Capítulo 22
maclima, dios de las tormentas, seleccionó una de las esferas de madera del soporte y la sopesó en la mano. Estaba creada para llenar la palma de un dios y lastrada con plomo en el centro. Tenía tallas de anillos por toda la superficie y estaba pintada de un azul profundo.
—¿Una esfera dobladora? —preguntó Bendicevidas—. Audaz jugada.
Amaclima miró al grupito de dioses que tenía detrás.
Sondeluz estaba entre ellos, bebiendo un dulce zumo anaranjado de frutas con algún tipo de refuerzo alcohólico.
Había transcurrido un mes desde que se había dejado convencer por Llarimar para salir de la cama, pero aún no había llegado a ninguna conclusión sobre cómo actuar.
—Una jugada audaz, ciertamente —dijo Amaclima, lanzando la esfera al aire y luego capturándola—. Dime, Sondeluz el Audaz, ¿favoreces este tiro?
Los otros dioses rieron. Había cuatro jugando.
Como de costumbre, Amaclima llevaba una túnica verde y dorada que le colgaba de un hombro, sujeta a la cintura con un fajín que le llegaba hasta medio muslo.
El atuendo, al estilo de los vestidos antiguos de los retornados según los cuadros de siglos pasados, revelaba sus músculos esculpidos y su divina figura.
Se encontraba al borde del balcón y era su turno de tirar.
Sentados detrás estaban los otros tres. Sondeluz a la izquierda y Bendicevidas, dios de la curación, en el centro. Llamaverdades, dios de la naturaleza, estaba sentado a la derecha, vistiendo su elaborada capa y su uniforme de color granate y plata.
Los tres dioses eran variaciones sobre un mismo tema. Si Sondeluz no los conociera bien, habría tenido problemas para distinguirlos.
Cada uno medía exactamente dos metros diez y lucía una musculatura que cualquier mortal habría envidiado.
Sí, Bendicevidas tenía el pelo castaño, mientras que Amaclima lo tenía rubio y Llamaverdades moreno, pero los tres compartían la misma mandíbula cuadrada, el mismo peinado perfecto y la misma fluida elegancia innata que los identificaba como divinidades retornadas.
Solo sus vestimentas ofrecían alguna variedad.
Sondeluz sorbió su bebida.
—¿Que si bendigo tu tiro, Amaclima? —preguntó—. ¿No estamos compitiendo el uno contra el otro?
—Supongo que sí —contestó el dios, sin dejar de lanzar la bola de madera hacia arriba y atraparla.
—Entonces ¿por qué debería bendecirte?
Amaclima sonrió, echó el brazo atrás y lanzó la bola por la cancha.
Rebotó, rodó sobre la hierba y por fin se detuvo.
Habían vallado con cuerdas y estacas esa sección del jardín para convertirla en un extenso terreno de juego.
Los sacerdotes y sirvientes corrían por los laterales, tomando notas y registrando la puntuación para que los dioses no tuvieran que hacerlo.
El tarachin era un juego complejo, que solo practicaban los ricos.
Sondeluz nunca se había molestado en aprender las reglas.
Le resultaba más divertido jugar cuando no tenía ni idea de lo que estaba haciendo.
Le tocaba tirar. Se levantó y seleccionó una esfera de madera del soporte basándose en que hacía juego con el color de su bebida.
Jugueteó con la bola naranja y luego, sin prestar atención hacia dónde, la arrojó al campo.
La esfera llegó más lejos de lo que debería, ya que Sondeluz tenía la fuerza de un cuerpo perfecto.
En parte por eso el campo era tan inmenso, porque debía construirse a escala de los dioses.
Y por eso, cuando jugaban, requerían la perspectiva elevada de un balcón para ver la partida.
Se suponía que el tarachin era uno de los juegos más difíciles del mundo.
Requería fuerza para arrojar las esferas como era debido, sagacidad para comprender dónde colocarlas, coordinación para hacerlo con la precisión necesaria y una gran comprensión de la estrategia para elegir la esfera adecuada y dominar el terreno de juego.
—Cuatrocientos trece puntos —anunció un sirviente después de que los escribas de abajo se lo comunicaran.
—Otro tiro magnífico —dijo Llamaverdades, irguiéndose en su hamaca de madera—. ¿Cómo lo haces? A mí nunca se me habría ocurrido usar una esfera inversa para ese tiro.
«Conque así se llaman las naranjas, ¿eh?», pensó Sondeluz, regresando a su asiento.
—Solo hay que comprender el terreno de juego —dijo—, y aprender a entrar en la mente de la esfera. Pensar igual que ella, razonar como podría hacerlo ella.
—¿Razonar como una esfera? —preguntó Bendicevidas, levantándose. Llevaba una túnica suelta con sus colores, azul y plata. Seleccionó una esfera verde del soporte y se la quedó mirando—. ¿Qué clase de razonamiento puede hacer una bola de madera?
—Del tipo circular, supongo —respondió Sondeluz en tono alegre—. Da la casualidad de que es también mi tipo favorito. Quizá por eso soy tan bueno en este juego.
Bendicevidas frunció el ceño y abrió la boca para responder, pero terminó cerrándola, confuso por el comentario de Sondeluz.
Convertirte en dios, por desgracia, no aumentaba la capacidad mental a la par que los atributos físicos.
A Sondeluz no le importaba. Para él, la verdadera diversión de una partida de tarachin no guardaba relación alguna con dónde aterrizaban las esferas.
Bendicevidas hizo su lanzamiento y luego se sentó.
—En serio, Sondeluz —dijo sonriendo—. ¡Lo digo como cumplido, pero tenerte cerca puede ser agotador!
—Ya —contestó él, y dio un sorbo a su bebida—. En eso me parezco sobremanera a un mosquito. Llamaverdades, ¿no te toca a ti?
—En realidad, te toca a ti otra vez —terció Amaclima—. Conseguiste el emparejamiento de la corona en el anterior tiro, ¿recuerdas?
—Ah, sí, cómo olvidarlo —dijo Sondeluz.
Se puso en pie, cogió otra esfera, la lanzó al césped por encima del hombro y se sentó.
—Quinientos siete puntos —anunció el sacerdote.
—Estás alardeando —dijo Llamaverdades.
Sondeluz no hizo ningún comentario. En su opinión, que quien menos supiera fuese quien solía hacerlo mejor revelaba un fallo intrínseco del juego.
Dudaba mucho, sin embargo, que los otros lo interpretaran así.
Los tres estaban muy consagrados a aquel deporte, y lo practicaban todas las semanas. Había poco más que hacer con su tiempo.
Sondeluz sospechaba que seguían invitándolo solo para demostrar de una vez que podían derrotarlo.
Si conociera las reglas, habría intentado perder a propósito para que dejaran de insistir en que fuese a jugar con ellos.
Aun así, le gustaba que sus victorias los irritaran, aunque, naturalmente, ellos nunca le mostraban otra cosa que un perfecto decoro.
Fuera como fuese, dadas las circunstancias, Sondeluz sospechaba que no podría perder ni queriendo.
Era bastante difícil perder aposta una partida cuando no tenías ni idea de lo que estabas haciendo para ganarla.
Llamaverdades se dispuso a tirar por fin.
Siempre vestía ropa de estilo marcial, y los colores granate y plata le sentaban muy bien.
Sondeluz sospechaba que siempre había envidiado que, en vez de asignarle Mandatos sinvida como su deber en la corte, le hubieran otorgado un voto en los asuntos comerciales con otros reinos.
—Me han comentado que hablaste con la reina hace unos días, Sondeluz —dijo mientras tiraba.
—Así es. —Sondeluz dio un sorbo a su bebida—. Debo decir que fue extraordinariamente simpática.
Amaclima soltó una risita, sin duda pensando que era un comentario sarcástico, lo cual era un poco molesto, porque Sondeluz lo había dicho con toda sinceridad.
—La corte entera es un avispero —dijo Llamaverdades, dándose la vuelta y echando hacia atrás su capa antes de apoyarse en la balaustrada del balcón, a la espera de que calcularan los puntos de su tiro—. Podría decirse que los idrianos han incumplido el tratado.
—La princesa equivocada —coincidió Amaclima—. Eso nos da una apertura.
—Sí —respondió Llamaverdades, divertido—, pero ¿una apertura para qué?
—¡Para atacar! —exclamó Bendicevidas en su áspero tono habitual.
Los otros dos lo miraron con sorpresa.
—Hay mucho más que ganar que eso, Bendicevidas.
—Sí —dijo Amaclima, haciendo girar distraído el poco vino que le quedaba en la copa—. Mis planes ya están en marcha, por supuesto.
—¿Y qué planes son esos, divino hermano? —preguntó Llamaverdades.
Amaclima sonrió.
—No estaría bien estropear la sorpresa, ¿verdad que no?
—Depende —dijo Llamaverdades sin alterarse—. ¿Me impedirá exigirles a los idrianos más acceso a los pasos? Estoy dispuesto a apostar a que podrían ejercerse presiones sobre la nueva reina para ganar su favor en semejante propuesta. Dicen que es bastante ingenua.
Sondeluz sintió una leve náusea mientras los otros hablaban. Sabía cómo trazaban planes, siempre conspirando. Jugaban a su juego de las esferas, pero se reunían en igual medida para darse aires y negociar acuerdos.
—Su ignorancia debe de ser fingida —aventuró Bendicevidas, en un raro momento de reflexión—. No la habrían enviado si de verdad fuera tan inexperta.
—Es idriana —dijo con desprecio Llamaverdades—. Su ciudad más importante tiene menos habitantes que un barrio pequeño de T’Telir. Seguro que apenas comprenden ni qué es la política. Están más acostumbrados a hablar con ovejas que con seres humanos.
Amaclima asintió.
—Aunque esté bien preparada según sus criterios, aquí será fácil manipularla. El verdadero reto será asegurarnos de que otros no lleguen a ella primero. Sondeluz, ¿qué impresión te dio? ¿Obedecerá a los dioses sin rechistar?
—Pues ni idea —contestó él, pidiendo por gestos que le rellenaran la copa de zumo—. Como sabéis, no me interesan mucho los jueguecitos políticos.
Amaclima y Llamaverdades cruzaron una sonrisita; como la mayoría de los miembros de la corte, consideraban a Sondeluz un caso perdido en lo referente a asuntos prácticos. Y, según su definición, «práctico» significaba «aprovecharse de los demás».