El aliento de los dioses Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

Siri frunció el ceño, cada vez más cohibida.

El sumo sacerdote del dios, distinguido por su enorme tiara, los miraba con gesto desaprobador, lo que aumentó su sensación de estar fuera de lugar.

«Pero ¿por qué tengo que ser yo quien se avergüence?

—pensó, enfadándose—. Sondeluz es quien se dedica a lanzarme insultos velados, ¡a la vez que se los lanza directos a sí mismo! Es como si le gustara fustigarse».

—La verdad —dijo entonces mirándolo, con la barbilla alta— es que sí que he oído hablar de tu reputación, Sondeluz el Audaz. Pero «inútil» no es el calificativo que he oído emplear.

—¿Ah, no? —preguntó él.

—No. Me dijeron que eras inofensivo, aunque ahora sé que no es cierto, porque al hablar contigo mi sentido del raciocinio ha sufrido unos daños más que evidentes. Por no mencionar la cabeza, que empieza a dolerme.

—Me temo que ambas cosas son síntomas corrientes después de tratar conmigo —dijo él, con un exagerado suspiro.

—Eso tiene remedio. Tal vez ayudaría si te abstuvieras de hablar cuando hay gente presente. Creo que en esas circunstancias me parecerías bastante amigable.

Sondeluz rio. No fue una risa estentórea, como la del padre de Siri o algunos hombres de Idris, sino una más refinada. En cualquier caso, parecía auténtica.

—Ya sabía yo que me caerías bien, niña —dijo él

—No estoy segura de que deba sentirme alabada por eso.

—Depende de lo en serio que te tomes a ti misma —respondió Sondeluz—. Ven, abandona esa tonta silla y reclínate en un diván de estos. Disfruta de la velada.

—Dudo que sea apropiado —dijo Siri.

—Soy un dios. —Sondeluz hizo un gesto con la mano—. Yo defino lo que es apropiado.

—Creo que de todas formas me quedaré sentada —respondió Siri sonriendo.

Pero, aun así, se levantó un momento e indicó a sus sirvientes que acercaran más la silla bajo el dosel para no tener que alzar tanto la voz. También intentó no prestar mucha atención a las competiciones, no fuera a ser que la distrajeran de nuevo.

Sondeluz sonrió. Parecía disfrutar incomodando a los demás. Aunque lo cierto era que tampoco parecía importarle mucho la impresión que daba él mismo.

—Antes hablaba en serio, Sondeluz —dijo Siri—. Necesito información.

—Y yo, querida, también he sido bastante sincero. Soy mayormente inútil. Sin embargo, trataré de responder a tus preguntas… siempre y cuando, claro, tú respondas a las mías.

—¿Y si no sé las respuestas a tus preguntas?

—Pues invéntate algo —respondió él—. Tampoco notaré la diferencia. La ignorancia inconsciente es preferible a la estupidez informada.

—Trataré de recordarlo.

—Si lo haces, estarás incumpliéndolo. Venga, adelante con tus preguntas.

—¿Qué les pasó a los anteriores reyes-dioses?

—Murieron —dijo Sondeluz—. Va, no pongas esa cara.

Le pasa a veces a la gente, incluso a los dioses.

Por si no te has dado cuenta, somos unos inmortales lamentables.

Se nos olvida eso de «vivir para siempre» y de pronto acabamos inesperadamente muertos.

Y por segunda vez, para colmo. Podría decirse que somos el doble de malos que la gente normal en seguir vivos.

—¿Cómo mueren los reyes-dioses?

—Dieron su aliento. ¿No es así, Veloz?

El sumo sacerdote de Sondeluz asintió.

—Así es, divina gracia. Su divina majestad Susebron IV murió para curar la plaga de distrentia que asoló T’Telir hace cincuenta años.

—Espera —dijo Sondeluz—. ¿La distrentia no es una enfermedad de las tripas?

—En efecto.

Sondeluz frunció el ceño.

—¿Pretendes decirme que nuestro rey-dios, el personaje más sagrado y divino de nuestro panteón, murió para curar cuatro dolores de estómago?

—Yo no lo expresaría exactamente así, divina gracia.

Sondeluz se inclinó hacia Siri.

—Se espera que yo haga lo mismo algún día, ¿sabes? Que me suicide para que alguna señora mayor pueda dejar de ensuciarse en público. Normal que sea un dios tan vergonzoso. Seguro que tiene que ver con problemas de autoestima subconsciente.

El sumo sacerdote miró hacia ella como pidiendo disculpas. Por primera vez, Siri advirtió que la desaprobación del grueso sacerdote no iba dirigida a ella, sino a su dios. A ella le sonrió.

«Tal vez no todos son como Treledees», pensó Siri, devolviendo la sonrisa.

—El sacrificio del rey-dios no fue un gesto vacío, receptáculo —dijo el sacerdote—.

Cierto, la diarrea quizá no sea un gran peligro para la mayoría, pero para los ancianos y los muy jóvenes puede ser letal.

Además, las condiciones epidémicas fomentaban otras enfermedades, y el comercio de la ciudad, y por tanto el del reino, casi estaba detenido.

La gente en las aldeas del extrarradio se pasaba meses sin los suministros necesarios.

—Me pregunto cómo se sintieron los que sanaron —dijo Sondeluz con aire pensativo—, al despertar y enterarse de que su rey-dios había muerto.

—Cabría pensar que honrados, divina gracia.

—Yo creo que más bien molestos. El rey fue a su casa a verlos y estaban demasiado enfermos para darse cuenta. En todo caso, mi reina, ahí lo tienes. Eso ha sido información genuinamente valiosa. Ahora me preocupa haber roto mi promesa de resultar inútil.

—Si te sirve de consuelo —repuso ella—, tú no has sido de mucha ayuda. Es tu sacerdote quien parece serlo.

—Sí, lo sé. Llevo años intentando corromperlo. No parece funcionar nunca. Ni siquiera puedo conseguir que reconozca la paradoja teológica que se produce cuando intento tentarlo para que haga el mal.

Siri vaciló un momento, pero descubrió que su sonrisa se ensanchaba.

—¿Qué pasa? —preguntó Sondeluz, y apuró el resto de su bebida, que al instante reemplazaron por otra, esa vez azul.

—Hablar contigo es como nadar en un río —dijo ella—. Siempre me lleva la corriente y nunca estoy segura de cuándo podré volver a respirar.

—Tened cuidado con las rocas, receptáculo —advirtió el sumo sacerdote—. Parecen insignificantes, pero tienen bordes afilados bajo la superficie.

—Bah —dijo Sondeluz—. Son los cocodrilos con los que hay que tener cuidado. Esos muerden. Y… en todo caso, ¿de qué estábamos hablando exactamente?

—De los reyes-dioses —le recordó Siri—. Cuando murió el último, ¿ya había un heredero?

—En efecto —contestó el sacerdote—. De hecho, se había casado el año anterior. El niño nació apenas unas semanas antes de su muerte.

Siri se reclinó en su silla, pensativa.

—¿Y el rey-dios anterior a él?

—Murió para curar a los niños de una aldea que había sido atacada por bandidos —dijo Sondeluz—. Al pueblo le encanta esa historia. El rey se conmovió tanto por su sufrimiento que se entregó a esa gente sencilla.

—¿Y se había casado el año anterior?

—No, receptáculo —contestó el sacerdote—. Eso ocurrió varios años después de su matrimonio. Aunque sí que murió solo un mes después de que naciera su segundo hijo.

Siri alzó la cabeza.

—¿Y el primer hijo fue una niña?

—Sí —dijo el sacerdote—. Una mujer sin poderes divinos. ¿Cómo lo habéis sabido?

«¡Colores! —pensó Siri—. En ambas ocasiones, justo después de que naciera el heredero».

¿Tener un hijo provocaba de algún modo que los reyes-dioses desearan entregar su vida?

¿O era algo más siniestro? Una plaga curada o una aldea sanada eran cosas que, con un poco de propaganda creativa, podían inventarse para encubrir alguna otra causa de la muerte.

—Me temo que no soy un verdadero experto en estos asuntos, receptáculo —añadió el sumo sacerdote—. Y me temo que mi señor Sondeluz no lo es tampoco. Si lo presionáis, bien podría empezar a inventarse cosas.

—¡Veloz! —exclamó Sondeluz, indignado—. Eso es difamación. Ah, y por cierto, tu sombrero está ardiendo.

—Gracias —dijo Siri—. A ambos. Esta conversación me ha sido de mucha ayuda.

—Si me permitís una sugerencia… —dijo el sacerdote.

—Por favor.

—Probad con un cuentacuentos profesional, receptáculo. Podéis mandar llamar a uno de la ciudad, y os recitará tanto historias reales como relatos ficticios. Os proporcionarán mucha mejor información que nosotros.

Siri asintió. «¿Por qué no son así de serviciales los sacerdotes de nuestro palacio?

». Aunque, claro, si de verdad estaban encubriendo el auténtico motivo por el que morían sus reyes-dioses, tenían buenas razones para evitar ayudarla.

De hecho, era probable que, si pedía un cuentacuentos, le proporcionarían uno que le contaría lo que querían que oyese.

Siri frunció el ceño.

—¿Podrías… hacer eso por mí, Sondeluz?

—¿Qué?

—Mandar llamar a un cuentacuentos —dijo ella—. Me gustaría que estuvieras presente, por si tengo alguna pregunta.

Él se encogió de hombros.

—Supongo que sí. Hace ya tiempo que no escucho a ningún cuentacuentos. Ya me dirás cuándo.

No era un plan perfecto. Las sirvientes de Siri estaban escuchando y podrían informar a los sacerdotes. Sin embargo, si el cuentacuentos acudía al palacio de Sondeluz, al menos habría alguna posibilidad de que Siri oyera la verdad.

—Gracias —dijo, poniéndose en pie.

—¡Ah, ah, ah! No tan rápido —exclamó Sondeluz, alzando un dedo.

Ella se detuvo.

Sondeluz bebió de su copa.

—¿Y bien? —preguntó ella por fin.

Él alzó de nuevo un dedo mientras seguía bebiendo y echaba la cabeza atrás, para engullir los últimos trocitos de hielo del fondo de la copa. La dejó a un lado, la boca teñida de azul.

—Qué refrescante. Idris. Maravilloso lugar. Montones de hielo. Cuesta bastante traerlo aquí, o eso he oído. Menos mal que yo no tengo que pagar nunca por nada, ¿eh?

Siri alzó una ceja.

—Y estoy aquí esperando porque…

—Prometiste responder tú también a mis preguntas.

—Ah —dijo ella, sentándose de nuevo—. Por supuesto.

—Muy bien. ¿Conocías a algún guardia de la ciudad en tu hogar?

Ella ladeó la cabeza.

—¿Guardia de la ciudad?

—Ya sabes, tipos que se encargan de hacer cumplir la ley. Vigilantes. Alguaciles. La gente que atrapa a los maleantes y vigila los calabozos. Esa gente.

—Conozco a un par, supongo —dijo ella—. Mi ciudad no era grande, pero era la capital. Atraía a gente que podía ser difícil a veces.