Capítulo 23 #2
—Pero vamos a estar unidos por sangre —dijo Mercestrella—. Habrá un rey-dios hallandrense con sangre real en nuestro trono.
—¿Sí? —repuso Tejesonrojos—. ¿Y no podría interpretarse también como un rey idriano con sangre hallandrense en el trono?
Mercestrella titubeó. Al cabo, para sorpresa de Sondeluz, miró hacia él.
—¿Tú también lo crees?
¿Por qué recurría a él la gente? Sondeluz hacía cuanto estaba en su mano por desalentarlos, pero ellos seguían actuando como si él fuera una especie de autoridad moral.
—Creo que algún… preparativo sería aconsejable —respondió—. Aunque, por supuesto, lo mismo puede decirse de la cena.
Tejesonrojos le dirigió una mirada molesta, aunque cuando se volvió hacia Mercestrella había adoptado de nuevo su expresión consoladora.
—Comprendemos que has tenido un día difícil —dijo—. Pero, por favor, considera nuestro ofrecimiento. Nos gustaría que participaras en nuestras precauciones.
—¿De qué clase de precauciones estamos hablando? —preguntó Mercestrella.
—Sencillas —se apresuró a responder Tejesonrojos—. Pensar, hablar, planear. Al final, si nos parece que tenemos pruebas suficientes, se las presentaremos al rey-dios.
Esto pareció tranquilizar a Mercestrella. Asintió.
—Sí, lo comprendo. Preparativos. Sí que sería una medida sabia.
—Descansa ahora, querida —dijo Tejesonrojos, y se marchó del pabellón con Sondeluz.
Caminaron tranquilamente por el perfecto césped hacia el palacio de Tejesonrojos. Sin embargo, él se sentía reacio a marcharse. Algo de la reunión lo molestaba.
—Es un encanto —dijo ella, sonriendo.
—Lo dices porque es fácil de manipular.
—Por supuesto. Me encanta la gente que cumple con su deber. Y «deber» se define como lo que yo considero mejor.
—Al menos eres sincera al respecto —dijo Sondeluz.
—Para ti, querido, soy tan fácil de leer como un libro.
Él bufó.
—Tal vez un libro que no han traducido al hallandrense todavía.
—Lo dices porque en realidad nunca has intentado leerme —replicó ella, sonriéndole—. Aunque he de decir que hay una cosa sobre la querida Mercestrella que sí me molesta mucho.
—¿Cuál es?
—Sus ejércitos. —Tejesonrojos se cruzó de brazos—. ¿Por qué ella, diosa de la amabilidad, tiene el mando de diez mil sinvidas? Es un claro y grave error de juicio. Sobre todo porque yo no mando sobre tropa alguna.
—Tejesonrojos —repuso él, divertido—, eres la diosa de la sinceridad, la comunicación y las relaciones interpersonales. ¿Para qué diantres iban a darte a ti el mando de ejércitos?
—Hay muchas relaciones interpersonales que tienen que ver con los ejércitos. A fin de cuentas, ¿cómo llamas al hecho de que alguien golpee a otro con una espada? Eso es interpersonal.
—Ajá —repuso él, volviéndose para observar el pabellón de Mercestrella.
—Pensaba que apreciarías mis argumentos, ya que las relaciones personales son, de hecho, una guerra. Como deja bien claro nuestra relación, querido Sondeluz. Tú y yo… —Tejesonrojos se interrumpió y luego le dio un suave puñetazo en el hombro—. ¡Sondeluz, préstame atención!
—¿Sí?
Ella se cruzó de brazos, irritada.
—Debo decir que hoy tu charla ingeniosa brilla por su ausencia. Tal vez tenga que buscarme a otro con quien jugar.
—Hum, sí —dijo él, estudiando aún el palacio de Mercestrella—. Trágico. Por cierto, esa irrupción en los dominios de Mercestrella… ¿Fue obra de una sola persona?
—Eso parece. No es importante.
—¿Hubo heridos?
—Un par de criados —contestó Tejesonrojos, haciendo un ademán indiferente con su mano—. Creo que encontraron a uno muerto. Tendrías que prestarme atención a mí, no a esa…
Sondeluz se detuvo de sopetón.
—¿Mataron a alguien?
Ella se encogió de hombros.
—Eso dicen.
Él se dio media vuelta.
—Iré a hablar un poco más con ella.
—Muy bien —respondió Tejesonrojos bruscamente—. Pero tendrás que hacerlo sin mí. Tengo jardines de los que disfrutar.
—De acuerdo —contestó Sondeluz, volviéndose ya—. Hablaré contigo más tarde.
Tejesonrojos dejó escapar un bufido de indignación, con los brazos en jarras, y lo vio alejarse. Sondeluz no hizo caso a su irritación, más centrado en…
¿En qué? Muy bien, algunos criados habían salido heridos. No era cosa suya involucrarse en hechos delictivos. Sin embargo, apretó el paso rumbo al pabellón de Mercestrella, seguido como siempre de sus sirvientes y sacerdotes.
La encontró aún reclinada en su diván.
—¿Sondeluz? —se sorprendió Mercestrella, frunciendo el ceño.
—He vuelto porque acabo de enterarme de que un sirviente tuyo murió en el ataque.
—Ah, sí. Pobre hombre. Qué terrible circunstancia. Estoy segura de que ha encontrado sus bendiciones en el cielo.
—Es curioso que siempre aparezcan en el último sitio donde se te ocurre mirar —respondió Sondeluz—. Dime, ¿cómo fue el asesinato?
—Es muy extraño, en realidad —dijo ella—. Los dos guardias de la puerta estaban inconscientes. Al intruso lo sorprendieron cuatro criados míos en el pasillo de servicio. Luchó con ellos, derribó a uno, mató a otro y dos escaparon.
—¿Cómo murió el hombre?
Mercestrella suspiró.
—La verdad es que no lo sé —contestó, moviendo una mano—. Mis sacerdotes podrán decírtelo. Me temo que estaba demasiado traumatizada para prestar atención a los detalles.
—¿Te parece bien que hable con ellos?
—Si no hay más remedio… —dijo Mercestrella—. ¿Te he mencionado lo trastornadísima que estoy? Cabría suponer que preferirías quedarte a consolarme.
—Querida Mercestrella, si sabes algo de mí, entonces comprenderás que dejarte sola es con diferencia el mejor consuelo que puedo ofrecerte.
Ella frunció el ceño y lo miró.
—Era broma, querida. Por desgracia, me salen muy mal. Veloz, ¿vienes?
Llarimar, que como siempre esperaba con el resto de los sacerdotes, miró hacia él.
—¿Divina gracia?
—No hace falta molestar más a los otros —dijo Sondeluz—. Creo que tú y yo nos bastaremos para esta misión.
—Como ordenéis, divina gracia.
Una vez más, los sirvientes de Sondeluz quedaron apartados de su dios. Se agruparon dubitativos sobre la hierba, como un grupo de niños abandonados por sus padres.
—¿Qué sucede, divina gracia? —preguntó Llarimar en voz baja mientras se encaminaban hacia el palacio.
—Sinceramente, no tengo ni idea —dijo Sondeluz—. Es solo que creo que aquí pasa algo raro. Esa irrupción. La muerte de un hombre. Algo va mal.
Llarimar lo miró con una expresión extraña.
—¿Qué pasa? —preguntó Sondeluz.
—Nada, divina gracia —contestó Llarimar por fin—. Solo que es muy poco propio de vos.
—Lo sé —admitió él, pero reafirmado en su decisión de todos modos—. La verdad es que no sabría decir qué me impulsa. La curiosidad, tal vez.
—¿Curiosidad que supera vuestro deseo de evitar hacer… bueno, de hacer nada en absoluto?
Sondeluz se encogió de hombros. Se sentía lleno de energía cuando entró en el palacio.
Su letargo normal había remitido, y sentía cierta emoción en su lugar.
Era casi familiar. Encontró a un grupo de sacerdotes conversando en el pasillo de los sirvientes.
Se acercó y todos se volvieron a mirarlo con sorpresa.
—Ah, bien —dijo Sondeluz—. Supongo que podréis darme más detalles sobre ese intruso, ¿verdad?
—Divina gracia —dijo uno de ellos mientras los tres inclinaban la cabeza—. Os aseguro que lo tenemos todo bajo control. No hay peligro para vos ni para vuestra gente.
—Ya, ya. —Sondeluz miró por el pasillo—. ¿Aquí es donde mataron a ese hombre, entonces?
Los sacerdotes se miraron unos a otros.
—Por allí —dijo uno, reacio, señalando un recodo.
—Maravilloso. Acompañadme, por favor.
Sondeluz se encaminó en la dirección indicada. Un grupo de trabajadores retiraba las tablas del suelo, probablemente para sustituirlas. Tener madera manchada de sangre, por muy bien que se limpiara, no sería apropiado en casa de una diosa.
—Hum —dijo Sondeluz—. Parece mal asunto. ¿Cómo sucedió?
—No estamos seguros, divina gracia —contestó un sacerdote—. El intruso dejó inconscientes a los guardias de la puerta, pero no les causó ningún otro daño.
—Sí, Mercestrella me lo ha mencionado. ¿Pero luego luchó contra cuatro criados?
—Bueno, «luchar» no es del todo la palabra adecuada —contestó el sacerdote con un suspiro.
Aunque Sondeluz no era su dios, era un dios.
Los sacerdotes estaban obligados por sus votos a responder a sus preguntas—.
Inmovilizó a uno de ellos con una cuerda despertada.
Entonces, mientras uno se quedaba atrás para entorpecer al intruso, los otros dos corrieron en busca de ayuda.
El intruso dejó sin sentido de inmediato al hombre que quedaba.
Por entonces, el sirviente atado aún estaba vivo.
—El sacerdote miró a los demás—. Cuando por fin llegó la ayuda, retrasada por un animalillo sinvida que causaba confusión, encontraron al segundo hombre inconsciente todavía.
El primero, todavía atado, estaba muerto.
Apuñalado en el corazón con una espada de duelo.
Sondeluz asintió y se acuclilló junto a las tablas rotas.
Los criados que estaban trabajando allí inclinaron la cabeza y se retiraron.
Sondeluz no estaba seguro de qué esperaba encontrar.
Habían fregado bien el suelo y luego lo habían desmontado.
Sin embargo, había una extraña mancha un poco más allá.
Se acercó y se arrodilló para inspeccionarla con más atención.
«Carente por completo de color», constató. Alzó la cabeza y miró a los sacerdotes.
—¿Un despertante, decís?
—Indudablemente, divina gracia.
Miró de nuevo la zona gris. «Es imposible que un idriano hiciera esto —comprendió—. No si utilizó el despertar».
—¿Qué era esa criatura sinvida que habéis mencionado?
—Una ardilla sinvida, divina gracia —dijo uno de ellos—. El intruso la utilizó como distracción.
—¿Bien hecha?
Asintieron.
—Usando palabras de Mandato modernas, a juzgar por las acciones del ser —dijo uno—. Incluso tenía icoralcohol en vez de sangre. ¡Tardamos buena parte de la noche en capturarla!
—Ya veo. —Sondeluz se puso en pie—. ¿El intruso escapó?
—Sí, divina gracia.
—¿Qué suponéis que buscaba?
Los sacerdotes vacilaron.
—No lo sabemos con seguridad, divina gracia —contestó uno—. Lo espantamos antes de que pudiera alcanzar su objetivo; uno de los nuestros lo vio huir por donde había venido. Quizá la resistencia fue demasiado para él.
—Creemos que pudo tratarse de un ratero común, divina gracia —añadió otro—. Que vino a colarse en la galería para robar las obras de arte.
—Parece bastante probable —respondió Sondeluz—. Buen trabajo y todo eso.
Se volvió y empezó a recorrer el pasillo de vuelta en dirección a la entrada. Sentía un extraño surrealismo.
Los sacerdotes le habían mentido.
No sabía en qué lo notaba. Pero así era: lo sabía en lo más profundo, gracias a algún instinto que no había sido consciente de poseer. En vez de molestarlo, por algún motivo aquellas mentiras lo emocionaron.
—Divina gracia —dijo Llarimar, correteando para alcanzarlo—. ¿Habéis averiguado lo que pretendíais?
—Quien entró no era idriano —respondió Sondeluz en voz baja mientras salían a la luz del sol.
Llarimar alzó una ceja.
—Ha habido casos de idrianos que vienen a Hallandren y compran aliento, divina gracia.
—¿Y has oído de alguno que utilice a un sinvida?
Llarimar calló un momento.
—No, divina gracia —dijo por fin.
—Los idrianos odian a los sinvidas. Los consideran abominaciones, o alguna bobada por el estilo.
Sea como sea, no tendría sentido que un idriano intentara entrar así.
¿Para qué? ¿Para asesinar a un solo retornado?
Pondrían a otro en su lugar y punto, y los protocolos previstos se asegurarían de que los ejércitos sinvida no estuvieran mucho tiempo sin alguien que los dirigiera.
La posibilidad de represalia superaría en mucho a los beneficios.
—Entonces ¿creéis que fue un ladrón?
—Por supuesto que no —dijo Sondeluz—. ¿Un «ratero común» con el suficiente dinero o aliento como para poder malgastar un sinvida, solo como distracción?
Quien entró aquí ya era rico. Además, ¿para qué colarse por los pasillos de servicio?
Ahí no hay nada valioso. El interior del palacio contiene muchas más riquezas.
Llarimar volvió a guardar silencio. Miró a Sondeluz, y entonces asomó a su rostro la misma expresión curiosa de antes.
—Es un razonamiento muy sólido, divina gracia.
—Lo sé. No es propio de mí en absoluto. Tal vez necesito emborracharme.
—No podéis emborracharos.
—Ah, pero desde luego me gusta intentarlo.
Regresaron al palacio de Sondeluz, recogiendo a los sirvientes por el camino.
Llarimar parecía inquieto. Sondeluz, en cambio, se notaba emocionado.
«Un asesinato en la Corte de los Dioses —pensó—.
Cierto, solo ha sido un sirviente… pero se supone que soy un dios para todo el mundo, no solo para la gente importante.
Me pregunto cuándo fue la última vez que asesinaron a alguien en la corte. No desde mi llegada, desde luego».
Los sacerdotes de Mercestrella ocultaban algo. ¿Por qué había desplegado el intruso una distracción, y más una tan cara, si se proponía escapar sin más? Los sirvientes de los retornados no eran formidables soldados ni guerreros. Entonces ¿por qué había desistido con tanta facilidad?
Eran buenas preguntas. Buenas preguntas que él, precisamente él, no debería haberse molestado en plantear. Y, sin embargo, lo hacía.
Todo el camino de regreso al palacio, y durante la cena, e incluso ya entrada la noche.