El aliento de los dioses Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—Pero, sin duda, no seguirás adorando a esos supuestos dioses —dijo Vivenna—. Después de lo que te hicieron.

—¿Qué me hicieron? Que sepas que di mi aliento voluntariamente.

—¡Eras una niña!

—Tenía once años y mis padres me dieron a elegir.

Tomé la decisión correcta. Mi padre trabajaba en la industria del tinte, pero resbaló y se cayó.

El daño que se hizo en la espalda le impidió trabajar, y yo tenía cinco hermanos y hermanas.

¿Sabes lo que es ver a tus hermanos y hermanas pasar hambre?

Años antes, mis padres ya habían vendido su aliento por dinero para montar el negocio.

¡Al vender el mío, conseguimos lo suficiente para vivir casi un año!

—Ningún precio vale un alma —afirmó Vivenna—. Lo que…

—¡Deja de juzgarme! —restalló Joyas—. Que los fantasmas de Kalad se te lleven, mujer.

¡Estaba orgullosa de vender mi aliento! Y lo sigo estando.

Una parte de mí vive dentro del rey-dios.

Gracias a mí, él continúa viviendo. Formo parte de este reino de un modo que muy pocos lo son.

—Joyas sacudió la cabeza y se dio media vuelta.

»Por eso nos irritáis tanto los idrianos.

Tan altivos, tan seguros de que todo lo hacéis bien.

Si tu dios te pidiera que le dieras tu aliento, o incluso el aliento de tu hijo, ¿no lo harías?

Vosotros entregáis a vuestros hijos para que se hagan monjes, obligándolos a una vida de servidumbre, ¿no es así?

Y eso se considera un signo de fe. En cambio, cuando nosotros hacemos algo para servir a nuestros dioses, nos ponéis mala cara y nos llamáis blasfemos.

Vivenna abrió la boca, pero no se le ocurrió ninguna respuesta. Enviar a los niños a convertirse en monjes era diferente.

—Nosotros nos sacrificamos por nuestros dioses —continuó Joyas, todavía mirando por la ventana—.

Pero eso no significa que nos exploten. Mi familia fue bendecida por lo que hicimos.

No solo hubo dinero suficiente para comprar comida, sino que mi padre se recuperó y unos años después pudo volver a abrir el negocio. Mis hermanos todavía lo dirigen.

»No tienes por qué creer en mis milagros. Puedes llamarlos casualidades o coincidencias, si quieres. Pero no me tengas lástima por mi fe. Y no te consideres mejor que yo, solo porque crees en algo diferente.

Vivenna cerró la boca. Obviamente, no tenía sentido discutir. Joyas no estaba de humor para su comprensión. Se retiró escalera arriba.

Unas horas más tarde, empezó a oscurecer. Vivenna estaba en el balcón del primer piso de la casa, contemplando la ciudad. La mayoría de los edificios de esa calle tenían balcones frontales. Ostentosos o no, desde su emplazamiento en la colina ofrecían una buena vista de T’Telir.

La ciudad resplandecía de luz. En las calles más importantes había unas lámparas montadas en postes que se alzaban a intervalos regulares por la acera, encendidas cada noche por empleados municipales.

Muchos edificios estaban iluminados también.

Semejante gasto de aceite y velas todavía la sorprendía.

Sin embargo, con el mar Interior cerca, el aceite era más barato que en las tierras altas.

Vivenna no sabía cómo interpretar el arrebato de Joyas.

¿Cómo podía nadie estar orgulloso de que le hubieran robado su aliento para alimentar a un avaricioso retornado?

El tono de la mujer parecía indicar que era sincera.

Obviamente, tenía que racionalizar sus experiencias para poder vivir con ellas.

Vivenna estaba atrapada. Las Cinco Visiones predicaban que debía intentar comprender a los demás. Le decían que no se sintiera superior a nadie. Sin embargo, el austrismo enseñaba que lo que Joyas había hecho era una abominación.

Las dos cosas parecían contradictorias. Opinar que Joyas se equivocaba era situarse por encima de la mujer.

Pero aceptar lo que decía era negar el austrismo.

Alguien podría haberse reído de su dilema, pero Vivenna siempre se había esforzado mucho en ser devota.

Había comprendido que necesitaba una devoción estricta para sobrevivir en la pagana Hallandren.

Pagana. ¿No estaba situándose por encima de Hallandren al llamarla así? «Pero es que sí que son paganos». Vivenna no podía aceptar que los retornados fueran verdaderos dioses. Parecía que creer en cualquier fe era volverse arrogante.

Tal vez se merecía las cosas que le había dicho Joyas.

Alguien se acercó. Vivenna se volvió cuando Denth abrió la puerta y salió al balcón.

—Hemos vuelto —anunció.

—Lo sé —dijo ella, contemplando la ciudad y sus motas de luz—. Os he percibido al entrar en el edificio, hace un rato.

Él soltó una risita.

—Se me olvida la cantidad de aliento que tienes, princesa. Nunca lo usas.

«Excepto para captar cuándo hay gente cerca —pensó ella—. Pero eso no puedo evitarlo, ¿verdad?».

—Reconozco esa cara de frustración —señaló Denth—. ¿Todavía te preocupa que el plan no esté yendo lo bastante rápido?

Ella negó con la cabeza.

—No tiene nada que ver con eso, Denth.

—Quizá no debería haberte dejado tanto tiempo a solas con Joyas. Espero que no te haya carcomido demasiado.

Vivenna no respondió. Al cabo de un momento, suspiró y se volvió hacia él.

—¿Cómo ha ido la misión?

—Perfectamente. Cuando ha empezado el robo en la tienda, ya no miraba nadie. Teniendo en cuenta la cantidad de guardias que ponen ahí cada noche, deben de sentirse muy tontos sabiendo que les han robado a plena luz del día.

—Sigo sin comprender de qué servirá —dijo ella—. ¿La tienda de un mercader de especias?

—No solo la tienda —respondió Denth—. Su almacén. Hemos echado a perder o robado todos los barriles de sal de esa bodega. Es uno de los tres únicos hombres que almacenan sal en gran cantidad. La mayoría de los demás mercaderes de especias le compran a él.

—Sí, pero la sal… ¿Qué sentido tiene esto?

—¿Hoy ha hecho mucho calor?

Vivenna se encogió de hombros.

—Demasiado.

—¿Qué le pasa a la carne cuando hace calor?

—Que se pudre —dijo Vivenna—. Pero no es necesario salar la carne para conservarla. Pueden usar…

—¿Hielo? —repuso Denth, riendo—. No, aquí abajo no, princesa. Si quieres conservar carne, la salas. Y si quieres que un ejército lleve pescado desde el mar Interior para atacar un lugar tan lejano como Idris…

Ella sonrió.

—Los ladrones con los que hemos colaborado sacarán la sal de contrabando —dijo Denth—. A reinos lejanos, donde pueda venderse abiertamente. Para cuando estalle la guerra, la Corona tendrá verdaderos problemas para suministrar carne a sus hombres. Es solo otro pequeño golpe, pero se van acumulando.

—Gracias —dijo Vivenna.

—No nos des las gracias. Solo páganos.

Ella asintió. Guardaron silencio un momento, mientras contemplaban la ciudad.

—¿Joyas de verdad cree en los Tonos Iridiscentes? —preguntó por fin Vivenna.

—Tan apasionadamente como a Tonk Fah le gusta dormir —contestó Denth. La miró—. No se te habrá ocurrido cuestionarla, ¿verdad?

—Más o menos.

Él silbó.

—¿Y todavía estás en pie? Tendré que ir a darle las gracias por su contención.

—¿Cómo puede creer en eso? —dijo Vivenna.

Denth se encogió de hombros.

—A mí me parece una religión bastante buena. No sé, a sus dioses puedes ir y verlos. Hablar con ellos, mirar cómo brillan. No es tan difícil de comprender.

—Pero está trabajando para una idriana —repuso Vivenna—. Sus actos sabotean la capacidad bélica de sus propios dioses. El carruaje que hemos derribado hoy era de un sacerdote.

—Y bastante importante, por cierto —rio Denth—. Ah, princesa, es un poco difícil de comprender. Mentalidad de mercenarios. Cobramos por hacer cosas, pero no somos nosotros quienes las hacemos. Eres tú. Nosotros solo somos tus herramientas.

—Herramientas que trabajan contra los dioses de Hallandren.

—Ese no es motivo para dejar de creer en ellos.

Se nos acaba dando muy bien separar la vida privada de las cosas que tenemos que hacer.

Tal vez sea eso lo que hace que la gente nos odie tanto.

No comprenden que si matamos a un amigo en el campo de batalla, no significa que seamos despiadados o poco de fiar.

Hacemos lo que nos pagan por hacer. Igual que cualquiera.

—Es diferente —dijo Vivenna.

Denth se encogió de hombros.

—¿Crees que el refinador piensa alguna vez que el hierro que purifica puede acabar en una espada que mate a un amigo suyo?

La princesa contempló las luces de la ciudad y pensó en toda aquella gente, con todas sus diferentes creencias, sus diferentes modos de pensar, sus diferentes contradicciones. Tal vez no era la única que se esforzaba por creer dos cosas aparentemente opuestas al mismo tiempo.

—¿Y tú, Denth? —preguntó—. ¿Eres hallandrense?

—Dioses, no.

—Entonces ¿en qué crees?

—No creo gran cosa —dijo él—. Ya hace tiempo que no.

—¿Y tu familia? ¿En qué creían?

—Toda mi familia está muerta. Creían en varias fes que casi todo el mundo ha olvidado ya. Nunca me uní a ellas.

Vivenna frunció el ceño.

—Tienes que creer en algo. Si no en una religión, en alguien. Un modo de vivir.

—Lo hice, una vez.

—¿Siempre tienes que dar respuestas tan vagas?

Él la miró.

—Sí —dijo—. Excepto, tal vez, a esa pregunta.

Ella puso los ojos en blanco. Denth se apoyó en la barandilla.

—Las cosas en las que creía… —dijo—. No sé si tendrían sentido, ni si querrías escucharme en caso de que me pusiera a contártelas.

—Dices que solo te interesa el dinero —contestó ella—.

Pero no es así. He visto los libros de cuentas de Lemex.

No te pagaba ninguna burrada. Al menos, no tanto como yo creía ni por asomo.

Y, si hubieras querido, podrías haber atacado el carruaje de ese sacerdote y llevarte el dinero.

Te habría resultado el doble de fácil que lo de la sal.

Él no respondió.

—No sirves a ningún reino ni rey que se me ocurra —continuó ella—.

Eres mejor espadachín que un simple guardaespaldas, sospecho que mejor que casi nadie, si impresionas a un jefe de los bajos fondos con tu habilidad sin despeinarte.

Podrías tener fama, pupilos y premios si decidieras participar en torneos.

Dices obedecer a tu patrono, pero das las órdenes más a menudo que las recibes…

y además, dado que no te importa el dinero, todo eso del buen empleado posiblemente sea solo una fachada. —Calló un momento.

»De hecho, la única que vez que te he visto expresar siquiera una chispa de emoción fue hablando de ese hombre, Vasher. El de la espada.

Cuando Vivenna pronunció el nombre, Denth se tensó.

—¿Quién eres en realidad? —preguntó Vivenna.

Denth se volvió hacia ella con la mirada dura, demostrándole una vez más que el hombre jovial que mostraba al mundo era una máscara. Una farsa. Suavidad para cubrir la piedra interior.

—Soy un mercenario.

—Muy bien —dijo ella—. Entonces ¿quién eras antes?

—No quieres saber la respuesta a eso —dijo él.

Y se marchó con paso firme, dejándola a solas en el oscuro balcón de madera.