El aliento de los dioses Capítulo 26
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Capítulo 26

evantado nada más despertar, Sondeluz se desperezó y sonrió.

—Precioso día —dijo.

Sus sirvientes esperaban en los lados de la habitación, mirándolo dubitativos.

—¿Qué ocurre? —Sondeluz extendió los brazos—. Venga, venga, hay que vestirse.

Todos se apresuraron a atenderlo. Llarimar entró poco después. Sondeluz a menudo se preguntaba a qué hora se despertaba su sumo sacerdote, ya que cada mañana, cuando él se levantaba, Llarimar estaba siempre allí.

El sacerdote lo miró alzando una ceja.

—Se os ve muy animado esta mañana, divina gracia.

Sondeluz se encogió de hombros.

—Me ha parecido que era hora de levantarse.

—Una hora antes que de costumbre.

Sondeluz ladeó la cabeza mientras los criados le ceñían la túnica.

—¿De veras?

—Sí, divina gracia.

—Qué curioso —dijo, y asintió en dirección a sus criados, que retrocedían después de vestirlo.

—¿Repasamos vuestros sueños, pues? —preguntó Llarimar.

Sondeluz vaciló mientras una imagen destellaba en su cabeza. Lluvia. Tempestad. Tormentas. Y una brillante pantera roja.

—No —respondió, y se dirigió hacia la puerta.

—Divina gracia…

—Hablaremos de los sueños en otro momento, Veloz —zanjó Sondeluz—. Tenemos trabajo más importante que hacer.

—¿Trabajo más importante?

Sondeluz llegó a la puerta y sonrió mientras se giraba.

—Quiero volver al palacio de Mercestrella.

—¿Para qué?

—No lo sé —dijo Sondeluz alegremente.

Llarimar suspiró.

—Muy bien, divina gracia. Pero ¿podemos repasar al menos algunas obras de arte? Hay gente que ha pagado mucho por obtener vuestra opinión, y algunos esperan con bastante ansia a oír qué opináis de sus obras.

—De acuerdo —aceptó Sondeluz—. Pero hemos de darnos prisa.

Sondeluz contempló la pintura.

Rojo sobre rojo, tonos tan sutiles que el pintor debía de haber alcanzado al menos la tercera elevación.

Rojos violentos, terribles, que chocaban entre ellos como olas…

unas olas que solo recordaban vagamente a hombres y que, sin embargo, conseguían transmitir la idea de ejércitos combatiendo mucho mejor de lo que podría haberlo hecho la más detallada escena realista.

Caos. Heridas ensangrentadas en uniformes ensangrentados y piel ensangrentada. Había mucha violencia en el rojo. Su propio color. Sondeluz se sentía casi como si formara parte del cuadro: sentía su agitación sacudiéndolo, desorientándolo, tirando de él.

Las oleadas humanas señalaban hacia una figura en el centro.

Una mujer, vagamente perfilada por un par de pinceladas curvas.

Y, a pesar de ello, era evidente. Se alzaba, como en la cresta de dos olas de soldados colisionando, capturada en pleno movimiento, con la cabeza echada atrás y el brazo en alto.

Empuñaba una espada negra que oscurecía el cielo rojo a su alrededor.

— La Batalla de las Cataratas del Crepúsculo —dijo Llarimar en voz baja, de pie junto a él en el pasillo blanco—. El último enfrentamiento de la Multiguerra.

Sondeluz asintió. Lo sabía, de algún modo. Los rostros de muchos soldados estaban teñidos de gris. Eran sinvidas. La Multiguerra fue la primera vez se los había empleado de manera masiva en los campos de batalla.

—Sé que no os agradan las escenas bélicas —dijo Llarimar—. Pero…

—Me gusta —lo interrumpió Sondeluz—. Me gusta mucho.

El sacerdote guardó silencio.

Sondeluz contempló el cuadro de fluidos rojos, empleados con tanta sutileza que comunicaban la sensación de la guerra, más que solo una imagen.

—Puede que sea la mejor pintura que ha pasado jamás por mi sala.

Los sacerdotes al otro lado de la habitación empezaron a escribir con ahínco. Llarimar se limitó a mirarlo a él, preocupado.

—¿Qué pasa? —preguntó Sondeluz.

—No es nada.

—Veloz… —dijo Sondeluz clavando en él la mirada.

El sacerdote suspiró.

—No puedo hablar, divina gracia. No debo interferir en vuestra impresión de las pinturas.

—Muchos dioses han hecho críticas favorables a cuadros bélicos últimamente, ¿eh? —dijo Sondeluz, contemplando la obra de arte una vez más.

Llarimar no respondió.

—No creo que sea nada —continuó Sondeluz—. Solo nuestra respuesta a esas discusiones en la corte, supongo.

—Probablemente.

Sondeluz guardó silencio. Sabía que, para Llarimar, sí que significaba algo.

Para el sacerdote, Sondeluz no solo estaba dando su opinión sobre una obra de arte, sino que estaba prediciendo el futuro.

¿Qué auguraba que le gustara una representación de la guerra con colores tan vibrantes y brutales?

¿Era una reacción a sus sueños? Pero la noche anterior no había soñado con la guerra.

Por fin. Había soñado con una tormenta, cierto, pero no era lo mismo.

«No debería haber hablado», pensó. Y, sin embargo, emitir opiniones sobre arte parecía lo único verdaderamente importante que hacía.

Contempló los bruscos trazos del cuadro, cada figura solo un par de pinceladas triangulares.

Era hermoso. ¿Podía ser hermosa la guerra?

¿Cómo podía encontrar belleza en esas caras grises enfrentadas a carne, en los sinvidas matando a hombres?

Esa batalla ni siquiera había significado nada.

No había decidido el resultado de la guerra, aunque el líder de la Unidad Pahn, los reinos aliados contra Hallandren, había muerto en su transcurso.

Era la diplomacia lo que había puesto fin a la Multiguerra en última instancia, no el derramamiento de sangre.

«¿Estamos pensando en empezar con esto de nuevo?

—pensó Sondeluz, todavía absorto por la belleza—.

¿Lo que hago va a desembocar en la guerra?

No —se contestó—. Solo estoy siendo cauteloso.

Ayudo a Tejesonrojos a consolidar una facción política.

Mejor que dejar que las cosas pasen sin mirarlas siquiera.

La Multiguerra empezó porque la familia real no tuvo cuidado».

El cuadro continuaba llamándole la atención.

—¿Qué espada es esa? —preguntó.

—¿Espada?

—La negra. En la mano de la mujer.

—Yo… no veo ninguna espada, divina gracia —dijo Llarimar—. La verdad, tampoco veo a ninguna mujer. Para mí solo son pinceladas sin ton ni son.

—Lo has llamado la Batalla de las Cataratas del Crepúscu lo .

—Es el título de la obra, divina gracia —respondió Llarimar—. Pensaba que estaríais tan confuso como yo, así que os he dicho el título que le puso el pintor.

Los dos guardaron silencio. Al poco, Sondeluz se volvió y se alejó del cuadro.

—Fin de las críticas de arte por hoy. —Vaciló un instante—. No queméis esa pintura. Guardadla para mi colección.

Llarimar confirmó haber recibido la orden con un asentimiento.

Mientras salía del palacio, Sondeluz trató de recobrar un poco de brío y lo consiguió, aunque el recuerdo de aquella terrible y hermosa escena permaneció con él.

Mezclándose con el recuerdo de su último sueño, aquella tempestad de vientos encontrados.

Pero ni siquiera eso pudo enturbiar su buen humor. Algo había cambiado. Algo le emocionaba. Se había producido un asesinato en la Corte de los Dioses.

Sondeluz no sabía por qué encontraba aquello tan intrigante.

Si acaso, debería parecerle trágico o inquietante.

Sin embargo, en su vida siempre se lo habían dado todo hecho.

Respuestas a sus preguntas, diversión para saciar sus caprichos.

Casi sin querer, se había convertido en un glotón.

Solo dos cosas se le habían negado: el conocimiento de su pasado y la libertad para abandonar la corte.

Ninguna de esas restricciones iba a cambiar pronto.

Pero allí, dentro de la corte, de aquel lugar con demasiada seguridad y comodidad, algo había salido mal.

Una nimiedad. Algo a lo que casi ningún retornado haría ni el menor caso.

Nadie se preocupaba por aquello. Nadie quería preocuparse.

¿Quién, por tanto, iba a poner pegas a las preguntas de Sondeluz?

—Actuáis de un modo muy extraño, divina gracia —dijo Llarimar, alcanzándolo mientras cruzaba el jardín, seguido de un caótico grupo de criados que se esforzaban por abrir un gran parasol rojo.

—Lo sé —respondió Sondeluz—. Pero creo que estaremos de acuerdo en que siempre he sido bastante extraño, para ser un dios.

—He de admitir que así es.

—Entonces, en realidad estoy siendo más bien yo mismo —afirmó Sondeluz—. Y todo va bien en el universo.

—¿De verdad vamos a volver al palacio de Mercestrella?

—En efecto. ¿Crees que se molestará con nosotros? Eso podría ser interesante.

Llarimar suspiró.

—¿Estáis dispuesto ya a hablar de vuestros sueños?

Sondeluz no respondió de inmediato. Los sirvientes por fin abrieron el parasol y lo colocaron sobre él.

—Soñé con una tormenta —dijo por fin Sondeluz—. Yo estaba en medio de ella, sin nada a lo que agarrarme. Llovía y el viento soplaba contra mí, obligándome a retroceder. De hecho, era tan fuerte que incluso el suelo bajo mis pies parecía ondularse.

Llarimar parecía preocupado. «Más premoniciones de guerra —pensó Sondeluz—. O, al menos, así lo verá él».

—¿Algo más?

—Sí. Una pantera roja. Parecía brillar y reflejar la luz, como si fuera de cristal o algo parecido. Esperaba en medio de la tormenta.

Llarimar lo miró.

—¿Os estáis inventando cosas, divina gracia?

—¿Qué? ¡No! Es lo que he soñado de verdad.

Llarimar suspiró, pero le hizo una seña a un sacerdote menor, quien corrió a tomar su dictado.

Poco después llegaron al palacio de Mercestrella, naranja y dorado. Sondeluz se detuvo ante el edificio, cayendo en la cuenta de que nunca había visitado el palacio de otro dios sin enviar primero a un mensajero.

—¿Queréis que adelante a alguien para anunciaros, divina gracia? —propuso Llarimar.

Sondeluz titubeó un momento antes de negarse, reparando en un par de guardias que había en la puerta principal. Los dos hombres parecían mucho más musculosos que el criado medio y llevaban espadas. Hojas de duelo, supuso Sondeluz, aunque en realidad nunca había visto ninguna.

Se acercó a los dos hombres.

—¿Está vuestra señora?