Capítulo 26 #2
—Me temo que no, divina gracia —respondió uno de ellos—. Ha ido a visitar a Madretodos para pasar la tarde.
«Madretodos —pensó Sondeluz—. Otra que tiene Mandatos sinvida. ¿Esto es cosa de Tejesonrojos?». Tal vez debería volver más tarde; echaba de menos charlar con Madretodos. Ella, por desgracia, le profesaba una aversión visceral.
—Ah —dijo Sondeluz al guardia—. Bueno, en todo caso, necesito examinar el pasillo donde sucedió el ataque la otra noche.
Los guardias se miraron.
—Eh… No sé si podemos dejaros hacer eso, divina gracia.
—¡Veloz! —llamó Sondeluz—. ¿Pueden prohibírmelo?
—Solamente si tienen una orden directa de Mercestrella.
Sondeluz se volvió hacia los hombres. Reacios, ellos se hicieron a un lado.
—No os preocupéis por nada —les dijo—. Ella me pidió que me encargara de las cosas. Más o menos. ¿Vienes, Veloz?
Llarimar lo siguió por los pasillos. Una vez más, Sondeluz sintió una extraña satisfacción. Unos instintos que había ignorado poseer lo impulsaban a investigar el lugar en que había muerto el sirviente.
Habían reemplazado la madera. La vista elevada de Sondeluz distinguió al instante la madera nueva de la antigua. Avanzó un poco más. La zona donde la madera se había vuelto gris había desaparecido también, sustituida por material nuevo.
«Interesante —pensó—. Pero no inesperado. Me pregunto… si habrá algún otro parche». Avanzó un poco más y dio con otra sección de madera nueva. Formaba un cuadrado exacto.
—¿Divina gracia? —preguntó una nueva voz.
Sondeluz alzó la mirada y vio al sacerdote joven y cortante con quien había hablado el día anterior. Sonrió.
—Ah, bien. Esperaba que vinieras.
—Esto es de lo más irregular, divina gracia —dijo el hombre.
—Dicen que comer muchos higos lo alivia a veces —repuso Sondeluz—. Muy bien, necesito hablar con los guardias que vieron al intruso la otra noche.
—Pero ¿por qué, divina gracia?
—Porque soy un excéntrico —dijo Sondeluz—. Mándalos llamar. Quiero hablar con todos los sirvientes o guardias que vieron al hombre que cometió el asesinato.
—Divina gracia —replicó el sacerdote, incómodo—, las autoridades de la ciudad ya se han ocupado. Han determinado que el intruso era un ladrón que buscaba las obras de arte de Mercestrella, y se han comprometido a…
—Veloz —dijo Sondeluz, volviéndose—. ¿Este hombre puede desobedecer mi requerimiento?
—Solo con gran peligro para su alma, divina gracia —respondió Llarimar.
El sacerdote los miró furioso a ambos, pero luego se volvió y envió a un criado a hacer lo que habían pedido. Sondeluz se arrodilló, haciendo que varios criados susurraran alarmados. Obviamente, les parecía impropio que un dios se agachara.
Él los ignoró y examinó el cuadrado de madera nueva. Era más grande que los otros dos que habían arrancado, y los colores encajaban mucho mejor. Solo era una zona de madera cuyo tono era apenas distinto al de sus vecinos. Sin aliento, sin mucho aliento, Sondeluz no habría advertido la diferencia.
«Una trampilla —comprendió con súbita sorpresa. El sacerdote lo observaba atento—. Este parche no es tan nuevo como los dos de ahí atrás. Solo es nuevo comparado con las tablas que tiene alrededor».
Sondeluz gateó por el suelo, pasando por alto deliberadamente la trampilla.
De nuevo, unos instintos inesperados le advirtieron que no revelara su hallazgo.
¿Por qué era tan cauto de repente? ¿Era por la influencia de sus agitados sueños y la imaginería de aquel cuadro?
¿O había algo más? Sentía como si estuviera sondeando profundamente en su interior, sacando a la luz una consciencia que nunca antes había necesitado.
En todo caso, se apartó fingiendo no haber reparado en la trampilla, como si buscara hilos que pudieran haberse quedado enganchados a la madera. Encontró uno, sin duda desprendido de la túnica de un criado, y lo alzó.
El sacerdote pareció relajarse un poco.
«Sabe lo de la trampilla —confirmó Sondeluz—. Y… ¿quizá el intruso sabía también de su existencia?».
Sondeluz gateó un poco más, incomodando a los criados hasta que llegaron los hombres que había mandado llamar.
Se levantó, dejó que un par de criados le sacudieran la túnica y se acercó a los recién llegados.
El pasillo empezaba a abarrotarse bastante, así que Sondeluz sacó a todo el mundo a la luz del sol.
Una vez fuera, miró al grupo de seis hombres.
—Identificaos. Tú, el de la izquierda, ¿quién eres?
—Me llamo Gagaril —respondió el hombre.
—Sí que lo siento —dijo Sondeluz.
El hombre se ruborizó.
—Me pusieron el nombre siguiendo a mi padre, divina gracia.
—¿Siguiéndolo adónde, a casa desde la taberna? Bueno, da igual. ¿Qué tienes que ver con todo esto?
—Soy uno de los guardias que estaban en la puerta cuando irrumpió el intruso.
—¿Estabas solo?
—No —respondió otro hombre—. Yo estaba con él.
—Bien —dijo Sondeluz—. Vosotros dos, poneos allí en algún sitio.
Señaló el jardín con la mano. Los dos hombres se miraron un momento y luego fueron hacia donde les indicaba.
—¡Lo bastante lejos para que no podáis oírnos! —les gritó Sondeluz.
Los dos hombres asintieron y continuaron.
—Muy bien. —Sondeluz se volvió hacia los demás—. ¿Quiénes sois vosotros cuatro?
—Ese hombre nos atacó en el pasillo —respondió uno de ellos. Señaló a los otros dos—. A nosotros tres y… a otro más. El hombre que murió.
—Terrible desgracia —dijo Sondeluz, señalando en otra dirección del jardín—. Venga, largo. Caminad hasta que ya no podáis oírme y esperad ahí.
Los tres hombres se alejaron.
—Y ahora tú —dijo Sondeluz con los brazos en jarras, mirando al último hombre, un sacerdote más bajito.
—Yo vi huir al intruso, divina gracia —explicó él—. Estaba mirando por una ventana.
—Qué oportuno —dijo Sondeluz.
Le señaló un tercer punto del jardín, lo bastante alejado de los demás como para estar aislado. El hombre se marchó y Sondeluz se volvió hacia el sacerdote que obviamente estaba al mando.
—¿Dices que el intruso liberó a un animal sinvida?
—Una ardilla, divina gracia —respondió el sacerdote—. La capturamos.
—Ve y tráemela.
—Divina gracia, es bastante salvaje y…
Calló cuando la mirada de Sondeluz por fin alcanzó sus ojos y entonces llamó a un criado.
—No —dijo Sondeluz—. Nada de sirvientes. Ve tú y tráela en persona.
El sacerdote parecía incrédulo.
—Sí, sí —dijo Sondeluz, agitando una mano—. Lo sé. Es una ofensa a tu dignidad. Quizá deberías pensar en convertirte al austrismo. Pero, por ahora, en marcha.
El sacerdote se alejó gruñendo.
—Los demás esperad aquí —dijo Sondeluz a sus propios sirvientes y sacerdotes.
Pusieron cara de resignación. Quizá empezaban a acostumbrarse a que los dejara solos.
—Vamos, Veloz —dijo Sondeluz, encaminándose hacia el primer grupo que había enviado al jardín.
Llarimar correteó para no quedarse atrás mientras Sondeluz llegaba dando largas zancadas con los dos hombres.
—Ahora —les dijo Sondeluz, fuera del rango auditivo de los demás—, contadme lo que visteis.
—Se nos acercó fingiendo ser un loco, divina gracia —contestó el de la izquierda—. Salió tan tranquilo de las sombras, murmurando bajito. Pero solo fingía, porque, cuando nos acercamos a él, nos dejó inconscientes a los dos.
—¿Cómo? —preguntó Sondeluz.
—A mí me agarró por el cuello con flecos de su camisa despertada —dijo el guardia. Señaló a su compañero con el mentón—. A este le dio en el estómago con el pomo de una espada.
El segundo guardia se levantó la camisa para mostrar un gran hematoma, y luego ladeó la cabeza enseñando otro en el cuello.
—Nos asfixió a los dos —dijo el primero—. A mí con esos flecos, a Fran con una bota en el cuello. Es lo último que vimos. Para cuando despertamos, se había ido.
—Os asfixió —dijo Sondeluz—, pero no os mató. ¿Paró después de dejaros sin sentido?
—Así es, divina gracia.
—Por favor, describidme al hombre —pidió Sondeluz.
—Era grande —dijo el guardia—. Tenía barba desaliñada. No demasiado larga, pero tampoco recortada.
—No olía ni iba sucio —añadió el otro—. Era solo que no parecía darle mucha importancia a su aspecto. Llevaba el pelo largo, hasta el cuello, y no había visto un peine en mucho tiempo.
—Llevaba ropa raída —añadió el primero—. Con remiendos aquí y allá, y nada brillante, pero tampoco muy oscura. Era una especie de… color neutro. Poco típico de Hallandren, ahora que lo pienso.
—¿E iba armado? —preguntó Sondeluz.
—Con la espada que me golpeó —respondió el segundo guardia—. Un arma grande. No una hoja de duelo, sino más bien una espada como las que llevan los orientales. Recta y muy larga. La llevaba escondida bajo la capa, pero la habríamos visto si no la hubiera disimulado con esos andares tan raros.
Sondeluz asintió.
—Gracias. Quedaos aquí.
Dio media vuelta y se dirigió hacia el segundo grupo.
—Esto es muy interesante, divina gracia —dijo Llarimar—. Pero de verdad que no le veo el sentido.
—Es simple curiosidad.
—Disculpadme, divina gracia, pero no tenéis precisamente fama de curioso.
Sondeluz continuó caminando. Las cosas que estaba haciendo obedecían más que nada a impulsos. Le resultaban naturales. Se acercó al siguiente grupo.
—Vosotros sois los que visteis al intruso en el pasillo, ¿verdad? —preguntó Sondeluz a los tres sirvientes.
Los hombres asintieron. Uno dirigió una mirada hacia el palacio de Mercestrella. El césped de delante se había llenado de una pintoresca mezcla de sacerdotes y sirvientes, tanto de Mercestrella como del propio Sondeluz.
—Contadme qué ocurrió.
—Caminábamos por el pasillo de servicio —dijo uno de ellos—. Habíamos terminado nuestro turno y salíamos hacia una taberna cercana en la ciudad.
—Entonces vimos a alguien en el pasillo —dijo otro—. No era de aquí.
—Describidlo —ordenó Sondeluz.
—Un hombre grande —dijo el primero. Los otros asintieron—. Tenía ropa harapienta y barba. Iba como así un poco sucio.
—No —dijo el segundo—. La ropa era vieja, pero el hombre no iba sucio. Solo desaliñado.
Sondeluz asintió.
—Continuad.