El aliento de los dioses Capítulo 22 #5
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Capítulo 22 #5

—Muy bien. Sigue recto por este callejón hasta que encuentres la plaza con la estatua rota de un jinete, luego gira al este y sigue esa calle serpenteante hasta el final.

Ya estarás fuera del suburbio. La siguiente cita iba a ser en un restaurante llamado El Camino del Guerrero.

Lo encontrarás en el mercado de la zona oeste.

Parlin asintió y se marchó. Denth indicó por señas a Vivenna y los demás que entraran.

El nervioso idriano, llamado Thame, entró primero.

Vivenna lo siguió, y se sorprendió al descubrir que el interior del edificio parecía bastante más recio de lo que sugería el exterior.

Tonk Fah encontró un taburete y lo colocó en el centro de la habitación.

—Siéntate, amigo —dijo Denth.

Nervioso, Thame ocupó el taburete.

—Muy bien —dijo Denth—. Ahora cuéntanos cómo has sabido que la princesa iba a estar en ese restaurante hoy.

Thame miró de un lado a otro.

—Solo pasaba por la zona y…

Tonk Fah hizo crujir sus nudillos. Vivenna lo miró, advirtiendo de pronto que el grandullón parecía más… peligroso. El ocioso hombretón al que gustaba adormilarse había desaparecido. En su lugar había un matón arremangado, mostrando unos músculos que abultaban de forma impresionante.

Thame sudaba. Tarugo el sinvida entró en la habitación, sus ojos inhumanos en sombras, su rostro como moldeado en cera. Un simulacro de humano.

—Y… hago trabajitos para uno de los jefes de la ciudad —dijo Thame—. Cosas pequeñas. Nada importante. Cuando eres de los nuestros, aceptas el trabajo que te ofrezcan.

—¿De los nuestros? —preguntó Denth, apoyando la mano en el pomo de su arma.

—Idriano.

—En esta ciudad he visto a idrianos en buenas posiciones, amigo —repuso Denth—. Mercaderes. Prestamistas.

—Esos son los afortunados, señor —dijo Thame, y tragó—.

Tienen dinero. La gente acepta a cualquiera con dinero.

Pero, si eres un tipo corriente, las cosas son distintas.

La gente te mira la ropa, escucha tu acento y entonces busca a otros que le hagan el trabajo.

Dicen que no somos de fiar. O que somos aburridos. O que robamos.

—¿Y lo hacéis? —preguntó Vivenna, casi sin darse cuenta.

Thame la miró, y luego bajó los ojos al sucio suelo del edificio.

—A veces —dijo—. Pero no al principio. Yo ahora solo lo hago cuando me lo pide mi jefe.

—Sigues sin responder a cómo sabías dónde encontrarnos, amigo —dijo Denth en voz baja, y su uso intencionado de la palabra «amigo», en contraste con Tonk Fah a un lado y el sinvida al otro, hizo que Vivenna se estremeciera.

—Mi jefe habla demasiado —explicó Thame—. Sabía lo que iba a pasar en ese restaurante. Vendió la información a un par de personas. Yo me enteré gratis.

Denth miró a Tonk Fah.

—Todo el mundo sabe que ella está en la ciudad —se apresuró a añadir Thame—. Todos hemos oído los rumores. No es ninguna coincidencia. Las cosas nos van mal. Peor que nunca. La princesa ha venido a ayudarnos, ¿verdad?

—Amigo —dijo Denth—, creo que será mejor que olvides todo este encuentro. Comprendo que estarás tentado de vender información. Pero te prometo que te encontraremos si lo haces. Y entonces…

—Denth, ya es suficiente —dijo Vivenna—. Deja de asustar a este hombre.

El mercenario la miró, haciendo que Thame diera un respingo.

—¡Por el amor de los Colores! —exclamó ella, avanzando para agacharse junto al taburete de su compatriota—. No te pasará nada, Thame. Has hecho bien al buscarme, y confío en que mantengas en secreto nuestro encuentro. Pero dime, si las cosas van tan mal en T’Telir, ¿por qué no regresas a Idris?

—Viajar cuesta dinero, alteza. No puedo permitírmelo. La mayoría de nosotros no puede.

—¿Sois muchos aquí? —preguntó Vivenna.

—Sí, alteza.

Vivenna asintió.

—Quiero hablar con los otros.

—Princesa… —intervino Denth, pero ella lo silenció con una mirada.

—Puedo reunir a algunos —dijo Thame, asintiendo vehemente—. Lo prometo. Conozco a un montón de idrianos.

—Bien —respondió Vivenna—. Porque sí que he venido a ayudar. ¿Cómo contactamos contigo?

—Preguntad por Rira. Es mi jefe.

Vivenna se levantó y señaló la puerta. Thame se marchó con paso vivo, sin necesidad de que le dijeran nada. Joyas, que vigilaba la puerta, le dejó paso a regañadientes y permitió que el hombre se escabullera.

La habitación quedó en silencio un momento.

—Joyas —dijo Denth—. Síguelo.

Ella asintió y se fue.

Vivenna miró a los dos mercenarios, esperando encontrarlos enfadados con ella.

—Pues vaya. ¿Tenías que dejarlo ir tan rápido? —preguntó Tonk Fah, sentándose en el suelo, como apesadumbrado.

Lo que fuese que había hecho para parecer peligroso desapareció, evaporándose más rápido que el agua sobre metal al sol.

—Ahora sí que la has liado —dijo Denth—. Va a estar enfurruñado todo el día.

—Ya nunca tengo ocasión de hacer de malo —dijo Tonk Fah, echándose hacia atrás y mirando el techo mientras su mono se acercaba para sentarse en su panza.

—Lo superarás —contestó Vivenna, poniendo los ojos en blanco—. ¿Por qué habéis sido tan duros con él?

Denth se encogió de hombros.

—¿Sabes qué es lo menos me gusta de ser mercenario?

—Sospecho que me lo vas a decir —respondió Vivenna, cruzándose de brazos.

—Que la gente siempre intenta engañarte. —Denth se sentó en el suelo junto a Tonk Fah—. Todos piensan que, como trabajas de matón a sueldo, eres idiota.

Hizo una pausa, como esperando a que Tonk Fah diera su habitual contrapunto. Pero el grueso mercenario continuó mirando el techo.

—Arsteel siempre podía hacer de malo —dijo.

Denth suspiró y lanzó a Vivenna una mirada acusadora.

—En todo caso —continuó—, no podía estar seguro de que nuestro amigo no fuera un infiltrado enviado por Grable. Podría haber fingido ser un súbdito leal para colarse en nuestras defensas y apuñalarte por la espalda. Es mejor asegurarse.

Ella se sentó en el taburete, tentada de decir que Denth exageraba, pero… en fin, acababa de verlo matar a dos hombres para protegerla. «Les pago por esto —pensó—. Tendría que dejarles hacer su trabajo».

—Tonk Fah —dijo—, harás de malo la próxima vez, ¿de acuerdo?

El grandullón alzó la mirada.

—¿Lo prometes?

—Sí.

—¿Podré gritarle a quien estemos interrogando? —preguntó él.

—Claro.

—¿Y gruñirle?

—Supongo.

—¿Y romperle los dedos?

Ella frunció el ceño.

—¡No!

—¿Ni siquiera los menos importantes? —preguntó Tonk Fah—. A ver, la gente tiene cinco, al fin y al cabo. Los pequeños tampoco sirven de mucho.

Vivenna vaciló, y entonces Tonk Fah y Denth se echaron a reír.

—Ay, de verdad —dijo ella, volviéndose—. Nunca sé cuándo pasáis de serios a ridículos.

—Por eso es tan divertido —contestó Tonk Fah, todavía riendo.

—¿Nos marchamos, pues? —preguntó ella, poniéndose en pie.

—Qué va —dijo Denth—. Esperemos un poco. Aún no estoy seguro de que Grable no nos esté buscando. Mejor no llamar la atención durante unas horas.

Ella frunció el ceño y lo miró. Para su sorpresa, Tonk Fah ya estaba roncando.

—¿No has dicho que Grable nos dejaría en paz? Que solo estaba poniéndonos a prueba, que quería ver lo bueno que eras.

—Y es lo más probable —dijo él—. Pero me equivoco a veces. Puede que nos haya dejado ir porque le preocupaba tener mi espada tan cerca. Podría estar pensándoselo mejor. Dejaremos pasar unas horas y luego volveremos y les preguntaremos a mis vigilantes si alguien ha ido a husmear cerca de la casa.

—¿Vigilantes? —preguntó Vivenna—. ¿Tienes a gente vigilando nuestra casa?

—Por supuesto. Los críos trabajan por muy poco en esta ciudad. Merecen la pena, incluso cuando no estás protegiendo a una princesa de un reino rival.

Ella se cruzó de brazos, levantándose. No le apetecía estar sentada, así que empezó a pasearse por la habitación.

—Yo no me preocuparía demasiado por Grable —dijo Denth, con los ojos cerrados mientras se reclinaba contra la pared—. Es solo una precaución.

Ella negó con la cabeza.

—Es razonable que quiera vengarse, Denth. Has matado a dos hombres suyos.

—Los hombres también pueden ser baratos en esta ciudad, princesa.

—Dices que te estaba poniendo a prueba. Pero ¿con qué propósito? ¿Provocarte para que entraras en acción y luego dejarte marchar?

—Para ver hasta qué punto soy una amenaza —contestó Denth encogiéndose de hombros, con los ojos todavía cerrados—. O, lo más probable, para ver si merezco la paga que suelo pedir. Pero insisto: yo no me preocuparía demasiado.

Ella suspiró y se acercó a la ventana para vigilar la calle.

—Deberías apartarte de la ventana —dijo Denth—. Por si acaso.

«Primero me dice que no me preocupe, y ahora que no me deje ver», pensó ella con frustración mientras caminaba hacia el fondo de la habitación, en dirección a la puerta del sótano.

—Mejor que no hagas eso tampoco —advirtió Denth—. La escalera está rota en un par de sitios. Y tampoco hay mucho que ver, de todas formas. Suelo sucio. Paredes sucias. Techo sucio.

Ella volvió a suspirar y se apartó de la puerta.

—¿Qué te pasa hoy? —preguntó él, aún sin abrir los ojos—. No sueles estar tan nerviosa.

—No lo sé. Estar encerrada así me pone ansiosa.

—Creía que enseñaban a las princesas a ser pacientes.

«Tiene razón —comprendió ella—. Seguro que Siri habría dicho algo parecido. ¿Qué me pasa últimamente?». Se obligó a sentarse en el taburete, cruzó las manos sobre el regazo y volvió a controlar su pelo, que había empezado a rebelarse y volverse castaño claro.

—Por favor —dijo, obligándose a sonar paciente—, háblame de este sitio. ¿Por qué escogisteis este edificio?

Denth entreabrió un ojo.

—Lo tenemos alquilado —acabó por responder—. Está bien tener escondites seguros por toda la ciudad. Como no los usamos muy a menudo, buscamos los más baratos.

«Ya me había dado cuenta», pensó Vivenna, pero guardó silencio, reconociendo lo forzado que parecía su intento de conversación. Permaneció allí sentada en silencio, mirándose las manos, tratando de comprender qué la había puesto tan nerviosa.