El aliento de los dioses Capítulo 24
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Capítulo 24

iri entró en la caótica sala rodeada de inquietas sirvientes.

A su llegada, los sacerdotes y escribas la miraturbados.

Algunos se pusieron en pie de inmediato e hicieron una reverencia.

Otros simplemente se quedaron mirándola al pasar, mientras sus sirvientes se esforzaban en sujetar con dignidad la cola de más de tres metros del vestido azul y blanco.

Decidida, Siri cruzó la cámara, que era más un pasillo que una estancia propiamente dicha.

Había largas mesas alineadas contra las paredes, donde los escribas trabajaban en montones de papeles, los hombres de Pahn Kahl vestidos de marrón, los de Hallandren con los colores del día.

Las paredes eran negras. Las habitaciones de colores solo se hallaban en el centro del palacio, donde el rey-dios y Siri pasaban la mayor parte del tiempo. Separados, por supuesto.

«Aunque las cosas son un poco distintas por la noche», pensó ella sonriendo.

Le parecía un gran subterfugio por su parte estar enseñándole a leer.

Tenía un secreto que escondía del resto del reino, un secreto que implicaba a uno de los hombres más poderosos del mundo.

Eso la emocionaba. Supuso que debería sentirse más preocupada.

Y en sus momentos más reflexivos, las advertencias de Dedosazules sí que le producían inquietud.

Por eso había ido a la oficina de los escribas.

«No entiendo por qué la alcoba está aquí —pensó—. Fuera del cuerpo principal del palacio, en la parte negra».

En todo caso, la sección de los sirvientes, a excepción del dormitorio del rey-dios, era el último sitio donde los escribas esperaban que los interrumpiera su reina.

Siri advirtió que algunas de sus criadas miraban a los hombres de la sala con expresión de disculpa mientras llegaban a las puertas del fondo.

Un sirviente le abrió la puerta y ella pasó a la siguiente sala.

Un relajado grupo de sacerdotes hojeaba libros en aquella cámara de tamaño medio. Alzaron la mirada hacia ella. Uno dejó caer su libro al suelo, sorprendido.

—¡Quiero libros! —proclamó Siri.

Los sacerdotes la miraron.

—¿Libros? —preguntó uno por fin.

—Sí —respondió Siri con los brazos en jarras—. Esta es la biblioteca del palacio, ¿no?

—Bueno, sí, receptáculo —dijo el sacerdote.

Miró a sus compañeros, todos ataviados con la túnica de su oficio en los colores de ese día, violeta y plata.

—Muy bien —dijo Siri—. Pues me gustaría llevarme algunos libros. Estoy cansada de las diversiones corrientes y dedicaré a leer parte de mi tiempo libre.

—Seguro que estos libros no son los más adecuados, receptáculo —intervino otro sacerdote—. Tratan de temas aburridos como la religión o las finanzas de la ciudad. Sin duda, sería más apropiado un libro de relatos.

Siri alzó una ceja.

—¿Y dónde podría encontrar un volumen «más apropiado»?

—Enviaremos a un lector a que os lo traiga de la biblioteca de la ciudad —contestó el sacerdote, dando un rápido paso adelante—. Regresará enseguida.

Siri vaciló.

—No. No me gusta esa opción. Me llevaré libros de aquí.

—No, no lo haréis —dijo una nueva voz desde atrás.

Siri se volvió. Treledees, sumo sacerdote del rey-dios, se alzaba tras ella, con los dedos entrelazados, la mitra en la cabeza, el ceño fruncido.

—No podéis negármelo. Soy vuestra reina.

—Puedo y os lo negaré, receptáculo —dijo Treledees—. Veréis, estos libros son muy valiosos, y si les sucediera algo el reino sufriría graves consecuencias. Ni siquiera nuestros sacerdotes tienen permitido sacarlos de la sala.

—¿Qué podría sucederles en el mismo palacio? —preguntó ella en tono imperioso.

—Es por principio, receptáculo. Son propiedad de un dios. Susebron ha dejado claro que desea que los libros se queden aquí.

«Ah, conque eso ha hecho, ¿eh?». Para Treledees y los sacerdotes era muy conveniente tener un dios sin lengua. Así podían afirmar que les había ordenado cualquiera cosa que les interesara en ese momento y él jamás podría desautorizarlos.

—Si es absolutamente necesario que leáis esos volúmenes —añadió Treledees—, podéis quedaros y hacerlo aquí.

Ella contempló la sala y pensó en los envarados sacerdotes rodeándola como un rebaño, escuchándola leer palabras en voz alta y hacer el ridículo. Si había algo comprometedor en esos volúmenes, seguro que se les ocurriría alguna manera de distraerla e impedirle encontrarlo.

—No —dijo Siri, retirándose de la abarrotada sala—. Tal vez en otra ocasión.

Te dige que no te degarían coger los libros , escribió el rey-dios.

Siri puso los ojos en blanco y dejó caer la espalda a la cama.

Todavía llevaba puesto su pesado traje de noche.

Por algún motivo, poder comunicarse con el rey-dios la volvía aún más tímida.

Solo se quitaba los vestidos justo antes de dormirse, cosa que últimamente hacía cada vez más tarde.

Susebron estaba sentado en su sitio de costumbre, no en el colchón, como había hecho la primera noche.

Había acercado su silla a la cama. Seguía pareciendo igual de grande e imponente.

Al menos, hasta que la miraba con aquel rostro franco y sincero.

Le hizo señas para que Siri se acercara hasta donde estaba sentado con su pizarra, y escribió con un trozo de carbón que ella había conseguido de contrabando.

No deverías enfadar así a los sacerdotes , escribió.

Sacerdotes. Siri había birlado una copa y la había escondido en la habitación.

Si la colocaba contra la pared y escuchaba, a veces entreoía conversaciones al otro lado.

Al terminar con sus gemidos y sus saltos nocturnos, normalmente oía sillas moverse y una puerta cerrarse.

Después de eso, en la otra habitación se hacía el silencio.

O bien los sacerdotes se marchaban cada noche cuando estaban seguros de que el hecho estaba consumado, o bien recelaban y trataban de engañarla haciéndole creer que se habían ido. Su instinto le decía lo primero, aunque se aseguraba de hablarle al rey-dios con susurros, por si acaso.

Siri , escribió él, ¿en qué piensas?

—Tus sacerdotes —susurró ella—. ¡Me frustran! Hacen las cosas a propósito para fastidiarme.

Son buenos ombres , escribió el rey-dios. Trabajan mucho para mantener mi reino.

—Te cortaron la lengua.

El rey-dios permaneció inmóvil unos instantes. Fue nesecario , escribió luego. Tengo demasiado poder.

Ella se aproximó. Como de costumbre, él retrocedió y apartó el brazo. No había ninguna arrogancia en su reacción. Siri había empezado a pensar que era solo porque tenía muy poca experiencia con el contacto físico.

—Susebron —susurró—. Estos hombres no velan por tus intereses. Hicieron más que cortarte la lengua. Hablan en tu nombre, haciendo lo que les place.

No son mis enemigos , escribió él, tozudo. Son buenos ombres.

—¿Ah, sí? —replicó ella—. Entonces ¿por qué les ocultas que estás aprendiendo a leer?

Él vaciló de nuevo, bajando la mirada.

«Tanta humildad en alguien que ha gobernado Hallandren durante cincuenta años es increíble —pensó ella—. En muchos aspectos, es como un niño».

No quiero que lo sepan , escribió él por fin. No quiero disgustarlos.

—Claro, no vaya a ser —dijo ella secamente.

Él se quedó quieto un momento. ¿Claro? , escribió. ¿Significa que me cres?

—No —respondió Siri—. Era sarcasmo, Susebron.

Él frunció el ceño. No sé lo que es. Sarcazom.

—Sarcasmo —dijo ella, y luego lo deletreó—. Es… es cuando dices una cosa, pero en realidad significa lo contrario.

Él la miró con el ceño fruncido, y entonces borró con brío su pizarra y empezó a escribir de nuevo. No tiene sentido. ¿Por qué no decir lo que quieres?

—Porque no —respondió ella—. Es como… Mira, no sé. Es una forma de ser ocurrente cuando te burlas de la gente.

¿Burlarse de la gente? , escribió él.

«¡Dios de los colores!», pensó Siri, tratando de decidir cómo explicarse. Le parecía ridículo que él no supiera nada sobre burlas. Pero, claro, había vivido desde siempre como reverenciada deidad y monarca.

—Burlarse es cuando dices cosas para pinchar a la gente —explicó Siri—.

Cosas que podrían hacer daño si las dijeras enfadada, pero las dices de un modo afectuoso o juguetón.

O bueno, a veces sí que las dices para ser mala persona.

El sarcasmo es una de las formas de burla.

Consiste en decir lo contrario, pero exagerando.

¿Cómo sabes si la persona es afectuosa, gugetona o mala?

—No lo sé —dijo ella—. Es por la forma en que se dice, supongo.

El rey-dios se reclinó, con aspecto confuso pero pensativo. Eres muy normal , escribió por fin.

Siri frunció el ceño.

—Hum. ¿Gracias?

¿A sido un buen sarcasmo? , escribió él. Porque la verdad es que eres bastante rara.

Ella sonrió.

—Mi trabajo me cuesta.

Él alzó la cabeza.

—Era sarcasmo otra vez —explicó Siri—. No me esfuerzo en ser rara. Sucede y ya está.

Él la miró. ¿Cómo había tenido Siri miedo de ese hombre alguna vez?

¿Cómo podía haberlo malinterpretado tanto?

La expresión de sus ojos no era arrogancia ni falta de emoción.

Era la mirada de un hombre que intentaba con todas sus fuerzas comprender el mundo que lo rodeaba. Era inocencia. Era honestidad.

Sin embargo, no era tonto. La velocidad con que había aprendido a escribir lo demostraba.

Cierto, ya comprendía la versión hablada del idioma, y había memorizado todas las letras del libro años antes de conocerla.

Siri solo había tenido que explicarle las reglas de ortografía y sonido para que diera el salto final.

Todavía le resultaba sorprendente lo rápido que Susebron captaba las cosas. Le sonrió y él le devolvió la sonrisa, vacilante.

—¿Por qué dices que soy rara?

No aces las cosas como los demás , escribió él. Todos se inclinan ante mí todo el tiempo. Nadie me abla. Incluso los sacerdotes solo me dan instruciones de vez en cuando, y yevan años sin acerlo.

—¿Te ofende que no me incline y que te hable como una amiga?