Capítulo 28
odo listo para la reunión, mi señora —dijo Thame—. La gente está ansiosa. Vuestro trabajo en T’Telir está siendo cada vez más notorio.
Vivenna no estaba segura de qué pensar al respecto. Bebió un sorbo de zumo. El tibio líquido era adictivamente sabroso, aunque añoraba un poco de hielo idriano.
Thame la miró impaciente. El idriano era, según las investigaciones de Denth, lo bastante de fiar.
Su historia de haberse visto obligado a una vida delictiva era un poco exagerada.
Cumplía una función en la sociedad hallandrense: actuaba como enlace entre los trabajadores idrianos y los diversos elementos criminales.
Al parecer, también era un patriota convencido, a pesar de que tendía a explotar a su propia gente, sobre todo a los recién llegados a la ciudad.
—¿Cuántos asistirán a la reunión? —preguntó Vivenna, viendo pasar el tráfico de la calle por la puerta del patio del restaurante.
—Unos cien, mi señora. Leales a nuestro rey, lo prometo. Y hombres influyentes todos ellos… para ser idrianos en T’Telir, claro está.
Cosa que, según Denth, significaba que ostentaban poder en la ciudad porque podían proporcionar trabajadores idrianos baratos y manejar la opinión de las masas idrianas desfavorecidas.
Eran hombres que, como Thame, vivían a expensas de los expatriados idrianos.
Una extraña dualidad. Esos hombres gozaban de una posición elevada entre una minoría oprimida, pero sin dicha opresión carecerían de poder.
«Como Lemex —pensó ella—, que servía a mi padre, que incluso parecía respetarlo y apreciarlo, pero mientras tanto robaba todo el oro que podía».
Se echó hacia atrás, vestida de blanco con una larga falda plisada que se ondulaba con el viento. Dio un golpecito al borde de su copa, e inmediatamente un camarero la rellenó de zumo.
Thame sonrió y pidió más zumo también, aunque parecía fuera de lugar en aquel restaurante caro.
—¿Cuántos crees que hay? —preguntó Vivenna—. Idrianos en la ciudad, quiero decir.
—Unos diez mil, tal vez.
—¿Tantos?
—Hay problemas en las granjas más apartadas. —Thame se encogió de hombros—. A veces es difícil vivir en esas montañas. Si fallan las cosechas, ¿qué te queda? El rey es dueño de tus tierras, así que no puedes venderlas. Hay que pagar los tributos, además de…
—Sí, pero se puede hacer una petición en caso de desastre.
—Ah, mi señora, pero la mayoría de esas granjas están a varias semanas de viaje del rey.
¿Qué van a hacer, dejar a su familia para hacer una petición, temiendo que sus seres queridos mueran de hambre durante las semanas que cueste llevarles comida de los almacenes del rey, si se la concede?
¿O recorrer un trayecto más corto hasta T’Telir y buscar empleo aquí, cargando en los muelles o recolectando flores en las plantaciones de la jungla? Es un trabajo duro pero seguro.
«Y al hacerlo, traicionan a su pueblo».
Pero ¿quién era ella para juzgar? La Quinta Visión lo definiría como arrogancia.
Sentada allí al fresco del patio de un restaurante, disfrutando de una agradable brisa y un caro zumo mientras otra gente bregaba todo el día para alimentar a su familia.
Vivenna no tenía derecho a despreciar sus motivaciones.
Los idrianos no deberían tener que buscar trabajo en Hallandren.
A Vivenna no le gustaba admitir que su padre tuviera defectos, pero su reino no era eficiente desde un punto de vista burocrático.
Consistía en docenas de aldeas dispersas con carreteras malas y a menudo bloqueadas por las nieves o los desprendimientos de rocas.
Además, el rey se veía obligado a invertir cuantiosos recursos en el ejército, en previsión de un ataque de Hallandren.
El padre de Vivenna tenía un trabajo difícil.
Pero ¿bastaba eso como excusa para la pobreza de su pueblo, que se veía olvidado a huir de su patria?
Cuanto más escuchaba y averiguaba Vivenna, más se daba cuenta de que muchos idrianos nunca habían conocido la vida idílica que ella había experimentado en su hermoso valle de las montañas.
—La reunión será dentro de tres días, mi señora —dijo Thame—. Algunos de estos hombres vacilan después de Vahr y su fracaso, pero os escucharán.
—Estaré allí.
—Gracias.
Thame se levantó, hizo una reverencia a pesar de que ella le había pedido que no llamara la atención, y se retiró.
Vivenna permaneció sentada, bebiendo zumo. Percibió a Denth antes de que llegara.
—¿Sabes qué me interesa a mí? —dijo el mercenario, ocupando el asiento que Thame había dejado libre.
—¿Qué?
—La gente —contestó Denth, golpeteando una copa vacía para llamar al camarero—. Me interesa la gente. Sobre todo la gente que no actúa como se supone que debe actuar. La gente que me sorprende.
—Espero que no estés hablando de Thame —dijo Vivenna, alzando una ceja.
Él negó con la cabeza.
—Estoy hablando de ti, princesa. No hace mucho, no importaba qué o a quién miraras, tenías una expresión de ligero desagrado en los ojos. La has perdido. Estás empezando a encajar.
—Pues es un problema, Denth —repuso Vivenna—. No quiero encajar. Odio Hallandren.
—Parece que ese zumo sí te gusta.
Vivenna lo apartó a un lado.
—Tienes razón, por supuesto. No debería beberlo.
—Si tú lo dices… —Denth se encogió de hombros—.
Ahora bien, si le preguntaras a un mercenario, cosa que nadie hace nunca, claro, quizá te mencionaría que es bueno que empieces a actuar como una hallandrense.
Cuanto menos destaques, menos probable será que te relacionen con esa princesa idriana que se esconde en la ciudad. Mira a tu amigo Parlin.
—Parece idiota con esos colores chillones —dijo ella, mirando hacia el otro lado de la calle, donde Joyas y él charlaban mientras vigilaban la ruta de escape.
—¿Ah, sí? —replicó Denth—. ¿O parece nativo de Hallandren? ¿Vacilarías lo más mínimo si estuvieras en la jungla y lo vieras ponerse la piel de una bestia, o quizá envolverse en una capa del color de las hojas caídas?
Ella volvió a mirar. Parlin estaba apoyado en la fachada de un edificio, igual que Vivenna había visto hacer a los matones callejeros de su edad en otros barrios.
—Los dos encajáis mejor que antes —dijo Denth—. Estáis aprendiendo.
Vivenna agachó la cabeza. Algunas cosas en su nueva vida empezaban a parecerle naturales, en efecto.
Las incursiones, por ejemplo, se volvían cada vez más fáciles.
También se estaba acostumbrando a moverse con las multitudes y a pertenecer a un grupo clandestino.
Dos meses antes se habría opuesto, indignada, a tratar con un hombre como Denth, simplemente por su profesión.
Se le hacía muy difícil avenirse a algunos de aquellos cambios. Cada vez le costaba más comprenderse a sí misma y decidir qué creía.
—Aunque tal vez podrías plantearte usar pantalones —dijo Denth, mirando el vestido de Vivenna.
Ella frunció el ceño y alzó la cabeza.
—Es solo una sugerencia —añadió él, y bebió un poco de zumo—.
No te gustan las faldas cortas hallandrenses, pero la única ropa decente que podemos comprarte cumpliendo tus condiciones de recato viene del extranjero, y eso la encarece.
Por tanto, tenemos que ir a restaurantes caros, para no destacar.
Y eso significa que te toca soportar todos esos terribles lujos.
Los pantalones, en cambio, son recatados y a la vez baratos.
—¡Qué van a ser recatados!
—No enseñan las rodillas —dijo él.
—No importa.
Denth se encogió de hombros.
—Solo daba mi opinión.
Vivenna apartó la mirada y dio un leve suspiro.
—Agradezco el consejo, Denth. De verdad. Solo estoy… confusa por muchas cosas de mi vida últimamente.
—El mundo es un lugar confuso. Eso es lo que lo hace divertido.
—Los hombres con los que nos asociamos —dijo ella— lideran a los idrianos de la ciudad, pero al mismo tiempo los explotan.
Lemex le robaba a mi padre, pero seguía trabajando por los intereses de mi país.
Y aquí estoy yo, llevando un vestido de precio prohibitivo y bebiendo zumo caro mientras mi hermana sufre los abusos de un horrible dictador, y mientras esta ciudad maravillosa y horrible se prepara para una guerra contra mi patria.
Denth se reclinó en su silla y miró sobre la baja barandilla hacia la calle, contemplando la multitud que transitaba con sus colores hermosos y a la vez terribles.
—Las motivaciones de la gente. Nunca tienen sentido. Y siempre tienen sentido.
—Ahora mismo, el que no tiene sentido eres tú.
Denth sonrió.
—Me refiero a que no se comprende a alguien hasta que se entiende por qué hace lo que hace.
Cada cual es el héroe de su propia historia, princesa.
Los asesinos no creen tener la culpa de lo que hacen.
Los ladrones piensan que se merecen el dinero que roban.
Los dictadores creen tener el derecho, por la seguridad de su pueblo y el bien de su nación, de hacer todo lo que se les antoje. —Apartó la mirada y negó con la cabeza.
»Creo que incluso Vasher se ve a sí mismo como un héroe.
La verdad es que la mayoría de la gente que hace cosas que llamaríamos malas las hace por lo que esa persona llamaría buenas razones.
Solo los mercenarios tienen el menor sentido.
Nosotros hacemos aquello para lo que nos pagan.
Ya está. Tal vez por eso la gente nos desprecia.
Somos los únicos que no fingimos tener motivos más elevados. —Calló un momento y la miró a los ojos.
»En cierto modo, somos la gente más honrada que conocerás jamás.
Los dos guardaron silencio, mientras el gentío era una riada de colores destellantes al pasar por la calle. Alguien se acercó a la mesa.
—Así es —dijo Tonk Fah—, pero olvidas mencionar que, además de honrados, también somos listos. Y guapos.
—Eso sobra decirlo —respondió Denth.
Vivenna se volvió. Tonk Fah había estado vigilando allí cerca, dispuesto a apoyarlos si era necesario. Estaban dejando que ella tomara la iniciativa en algunas reuniones.
—Honrados, tal vez —dijo Vivenna—, pero desde luego espero que no seáis los hombres más guapos que vaya a conocer jamás. Bien, ¿nos vamos?
—Si no vas a acabarte el zumo, sí —respondió Denth con una sonrisita.
Vivenna miró la copa. El zumo estaba pero que muy bueno.
Sintiéndose culpable, la apuró. «Sería un pecado malgastarlo», pensó.
Se levantó y salió del restaurante mientras Denth, que había pasado a ocuparse de casi todo el dinero, pagaba la cuenta.
Ya en la calle, se les unió Tarugo, que tenía órdenes de acudir si ella gritaba pidiendo ayuda.
Vivenna se dio la vuelta hacia Tonk Fah y Denth.
—Tonks —dijo—, ¿dónde está tu mono?
Él suspiró.
—Los monos son aburridos.
Ella puso los ojos en blanco.
—¿Has perdido otro?
Denth soltó una risita.
—Acostúmbrate, princesa. De todos los milagros felices del universo, uno de los mayores es que Tonks nunca haya engendrado un hijo. Seguro que lo perdería antes de que pasara una semana.
Ella meneó la cabeza a los lados.
—No me extrañaría nada —dijo—. La próxima cita es en el jardín de los D’Denir, ¿no?
Denth asintió.
—Pues vamos —dijo Vivenna, echando a andar calle abajo.
Los demás la siguieron, recogiendo a Parlin y a Joyas por el camino.
Vivenna no esperó a que Tarugo les abriera paso entre la multitud.
Cuanto menos dependiera de aquel sinvida, mejor.
En realidad, moverse por la calle tampoco era tan difícil.
Había cierto arte en ello, en dejarse llevar por la multitud en vez de intentar nadar contra corriente.
Poco después, con Vivenna en cabeza, el grupo llegó a la amplia extensión de hierba que era el jardín de los D’Denir.
Al igual que aquella plaza de las tiendas donde se cruzaban cuatro calles, era un espacio verde y abierto emplazado entre los edificios y los colores.
Sin embargo, allí ninguna flor ni árbol interrumpía el paisaje, ni la gente bullía. Era un lugar más reverente.
Y estaba lleno de estatuas. Había centenares.
Se parecían mucho a los otros D’Denir de la ciudad, con sus cuerpos enormes y sus poses heroicas, muchas de ellas con telas o ropa de colores.
Eran las estatuas más antiguas que Vivenna había visto, con la piedra desgastada por años de frecuentes lluvias.
Aquel grupo era el último regalo de Dalapaz el Bendito.
Las estatuas se habían erigido en honor a los caídos en la Multiguerra.
Un monumento y una advertencia. O eso decían las leyendas.
Vivenna no podía evitar el pensamiento de que, si la gente honrase de verdad a los muertos, no vestirían las estatuas con atuendos tan ridículos.