Capítulo 30
stás aquí, Sondeluz! —exclamó Tejesonrojos, con los brazos en jarras—. En nombre de los Tonos Iridiscentes, ¿se puede saber qué haces?
Sondeluz le hizo caso omiso y aplicó las manos al trozo de arcilla que tenía delante. Sus sirvientes y sacerdotes permanecían de pie en un amplio círculo, con la expresión casi tan confundida como Tejesonrojos, que había llegado al pabellón unos momentos antes.
La rueda de alfarero giraba. Sondeluz sostuvo la arcilla, tratando de mantenerla en su sitio.
La luz del sol entraba por los lados del pabellón, y la hierba perfectamente cortada bajo su mesa estaba moteada de barro.
La rueda ganó velocidad y la arcilla osciló de un lado a otro, expulsando trocitos y pegotes.
Las manos de Sondeluz se empaparon de aquella sustancia resbaladiza y sucia, y no pasó mucho tiempo antes de que todo se desmoronara en la rueda y cayera al suelo.
—Hum —dijo él, contemplándolo.
—¿Es que has perdido el juicio? —preguntó Tejesonrojos.
Llevaba uno de sus vestidos de costumbre, lo que significaba nada por los lados, muy poco en la parte superior y apenas algo delante y atrás. Su cabello se alzaba en un intrincado patrón de lazos y trenzas, probablemente obra de un maestro estilista invitado a la corte para satisfacer a algún dios.
Sondeluz se puso en pie de un salto y extendió las manos a los lados para que sus criados se las limpiaran. Otros llegaron y quitaron los trozos de barro de su hermosa túnica. Él permaneció pensativo mientras un tercer grupo de sirvientes se llevaba la rueda de alfarero.
—¿Y bien? —preguntó Tejesonrojos—. ¿Qué era eso?
—Acabo de descubrir que no soy nada bueno con la alfarería —dijo Sondeluz—. De hecho, soy peor que nada bueno. Soy patético. Ridículamente malo. Ni siquiera puedo hacer que el maldito barro se quede en la rueda.
—¿Y qué esperabas?
—No estoy seguro —dijo Sondeluz, dirigiéndose a una larga mesa al otro lado del pabellón.
La diosa, a todas luces molesta por ser ignorada, lo siguió. De repente, él cogió cinco limones de la mesa y los lanzó al aire. Empezó a hacer juegos malabares. Tejesonrojos lo observó y, por un instante, pareció auténticamente preocupada.
—¿Sondeluz? —dijo—. Querido, ¿va… va todo bien?
—Nunca he hecho juegos malabares —respondió él, sin apartar los ojos de los limones—. Por favor, coge esa guayaba.
Ella vaciló, y luego agarró la guayaba con cuidado.
—Lánzala —dijo Sondeluz.
Ella se la arrojó. Sondeluz la atrapó en el aire con un movimiento diestro y la añadió a la pauta que estaba imprimiéndoles a los limones.
—No sabía que podía hacer esto —dijo—. No antes de hoy. ¿Qué conclusión sacas tú de ello?
—Eh… —murmuró Tejesonrojos, ladeando la cabeza.
Sondeluz se echó a reír.
—No recuerdo haberte visto nunca quedándote sin palabras, querida.
—Y yo no creo haber visto nunca a un dios lanzando fruta al aire.
—Es más que eso —dijo Sondeluz, casi acuclillándose de golpe para no perder un limón—.
Hoy he descubierto que conozco un número sorprendente de términos marinos, que soy fantástico en matemáticas y que tengo buena mano para el dibujo.
Por otro lado, no sé nada de la industria del tinte, de caballos ni de jardinería.
No tengo ningún talento para esculpir, no sé hablar ningún idioma extranjero y, como has visto, soy un horror con la alfarería.
Tejesonrojos lo observó unos instantes.
Él la miró dejando que los limones cayeran, pero atrapó la guayaba en el aire. Se la arrojó a un criado, que empezó a pelarla.
—Es mi vida anterior, Tejesonrojos. Estas son habilidades que yo, Sondeluz, no tengo derecho a conocer. Quienquiera que fuese antes de morir, ese hombre sí que sabía hacer juegos malabares. Sabía navegar. Y dibujar.
—Se supone que no hemos de preocuparnos por las personas que fuimos antes.
—Soy un dios —dijo Sondeluz, aceptando un plato con la guayaba pelada y cortada en rodajas. Le ofreció un trozo a Tejesonrojos—. Y, por los fantasmas de Kalad, me preocuparé por lo que me dé la gana.
Ella vaciló un instante, sonrió y cogió una rodaja.
—Justo cuando pensaba que te comprendía…
—No me comprendes —dijo él con gesto alegre—. Ni yo tampoco. Ahí está la cuestión. ¿Vamos?
Ella asintió y echó a andar con él por el césped, mientras los criados de ambos acercaban parasoles para darles sombra.
—No me digas que nunca te lo has preguntado —dijo Sondeluz.
—Querido —replicó ella, chupando el trozo de guayaba—. Yo era una mujer aburrida antes.
—¿Cómo lo sabes?
—¡Porque era una persona corriente! Seguro que fui… En fin, ¿tú has visto a las mujeres corrientes?
—Sus proporciones no se acercan a tus niveles, lo sé. Pero muchas son bastante atractivas.
Tejesonrojos se estremeció.
—Por favor. ¿Para qué quieres saber nada de tu vida normal? ¿Y si fuiste un asesino o un violador? Peor, ¿y si carecías de estilo vistiendo?
Él bufó al captar el destello en los ojos de la diosa.
—Te las das de superficial. Pero yo veo la curiosidad. Deberías intentar algunas cosas como estas, dejar que te revelen algún detalle sobre quién fuiste. Tuviste que tener algo especial para haber retornado.
—Hum. —Tejesonrojos sonrió y se puso a su lado. Él se detuvo mientras ella le pasaba un dedo por el pecho—. Bueno, si estás probando cosas nuevas, tal vez haya algo más que deberías pensar…
—No intentes cambiar de tema.
—No lo hago —dijo ella—. Pero ¿cómo sabrás quién eras si no lo pruebas? Sería un… experimento.
Sondeluz se echó a reír y apartó la mano de Tejesonrojos.
—Querida, temo que me encontrarías menos que satisfactorio.
—Creo que me sobrevaloras.
—Eso es imposible.
Ella se detuvo, ruborizándose un poco.
—Eh… —dijo Sondeluz—. Hum. No quería decir exactamente…
—Vaya, hombre —lo interrumpió ella—. Has estropeado el momento. Estaba a punto de decir algo muy inteligente, lo sé.
Él sonrió.
—Los dos nos hemos quedado sin palabras en una misma tarde. Creo que estamos perdiendo capacidades.
—Mis capacidades están perfectamente, como descubrirías si me dejaras enseñártelas.
Él puso los ojos en blanco y siguió caminando.
—Eres incorregible.
—Cuando todo lo demás falla, usa insinuaciones sexuales —dijo ella alegremente, echando a andar también—. Siempre devuelve el centro de atención a donde pertenece. A mí.
—Incorregible —repitió él—. Pero dudo que tengamos tiempo para que vuelva a reprenderte. Hemos llegado.
En efecto, el palacio de Hallaesperanzas se alzaba ante ellos. Violeta y plateado, tenía delante un pabellón dispuesto con tres mesas y comida. Naturalmente, Tejesonrojos y Sondeluz habían concertado el encuentro con antelación.
Hallaesperanzas el Justo, dios de la inocencia y la belleza, se levantó mientras se acercaban.
Parecía tener unos trece años. Según la edad física aparente, era el dios más joven de la corte.
Pero en teoría no debían tener en cuenta esas discrepancias.
Al fin y al cabo, Hallaesperanzas había retornado cuando su cuerpo tenía dos años, cosa que lo hacía, en años divinos, seis años mayor que Sondeluz.
En un lugar donde la mayoría de los dioses no duraban ni veinte años y la edad media debía de ser más cercana a los diez, una diferencia de seis años era muy significativa.
—Sondeluz, Tejesonrojos —dijo Hallaesperanzas, envarado y formal—. Bienvenidos.
—Gracias, querido —respondió ella, sonriéndole.
Hallaesperanzas asintió antes de señalar las tres mesas. Estaban separadas, pero lo bastante próximas entre sí para que la comida fuera íntima mientras cada deidad tenía su propio espacio.
—¿Cómo estás, Hallaesperanzas? —preguntó Sondeluz, sentándose.
—Muy bien —respondió el anfitrión. Su voz siempre sonaba un poco demasiado madura para su cuerpo, como un niño imitando a su padre—.
Hubo un caso particularmente difícil durante las peticiones de esta mañana.
Una madre con un hijo que se moría de fiebres.
Ya había perdido a otros tres, además de a su marido.
Todo en el transcurso de un año. Trágico.
—Querido —dijo Tejesonrojos con preocupación en la voz—, no estarás considerando… transmitir tu aliento, ¿verdad?
Hallaesperanzas se sentó.
—No lo sé, Tejesonrojos. Soy viejo. Me siento viejo. Quizá es hora de que me marche. Soy el quinto más viejo de todos, ya lo sabes.
—¡Sí, pero la situación se vuelve cada vez más emocionante!
—¿Emocionante? —dijo Hallaesperanzas—. Al contrario, se está calmando. La nueva reina está aquí, y mis fuentes en palacio informan de que está cumpliendo con brío sus deberes para engendrar un heredero. La estabilidad llegará pronto.
—¿Estabilidad? —preguntó ella mientras los criados servían una sopa fría—. Hallaesperanzas, me resulta difícil creer que estés tan mal informado.
—Crees que los idrianos planean usar a la nueva reina para hacerse con el trono —dijo Hallaesperanzas—. Sé a lo que te has estado dedicando, Tejesonrojos. Y no estoy de acuerdo.
—¿Y los rumores? —repuso ella—. ¿Los agentes idrianos que están causando tanto alboroto? ¿Y esa supuesta segunda princesa que está en alguna parte?
Sondeluz vaciló, con la cuchara a medio camino de los labios. «¿Qué es eso que ha dicho?».
—Los idrianos de la ciudad siempre están fomentando alguna crisis —dijo Hallaesperanzas, meneando los dedos con desdén—.
¿Qué fueron aquellos disturbios de hace seis meses, lo del rebelde de las plantaciones exteriores de tintes?
Murió en prisión, si no recuerdo mal. Los trabajadores extranjeros rara vez forman una clase baja estable, pero no les tengo miedo.
—Nunca habían afirmado tener a una agente de la realeza trabajando con ellos —indicó Tejesonrojos—. Las cosas podrían descontrolarse con mucha rapidez.
—Mis intereses en la ciudad son bastante seguros —dijo Hallaesperanzas, entrelazando los dedos. Los sirvientes retiraron su sopa. Solo había tomado tres cucharadas—. ¿Y los tuyos?
—Para eso es esta reunión —contestó Tejesonrojos.