El aliento de los dioses Capítulo 22 #4
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Capítulo 22 #4

—Tonterías supersticiosas —desdeñó Grable. Se inclinó hacia delante, ignorándola, y se centró en Denth—. Me dan igual tus caravanas de comida, Denth. Quiero comprarte a la chica. ¿Cuánto?

Denth guardó silencio.

—Está corriendo la voz sobre ella por toda la ciudad —continuó Grable—.

Sé lo que estás haciendo. Podrías manejar a un montón de gente, hacer un montón de ruido, con una persona que parezca pertenecer a la familia real.

No sé dónde la has encontrado ni cómo la has entrenado tan bien, pero la quiero.

Denth se levantó despacio.

—Nos marchamos —dijo.

Los guardaespaldas de Grable se levantaron también.

Denth pasó a la acción.

Hubo destellos, reflejos de luz solar, cuerpos moviéndose demasiado rápido para que la mente aturdida de Vivenna los siguiera.

Entonces el movimiento se detuvo. Grable permanecía sentado en su silla.

Denth estaba en postura de esgrima y la hoja de su espada asomaba a través del cuello de un guardaespaldas.

El hombre parecía sorprendido, con la mano todavía en su propia espada.

Vivenna ni siquiera había visto a Denth desenvainar.

El otro guardaespaldas se tambaleó, con la parte delantera del jubón manchada de sangre en el lugar donde, por asombroso que pareciera, Denth había conseguido atravesarlo también.

Cayó al suelo, derribando la mesa de Grable con sus estertores.

«Señor de los Colores —pensó Vivenna—. ¡Qué rápido!».

—Vaya, así que eres tan bueno como dicen —dijo Grable, sin dar ninguna muestra de preocupación.

Por todo el comedor, otros hombres se habían puesto en pie. Eran unos veinte. Tonk Fah cogió otro puñado de fritos y le dio un codazo a Vivenna.

—Creo que deberíamos levantarnos —susurró.

Denth sacó la espada del cuello del guardaespaldas, que se unió a su amigo para morir desangrado en el suelo. Denth envainó bruscamente la hoja, sin limpiarla ni dejar de mirar a Grable.

—La gente habla de ti —dijo el señor del crimen—.

Dicen que apareciste de la nada hace más o menos una década.

Reuniste a un equipo con los mejores, se los robaste a gente importante.

O de prisiones importantes. Nadie sabe mucho de ti, aparte de que eres rápido. Algunos dicen que de un modo inhumano.

Denth señaló con la cabeza hacia la puerta. Vivenna se levantó, nerviosa, y dejó que Tonk Fah la sacara de allí. Los hombres no apartaban la mano de sus espadas, pero ninguno atacó.

—Lástima que no hayamos podido hacer negocios —suspiró Grable—. No dudéis en llamarme para futuros asuntos.

Denth por fin se dio la vuelta y se unió a Vivenna y Tonk Fah cuando ya abandonaban el restaurante para salir a la calle soleada. Parlin y Joyas corrieron a alcanzarlos.

—¿Nos deja marchar? —preguntó Vivenna, con el corazón desbocado.

—Solo quería ver mi espada —contestó Denth, todavía tenso—. Sucede a veces.

—O, a una mala, le interesaba robar una princesa —añadió Tonk Fah—. Presentándose a la cita, o bien confirmaba la habilidad de Denth, o bien se quedaba contigo.

—Pero… ¡podríais haberlo matado! —exclamó Vivenna.

Tonk Fah resopló.

—¿Y echarnos encima a la mitad de los ladrones, asesinos y rateros de la ciudad? No, Grable sabía que no corría ningún peligro.

Denth se volvió a mirarla.

—Siento haberte hecho perder el tiempo. Creía que este tipo sería más útil.

Vivenna frunció el ceño, advirtiendo por primera vez la cuidadosa máscara que Denth colocaba sobre sus emociones.

Siempre le había parecido un hombre despreocupado, como Tonk Fah, pero estaba entreviendo atisbos de algo más.

Control. Un control que estaba, por primera vez desde que se conocieron, en peligro de agrietarse.

—Bueno, tampoco pasa nada —dijo ella.

—Excepto a esos matones a los que ha pinchado Denth —matizó Tonk Fah, dándole de comer con gesto alegre otro bocado al mono.

—Tenemos que…

—¿Princesa? —llamó una voz entre la multitud.

Denth y Tonk Fah se volvieron de golpe. Una vez más, la espada de Denth estaba desenvainada antes de que Vivenna pudiera seguirla.

Esa vez, sin embargo, Denth no atacó. El hombre que los seguía no parecía una amenaza.

Vestía ropa marrón ajada y su rostro era correoso y bronceado. Tenía aspecto de campesino.

—¡Oh, princesa! —El hombre se adelantó, sin hacer caso a las espadas—. Sí que sois vos. Había oído rumores, pero… ¡caray, estáis aquí!

Denth lanzó una mirada a Tonk Fah, que extendió una mano ante el recién llegado para evitar que se acercara demasiado a Vivenna.

A ella le habría parecido una precaución innecesaria si no acabara de ver a Denth matar a dos hombres en un abrir y cerrar de ojos.

El peligro del que hablaba siempre Denth empezaba a calar despacio en su mente.

Si ese hombre tenía un arma oculta y un poco de habilidad, podría matarla antes de que Vivenna reaccionara.

Tuvo un escalofrío al pensarlo.

—Princesa —dijo el hombre, hincándose de rodillas—. Soy vuestro siervo.

—Por favor —pidió ella—, no me pongas por encima de los demás.

—Oh. —El hombre alzó la cabeza—. Lo siento. ¡Ha pasado mucho tiempo desde que me fui de Idris! ¡Pero sí que sois vos!

—¿Cómo sabías que estoy aquí?

—Por los idrianos de T’Telir —explicó él—. Se comenta que habéis venido a recuperar el trono. Llevamos tanto tiempo de opresión que creí que se lo inventaban. ¡Pero es verdad! ¡Estáis aquí!

Denth la miró, y luego al restaurante de Grable, del que no se habían alejado mucho todavía. Le hizo una seña a Tonk Fah.

—Agárralo, regístralo y ya hablaremos en otra parte.

Esa «otra parte» resultó ser un edificio desvencijado en un barrio pobre de la ciudad, a unos quince minutos del restaurante.

A Vivenna los suburbios de T’Telir le resultaban muy interesantes, al menos a nivel intelectual.

Incluso allí había color. La gente llevaba ropa desgastada.

Unas brillantes tiras de tela colgaban de las ventanas, tendidas sobre salientes, o reposaban caídas a los charcos de la calle.

Colores, apagados o sucios. Como una vistosa procesión arrollada por un corrimiento de tierras.

Vivenna esperó fuera de la chabola con Joyas, Parlin y el idriano, mientras Denth y Tonk Fah se aseguraban de que no hubiera ninguna amenaza oculta dentro.

Se abrazó a sí misma, experimentando una extraña sensación de desespero.

Los colores tenues del callejón estaban mal.

Eran cosas muertas. Como hermosos pájaros que hubieran caído inmóviles al suelo, con su forma intacta, pero perdida toda magia.

Rojos estropeados, amarillos manchados, verdes rotos.

En T’Telir incluso las cosas sencillas, como las patas de las sillas o los sacos, estaban pintadas de colores brillantes.

¿Cuánto debían de gastar los lugareños en teñidos y tintes?

De no ser las lágrimas de Edgli, las vibrantes flores que solo crecían en el clima de T’Telir, habría resultado imposible.

Hallandren había creado una economía entera basada en el cultivo, la recolección y la producción de tintes a partir de esas flores especiales.

Vivenna arrugó la nariz ante el tufo de los residuos.

Los olores se habían vuelto más vivos para ella, igual que los colores.

No era que su sentido del olfato hubiese mejorado, sino que las cosas que olía le parecían intensas.

Se estremeció. Incluso a aquellas alturas, semanas después de la infusión de aliento, no se sentía normal.

Percibía a la gente en la ciudad, podía sentir a Parlin a su lado, observando con recelo los callejones cercanos.

Podía sentir a Denth y a Tonk Fah dentro de la casa.

Uno de ellos parecía estar inspeccionando el sótano.

Podía…

Se detuvo. No podía sentir a Joyas. Miró a su lado, pero la mujer bajita estaba allí, con las manos en las caderas, murmurando para sus adentros algo sobre que la habían dejado con los «niños».

Su abominación sinvida la acompañaba. Vivenna no había esperado poder sentir a la criatura.

Pero ¿por qué no percibía a Joyas? Tuvo un súbito momento de pánico al pensar que Joyas podía ser algún tipo de retorcida creación sinvida.

Entonces advirtió que había una explicación sencilla.

Joyas no tenía aliento. Era una apagada.

Ahora que Vivenna sabía lo que buscar, resultaba obvio. Incluso sin su riqueza de aliento, Vivenna pensaba que habría acabado por darse cuenta. En los ojos de Joyas había menos chispa. Era más gruñona, menos agradable. Y parecía poner nerviosa a la gente.

Además, Joyas nunca se daba cuenta de que Vivenna la miraba.

Fuera cual fuese el sentido que hacía al resto volverse si alguien los miraba demasiado tiempo, Joyas no lo tenía.

Vivenna se volvió y notó que se ruborizaba.

Ver a una persona sin aliento… era como espiar a alguien que se cambiaba de ropa. Como verlo desnudo.

«Pobre mujer —pensó—. ¿Cómo le habrá ocurrido?». ¿Lo había vendido ella misma o se lo habían arrebatado? De pronto, Vivenna se sintió incómoda. «¿Por qué debo yo tener tanto, cuando ella no tiene nada?». Era la peor clase de ostentación.

Sintió a Denth acercarse antes de que abriera la puerta, que parecía a punto de desprenderse de sus goznes.

—Es seguro —anunció el mercenario. Miró a Vivenna—. No tienes que involucrarte en esto si no quieres perder el tiempo, princesa. Joyas puede llevarte de vuelta a la casa. Nosotros interrogaremos a este hombre y luego te informaremos.

Ella negó con la cabeza.

—No. Quiero oír lo que tenga que decir.

—Eso pensaba —dijo Denth—. Pero tendremos que cancelar nuestra próxima cita. Joyas, ve a…

—Yo lo haré —se ofreció Parlin.

Denth vaciló y miró a Vivenna.

—Mirad, puede que no entienda todo lo que pasa en esta ciudad —dijo Parlin—, pero puedo entregar un mensaje sencillo. No soy idiota.

—Déjalo ir —pidió Vivenna—. Confío en él.

Denth se encogió de hombros.