros permanecemos juntos, de veras.
Que vos estéis aquí significa algo para ellos, eso os lo aseguro.
Puede que parezcan indiferentes, pero harán cualquier cosa por perjudicar a los hallandrenses.
«Austre, Señor de los Colores —pensó ella, cada vez más inquieta—. Esta gente ni siquiera es idriana ya». Thame los llamaba patriotas, pero lo único que ella veía era un grupo que se mantenía unido por las eternas presiones del desprecio hallandrense.
Dio media vuelta, renunciando a su discurso.
Aquella gente no estaba interesada en la esperanza ni el consuelo.
Solo querían venganza. Era una cosa que quizá Vivenna podría aprovechar, pero ya se sentía sucia solo por planteárselo.
Thame los llevó por un sendero que se abría paso entre el feo descampado de hierbajos y basura.
Casi al otro lado del supuesto parque encontraron una amplia estructura, en parte cobertizo de almacenamiento y en parte pabellón de madera abierto.
Vivenna vio a los líderes esperando dentro.
Había tres, cada uno con sus propios guardaespaldas. Ya le habían hablado de ellos. Los líderes vestían los ricos y vibrantes colores de T’Telir. Señores de los suburbios.
Vivenna sintió un nudo en el estómago. Los tres hombres tenían al menos la primera elevación. Uno de ellos había alcanzado la Tercera.
Joyas y Tarugo ocuparon sus puestos fuera del edificio, vigilando la ruta de escape de Vivenna. Ella entró y se sentó en la única silla libre. Denth y Tonk Fah se situaron detrás en actitud protectora.