Capítulo 22 #3
Él dirigió una mirada a Tonk Fah, pero el grueso mercenario se había desviado hacia un puesto del mercado, seguido de Parlin, quien Vivenna advirtió que había vuelto a ponerse su ridículo sombrero verde a pesar de que ella lo desaprobaba.
¿Qué pasaba con aquel hombre? No era demasiado inteligente, cierto, pero siempre había sido sensato.
—Joyas —dijo Denth en dirección a la cabecera del grupo—. Llévanos a casa de Raymar.
Joyas asintió y dio unas instrucciones a Tarugo que Vivenna no pudo oír. Viraron en otra dirección a través de la multitud.
—¿Solo la obedece a ella? —preguntó Vivenna.
Denth se encogió de hombros.
—Tiene instrucciones básicas de hacer lo que Tonks y yo digamos, y yo sé la frase de seguridad que puedo utilizar si necesito más control.
Vivenna frunció el ceño.
—¿Frase de seguridad?
Denth la miró.
—Nos estamos metiendo en una cuestión bastante herética. ¿De verdad quieres que te lo explique?
Vivenna ignoró el tono divertido de su voz.
—Sigue sin gustarme la idea de que esa criatura esté con nosotros —dijo—, sobre todo si no tengo manera de controlarla.
—Todos los despertares funcionan por medio de un Mandato, princesa —explicó Denth—.
Se Inviste algo con vida y luego se le da una orden.
Los sinvidas son valiosos porque puedes darles Mandatos después de crearlos, no como a los objetos corrientes despertados, a los que solo se les puede dar un Mandato y por adelantado.
Además, los sinvidas pueden recordar una larga lista de órdenes complicadas y por lo general no las malinterpretan.
Conservan un poquito de su humanidad, supongo.
Vivenna se estremeció. Eso los hacía parecer demasiado conscientes para su gusto.
—Pero eso también significa que cualquiera puede controlar a un sinvida —continuó Denth—. No solo la persona que los crea. Así que les imprimimos frases de seguridad. Un par de palabras que te permitan darle a la criatura nuevos Mandatos.
—¿Y cuál es la frase para Tarugo?
—Tendré que preguntarle a Joyas si puedes saberla.
Vivenna abrió la boca para quejarse, pero se lo pensó mejor.
Estaba claro que a Denth no le gustaba interferir con Joyas ni con su trabajo.
Vivenna tendría que insistir en ello más tarde, cuando estuvieran en algún lugar más privado.
Se volvió para mirar a Tarugo. Iba vestido con ropa sencilla.
Pantalón gris y camisa gris, con un jubón de cuero al que habían extraído el color.
Llevaba una gran espada a la cintura, no de duelo, sino más brutal, de hoja ancha.
«Todo de gris —pensó Vivenna—. ¿Es porque quieren que todo el mundo reconozca a Tarugo como un sinvida?
». A pesar de que Denth había dicho que los sinvidas eran corrientes, mucha gente daba un rodeo para no cruzarse con la criatura.
«Puede que las serpientes sean lo habitual en la selva, pero eso no significa que a la gente le guste verlas» .
Joyas hablaba en voz baja con el sinvida, aunque la criatura nunca respondía. Se limitaba a caminar, mirando hacia delante, inhumano en el ritmo invariable de sus pasos.
—¿Siempre… le habla así? —preguntó Vivenna, con un escalofrío.
—Ajá —respondió Denth.
—No parece muy sano.
Denth torció un poco el gesto, pero no dijo nada. Unos instantes más tarde, Tonk Fah y Parlin regresaron. A Vivenna no le hizo gracia ver que Tonk Fah llevaba un monito en el hombro. El animal parloteó un momento y luego pasó al otro hombro por detrás del cuello.
—¿Mascota nueva? —preguntó Vivenna—. ¿Qué ha pasado con ese loro que tenías, por cierto?
Tonk Fah pareció avergonzado y Denth negó con la cabeza.
—A Tonks no se le dan muy bien las mascotas.
—Ese loro era aburrido, de todas formas —dijo el hombretón—. Los monos son mucho más interesantes.
Vivenna alzó una ceja y siguió andando. Poco después llegaron al próximo restaurante, bastante menos lujoso que el anterior. Joyas, Parlin y el sinvida se apostaron fuera, como de costumbre, y Vivenna y los dos mercenarios entraron.
Aquellas reuniones se estaban volviendo rutinarias.
Durante el último par de semanas se habían visto con más de una docena de personas de diversa utilidad.
Algunos eran líderes clandestinos a quienes Denth creía capaces de crear un alboroto.
Otros eran mercaderes, como Fob. En conjunto, Vivenna estaba impresionada por la variedad de formas encubiertas que se le habían ocurrido a Denth para trastocar las cosas en T’Telir.
La mayoría de las reuniones requerían una demostración de los Mechones Reales de Vivenna como cebo.
Casi todo el mundo comprendía al instante la importancia de que una princesa de sangre real estuviera en la ciudad, y ella se preguntó cómo había pretendido Lemex conseguir resultados sin una prueba tan convincente.
Denth los condujo a una mesa en un rincón, y Vivenna frunció el ceño al ver lo sucio que estaba el restaurante. La única luz era la que se filtraba por unos ventanucos en el techo, pero bastaba para ver la mugre. A pesar del hambre que tenía, estaba decidida a no comer nada en ese establecimiento.
—¿Por qué cambiamos de restaurante cada vez? —preguntó, sentándose después de limpiar el banco con un pañuelo.
—Así es más difícil que nos espíen —respondió Denth—.
Te lo advierto una vez más, princesa: esto es más peligroso de lo que parece.
No dejes que el hecho de que quedemos para comer te despiste.
En cualquier otra ciudad estaríamos reuniéndonos en guaridas, antros de apuestas o callejones. Es mejor movernos.
Se sentaron y, como si no acabaran de llegar de su segundo almuerzo del día, Denth y Tonk Fah pidieron comida.
Vivenna permaneció en silencio, preparándose para la reunión.
El Festín de los Dioses era una especie de día sagrado en Hallandren, aunque, por lo que había visto, los habitantes de aquella pagana ciudad no tenían ni idea de lo que debería ser un día sagrado.
En vez de ayudar a los monjes en los campos o atender a los necesitados, la gente se tomaba la tarde libre y se dedicaba a atiborrarse de comida, como si los dioses quisieran que se diesen al despilfarro.
Y tal vez así era. Por lo que Vivenna había oído, los retornados eran derrochadores. Tenía sentido que sus seguidores pasaran su día «sagrado» comportándose como vagos y glotones.
Su contacto llegó antes que la comida. Entró con dos guardaespaldas propios.
Llevaba ropa elegante, lo que en T’Telir, significaba prendas coloridas, pero su barba era larga y grasienta y parecían faltarle varios dientes.
Señaló con un dedo y sus guardaespaldas acercaron una segunda mesa a la de Vivenna y le colocaron tres sillas.
El hombre tomó asiento, cuidando de mantener las distancias con Denth y Tonk Fah.
—Un poco paranoico, ¿no? —comentó Denth.
El hombre alzó las manos.
—La cautela nunca hace daño.
—Más comida para nosotros, pues —dijo Tonk Fah mientras les traían el plato.
Estaba lleno de trozos de… algo que había sido rebozado y frito. De inmediato, el mono bajó por el brazo del mercenario y cogió unos trozos.
—Así que tú eres el infame Denth —dijo el hombre.
—Lo soy. Y supongo que tú eres Grable.
El hombre asintió.
«Uno de los señores del crimen con peor reputación de la ciudad —pensó Vivenna—. Un valioso aliado de la rebelión de Vahr». Llevaban semanas esperando a poder concertar aquel encuentro.
—Bien —dijo Denth—. Tenemos cierto interés en que algunas carretas de suministros desaparezcan camino de la ciudad.
Qué directo había sido. Vivenna miró alrededor para asegurarse de que no había mesas cerca.
—Grable es dueño de este restaurante, princesa —susurró Tonk Fah—. No me extrañaría que uno de cada dos hombres aquí presentes fuera guardaespaldas suyo.
«Magnífico», pensó ella, molesta porque no se lo hubieran dicho antes de entrar. Miró de nuevo alrededor, más nerviosa en esa ocasión.
—¿Y eso? —preguntó Grable, haciendo que la atención de Vivenna regresara a la conversación—. ¿Quieres que haga desaparecer cosas? ¿Caravanas de alimentos?
—Lo que pedimos no es tarea fácil —admitió Denth, sombrío—. No son caravanas de largo recorrido. La mayoría solo entran en la ciudad desde las granjas de las afueras.
Le hizo un gesto a Vivenna y ella sacó una bolsita con monedas. Se las tendió y él las arrojó a una mesa cercana.
Uno de los guardaespaldas revisó su contenido.
—Por las molestias de venir hoy —dijo Denth.
Vivenna vio cómo desaparecía el dinero con el estómago atenazado. Le parecía fatal estar usando fondos de la tesorería real para sobornar a hombres como Grable. Y lo que acababa de entregar ni siquiera era un soborno de verdad, sino solo «dinero para lubricante», como lo expresaba Denth.
—Y ahora —añadió Denth—, esos carros de los que hablábamos…
—Espera —dijo Grable—. Veamos primero su pelo.
Vivenna suspiró y se dispuso a levantarse el pañuelo.
—Nada de pañuelos —dijo Grable—. Sin trucos. Los hombres de esta sala son leales.
Ella miró a Denth, que asintió. Así que cambió el color de su pelo un par de veces. Grable observó con interés, rascándose la barba.
—Bonito. Muy bonito —dijo por fin—. ¿Dónde la has encontrado?
Denth frunció el ceño.
—¿Cómo?
—¿De dónde has sacado a alguien con la suficiente sangre real como para imitar a una princesa?
—No es ninguna impostora —dijo Denth mientras Tonk Fah seguía entretenido con el plato de fritos.
—Venga, hombre. —Grable compuso una sonrisa amplia e irregular—. A mí puedes decírmelo.
—Es la verdad —intervino Vivenna—. Ser de la realeza consiste en más que la mera sangre.
Es cuestión de linaje y de la sagrada llamada de Austre.
Mis hijos no tendrán los Mechones Reales a menos que yo me convierta en reina de Idris.
Solo los herederos potenciales tienen la capacidad de cambiar su color el pelo.