El aliento de los dioses Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—Sondeluz —dijo Bendicevidas con su voz sincera y brusca—, tienes que interesarte más en la política. Puede ser muy entretenida. ¡Si supieras los secretos de los que formo parte!

—Mi querido Bendicevidas —replicó Sondeluz—, por favor, créeme si te digo que no tengo ningún deseo de conocer ningún secreto de tus partes.

Bendicevidas frunció el ceño, sin duda intentando pillar la broma.

Los otros dos siguieron discutiendo sobre la reina mientras los sacerdotes informaban de la puntuación de la última jugada. Para su sorpresa, Sondeluz se sentía cada vez más preocupado. Cuando Bendicevidas se levantó para tirar de nuevo, él se puso en pie también.

—Mis divinos hermanos —anunció—, de pronto me siento muy cansado. Tal vez sea algo que haya ingerido.

—No será la comida que he servido, espero —dijo Llamaverdades, en cuyo palacio estaban.

—La comida no —respondió Sondeluz—. Las otras cosas que has servido hoy, tal vez. Debo marcharme.

—¡Pero si vas el primero! —exclamó Llamaverdades—. ¡Si te vas, tendremos que jugar de nuevo la semana próxima!

—Tus amenazas me entran por un oído y me salen por el otro, divino hermano —dijo Sondeluz, saludando respetuosamente con la cabeza a cada uno de ellos—. Me despido hasta el momento en que volváis a arrastrarme aquí para jugar este trágico juego vuestro.

Todos rieron. Sondeluz no estaba seguro de si sentirse divertido o insultado por la frecuencia con que confundían sus bromas con declaraciones serias y viceversa.

Recogió a sus sacerdotes, incluido Llarimar, de la sala contigua al balcón, pero no le apetecía hablar con nadie.

Mientras atravesaba el palacio de tonos plateados y granates, la conversación seguía inquietándolo.

Los hombres del balcón eran burdos aficionados en comparación con los auténticos maestros de la política, como Tejesonrojos.

Eran muy toscos y obvios con sus planes.

Pero incluso los hombres toscos y obvios podían ser peligrosos. Sobre todo para una mujer como la reina, quien obviamente tenía poca experiencia en esos menesteres.

«Ya he determinado que no puedo ayudarla», pensó mientras dejaba el palacio y salía a los jardines.

A la derecha, una compleja red de cuerdas y señales marcaba el campo de tarachin.

Una bola en la hierba con un lejano golpe sordo.

Sondeluz fue en dirección contraria por la mullida hierba, sin esperar a que sus sacerdotes desplegaran el dosel para protegerlo del sol de la tarde.

Seguía preocupándole empeorar las cosas si trataba de ayudar. Pero estaba el asunto de los sueños. Guerra y violencia. Una y otra vez, veía la caída de T’Telir, la destrucción de su hogar. No podía continuar ignorando los sueños, aunque no los aceptara como proféticos.

Tejesonrojos creía que la guerra era importante.

O, al menos, que era importante prepararse para librarla.

Sondeluz confiaba más en ella que en ningún otro dios o diosa, pero también le preocupaba su agresividad.

Ella había acudido a él, pidiéndole que formara parte de sus planes.

¿Lo había hecho, tal vez, porque sabía que sería más moderado que ella?

¿Buscaba un equilibrio de forma intencionada?

Sondeluz escuchaba las peticiones, aunque no tenía ninguna intención de renunciar a su aliento y morir.

Interpretaba las pinturas, aunque no creyera ver nada profético en ellas.

¿Tal vez podría ayudar a obtener poder en la corte para estar preparados, a pesar de no creer que sus visiones significaran nada?

¿Sobre todo si esos preparativos ayudaban a proteger a una joven que, sin duda, no tenía ningún otro aliado?

Llarimar le había dicho que hiciera lo mejor que supiera. Sonaba a un horrible montón de trabajo. Por desgracia, empezaba a parecer que no hacer nada resultaría en más trabajo aún. A veces, cuando uno pisaba algo hediondo, lo único que podía hacer era pararse y molestarse en limpiarlo.

Sondeluz suspiró y negó con la cabeza.

—Seguro que me termino arrepintiendo de esto —murmuró para sí.

Y entonces fue en busca de Tejesonrojos.

El hombre era flaco, casi esquelético, y cada molusco que engullía hacía que Vivenna se encogiera por dos motivos. No solo le costaba creer que alguien fuera capaz de disfrutar de una comida tan viscosa, sino que además los mejillones pertenecían a una variedad muy rara y cara.

Y quien pagaba era ella.

La clientela vespertina del restaurante era numerosa: la gente solía comer fuera a mediodía, cuando resultaba más práctico pagar por ello que volver a casa a comer.

La existencia misma de los restaurantes seguía pareciéndole extraña.

¿No tenían esos hombres esposas o sirvientes que les prepararan la comida?

¿No se sentían incómodos comiendo en lugares públicos? Era muy… impersonal.

Denth y Tonk Fah estaban sentados cada uno a un lado de ella. Y, cómo no, echaban mano también al plato de mejillones. Vivenna no estaba segura, y había decidido no preguntar, pero tenía la impresión de que estaban crudos.

El hombre flaco que tenía enfrente sorbió otro molusco. No parecía estar disfrutando mucho, a pesar del caro ambiente y la comida gratis. Tenía una mueca en los labios y, aunque no parecía nervioso, Vivenna advirtió que no quitaba ojo de la entrada del restaurante.

—Bien —dijo Denth, dejando otra cáscara vacía sobre la mesa para luego limpiarse los dedos en el mantel, una práctica común en T’Telir—. ¿Puedes ayudarnos o no?

El hombrecito, que se hacía llamar Fob, se encogió de hombros.

—Cuentas una historia demencial, mercenario.

—Ya me conoces, Fob. ¿Cuándo te he mentido?

—Cada vez que te han pagado por hacerlo —replicó Fob con un bufido—. Lo que pasa es que nunca he podido pillarte.

Tonk Fah soltó una risita y cogió otro mejillón. Se deslizó fuera de la concha mientras se lo llevaba a la boca y Vivenna tuvo que contener una arcada al oír el sonido viscoso que hizo contra la mesa.

—Pero estás de acuerdo en que se avecina la guerra —dijo Denth.

—Por supuesto —respondió Fob—. Pero se avecina desde hace décadas. ¿Qué te hace pensar que por fin llegará este año?

—¿Puedes permitirte ignorar la posibilidad de que lo haga? —replicó Denth.

Fob se rebulló un poco y luego siguió comiendo mejillones. Tonk Fah empezó a amontonar conchas para ver cuántas podía equilibrar unas encima de otras. Vivenna guardaba silencio de momento. Participar poco en aquellos encuentros no le suponía un problema. Observaba, aprendía y pensaba.

Fob era terrateniente. Talaba bosques, y luego arrendaba la tierra a los granjeros.

A menudo, para que le ayudaran a despejar el terreno, recurría a los sinvidas, trabajadores prestados por el gobierno.

Solo había una condición en su contrato: si estallaba la guerra, todos los alimentos producidos en sus tierras durante el periodo de conflicto se convertían de inmediato en propiedad de los retornados.

Era un buen acuerdo. Lo normal sería que el gobierno requisara todas sus tierras productivas durante una guerra de todos modos, así que en realidad no perdía nada excepto su derecho a quejarse.

Comió otro mejillón. «¿Cómo puede seguir zampando?», pensó Vivenna. Fob se las había ingeniado para sorber casi el doble de aquellos repugnantes bichitos que Tonk Fah.

—No llegarás a guardar la cosecha, Fob —dijo Denth—. Perderás bastante este año, si tenemos razón.

—Pero —intervino Tonk Fah, añadiendo otra concha a su montón— si recolectas antes de tiempo y vendes tus reservas, te adelantarás a tus competidores.

—¿Y qué ganáis vosotros? —preguntó Fob—. ¿Cómo sé que no son esos mismos competidores los que os han contratado para convencerme de que ya viene la guerra?

Guardaron silencio, lo que les permitió oír el traqueteo en las mesas de los otros comensales. Al poco, Denth se volvió, miró a Vivenna y asintió.

Ella se retiró un poco el pañuelo de la frente.

No era el pañuelo recatado que había traído de Idris, sino otro muy fino de seda que Denth le había procurado.

Miró a Fob a los ojos y cambió su pelo a un rojo oscuro.

Con el pañuelo puesto, solo sus compañeros de mesa que estuvieran prestándole atención alcanzarían a ver el cambio.

Fob se quedó muy quieto.

—Vuelve a hacerlo —pidió.

Ella cambió el pelo a rubio.

Fob se reclinó en su asiento, dejando que el mejillón resbalara de su concha. Cayó sobre la mesa, cerca del que se le había caído a Tonk Fah.

—¿Eres la reina? —preguntó sorprendido.

—No —respondió Vivenna—. Su hermana.

—¿Qué está pasando aquí?

Denth sonrió.

—Ha venido a organizar una resistencia contra los dioses retornados y preparar los intereses idrianos aquí en T’Telir para la inminente guerra.

—No creerás que ese viejo rey de las montañas iba a enviar a su hija para nada, ¿verdad? —añadió Tonk Fah—. Guerra. Es lo único que explica una medida tan desesperada.

—Tu hermana… —Fob miró a Vivenna—. Enviaron a la más joven a la corte. ¿Por qué?

—Los planes del rey son solo suyos, Fob —dijo Denth.

Fob pareció pensativo. Transcurridos unos instantes, echó el mejillón caído en el plato de conchas y cogió otro.

—Sabía que la llegada de esa chica no era pura casualidad.

—Entonces ¿cosecharás? —preguntó Denth.

—Me lo pensaré —dijo Fob.

Denth asintió.

—Bastará, supongo.

Le hizo una seña a Vivenna y a Tonk Fah, y los tres dejaron a Fob comiendo mejillones.

Vivenna pagó la cuenta, que fue aún más dolorosa de lo que esperaba, y luego se reunieron con Parlin, Joyas y Tarugo el sinvida, que esperaban fuera.

Se marcharon internándose en la multitud sin problema, tal vez porque el enorme sinvida les abría paso.

—Y ahora, ¿dónde? —preguntó Vivenna.

Denth la miró.

—¿No estás ni un poquito cansada?

Vivenna hizo caso omiso a sus pies doloridos y al agotamiento.

—Estamos trabajando por el bien de mi pueblo, Denth. Un poco de cansancio es un precio pequeño.