El aliento de los dioses Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

No harían eso.

—Pero tal vez sea posible —dijo Siri—. Y tal vez eso es lo que pasa. ¡Por eso tener un hijo es tan peligroso! Tienen que crear a un nuevo rey-dios y el proceso te mata.

Él permaneció sentado con la pizarra en el regazo, y luego negó con la cabeza y escribió: Soy un dios. No me dan alientos, nazco con ellos .

—No —insistió Siri—. Dedosazules me dijo que lleváis siglos recolectándolos. Que cada rey-dios recibe dos alientos por semana, en vez de uno, para ampliar sus reservas.

En realidad , reconoció él, algunas semanas recibo tres o cuatro.

—Pero solo necesitas uno a la semana para sobrevivir.

Sí.

—¡Y no pueden dejar que ese tesoro muera contigo! Le tienen demasiado miedo para dejarte utilizarlo, pero tampoco pueden permitirse perderlo. Así que, cuando nace un niño, toman el aliento del rey antiguo, matándolo, y se lo dan al nuevo.

Pero los retornados no pueden usar su aliento para despertar , objetó él. Así que mi tesoro de alientos es inútil.

Esto la hizo dudar. Ya lo había oído antes.

—¿Se refiere solo al aliento con el que naces o incluye también los alientos adicionales que se acumulan encima?

No lo sé.

—Seguro que podrías usar esos alientos adicionales si quisieras —dijo ella—. Si no, ¿por qué quitarte la lengua? Quizá no puedas acceder al aliento que te hace ser retornado y usarlo, pero tienes miles y miles de otros alientos.

Susebron reflexionó unos instantes. Luego se levantó y se acercó a la ventana. Contempló la oscuridad más allá. Siri frunció el ceño y recogió la pizarra. Salió de la cama y se acercó vacilante, consciente de llevar solo su camisola.

—¿Susebron?

Él continuó mirando por la ventana. Siri se puso a su lado, cuidando de no tocarlo, y miró fuera también. Chispeaban luces de colores en la ciudad, al otro lado del muro que rodeaba la Corte de los Dioses. Y más lejos de eso estaba la oscuridad. El mar tranquilo.

—Por favor —dijo ella, colocándole la pizarra en las manos—. ¿Qué ocurre?

Él vaciló un momento antes de cogerla. Lo siento , escribió. No quiero parecer gruñón.

—¿Es porque no paro de cuestionar a tus sacerdotes?

No , respondió Susebron. Tienes teorías interesantes, pero creo que solo son suposiciones. No sabes si los sacerdotes planean lo que dices. Eso no me molesta.

—¿Qué es, entonces?

Él titubeó y luego borró la pizarra con la manga de su túnica. No crees que los retornados sean divinos.

—Creía que ya habíamos hablado de eso.

Así es. Sin embargo, ahora me doy cuenta de que este es el motivo de que me trates así. Eres diferente porque no crees en mi divinidad. ¿Es el único motivo por el que te encuentro interesante?

Y, si no crees, eso me entristece. Porque un dios es quien soy, y lo que soy, y si no crees en ello, me hace pensar que no me comprendes.

Hizo una pausa.

Sí. Suena gruñón. Lo siento.

Ella sonrió y, con mucho cuidado, le tocó el brazo. Él se quedó inmóvil y bajó la mirada, pero no retrocedió como la vez anterior. De modo que Siri llegó junto a él y se apoyó contra su brazo.

—No tengo que creer en ti para comprenderte —le aseguró—. Yo diría que es la gente que te adora quien no te comprende. No pueden acercarse a ti, ver quién eres realmente. Están demasiado concentrados en el aura y la divinidad.

Él no respondió.

—Y no soy diferente solo porque no crea en ti —prosiguió ella—.

Hay mucha gente en palacio que no cree. Dedosazules, algunas de las sirvientes que visten de marrón, otros escribas.

Te sirven con la misma reverencia que los sacerdotes.

Lo que pasa es que yo… bueno, soy del tipo irreverente.

Tampoco le hacía caso a mi padre ni a los monjes, allá en casa.

Tal vez sea eso lo que necesitas. Alguien que esté dispuesta a mirar más allá de tu divinidad y quiera conocerte, sin más.

Él asintió despacio. Es un consuelo , escribió. Aunque es muy extraño ser un dios cuya esposa no cree en él.

«Esposa», pensó Siri. A veces costaba acordarse.

—Bueno —dijo—, creo que a todos los hombres les vendría bien tener una esposa que no esté tan embelesada con él como todo el mundo. Alguien tiene que mantenerte humilde.

La humildad, según creo, viene a ser opuesta a la deidad.

—¿Como la dulzura? —preguntó ella.

Susebron se rio. Sí, exactamente. Dejó la pizarra. Entonces, vacilante, quizá un poco asustado, rodeó con un brazo los hombros de ella y la atrajo hacia sí mientras contemplaban por la ventana las luces de una ciudad que permanecía llena de colores incluso de noche.

Cadáveres. Cuatro. Yacían en el suelo, su sangre de un extraño tono oscuro en contraste con la hierba.

Era el día posterior a la visita de Vivenna al jardín de los D’Denir para reunirse con los falsificadores.

Había vuelto al mismo lugar. La luz del sol le caía ardiente en la cabeza y el cuello mientras permanecía de pie junto al resto de la muchedumbre curiosa.

Los silenciosos D’Denir esperaban en filas tras ella, soldados de piedra que no marcharían nunca.

Solo ellos habían visto morir a los cuatro hombres.

La gente cuchicheaba, esperando a que la guardia de la ciudad terminara su inspección. Denth había llevado allí a Vivenna a toda prisa, antes de que retiraran los cadáveres. Lo había hecho a solicitud suya. Vivenna ya se arrepentía de habérselo pedido.

A sus ojos amplificados, los colores de la sangre sobre la hierba eran sumamente intensos.

Rojo y verde. Casi creaban un violeta al combinarse.

Vivenna contempló los cadáveres, experimentando una extraña sensación de desconexión.

Color. Era muy raro ver palidecidos los colores de la piel.

Podía notar la diferencia, la diferencia intrínseca, entre la piel viva y la piel muerta.

La piel muerta era diez tonos más blanca que la viva. La causa era la sangre que ya no fluía por las venas. Era casi como… como si la sangre fuera el color, vaciada de su recipiente. La pintura de una vida humana derramada sin miramientos, dejando el lienzo vacío.

Apartó la mirada.

—¿Lo ves? —preguntó Denth, a su lado.

Ella asintió en silencio.

—Preguntaste por él. Bueno, pues ahí tienes lo que hace. Por eso estamos tan preocupados. Fíjate en esas heridas.

Ella se volvió para mirar de nuevo. A la creciente luz de la mañana, pudo ver algo que no había advertido antes. La piel alrededor de las heridas de espada había perdido completamente el color. Las heridas en sí estaban teñidas de negro. Como si las hubiera infectado alguna terrible enfermedad.

Vivenna miró a Denth.

—Vámonos —dijo él, alejándola de la multitud mientras los guardias, molestos por el gran número de curiosos, empezaban por fin a dispersarlos.

—¿Quiénes eran? —preguntó Vivenna en voz baja.

Denth miró al frente.

—Una banda de ladrones. Con los que estábamos trabajando.

—¿Crees que puede venir a por nosotros?

—No estoy seguro —dijo Denth—. Supongo que podría encontrarnos si quisiera. No lo sé.

Tonk Fah se acercó por el césped mientras pasaban entre las estatuas de los D’Denir.

—Joyas y Tarugo están en alerta —dijo—. Ninguno de nosotros lo ve por ninguna parte.

—¿Qué le ha pasado a la piel de esos hombres? —preguntó Vivenna.

—Es esa espada suya —gruñó Denth—. Tenemos que encontrar un modo de lidiar con ella, Tonks. Tarde o temprano, acabaremos enfrentándonos a él. Lo presiento.

—¿Qué pasa con la espada? —preguntó ella—. ¿Y cómo absorbió el color de la piel de esos hombres?

—Tendremos que robársela, Denth —dijo Tonk Fah, frotándose la barbilla mientras Joyas y Tarugo llegaban con ellos y entraban en formación protectora para unirse juntos a la riada humana de la calle.

—¿Robar la espada? —repuso Denth—. ¡No pienso ni tocarla! No; tenemos que obligarlo a usarla. Desenvainarla. No podrá mantenerla fuera mucho tiempo. Después de eso, podremos con él sin problemas. Yo mismo lo mataré.

—Derrotó a Arsteel —le recordó Joyas en voz baja.

Denth se detuvo.

—¡No derrotó a Arsteel! No en un duelo, al menos.

—Vasher no utilizó la espada —dijo Joyas—. No había negrura en las heridas de Arsteel.

—¡Pues Vasher usaría algún truco! —exclamó Denth—. Emboscada. Cómplices. Algo. Vasher no es ningún duelista.

Vivenna se dejó llevar, pensando en aquellos cadáveres. Denth y los demás habían hablado de las muertes que este Vasher estaba causando. Ella había querido ver las pruebas con sus propios ojos. Bueno, pues ya lo había hecho. Y la habían dejado perturbada. Inquieta y…

Frunció el ceño, sintiendo como un leve picor.

Alguien con gran cantidad de aliento la estaba observando.

¡Eh! , exclamó Sangre Nocturna. ¡Pero si es VaraTreledees! Deberíamos ir a hablar con él. Se alegrará de verme.

Vasher estaba de pie en lo alto del edificio.

No le importaba mucho que lo vieran. Rara vez le preocupaba.

Por la colorida calle pasaba un flujo interminable de gente.

VaraTreledees, o Denth, como se hacía llamar últimamente, caminaba entre la muchedumbre con su equipo.

La mujer, Joyas. Tonk Fah, como siempre.

La ignorante princesa. Y la abominación.

¿Está aquí Shashara? , preguntó Sangre Nocturna, con emocionada voz nebulosa. ¡Tenemos que verla! Estará preocupada por mí.

—Matamos a Shashara hace mucho tiempo, Sangre Nocturna —dijo Vasher—. Igual que matamos a Arsteel.

«E igual que acabaremos por matar a Denth», pensó.

Como de costumbre, Sangre Nocturna se negó a reconocer la muerte de Shashara. Ella me forjó, ya sabes , dijo. Me forjó para destruir las cosas que eran malignas. Se me da bastante bien. Creo que estaría muy orgullosa de mí. Deberíamos ir a hablar con ella. Enseñarle lo bien que hago mi trabajo.

—Sí que se te da bien —susurró Vasher—. Demasiado bien.

Sangre Nocturna empezó a canturrear en voz baja, alegre por el halago percibido.

Vasher, sin embargo, se concentró en la princesa, que caminaba con su vestido obviamente exótico, destacando como un copo de nieve en el calor tropical.

Iba a tener que hacer algo al respecto de ella.

Por causa de la princesa, muchas cosas se estaban viniendo abajo.

Los planes se derrumbaban como cajas mal apiladas, creando un tumulto con su colapso.

No sabía dónde la había encontrado Denth ni cómo la controlaba.

En todo caso, Vasher se sentía muy tentado de saltar a la calle y dejar que Sangre Nocturna se encargara de ella.

Las muertes de la noche anterior ya habían atraído demasiada atención. Sangre Nocturna tenía razón. A Vasher no se le daba bien el sigilo. Los rumores sobre él corrían por toda la ciudad. Eso era bueno y malo a la vez.

«Más tarde —pensó, dando la espalda a la tonta muchacha y su séquito de mercenarios—. Más tarde».