Capítulo 29
hora háblame de las montañas , escribió Susebron.
Siri sonrió.
—¿Las montañas?
Por favor , insistió él, sentado en su sillón junto a la cama. Ella estaba tumbada de lado. Su enrevesado vestido era demasiado caluroso para esa noche, así que estaba en ropa interior y tapada con una sábana, apoyada sobre un codo para leer lo que él escribía. El fuego chisporroteaba.
—No sé qué decirte. O sea, las montañas no son tan asombrosas como las maravillas que tenéis en T’Telir. Aquí hay tantos colores, tanta variedad…
Creo que unas rocas que brotan del suelo y se alzan cientos de metros de altura cuentan como maravilla , escribió él.
—Supongo. Me gustaba estar en Idris, y no tenía interés por nada más. Para alguien como tú, en cambio, seguro que sería un aburrimiento.
¿Más aburrimiento que estar sentado en el mismo palacio todos los días, sin poder salir, sin poder hablar, solo dejando que me vistan y me consientan?
—De acuerdo, tú ganas.
Háblame de ellas, por favor . La letra de Susebron estaba mejorando mucho.
Además, cuanto más escribía, más parecía comprender.
Ella deseaba poder encontrarle libros para leer.
Sospechaba que los absorbería rápidamente y se volvería tan instruido como cualquiera de los eruditos que habían intentado enseñarle a ella en Idris.
Sin embargo, lo único que tenía el rey-dios era a Siri. Parecía apreciar lo que ella le daba, pero seguro que solo era porque desconocía hasta qué punto era una ignorante. «Sospecho —pensó Siri— que mis tutores se partirían de risa si supieran cuánto acabaría lamentando no haberles hecho caso».
—Las montañas son enormes —dijo—. En realidad no puedes hacerte una idea de cuánto desde aquí, en las tierras bajas.
Es al verlas cuando sabes lo insignificante que es en realidad la gente.
O sea, no importa cuánto trabajemos y construyamos, porque nunca podremos levantar nada tan alto como una montaña.
»Son rocas, como bien dices, pero no carecen de vida.
Son verdes, tan verdes como vuestras junglas.
Pero es un verde distinto. He oído a algunos buhoneros quejarse de que las montañas les impedían ver, pero yo creo que puedes ver más .
Te permiten ver la superficie de la tierra a medida que se extiende hacia arriba, hacia los dominios de Austre en el cielo.
Susebron se quedó quieto un momento. ¿Austre?
Siri se ruborizó, y sus cabellos enrojecieron a su vez.
—Lo siento. No debería hablar de otros dioses delante de ti.
¿Otros dioses? , escribió él. ¿Como los de la corte?
—No. Austre es el dios idriano.
Comprendo. ¿Es muy apuesto?
Siri se echó a reír.
—No, no lo entiendes. No es un retornado, como tú o Sondeluz. Es… bueno, no sé. ¿Los sacerdotes no te han mencionado nunca otras religiones?
¿Otras religiones? , escribió Susebron.
—Claro —dijo ella—. O sea, no todo el mundo adora a los retornados. Los idrianos como yo adoramos a Austre, y la gente de Pahn Kahl, como Dedosazules… bueno, la verdad es que no sé a qué adoran, pero no es a vosotros.
Es una idea muy extraña. Si vuestros dioses no son retornados, entonces ¿qué son?
—No son dioses —dijo Siri—. Es solo uno, en singular. Lo llamamos Austre. Los hallandrenses también lo adorabais antes de… —Estuvo a punto de decir «antes de volveros herejes»—. Antes de que llegara Dalapaz y decidierais adorar a los retornados.
Pero ¿quién es ese Austre?
—No es una persona. Es más bien una fuerza. Ya sabes, el ser que cuida de toda la gente, que castiga a quienes no hacen lo que está bien y bendice a los que son dignos.
¿Y has conocido a esa criatura?
Siri se echó a reír.
—Por supuesto que no. No se puede ver a Austre.
Susebron la miró frunciendo el ceño.
—Lo sé —asintió ella—. Debe parecerte una tontería.
Pero… bueno, nosotros sabemos que está ahí.
Cuando veo algo hermoso en la naturaleza, cuando miro las montañas, con sus flores silvestres formando unas pautas que de algún modo son más correctas que las que pudiera haber plantado cualquier hombre…
lo sé. La belleza es real. Eso es lo que me recuerda a Austre.
Además, tenemos a los retornados, incluyendo al Primer Retornado, Vo.
Tuvo las Cinco Visiones antes de morir, y de alguna parte debieron de salir.
Pero ¿tú no crees en adorar a los retornados?
Siri se encogió de hombros.
—No lo he decidido todavía. Mi pueblo predica mucho contra ello. No les gusta la forma en que Hallandren entiende la religión.
Él permaneció en silencio durante largo rato.
Entonces… ¿no te gusta la gente como yo?
—¿Qué? ¡Pues claro que me gustas! ¡Eres muy dulce!
Él frunció el ceño y escribió: No creo que se suponga que los reyes-dioses sean dulces.
—Muy bien —dijo ella, poniendo los ojos en blanco—. Pues eres terrible y poderoso. Asombroso y divino. Y dulce.
Mucho mejor , escribió él, sonriendo. Me gustaría mucho conocer a ese Austre.
—Ya te presentaré a algunos monjes. Deberían poder ayudarte con eso.
Ahora te estás burlando de mí.
Siri sonrió mientras él la miraba. No había dolor en sus ojos. No parecía molestarle que Siri lo pinchara; de hecho, parecía encontrarlo muy interesante. Le gustaba, en concreto, tratar de captar cuándo ella hablaba en serio y cuándo no.
Susebron bajó la mirada de nuevo. Pero, más que conocer a ese dios, me gustaría ver las montañas. Parece que las aprecias mucho.
—Así es —contestó Siri.
Había pasado mucho tiempo sin pensar en Idris. Pero, ahora que él mencionaba su país, Siri recordó la fresca y libre sensación de los prados por los que había corrido no hacía tanto tiempo. La frescura del aire helado, algo que sospechaba que no se podría encontrar nunca en Hallandren.
Las plantas de la Corte de los Dioses estaban cultivadas, atendidas y recortadas a la perfección. Eran hermosas, pero los campos silvestres de su patria tenían su propia característica especial.
Susebron volvió a escribir. Sospecho que las montañas son preciosas, como has dicho. Sin embargo, creo que lo más hermoso de ellas ya ha venido a mí.
Siri se sobresaltó y se ruborizó. Él parecía tan franco que ni siquiera se le veía cohibido o tímido por aquel piropo tan osado.
—¡Susebron! —exclamó—. Tienes alma de seductor.
¿Seductor? , escribió él. Solo digo lo que veo. No hay nada tan maravilloso como tú, ni siquiera en mi propia corte. Las montañas deben de ser realmente especiales, para producir tanta belleza.
—¿Ves? Ahora te has pasado. He visto a las diosas de tu corte. Son muchísimo más hermosas que yo.
La belleza no está en el aspecto de una persona , escribió Susebron. Es lo que me enseñó mi madre. Los viajeros de mi libro de cuentos no deben considerar fea a la anciana, pues podría ser por dentro una bella diosa.
—Esto no es un cuento, Susebron.
Sí que lo es , respondió él. Todos esos cuentos son solo historias contadas por gente que vivió antes que nosotros.
Lo que dicen sobre la humanidad es cierto.
He observado y he visto cómo actúa la gente.
Borró y continuó. Es extraño para mí interpretar estas cosas, pues no veo igual que las personas normales.
Soy el rey-dios. A mis ojos, todo tiene la misma belleza.
Siri frunció el ceño.
—No comprendo.
Tengo millares de alientos , escribió Susebron.
Es difícil ver como ve la gente, de modo que solo a través de las historias de mi madre puedo entender su forma de ser.
Todos los colores son belleza a mis ojos.
Cuando los demás miran algo, como a las personas, una puede parecerles a veces más hermosa que otra.
Para mí no es así. Yo solo veo el color.
Los ricos y maravillosos colores que componen todas las cosas y les dan vida.
No puedo concentrarme solo en el rostro, como hacen muchos.
Veo la chispa de los ojos, el rubor de las mejillas, los tonos de la piel…
incluso cada pequeña imperfección muestra algo peculiar. Todas las personas son maravillosas.
Borró. Y por eso, cuando hablo de belleza, por fuerza me refiero a cosas que no son estos colores. Y tú eres diferente. No sé cómo describirlo.
Alzó la cabeza y de pronto Siri fue consciente de lo cerca que estaban el uno del otro.
Ella, solo con su ropa interior, cubierta por la fina sábana.
Él, alto y ancho, brillando con un alma que hacía que los colores de las sábanas se expandieran como la luz a través de un prisma.
Susebron sonrió a la luz de la chimenea.
«Ay, madre… —pensó ella—. Esto es peligroso».
Carraspeó y se incorporó, sonrojándose de nuevo.
—Bien. Hum, sí. Muy bonito. Gracias.
Él la miró. Ojalá pudiera permitirte volver a tu casa, para ver de nuevo tus montañas. Tal vez podría explicarles esto a los sacerdotes.
Ella palideció.
—No creo que sea buena idea revelarles que sabes leer.
Podría usar el abecedario de los artesanos. Es muy difícil de escribir, pero me lo enseñaron para que pudiera comunicarme con ellos, si lo necesitaba.
—Es igual —negó ella—. Decirles que quieres enviarme a casa podría dar a entender que has estado hablando conmigo.
Él dejó de escribir unos instantes.
Tal vez sería bueno.
—Susebron, planean matarte.
No tienes pruebas de eso.
—Bueno, es sospechoso, al menos —dijo ella—. Los dos últimos reyes-dioses murieron a los pocos meses de engendrar un heredero.
Eres demasiado desconfiada. Te digo que mis sacerdotes son buenas personas.
Ella alzó los ojos hacia él, inexpresiva, hasta que cruzaron la mirada.
Excepto por lo de extirparme la lengua , admitió él.
—Y por lo de tenerte encerrado y no explicarte nada. Mira, aunque no estén planeando matarte, saben cosas que no te dicen. Tal vez sea algo relacionado con el biocroma, algo que te hace morir cuando llega el heredero.
Siri frunció el ceño y se reclinó. «¿Podría ser eso?», se preguntó de repente.
—Susebron, ¿cómo transmites tus alientos?
Él vaciló.
No lo sé , escribió al cabo. No sé mucho al respecto.
—Yo tampoco. ¿Pueden quitártelo? ¿Dárselo a tu hijo? ¿Y si eso te mata?