Capítulo 27
lgo les pasó a esos reyes-dioses anteriores —pensó Siri mientras recorría a zancadas las interminables habitaciones del palacio, seguida por sus criadas—. Algo que Dedosazules teme que le sucederá a Susebron. Será peligroso tanto para el rey-dios como para mí misma».
Continuó avanzando, arrastrando una cola hecha de innumerables borlas de seda verde traslúcida.
El vestido de ese día era casi tan fino como una telaraña; lo había elegido ella, pero luego les había pedido a sus criadas que le trajeran una enagua opaca.
Era curioso lo deprisa que había dejado de preocuparse por qué era ostentoso y qué no.
Había problemas mucho más importantes de los que preocuparse.
«Los sacerdotes temen de veras que le suceda algo a Susebron —se dijo con firmeza—.
Se mueren de ganas de que les proporcione un heredero.
Dicen que es por la sucesión, pero llevaban cinco décadas sin molestarse.
Estuvieron dispuestos a esperar veinte años para conseguir una esposa de Idris.
Sea cual sea el peligro, no es urgente. Y, sin embargo, los sacerdotes actúan como si lo fuera».
Tal vez habían anhelado tanto una esposa de linaje real que estuvieron dispuestos a correr el riesgo. Pero, incluso así, no les habría hecho falta esperar veinte años. Vivenna llevaba ya varios años en edad fértil.
Pero tal vez el tratado especificara un momento y no una edad.
Tal vez solo estableciera que el rey de Idris tenía veinte años para proporcionarle una esposa al rey-dios.
Eso explicaría por qué su padre había podido enviar a Siri y no a su hermana.
Siri se maldijo por haberse saltado las lecciones sobre el tratado.
No conocía los detalles de su contenido.
Hasta era posible que el peligro estuviera explicado en el documento mismo.
Necesitaba más información. Por desgracia, los sacerdotes eran inamovibles, los criados silenciosos y Dedosazules, bueno…
Siri por fin lo halló cruzando una habitación mientras escribía en su libro.
Corrió tras él, arrastrando su cola por el suelo.
Dedosazules se volvió al verla. Abrió mucho los ojos, apretó el paso y pasó a otra estancia.
Siri lo llamó, avanzando tan rápido como se lo permitía el vestido, pero cuando llegó la habitación ya estaba vacía.
—¡Colores! —maldijo, sintiendo que el cabello se le volvía rojo fuerte por el enfado—. ¿Sigues pensando que no trata de evitarme? —preguntó a su criada jefa.
La mujer bajó los ojos.
—Sería impropio de un sirviente de palacio evitar a su reina, receptáculo. No debe de haberos visto.
«Claro —pensó Siri—, igual que todas las otras veces». Cuando lo mandaba llamar, siempre llegaba después de que ella se hubiera ido, harta de esperar. Cuando le enviaba una carta, él respondía tan vagamente que acababa por frustrarla.
Siri no podía sacar libros de la biblioteca del palacio, y los sacerdotes la distraían a propósito si intentaba leer allí mismo.
Había pedido que le trajeran libros de la ciudad, pero siempre insistían en que se lo llevase un sacerdote y se lo leyera él mismo, para no «fatigar sus ojos».
Siri estaba segura de que si en el libro había algo que los sacerdotes quisieran ocultarle, el lector se lo saltaría sin más.
Dependía muchísimo de los sacerdotes y los escribas para todo, incluyendo la información.
«Excepto…», pensó, todavía en la brillante habitación roja. Había otra fuente de información. Se volvió hacia su criada jefa.
—¿Qué actividades hay hoy en el patio?
—Muchas, receptáculo. Han venido algunos artistas y están haciendo cuadros y bocetos.
Hay domadores de animales que muestran exóticas criaturas del sur.
Creo que tienen elefantes y cebras. También hay varios mercaderes de tintes exhibiendo sus nuevas combinaciones de colores. Y, por supuesto, están los juglares.
—¿Y en ese edificio al que fuimos?
—¿El anfiteatro, receptáculo? Creo que habrá juegos por la noche. Competiciones de habilidad física.
Siri asintió.
—Prepara un palco. Quiero asistir.
Allá en su tierra, Siri había visto alguna que otra carrera. Solían ser espontáneas, ya que los monjes no aprobaban que los hombres alardearan. Austre confería talentos a todo el mundo. Hacer ostentación de ellos se consideraba arrogancia.
Pero no era tan fácil reprimir a los chicos. Ella los había visto correr, incluso los había animado. Sin embargo, esas competiciones no se parecían en nada a la exhibición que estaban dando los hombres de Hallandren.
Se disputaban media docena de encuentros distintos a la vez.
Algunos hombres arrojaban grandes piedras, compitiendo en alcance.
Otros corrían en un amplio círculo por el interior del anfiteatro, levantando arena y sudando copiosamente al pegajoso calor de Hallandren.
Otros lanzaban jabalinas, disparaban flechas o competían en salto.
Siri lo contemplaba todo con creciente sonrojo, que se le extendía hasta la punta del pelo. Los hombres solo vestían taparrabos. Durante las semanas que llevaba en la grandiosa ciudad, nunca había visto nada tan… interesante.
«Una dama no debe mirar a los hombres jóvenes —le había enseñado su madre—. Es indecoroso».
Sin embargo, ¿qué sentido tenía aquello si no miraba?
Siri no podía evitarlo, y no era solo por la piel desnuda.
Esos hombres se habían entrenado intensivamente, habían dominado sus capacidades físicas con maravilloso efecto.
Mientras miraba, vio que se daba relativamente poca pompa a los ganadores de cada disciplina particular.
En realidad, aquellas competiciones no se centraban en la victoria, sino en la habilidad necesaria para participar.
En ese aspecto, estaban casi en sintonía con las sensibilidades idrianas. Pero, al mismo tiempo, eran intrínsecamente opuestas.
La belleza de los juegos la distrajo mucho más tiempo del que había esperado, con el pelo permanentemente atrapado en un profundo sonrojo granate, incluso después de acostumbrarse a la idea de que los hombres compitieran tan ligeros de ropa.
Al cabo de un rato, se obligó a levantarse y darle la espalda al espectáculo. Tenía trabajo que hacer.
Sus criadas se espabilaron también. Habían traído todo tipo de lujos. Divanes y cojines, fruta y vinos, incluso a unos pocos hombres encargados de abanicarla. Después de unas semanas en el palacio, esas comodidades empezaban a parecerle algo corriente.
—La otra vez vino a hablar conmigo un dios —dijo Siri, escrutando el anfiteatro, donde muchos de los palcos de piedra estaban decorados con doseles de colores—. ¿Cuál era?
—Sondeluz el Audaz, receptáculo —respondió una sirviente—. El dios de la valentía.
Siri asintió.
—¿Y sus colores son?
—Dorado y rojo, receptáculo.
Siri sonrió. Su dosel indicaba que estaba allí. No era el único dios que había ido a saludar a Siri durante las semanas que llevaba en palacio, pero sí el único que había dedicado tiempo a charlar con ella. El tal Sondeluz había sido confuso, pero al menos se había mostrado dispuesto a hablar.
Siri abandonó su palco, arrastrando su hermoso vestido por la piedra. Había tenido que obligarse a dejar de sentirse culpable por estropearlos, ya que al parecer cada vestido se quemaba al día siguiente de que ella lo usara.
Sus criadas estallaron en un frenesí de movimiento, recogiendo muebles y alimentos para luego seguirla.
Como la vez anterior, había gente en los bancos de abajo: mercaderes lo bastante ricos como para comprar una entrada, o campesinos que habían ganado un sorteo especial.
Muchos se volvieron a mirarla pasar, y susurraron entre sí.
«Es la única forma que tienen de verme —comprendió ella—. A su reina».
Era una de las cosas que sin duda se hacían mejor en Idris que en Hallandren. Los idrianos tenían fácil acceso a su rey y su gobierno, mientras que en Hallandren a los líderes se los mantenía apartados y, por tanto, se los convertía en seres remotos, incluso misteriosos.
Siri se acercó al pabellón rojo y dorado.
El dios con el que había hablado estaba dentro, relajándose en un diván, bebiendo de una gran copa de hermoso cristal tallado repleta de un líquido rojizo y helado.
Tenía el mismo aspecto que antes: los rasgos masculinos cincelados que Siri empezaba ya a asociar con la divinidad, el pelo negro perfectamente peinado, la piel bronceada y una actitud claramente displicente.
«Es otra cosa en la que Idris tiene razón —pensó—. Quizá mi pueblo sea demasiado severo, pero tampoco es bueno volverse tan ocioso como algunos de estos retornados».
El dios, Sondeluz, la miró e inclinó la cabeza con deferencia.
—Mi reina.
—Sondeluz el Audaz —saludó ella mientras una criada le acercaba su silla—. Confío en que estés teniendo un día agradable.
—Hasta el momento, hoy he descubierto varios elementos perturbadores y redefinitorios de mi alma, que están reestructurando lentamente la naturaleza misma de mi existencia. —Bebió un sorbo—. Aparte de eso, nada fuera de lo corriente. ¿Y tú?
—Menos revelaciones —dijo Siri, sentándose—. Más confusión. Sigo siendo inexperta en el funcionamiento de las cosas aquí. Esperaba que pudieras responderme a algunas preguntas y quizá darme algo de información…
—Me temo que no.
Siri vaciló y se ruborizó, avergonzada.
—Lo siento. ¿He hecho algo mal? Solo…
—No, nada mal, niña —dijo Sondeluz, ensanchando su sonrisa—. El motivo por el que no puedo ayudarte es que, desgraciadamente, no sé nada. Soy un inútil. ¿No te has enterado?
—Hum… Me temo que no.
—Te pasa por no prestar más atención —dijo él, alzando su copa hacia ella—. Vergüenza debería darte —añadió sonriendo.