Capítulo 22 #6
No era solo la pelea. La verdad era que estaba preocupada por el tiempo que estaban tardando las cosas en T’Telir.
Su padre habría recibido su carta dos semanas antes y sabría que no una, sino dos de sus hijas estaban en Hallandren.
Vivenna solo podía esperar que la lógica de su carta, sumada a sus amenazas, le impidiera hacer ninguna locura.
Se alegraba de que Denth la hubiera hecho abandonar la casa de Lemex.
Si su padre enviaba agentes a recuperarla, lo normal sería que fuesen a buscar a Lemex primero, igual que había hecho ella.
Sin embargo, una parte cobarde en su interior deseaba que Denth no hubiera mostrado tanta previsión.
Si todavía estuvieran viviendo en la casa de Lemex, tal vez la habrían descubierto ya. Y estaría camino de vuelta a Idris.
Vivenna fingía mucha decisión. Y era cierto que a veces se sentía decidida. Eran los momentos en los que pensaba en Idris o en las necesidades de su reino. Pero esos momentos, los momentos regios, eran bastante raros. El resto del tiempo, dudaba.
¿En qué se había metido? No sabía de guerras ni de subterfugios.
Era Denth quien de verdad se ocupaba de todo lo que Vivenna hacía para ayudar a Idris.
Lo que ella había sospechado aquel primer día había terminado por confirmarse.
Su preparación y sus estudios servían de bien poco, y no sabía qué hacer para salvar a Siri.
Ni qué hacer con el aliento que contenía en su interior.
Ni siquiera sabía, en realidad, si quería quedarse en aquella ciudad demencial, superpoblada, super colori da .
En resumen, era una inútil. Y lidiar con eso era lo más importante, por encima de ninguna otra cosa, en lo que nunca habían entrenado a Vivenna.
—¿De verdad quieres reunirte con los idrianos? —preguntó Denth.
Vivenna alzó la cabeza. Fuera ya empezaba a oscurecer.
«¿Quiero hacerlo? —pensó—. Si mi padre tiene agentes en la ciudad, puede que acudan. Pero si hay algo que pueda hacer por esta gente…».
—Me gustaría —respondió.
Denth permaneció en silencio.
—No te hace gracia —dijo ella.
Él negó con la cabeza.
—Será difícil prepararlo, difícil mantenerlo en secreto y te hará a ti difícil de proteger. Estos encuentros que estamos teniendo han sido en zonas controladas. Si te reúnes con gente corriente, no será posible.
Ella asintió.
—Quiero hacerlo de todas formas. Tengo que hacer algo, Denth. Algo útil. Que me vean esos contactos tuyos nos ayuda, sí, pero necesito hacer más. Si llega la guerra, debemos preparar a esa gente. Ayudarlos de algún modo.
Alzó la cabeza y miró hacia las ventanas. Tarugo el sinvida estaba de pie en el rincón, donde lo había dejado Joyas. Vivenna se estremeció y apartó la mirada.
—Quiero ayudar a mi hermana —dijo—. Y quiero serle útil a mi pueblo. Pero me da la impresión de que no estoy haciendo gran cosa por Idris al quedarme en esta ciudad.
—Es mejor que marcharse.
—¿Por qué?
—Porque si te marchas, no habrá nadie que me pague.
Ella puso los ojos en blanco.
—No bromeaba —advirtió Denth—. Me gusta que me paguen. De todas formas, hay motivos mejores para quedarse.
—¿Como cuáles?
Él se encogió de hombros.
—Depende, supongo. Mira, princesa, yo no soy de los que dan consejos brillantes o profundos.
Soy mercenario. Tú me pagas, me encaras hacia un sitio y yo voy a apuñalar cosas.
Pero creo que, si te paras a pensarlo, regresar a Idris es lo menos útil que podrías hacer.
Allí no podrás hacer nada más que quedarte cruzada de brazos y tejer ganchillo.
Tu padre tiene otros herederos. Aquí puede que no seas muy efectiva, pero allí eres completamente redundante.
Guardó silencio, se desperezó y se acomodó un poco más contra la pared. «A veces se hace duro hablar con este hombre», pensó Vivenna, meneando la cabeza. Aun así, sus palabras la reconfortaban. Sonrió y se dio la vuelta.
Y encontró a Tarugo de pie junto a su taburete.
Soltó un gritito, medio haciendo aspavientos y medio cayéndose hacia atrás. Denth se levantó al instante, espada en mano, y Tonk Fah no tardó en imitarlo.
Vivenna se puso en pie, tropezando con la falda, y se llevó una mano al pecho como para tranquilizar su corazón. El sinvida permanecía en pie, mirándola.
—Lo hace a veces —dijo Denth con una risita, aunque a Vivenna le sonó falsa—. Se acerca a la gente.
—Como si le dieran curiosidad —añadió Tonk Fah.
—No pueden sentir curiosidad —dijo Denth—. No tienen ninguna emoción. Tarugo, vuelve a tu rincón.
El sinvida se dio la vuelta y echó a andar.
—No —dijo Vivenna, aún temblorosa—. Envíalo al sótano.
—Pero la escalera…
—¡Al sótano! —restalló Vivenna, con el pelo tiñéndose de rojo en las puntas.
Denth suspiró.
—Tarugo, al sótano.
El sinvida obedeció. Mientras bajaba la escalera, Vivenna oyó que un peldaño daba un leve crujido, pero la criatura llegó a salvo abajo, a juzgar por el sonido de sus pasos. Ella se sentó, tratando de calmar su respiración.
—Lo lamento —dijo Denth.
—No puedo sentirlo —respondió ella—. Es inquietante. Me olvido de que está ahí y no me doy cuenta cuando se acerca.
Denth asintió.
—Lo sé.
—Me pasa lo mismo con Joyas —dijo ella, mirándolo—. Es una apagada.
—Sí —dijo él, sentándose de nuevo—. Lo es desde niña. Sus padres vendieron su aliento a un dios.
—Necesitan un aliento a la semana para sobrevivir —añadió Tonk Fah.
—Qué terrible —dijo Vivenna. «He de ser más amable con ella».
—En realidad no es tan malo —dijo Denth—. Yo también he estado sin aliento.
—¿Ah, sí?
Él asintió.
—Todo el mundo tiene rachas en que anda mal de dinero. Lo bueno que tiene el aliento es que siempre puedes comprárselo a otro.
—Nunca falta quien quiere vender —dijo Tonk Fah.
Vivenna sacudió la cabeza, temblando.
—Pero entonces hay que vivir sin él un tiempo. No tener alma.
Denth se echó a reír, y esa vez la risa fue auténtica.
—Ah, eso son supersticiones, princesa. No tener aliento no te cambia tanto.
—Te vuelve menos amable —contestó Vivenna—. Más irritable. Como…
—¿Joyas? —preguntó Denth, divertido—. Qué va, ella sería así de todos modos. Estoy seguro. Sea como sea, cuando he vendido mi aliento, no me he sentido tan diferente. Hay que prestar mucha atención para darte cuenta de que falta.
Vivenna se volvió. No esperaba que él lo comprendiera.
Era fácil llamar supersticiones a sus creencias, pero ella podía decirle lo mismo a Denth.
La gente veía lo que quería ver. Si él creía sentirse igual sin aliento, era más fácil racionalizar la idea de venderlo y luego comprarle otro aliento a una persona inocente.
Además, ¿por qué molestarse en comprarlo, si no importaba?
La conversación se apagó hasta que regresó Joyas. La mujer entró y, una vez más, Vivenna apenas la advirtió. «Estoy empezando a confiar demasiado en ese sentido vital», pensó molesta, y se puso en pie mientras Joyas saludaba a Denth.
—Es quien dice ser —informó Joyas—. He preguntado y tengo tres confirmaciones de gente en la que más o menos confío.
—Muy bien, pues —dijo Denth, desperezándose y poniéndose en pie. Despertó a Tonk Fah de una patada—. Volvamos con cuidado a casa.