Capítulo 26 #3
—Bueno, no hay mucho que decir —dijo el primer sirviente—. Nos atacó. Le lanzó una cuerda despertada al pobre Taff y lo dejó atado al momento. Rariv y yo corrimos a buscar ayuda. Lolan se quedó atrás.
Sondeluz miró al tercer hombre.
—¿Te quedaste atrás? ¿Por qué?
—Para ayudar a Taff, claro.
«Miente —pensó Sondeluz—. Parece demasiado nervioso».
—¿De veras? —dijo, acercándose.
El hombre bajó la cabeza.
—Bueno, tampoco del todo. O sea, también estaba la espada…
—Ah, es verdad —dijo el segundo hombre—. Nos arrojó una espada. Fue una cosa rarísima.
—¿No la desenvainó? —preguntó Sondeluz—. ¿La arrojó?
Los hombres negaron con la cabeza.
—Nos la tiró, sí, con vaina y todo. Lolan la recogió del suelo.
—Pensé en luchar con él —añadió Lolan.
—Interesante —dijo Sondeluz—. ¿Y vosotros dos os marchasteis?
—Sí —dijo el primer hombre—. Cuando volvimos con más gente, después de que nos persiguiera esa condenada ardilla, encontramos a Lolan en el suelo inconsciente, y al pobre Taff… bueno, aún estaba atado, aunque la cuerda ya no estaba despertada. Lo habían apuñalado.
—¿Lo viste morir?
—No, no —respondió Lolan, alzando las manos en gesto de negativa. Sondeluz advirtió que tenía una mano vendada—. El intruso me dejó inconsciente de un puñetazo en la cabeza.
—Pero tú tenías la espada —dijo Sondeluz.
—Era demasiado grande para usarla —repuso el hombre, agachando la cabeza.
—¿Así que os arrojó la espada, echó a correr hacia vosotros y te atizó un puñetazo?
El hombre asintió.
—¿Y tu mano? —preguntó Sondeluz.
El hombre vaciló, retirándola en gesto inconsciente.
—Me la torcí. Nada importante.
—¿Y necesitas un vendaje para una muñeca torcida? —Sondeluz alzó una ceja—. Enséñamela.
El hombre titubeó.
—Enséñamela o pierde tu alma, hijo mío —lo apremió Sondeluz con lo que esperaba fuera una adecuada voz divina.
El hombre extendió lentamente la mano. Llarimar se acercó y retiró la venda.
La mano estaba completamente gris, vacía de color.
«Imposible —pensó asombrado Sondeluz—. El despertar no le hace eso a la carne viva. No puede absorber el color de alguien vivo, solo de objetos. Tablas del suelo, ropas, muebles».
El hombre retiró la mano.
—¿Qué es eso? —preguntó Sondeluz.
—No lo sé —respondió el hombre—. Me desperté y estaba así.
—¿Ah, sí? —dijo Sondeluz en tono inexpresivo—. ¿Y tengo que creer que no tuviste nada más que ver con este asunto? ¿Que no estabas confabulado con el intruso?
De repente, el hombre se dejó caer de rodillas y empezó a llorar.
—¡Por favor, mi señor! No toméis mi alma. No soy la mejor persona del mundo. Voy a burdeles. Hago trampas en el juego.
Los otros dos parecieron sobresaltarse al oírlo.
—Pero no sé nada de ese intruso —continuó Lolan—.
Por favor, tenéis que creerme. Yo solo quería esa espada.
¡Esa hermosa espada negra! Quería desenvainarla, blandirla, atacar con ella al hombre.
Intenté cogerla y, mientras estaba distraído, me atacó.
¡Pero no lo vi matar a Taff! Lo prometo, ¡nunca había visto a ese intruso antes! ¡Tenéis que creerme!
Sondeluz calló un momento.
—Te creo —dijo finalmente—. Que esto te sirva de advertencia. Sé bueno. Deja de hacer trampas.
—Sí, mi señor.
Sondeluz se despidió de los hombres con un asentimiento y Llarimar y él los dejaron atrás.
—Oye, pues sí que me siento un poco como un dios —dijo Sondeluz—. ¿Has visto cómo he hecho que se arrepienta?
—Asombroso, divina gracia —respondió Llarimar.
—¿Qué piensas de sus testimonios? Aquí pasa algo raro, ¿verdad?
—Sigo preguntándome por qué pensáis que sois vos quien debe investigarlo, divina gracia.
—No es que tenga otra cosa que hacer.
—Aparte de ser un dios.
—Sobrevalorado —dijo Sondeluz, acercándose al último hombre—. Tiene sus ventajas, pero el horario es horrible.
Llarimar dio un leve bufido mientras Sondeluz llegaba junto al último testigo, el sacerdote bajito que esperaba allí de pie, con su túnica naranja y dorada. Era bastante más joven que el otro sacerdote.
«¿Lo han elegido para mentirme con la esperanza de que parezca inocente? —se preguntó Sondeluz, distraído—. ¿O estoy sacando conclusiones precipitadas?».
—¿Qué te pasó a ti? —le preguntó.
El joven sacerdote hizo una reverencia.
—Estaba cumpliendo con mis quehaceres, llevando al santuario de archivos varias profecías de la señora que habíamos transcrito. Oí un tumulto lejano en el edificio. Me asomé a la ventana hacia el sonido, pero no vi nada.
—¿Dónde estabas?
El joven señaló una ventana.
—Ahí, divina gracia.
Sondeluz frunció el ceño. El sacerdote había estado en el lado opuesto del palacio respecto a donde había tenido lugar el asesinato. Pero sí que era el lado del edificio por donde había entrado el intruso.
—¿Viste la puerta donde neutralizó a los dos guardias?
—Sí, divina gracia —dijo el hombre—. Aunque al principio no los vi a ellos.
Casi me fui de la ventana para buscar la fuente del ruido.
Pero en ese momento vi algo extraño a la luz de la lámpara de la entrada, una figura moviéndose.
Fue entonces cuando me fijé en que los guardias estaban en el suelo.
Pensé que eran cadáveres, y me asustó la figura en sombras que se movía entre ellos.
Grité y corrí en busca de ayuda. Cuando por fin me prestaron atención, la figura ya había desaparecido.
—¿Bajaste para ir a buscar al intruso? —preguntó Sondeluz.
El hombre asintió.
—¿Y cuánto tardaste?
—Varios minutos, divina gracia.
Sondeluz asintió lentamente.
—Muy bien, pues. Gracias.
El joven sacerdote se dispuso a marcharse para reunirse con sus compañeros.
—Ah, un momento —dijo Sondeluz—. Por un casual, ¿pudiste llegar a ver bien al intruso?
—Lo cierto es que no, divina gracia —respondió el sacerdote—. Iba vestido de oscuro, con ropa normal y corriente. Estaba demasiado lejos para verlo bien.
Sondeluz despidió al hombre. Se frotó la barbilla pensativo durante un instante, y luego miró a Llarimar.
—¿Y bien?
El sacerdote alzó una ceja.
—¿Bien qué, divina gracia?
—¿Qué piensas?
Llarimar negó con la cabeza.
—Sinceramente… no lo sé, divina gracia. Sin embargo, está claro que esto es importante.
Sondeluz titubeó.
—¿Lo es?
Llarimar asintió.
—Sí, divina gracia. Por lo que ha dicho ese hombre, el que estaba herido en la mano. Ha mencionado una espada negra. La habíais presagiado, ¿recordáis? En el cuadro de esta mañana.
—Eso no era un presagio. Está de verdad en el cuadro.
—Así funcionan las profecías, divina gracia. ¿No lo veis? Miráis una pintura y una imagen aparece ante vuestros ojos. Lo único que veo yo son pinceladas aleatorias de rojo. La escena que describís, las cosas que veis, son proféticas. Sois un dios.
—¡Pero he visto exactamente lo que se supone que representa el cuadro! —exclamó Sondeluz—. ¡Antes incluso de que me dijeras cuál era su título!
Llarimar asintió con sabiduría, como si eso demostrara su argumento.
—Ah, déjalo estar. ¡Cómo sois los sacerdotes! Menudos fanáticos insufribles estáis hechos todos. En todo caso, coincidirás conmigo en que aquí pasa algo raro.
—Sin duda, divina gracia.
—Bien —dijo Sondeluz—. Entonces ten la amabilidad de dejar de quejarte mientras investigo.
—Lo cierto, divina gracia, es que ahora resulta incluso más imperativo que no os impliquéis. Predijisteis que esto ocurriría, pero sois un oráculo. No debéis interactuar con el objeto de vuestras predicciones. Si os involucráis, podríais desequilibrar muchas cosas.
—Me gusta estar desequilibrado. Además, esto es demasiado divertido.
Como de costumbre, Llarimar no reaccionó al ver su consejo ignorado. Pero cuando empezaban a volver hacia el grupo principal, el sacerdote hizo una pregunta.
—Divina gracia, solo por saciar mi curiosidad, ¿qué pensáis vos del asesinato?
—Está claro —respondió Sondeluz con gesto indolente—.
Hubo dos intrusos. El primero fue el hombre grande de la espada, que dejó inconscientes a los guardias, atacó a esos criados, liberó al sinvida y luego desapareció.
El segundo, el que vio el sacerdote joven, entró después del primero. Ese segundo hombre es el asesino.
Llarimar frunció el ceño.
—¿Por qué suponéis eso?
—El primer hombre se preocupó de no matar —dijo Sondeluz—.
Dejó a los guardias con vida a riesgo para sí mismo, ya que podrían haber recuperado la conciencia en cualquier momento y dar la voz de alarma.
No desenvainó su espada contra los criados, sino que solo trató de reducirlos.
No tenía motivos para matar a un cautivo sujeto, y menos teniendo en cuenta que ya había dejado testigos.
En cambio, si hubo un segundo hombre… bueno, tendría sentido.
El sirviente al que mataron era el que estaba consciente cuando este segundo intruso llegó.
Ese criado fue el único que el segundo intruso sabía que lo había visto.
—Así que pensáis que alguien siguió al hombre de la espada, mató al único testigo y luego…
—Ambos desaparecieron —afirmó Sondeluz—. He encontrado una trampilla. Pienso que debe de haber pasadizos debajo del palacio. Me parece bastante obvio. Una cosa, sin embargo, no es obvia.
Miró a Llarimar, aflojando el paso antes de llegar al grupo principal de sacerdotes y sirvientes.
—¿Y cuál es, divina gracia?
—¡Cómo en nombre de los Colores he deducido todo esto!
—Intento comprenderlo yo también, divina gracia.
Sondeluz negó con la cabeza.
—Esto viene de antes, Veloz. Todo lo que estoy haciendo me parece natural. ¿Quién era yo antes de morir?
—No sé a qué os referís, divina gracia —respondió Llarimar, dándose la vuelta.
—Eh, venga ya, Veloz. Me he pasado casi toda la vida retornada holgazaneando, y ahora, nada más matan a alguien, ¿salto de la cama y no puedo resistirme a husmear en el asunto? ¿No te parece sospechoso?
Llarimar no lo miró.
—¡Colores! —maldijo Sondeluz—. ¿Fui alguien útil? Justo estaba empezando a convencerme de que había muerto de un modo razonable, como caerme de un tocón cuando estaba borracho.
—Sabéis que moristeis de manera valiente, divina gracia.
—Pudo ser un tocón muy alto.
Llarimar sacudió la cabeza.
—En todo caso, divina gracia, sabéis que no puedo decir nada de quién fuisteis antes.
—Bueno, estos instintos vienen de alguna parte —contestó Sondeluz mientras se dirigían al grupo de sacerdotes y sirvientes.
El sacerdote jefe había vuelto con una cajita de madera. Dentro algo se agitaba y arañaba frenéticamente.
—Gracias —dijo Sondeluz, agarrando la caja y pasando de largo sin detenerse—. Créeme, Veloz, que no estoy nada contento.
—Parecíais bastante feliz esta mañana, divina gracia —repuso Llarimar.
Se marcharon del palacio de Mercestrella dejando atrás al sacerdote de la diosa con una queja muriendo en los labios, mientras el séquito de Sondeluz los seguía.
—Estaba feliz porque no sabía qué pasaba —dijo Sondeluz—. ¿Cómo voy a ser adecuadamente indolente si no paran de entrarme ganas de investigar cosas? De verdad que este asesinato arruinará por completo mi reputación, labrada a pulso.
—Lamento mucho, divina gracia, que os cause tantas molestias una semblanza de motivación.
—Pues sí —suspiró Sondeluz. Tendió la caja con su furioso roedor sinvida—. Toma. ¿Crees que mis despertantes podrán quebrar su frase de seguridad?
—Con tiempo suficiente —dijo Llarimar—. Pero es un animal, divina gracia. No podrá contarnos nada directamente.
—Que lo hagan de todas formas —ordenó él—. Mientras tanto, tengo que pensar un poco más en este caso.
Regresaron a su palacio. Sin embargo, en ese momento Sondeluz cayó en la cuenta de que había usado la palabra «caso» para referirse al asesinato. Era una palabra que no había oído usar nunca en ese contexto particular. Sin embargo, sabía que encajaba. De un modo instintivo, automático.
«No tuve que aprender a hablar de nuevo cuando retorné —pensó—, ni a caminar de nuevo, ni a leer, ni nada por el estilo. Solo perdí mi memoria personal».
Pero no toda, al parecer.
Y eso le hizo preguntarse qué más sería capaz de hacer, si lo intentaba.