Capítulo 30 #2
—Disculpadme —intervino Sondeluz, alzando un dedo—. Pero, en nombre de los Colores, ¿de qué estamos hablando?
—De la agitación que hay en la ciudad, Sondeluz —respondió Hallaesperanzas—. Algunos lugareños están preocupados por la perspectiva de una guerra.
—Podrían volverse peligrosos muy fácilmente —dijo Tejesonrojos, removiendo su sopa con aire perezoso—. Creo que deberíamos estar preparados.
—Yo lo estoy —repuso Hallaesperanzas.
El anfitrión se quedó observando a Tejesonrojos con su rostro demasiado juvenil.
Como todos los retornados de corta edad, el rey-dios incluido, Hallaesperanzas continuaría envejeciendo hasta que su cuerpo alcanzara la madurez.
Entonces dejaría de hacerlo, apenas superado el cenit de la edad adulta, hasta que entregara su aliento.
Actuaba en gran parte como lo haría un adulto.
Sondeluz no se había relacionado mucho con niños, pero algunos de sus auxiliares, cuando estaban en periodo de entrenamiento, eran jóvenes.
Hallaesperanzas no era como ellos. Según contaba todo el mundo, había madurado muy rápidamente durante su primer año de vida, como otros retornados jóvenes, hasta llegar a pensar y hablar como un adulto mientras su cuerpo seguía siendo el de un niño.
Hallaesperanzas y Tejesonrojos siguieron hablando sobre la estabilidad de la ciudad, mencionando diversos actos de vandalismo que habían tenido lugar.
Planes de guerra robados, almacenes de alimentos envenenados.
Sondeluz los dejó hablar. «No parece que la belleza de Tejesonrojos lo distraiga», pensó mientras los miraba.
Ella se volvió hacia el plato de fruta, comportándose con su característica lascivia mientras sorbía trozos de piña.
A Hallaesperanzas no le importó, o no se dio cuenta, cuando ella se inclinó y mostró una impresionante porción de escote.
«Sí que hay algo diferente en él —pensó Sondeluz—. Retornó cuando era un niño y actuó como tal durante muy poco tiempo. Ahora es un adulto en algunos aspectos, pero en otros sigue siendo un niño».
La transformación había hecho madurar más a Hallaesperanzas. También era más alto y físicamente más impresionante que los chicos corrientes de su edad, aunque no tuviera los rasgos cincelados y majestuosos de un dios plenamente adulto.
«Sin embargo —pensó Sondeluz mientras comía un trozo de piña—, los distintos dioses tienen sus estilos corporales distintos.
Tejesonrojos está inhumanamente bien dotada, sobre todo para lo delgada que es.
Sin embargo, Mercestrella es rellenita y curvilínea por todas partes.
Otras, como Madretodos, parecen físicamente viejas».
Sondeluz sabía que no merecía su poderoso físico.
Al igual que pasaba con el conocimiento de cómo hacer juegos malabares, comprendía que una persona normal tenía que esforzarse mucho para conseguir un cuerpo tan musculoso.
Estar todo el día holgazaneando, comiendo y bebiendo, tendría que haberlo vuelto gordo y fofo.
«Pero ha habido dioses que estaban gordos —pensó, recordando algunos retratos que había visto de retornados anteriores a él—.
Hubo una época en la historia de nuestra cultura en que eso se consideraba el ideal».
¿Tenía algo que ver el aspecto de los retornados con la manera en que la sociedad los veía?
¿Tal vez con su concepto de la belleza ideal?
Eso, sin duda, explicaría a Tejesonrojos.
Algunas cosas sobrevivían a la transformación.
El lenguaje. Las habilidades. Y, ahora que lo pensaba, la competencia social.
Considerando que los dioses se pasaban la vida encerrados en lo alto de una meseta, probablemente deberían haber estado mucho menos adaptados de lo que estaban.
Como mínimo, deberían haber sido ignorantes e ingenuos.
Sin embargo, la mayoría eran consumados intrigantes, gente sofisticada y con una capacidad sorprendente para comprender el mundo exterior.
La memoria no sobrevivía. ¿Por qué? ¿Por qué podía Sondeluz hacer juegos malabares y comprender el significado de la palabra «bauprés», y al mismo tiempo ser incapaz de recordar quiénes habían sido sus padres?
¿Y a quién pertenecía el rostro que veía en sus sueños?
¿Por qué últimamente sus pesadillas se veían dominadas por tormentas y tempestades?
¿Qué era la pantera roja que había aparecido de nuevo en sus sueños la noche anterior?
—Tejesonrojos —dijo Hallaesperanzas, alzando una mano—. Basta. Antes de que continuemos, debo señalar que tus burdos intentos de seducirme no conseguirán nada.
Ella apartó la mirada con gesto avergonzado. Sondeluz aparcó sus reflexiones.
—Mi querido Hallaesperanzas —dijo—. Tejesonrojos no estaba intentando seducirte. Tienes que comprenderlo: su aura de encanto simplemente forma parte de su personalidad, forma parte de lo que la hace tan cautivadora.
—Da igual —repuso Hallaesperanzas—. No caeré ante su aura ni ante sus paranoicos miedos y argumentos.
—Mis contactos no creen que estas cosas sean simple paranoia —dijo ella.
Los criados les retiraron el plato de fruta y lo sustituyeron con un pequeño filete de pescado frío.
—¿Contactos? —preguntó Hallaesperanzas—. ¿Y quiénes son esos contactos que no paras de mencionar?
—Gente dentro del mismísimo palacio del rey-dios.
—Todos tenemos gente dentro del palacio del rey-dios —replicó Hallaesperanzas.
—Yo no —dijo Sondeluz—. ¿Me prestáis a alguien de los vuestros?
Tejesonrojos puso los ojos en blanco.
—Mi contacto es bastante importante. Oye cosas, sabe cosas. La guerra es inminente.
—No te creo —dijo Hallaesperanzas, picoteando su comida—, pero eso en realidad no importa, ¿verdad? No has venido aquí para que te crea. Solo quieres mi ejército.
—Tus códigos —confirmó Tejesonrojos—. Las frases de seguridad de los sinvidas. ¿Qué nos costará conseguirlas?
Hallaesperanzas dio otro mordisquito a su pescado.
—¿Sabes por qué encuentro tan aburrida mi existencia, Tejesonrojos?
Ella negó con la cabeza.
—La verdad, sigo pensando que estás faroleando con eso.
—No es así —respondió él—. Once años. Once años de paz.
Once años de tiempo para llegar a aborrecer sinceramente este sistema de gobierno que tenemos.
Todos asistimos a la corte de juicios de la Asamblea.
Escuchamos los argumentos. Pero la mayoría de nosotros no importamos.
En cualquier votación, solo aquellos con influencia en el campo a tratar tienen algo que decir.
Durante los periodos de guerra, los que disponemos de Mandatos sinvida somos importantes.
El resto del tiempo, nuestra opinión apenas tiene relevancia alguna.
»¿Quieres mis sinvidas? ¡Pues quédatelos!
No he tenido oportunidad de utilizarlos en once años, y aventuro que pasarán otros once sin incidentes.
Te daré esos Mandatos, Tejesonrojos, pero solo a cambio de tu voto.
Perteneces al consejo de males sociales.
Tienes una votación importante prácticamente cada semana.
A cambio de mis frases de seguridad, debes prometer votar lo que yo diga en asuntos sociales, a partir de ahora y hasta que uno de nosotros muera.
El pabellón quedó en silencio.
—Ah, así que ahora te lo piensas —dijo Hallaesperanzas, sonriendo—.
He oído que te quejas de tus deberes en la corte, que encuentras triviales las votaciones en las que intervienes.
Pero no es tan fácil desprenderse de la potestad del voto, ¿eh?
Es toda la influencia que tienes. No es llamativo, pero sí potente. Es…
—Hecho —dijo ella bruscamente.
Hallaesperanzas se interrumpió.
—Mi voto es tuyo —confirmó Tejesonrojos, mirándolo a los ojos—. Los términos son aceptables. Lo juro delante de tus sacerdotes y los míos, e incluso delante de otro dios.
«Por los Colores —pensó Sondeluz—. Sí que va en serio».
Una parte de él había supuesto, todo el tiempo, que aquella actitud de Tejesonrojos hacia la guerra era un juego más.
Sin embargo, la mujer que miraba fijamente a Hallaesperanzas no estaba jugando.
Creía en serio que Hallandren corría peligro, y pretendía asegurarse de que los ejércitos estuvieran unidos y preparados. Le importaba.
Y eso lo preocupaba a él. ¿En qué se había metido?
¿Y si de verdad había guerra? Mientras contemplaba la interacción de los dos dioses, se estremeció por lo fácil y rápidamente que acordaban el destino del pueblo de Hallandren.
Para Hallaesperanzas, su control de una cuarta parte de los ejércitos de Hallandren debería haber sido una obligación sagrada.
Y estaba dispuesto a renunciar a él solo porque empezaba a aburrirse.
«¿Quién soy yo para criticar la falta de devoción de nadie? —pensó Sondeluz—. Yo, que ni siquiera creo en mi propia divinidad».
Sin embargo… en ese momento, mientras Hallaesperanzas se preparaba para entregarle a Tejesonrojos sus Mandatos, a Sondeluz le pareció ver algo. Como el fragmento de un recuerdo. Como un sueño que tal vez nunca hubiera soñado.
Una habitación brillante, resplandeciente, reflejando la luz. Una habitación de acero.
Una prisión.
—Sirvientes y sacerdotes, retiraos —ordenó Hallaesperanzas.
Obedecieron y dejaron a los tres dioses a solas con sus viandas a medio comer, mientras la seda del pabellón se agitaba levemente con la brisa.
—La frase de seguridad —dijo el anfitrión mirando a Tejesonrojos— es «una vela para ver».
Era el título de un poema famoso, tanto que hasta Sondeluz lo conocía.
Tejesonrojos sonrió. Pronunciarle esas palabras a cualquiera de los diez mil sinvidas de Hallaesperanzas en los barracones le permitiría anular sus órdenes actuales y asumir el control total sobre ellos.
Sondeluz sospechaba que, antes de que terminara el día, Tejesonrojos haría la excursión hasta los barracones, que se hallaban en la base de la corte y se consideraban parte de ella, y comenzaría a suministrar a los soldados de Hallaesperanzas una nueva frase de seguridad que solo conocerían ella y tal vez sus sacerdotes de mayor confianza.
—Y ahora, me retiro —dijo Hallaesperanzas, poniéndose en pie—. Hay una votación esta tarde en la corte. Asistirás, Tejesonrojos, y votarás a favor de los argumentos reformistas.
Y, con eso, se marchó.
—¿Por qué tengo la impresión de que acaban de manipularnos? —dijo Sondeluz.
—Solo nos han manipulado, querido, si al final no hay guerra. Si la hay, entonces tal vez nos hayamos puesto en situación de salvar a toda la corte, quizá al reino entero.
—Qué altruista por nuestra parte —respondió Sondeluz.
—Somos así —dijo Tejesonrojos mientras los criados regresaban—. Tan desprendidos en ocasiones que resulta doloroso. Sea como sea, ahora tenemos el control de los sinvidas de dos dioses.
—¿Los míos y los de Hallaesperanzas?
—De hecho, me refería a los de Hallaesperanzas y los de Mercestrella —dijo Tejesonrojos—. Ella me confió los suyos ayer, mientras no paraba de hablar de lo reconfortante que era que te hubieras tomado un interés personal en el incidente de su palacio. Muy bien jugado, por cierto.
Tejesonrojos parecía estar intentando sonsacarle algo. Sondeluz sonrió.
—No, no sabía que eso la animaría a entregarte sus Mandatos. Lo hice solo porque tenía curiosidad.
—¿Curiosidad por un criado asesinado?
—La verdad es que sí —dijo Sondeluz—. La muerte de un sirviente de un retornado me resulta bastante desconcertante, sobre todo tan cerca de nuestros palacios.
Tejesonrojos alzó una ceja.
—¿Te mentiría yo? —preguntó él.
—Solo cada vez que afirmas que no quieres acostarte conmigo. Mentiras, mentiras descaradas.
—¿Otra vez insinuándote, querida?
—Por supuesto que no —respondió ella—. Estaba siendo bastante descarada. De todas formas, sé que mientes respecto a esa investigación. ¿Cuál era tu verdadero propósito?
Sondeluz calló un momento y luego suspiró, negó con la cabeza y llamó a un criado para que trajera otra vez la fruta, que le gustaba más.
—No lo sé, Tejesonrojos. Sinceramente, estoy empezando a preguntarme si quizá fui algún tipo de agente de la ley en mi vida anterior.
Ella frunció el ceño.
—Ya sabes, como la guardia de la ciudad. Me desenvolví de maravilla interrogando a esos sirvientes. Al menos, en mi humilde opinión.
—Que ya hemos establecido que es bastante altruista.
—Bastante —convino él—. Creo que esto podría explicar cómo acabé muriendo de una manera «audaz», lo que me dio mi nombre.
Tejesonrojos alzó una ceja.
—Siempre supuse que te habían encontrado en la cama de una mujer mucho más joven que tú y que su padre te mató. Eso me parece bastante más audaz que morir apuñalado intentando capturar a un ladronzuelo.
—Tu burla rebota en mi altruista humildad.
—Ah, cómo no.
—En todo caso —dijo Sondeluz, masticando otro trozo de piña—, fui un alguacil o un investigador de algún tipo. Apuesto a que, si alguna vez empuño una espada, demostraría ser uno de los mejores duelistas que ha visto la ciudad.
Ella lo observó un instante.
—Lo dices en serio.
—Que me muera si no. Que me muera como una ardilla si no.
Ella vaciló, con expresión perpleja.
—Chiste personal —dijo Sondeluz, y suspiró—. Pero sí, lo creo. Aunque hay una cosa que no logro entender.
—¿Cuál?
—Cómo encaja en todo esto lo de hacer malabares con limones.