El aliento de los dioses Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Él borró su pizarra. ¿Ofenderme? ¿Por qué abría de ofenderme? ¿Lo dices con sarcasmo?

—No —respondió ella rápidamente—. Me gusta mucho hablar contigo.

Entonces no comprendo.

—Todos los demás te tienen miedo. Por lo poderoso que eres.

Pero me quitaron la lengua para que no sea peligroso.

—No es tu aliento lo que les da miedo. Es tu poder sobre pueblos y ejércitos. Eres el rey-dios. Podrías ordenar matar a cualquiera del reino.

¿Pero por qué iba a acerlo? , escribió él. Yo no mataría a una buena persona. Deben saberlo.

Siri se recostó en la mullida cama, mientras el fuego chisporroteaba en la chimenea tras ellos.

—Eso lo sé yo ahora —dijo—. Pero no lo sabe nadie más. No te conocen, solo saben lo poderoso que eres. Por eso te temen. Y por eso muestran su respeto hacia ti.

Él hizo una pausa. ¿Y entonces tú no me respetas?

—Pues claro que sí —dijo ella, y suspiró—. Es solo que nunca se me ha dado muy bien cumplir las reglas. De hecho, si alguien me dice lo que tengo que hacer, suelo querer hacer lo contrario.

Eso es muy raro. Pensaba que toda la gente ace lo que le dicen.

—Creo que descubrirás que la mayoría no lo hace —dijo ella, sonriendo.

Eso te meterá en problemas.

—¿Es lo que los sacerdotes te enseñaron?

Él negó con la cabeza. Entonces extendió la mano y cogió su libro. El libro de cuentos para niños. Lo llevaba siempre consigo y, por la forma reverente con que lo tocaba, Siri vio que lo valoraba muchísimo.

«Seguro que es su única posesión real —pensó—. Todo lo demás se lo quitan cada día y lo sustituyen a la mañana siguiente».

Este libro , escribió él. Mi madre me leía sus cuentos cuan do era niño. Los memoricé todos, antes de que se la yevaran. Abla de muchos niños que no acen lo que les dicen. A menudo los devoran monstruos.

—¿Ah, sí? —dijo Siri, sonriendo.

No tengas miedo. Mi madre me enseñó que los monstruos no esisten . Pero recuerdo las lecciones que enseñaban los cuentos. Obedecer es bueno. Ay que tratar bien a la gente. No entres en la gungla solo. No mientas. No agas daño a los demás.

La sonrisa de Siri se ensanchó. Todo lo que había aprendido Susebron en su vida provenía o bien de cuentos con moraleja, o bien de unos sacerdotes que le enseñaban a ser un títere. Una vez Siri se dio cuenta de eso, no era difícil comprender al hombre sencillo y sincero en que se había convertido.

Sin embargo, ¿qué lo había impulsado a desafiar ese aprendizaje y pedirle a ella que le enseñara? ¿Por qué estaba dispuesto a ocultarles su aprendizaje a esos hombres que siempre le habían enseñado que debía obedecer y creer? Susebron no era tan inocente como parecía.

—Esos cuentos —dijo ella—. Tu deseo de tratar bien a la gente. ¿Es lo que te impidió… tomarme cualquiera de esas noches del principio, cuando venía a esta habitación?

¿Tomarte? No comprendo.

Siri se ruborizó y el cabello se le volvió rojo a la par.

—Quiero decir, ¿por qué te quedaste ahí sentado?

Porque no sabía qué acer , escribió Susebron. Sabía que debemos tener un ijo. Así que esperé a que pasara. Debemos de estar aciendo algo mal, porque no ay ijo.

Siri parpadeó. No podía ser que…

—¿No sabes cómo se tienen los hijos?

En los cuentos , escribió él, un ombre y una mujer pasan la noche guntos. Entonces tienen un ijo. Nosotros emos pasado muchas noches guntos, pero no hay niño.

—¿Y nadie, ninguno de tus sacerdotes, te ha explicado el proceso?

No. ¿A qué proceso te refieres?

Siri guardó silencio un momento. «No —pensó, sintiendo que se ruborizaba todavía más—. No voy a tener esa conversación con él».

—Mejor lo hablamos en otro momento.

Fue una esperiencia muy rara cuando entraste en la alcoba la primera noche , escribió él. Reconozco que estaba muy asustado.

Siri sonrió al recordar su propio terror. No se le había ocurrido que él pudiera sentir lo mismo. ¿Y por qué lo iba a pensar? Era el rey-dios.

—Entonces —dijo, dando golpecitos en la colcha con un dedo—, ¿nunca te han llevado con otras mujeres?

No. Me pareció muy interesante verte desnuda.

Ella volvió a ruborizarse, aunque su pelo al parecer había decidido quedarse rojo.

—No estamos hablando de eso ahora —repuso—. Quiero saber de otras mujeres. ¿Ninguna amante? ¿Ninguna concubina?

No.

—Sí que tienen miedo de que tengas un hijo.

¿Por qué dices eso? Te enviaron a ti.

—Solo después de cincuenta años de gobierno. Y solo bajo circunstancias muy controladas, con el linaje adecuado para engendrar un niño que tenga la sangre que debe. Dedosazules piensa que ese niño podría ser un peligro para nosotros.

No comprendo por qué , escribió Susebron. Es lo que quiere todo el mundo. Tiene que aber un eredero.

—¿Por qué? Sigues aparentando apenas veinte años. Tu biocroma retrasa tu envejecimiento.

Sin eredero, el reino corre peligro. Si me matan, no abrá nadie para gobernar.

—¿Y eso no era un peligro durante los últimos cincuenta años?

Él calló, frunciendo el ceño, y luego borró despacio su pizarra.

—Deben de pensar que corres peligro ahora —dijo Siri lentamente—. Pero no por ninguna enfermedad, porque hasta yo sé que los retornados no padecéis enfermedades. De hecho, ¿envejecéis?

Creo que no , escribió el rey-dios.

—¿Cómo murieron los reyes-dioses anteriores?

Solo an sido cuatro. No sé seguro cómo murieron.

—Solo cuatro reyes en varios siglos, todos muertos en circunstancias misteriosas…

Mi padre murió antes de que yo fuera lo bastante mayor para recordarlo , escribió él.

Me digeron que dio su vida por el reino, que liberó su aliento biocromático, como pueden acer todos los retornados, para curar una terrible enfermedad.

Los otros retornados solo pueden curar a una persona.

Un rey-dios, en cambio, puede curar a muchos. Es lo que me an dicho.

—Entonces tiene que haber un registro de eso —dijo Siri—. En algún lugar de esos libros que los sacerdotes guardan como oro en paño.

Lamento que no te degen leerlos.

Ella hizo un gesto de indiferencia con la mano.

—No había muchas posibilidades de que funcionara. Tendré que buscar otro modo de llegar a esos datos históricos.

«Tener un hijo es el peligro —pensó—. O eso me dijo Dedosazules.

Así que, sea cual sea la amenaza contra mi vida, vendrá solo después de que haya un heredero.

Dedosazules mencionó también una amenaza al rey-dios.

Eso casi hace parecer que el peligro viene de los mismos sacerdotes.

¿Por qué querrían dañar a su propio dios? ».

Miró a Susebron, que pasaba atentamente las páginas del libro de cuentos. Sonrió ante su expresión concentrada mientras descifraba el texto.

«Bueno —pensó—, teniendo en cuenta lo que sabe sobre sexo, diría que no tenemos que preocuparnos mucho de tener un hijo en el futuro inmediato».

Por supuesto, también le preocupaba que la falta de un hijo resultara tan peligrosa como su presencia.