El aliento de los dioses Capítulo 27 #3
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Capítulo 27 #3

—Ah, bien. Ten la amabilidad de describírmelos. No a los tipos difíciles. A los vigilantes.

Ella se encogió de hombros.

—No sé. Solían ser cuidadosos. Entrevistaban a los recién llegados a la ciudad, patrullaban buscando malhechores, ese tipo de cosas.

—¿Dirías que eran gente inquisitiva?

—Sí —dijo Siri—. Supongo. O sea, tanto como cualquiera. Tal vez más.

—¿Hubo alguna vez algún asesinato en tu ciudad?

—Un par —respondió ella, bajando la mirada—. No tendrían que haber sucedido; mi padre siempre decía que esas cosas eran indignas de Idris. Decía que el asesinato era propio de… bueno, de Hallandren.

Sondeluz se echó a reír.

—Sí, los cometemos a todas horas. No veas cómo animan las fiestas. Dime, ¿investigaron los vigilantes esos crímenes?

—Por supuesto.

—¿Sin que se lo pidieran?

Ella asintió.

—¿Cómo lo hicieron?

—No lo sé. Haciendo preguntas, hablando con testigos, buscando pistas. Yo no tuve relación.

—No, no —dijo Sondeluz—. Claro que no la tuviste. Es evidente, porque, si hubieras sido una asesina, te habrían condenado a algo terrible, ¿verdad? ¿Como exiliarte a otro país, por ejemplo?

Siri sintió que palidecía y el pelo se le aclaraba. Sondeluz soltó una risita.

—Ni se te ocurra tomarme tan en serio, majestad. Siendo sincero, dejé de preguntarme si eras una asesina hace días ya. Y ahora, si tus sirvientes y los míos nos esperan aquí, creo que puedo tener algo importante que decirte.

Siri dio un respingo cuando Sondeluz se levantó.

Empezó a marcharse del pabellón y sus sirvientes se quedaron donde estaban.

Confusa pero entusiasmada, Siri se levantó también y se apresuró a ir tras él.

Lo alcanzó un poco más allá, en el pasillo de piedra que discurría entre los diversos palcos del anfiteatro.

Abajo, los atletas continuaban su exhibición.

Sondeluz bajó la mirada hacia ella, sonriendo.

«Sí que son altos estos dioses —pensó Siri, doblando un poco el cuello. Un palmo y medio más de altura lo cambiaba todo. Junto a un hombre como Sondeluz, y sin ser ella muy alta tampoco, se sentía empequeñecida—. Tal vez me dirá lo que estoy buscando. ¡El gran secreto!».

—Estás jugando a un juego peligroso, mi reina —dijo Sondeluz, apoyándose en la balaustrada de piedra. Estaba construida para las proporciones de los retornados, así que era demasiado alta para que a Siri le resultara cómodo usarla.

—¿Juego?

—La política —dijo él, mirando a los atletas.

—No quiero jugar a la política.

—Si no lo haces, me temo que ella jugará contigo. Yo siempre pico, haga lo que haga. Quejarse no lo impide, aunque sí que molesta a la gente, cosa que ya es satisfactoria en sí misma.

Siri frunció el ceño.

—¿Me has traído aparte para hacerme una advertencia, entonces?

—¡Colores, no! —rio Sondeluz—. Si a estas alturas no has comprendido que esto es peligroso, es que eres demasiado obtusa para apreciar una advertencia. Solo quería darte un par de consejos. El primero es sobre tu personaje.

—¿Mi personaje?

—Sí. Tienes que trabajarlo. Elegir el personaje de una recién llegada inocente fue un buen instinto. Te queda bien. Pero tienes que refinarlo. Trabajar un poco en ello.

—No es un personaje —repuso ella, sincera—. De veras estoy confundida y soy nueva en todo esto.

Sondeluz alzó un dedo.

—Ese es el truco de la política, niña. A veces, aunque no puedes disimular quién eres y cómo te sientes en realidad, sí que puedes aprovecharte de ello.

La gente recela de lo que no puede comprender y predecir.

Mientras parezcas ser un elemento impredecible en la corte, te considerarán una amenaza.

Si tienes la habilidad, y la sinceridad, de mostrarte como alguien que ellos comprendan, entonces empezarás a encajar.

Siri frunció el ceño.

—Tómame a mí como ejemplo —prosiguió él—. Soy un necio inútil. Siempre lo he sido, desde que tengo memoria, lo cual en realidad no es tanto tiempo. De todos modos, sé cómo me ve la gente. Y lo potencio. Juego con eso.

—Entonces ¿es mentira?

—Por supuesto que no. Así es como soy. Sin embargo, me aseguro de que la gente nunca lo olvide.

No se puede controlar todo. Pero, si logras controlar la consideración en que te tiene la gente, entonces podrás encontrar un lugar en este embrollo.

Y cuando lo tengas, podrás empezar a influir en las facciones.

Si quieres. Yo rara vez lo hago, porque es un incordio.

Siri ladeó la cabeza. Entonces sonrió.

—Eres buen hombre, Sondeluz. Lo supe incluso cuando te burlabas de mí. No pretendes hacer ningún daño. ¿Es parte de tu personaje?

—Por supuesto —contestó él sonriendo—. Pero no estoy nada seguro de qué es lo que convence a la gente para que confíe en mí.

Lo eliminaría si pudiera. Solo sirve para que la gente espere demasiado.

Tú practica un poco lo que te he dicho. Lo mejor de estar encerrado en esta hermosa prisión es que puedes hacer algo bueno, puedes cambiar las cosas.

He visto a otros hacerlo. Personas a las que respetaba.

Aunque no haya muchas de esas en la corte últimamente.

—Muy bien —dijo Siri—. Lo haré.

—Estás indagando en busca de algo, lo noto.

Y tiene que ver con los sacerdotes. No hagas demasiado ruido hasta que estés lista para atacar.

Súbita y sorprendente, así es como tienes que ser.

No te interesa parecer demasiado indefensa, porque la gente siempre sospecha del inocente.

El truco es quedarte en la media. No más ladina que cualquiera.

Así, todos supondrán que pueden derrotarte con solo procurarse un poco de ventaja.

Siri asintió.

—Parece filosofía idriana.

—Vinisteis de nosotros —dijo Sondeluz—. O tal vez nosotros venimos de vosotros.

Sea como sea, nos parecemos más de lo que nuestra apariencia sugiere.

¿Qué es la filosofía idriana de extrema sencillez excepto una forma de contrastar con Hallandren?

¿Todos esos blancos que usáis? Eso os hace destacar a escala nacional.

Actuáis como nosotros y nosotros actuamos como vosotros; solo hacemos lo mismo de formas opuestas.

Ella asintió lentamente. Sondeluz sonrió.

—Ah, y una cosa más. Por favor, por favor, no dependas demasiado de mí.

Lo digo en serio. No te seré de mucha ayuda.

Si tus planes se vienen abajo y en el último momento corres peligro o te inquietas…

no pienses en mí. Te fallaré. Eso sí que lo prometo desde el fondo de mi corazón con absoluta sinceridad.

—Eres un hombre muy extraño.

—Producto de mi sociedad —repuso él—. Y, como la mayor parte del tiempo mi sociedad consiste a grandes rasgos solo en mí mismo, la culpa es de dios. Buenos días, mi reina.

Tras esas palabras, Sondeluz echó a andar hacia su palco e hizo un gesto a las sirvientes de Siri, que habían estado mirando preocupadas, para que regresaran con ella.