Capítulo 20
ue la primera vez en las semanas que llevaba en palacio que Siri esperaba ante la puerta del rey-dios sin sentirse preocupada ni cansada.
Dedosazules, extrañamente, no estaba escribiendo en su cuaderno. La observaba en silencio, con expresión indescifrable.
Siri casi sonrió para sí, pero se contuvo.
Atrás habían quedado los días en que se arrodillaba incómoda en el suelo y le dolía la espalda.
Atrás habían quedado los días en que dormitaba sobre el mármol, con el vestido de turno como única comodidad.
Desde que tuvo el valor suficiente para meterse en la cama la semana anterior, había dormido bien cada noche, cómoda y calentita.
Y ni una sola vez la había tocado el rey-dios.
Era un buen acuerdo. Los sacerdotes, al parecer satisfechos porque cumplía con sus deberes maritales, la dejaban en paz.
No tenía que estar desnuda delante de nadie, y empezaba a aprender la dinámica social del palacio.
Incluso había asistido a unas cuantas sesiones de la Asamblea de la Corte, aunque no se había relacionado con los retornados.
—Receptáculo —dijo en voz baja Dedosazules.
Ella se volvió hacia él, alzando una ceja. Dedosazules se agitó, incómodo.
—¿Habéis… encontrado un modo de que el rey responda a vuestros avances, entonces?
—Las noticias vuelan, ¿eh? —dijo ella, mirando hacia la puerta mientras su sonrisa interior se ensanchaba.
—En efecto, receptáculo —confirmó Dedosazules, dando golpecitos desde abajo a su libro de cuentas—. Solo la gente de palacio lo sabe, por supuesto.
«Bien», pensó ella. Lo miró.
Dedosazules no parecía satisfecho.
—¿Qué pasa? —preguntó Siri—. Ya no corro peligro. Los sacerdotes pueden dejar de preocuparse por un heredero.
«Durante unos meses, al menos. Acabarán por sospechar tarde o temprano».
—Receptáculo —dijo el escriba con un ronco susurro—. ¡Cumplir con vuestro deber como receptáculo era precisamente el peligro!
Ella frunció el ceño y lo miró mientras él seguía dando golpecitos en su libro.
—Oh, dioses, oh, dioses, oh, dioses… —susurraba para sí.
—¿Qué pasa?
—No debería decirlo.
—Entonces ¿para qué lo mencionas? En serio, Dedosazules, estás volviéndote frustrante. Si me dejas confusa, podría empezar a hacer preguntas y…
—¡No! —repuso él bruscamente y miró atrás con un leve encogimiento—. Receptáculo, no debéis hablarle a nadie de mis temores. Son una tontería, nada con lo que haya que molestar a los demás. Es solo…
—¿Qué?
—Que no debéis darle un hijo —dijo Dedosazules—. Ese es el peligro, tanto para vos como para el propio rey-dios. Todo esto… todo lo que pasa en este palacio… no es lo que parece ser.
—Eso dice todo el mundo —espetó ella—. Si no es lo que parece, entonces dime qué es.
—No hay necesidad. Y no volveré a hablar de esto. Después de esta noche, no os acompañaré más al dormitorio, pues obviamente ya conocéis bien la pauta. Antes de entrar, debéis esperar un centenar aproximado de latidos después de que las mujeres os saquen del vestidor.
—¡Tienes que decirme algo! —insistió Siri.
—Receptáculo —dijo Dedosazules, inclinándose hacia ella—, os aconsejo que por favor habléis en voz baja.
No sabéis cuántas facciones actúan y se mueven dentro del palacio.
Yo soy miembro de muchas de ellas, y una palabra de más por vuestra parte podría…
no… seguro que conllevaría mi muerte. ¿Lo entendéis? ¿Alcanzáis a entenderlo?
Ella vaciló.
—No debería estar poniendo mi vida en peligro por vos —añadió Dedosazules—.
Pero hay cosas en este acuerdo que no me satisfacen.
Y por eso os hago esta advertencia: evitad darle un hijo al rey-dios.
Si queréis saber más, aprended los hechos históricos.
La verdad, cualquiera habría pensado que afrontaríais todo esto estando un poco más preparada.
Y el hombrecillo se marchó.
Siri negó con la cabeza, suspiró, abrió la puerta y entró en la cámara.
Cerró la puerta y miró al rey-dios, que la observaba como siempre, y se quitó el vestido, dejándose la camisola.
Se dirigió a la cama y se sentó, esperó unos minutos antes de subirse de rodillas y empezar a dar botes y gemir.
Modificó sus movimientos un par de veces, cambiando a diferentes ritmos, volviéndose creativa.
Al terminar, se arrebujó en las mantas y se tumbó a pensar. «¿Podría Dedosazules haber sido más críptico?», pensó con frustración. Lo poco que Siri sabía de intrigas políticas le indicaba que la gente prefería ser sutil, incluso hermética, para evitar que la acusaran de nada.
«Aprended los hechos históricos».
Parecía una sugerencia extraña. Si los secretos fueran tan visibles, ¿por qué iban a ser peligrosos?
Con todo, mientras pensaba, Siri se descubrió agradecida por contar con Dedosazules. No podía echarle en cara su vacilación. Probablemente ya se había puesto en peligro mucho más de lo que debería. Sin él, ella ni siquiera sabría que también corría riesgos.
En cierto sentido, era el único amigo que tenía en la ciudad: una persona, como ella misma, traída de otro país. Un país ensombrecido por la hermosa y osada Hallandren. Un hombre que…
Sus pensamientos se interrumpieron. Notó algo extraño. Abrió los ojos.
Alguien se alzaba sobre ella en la oscuridad.
A su pesar, Siri soltó un grito de sorpresa. El rey-dios saltó hacia atrás y tropezó. Con el corazón desbocado, Siri retrocedió en la cama, subiéndose las mantas hasta el pecho. Aunque, por supuesto, él la había visto desnuda tan a menudo que era un gesto ridículo.
El rey-dios estaba allí de pie, con sus oscuras vestimentas y una expresión dubitativa a la luz titilante de la chimenea.
Siri nunca les había preguntado a las criadas por qué vestía de negro.
Cabría pensar que preferiría el blanco, el color que podía afectar de forma tan espectacular con su biocroma.
Durante unos instantes Siri permaneció arrebujada en las mantas, pero luego se obligó a relajarse. «Deja de ser tan tonta —se ordenó—. Él nunca te ha amenazado».
—No pasa nada —dijo en voz baja—. Es que me has asustado.
Él la miró. Y, con un sobresalto de sorpresa, Siri se dio cuenta de que era la primera vez que le hablaba desde su estallido de la semana anterior.
Teniéndolo allí de pie, se apreciaba incluso mejor lo…
heroico que parecía. Alto, ancho de hombros, como una estatua.
Humano, pero de proporciones más dramáticas.
Con cuidado, mostrando más incertidumbre de la que había esperado en un hombre que tenía el título de rey-dios, él volvió a acercarse a la cama. Se sentó en el borde.
Entonces se llevó una mano a la camisa y la levantó.
«Ay, Austre —pensó ella con súbita angustia—. ¡Ay, Dios, Señor de los Colores! ¡Esta vez sí! ¡Al final ha venido a tomarme!». No pudo controlar los temblores. Se había convencido de que estaba a salvo. No debería tener que pasar por aquello. ¡No otra vez!
«¡No puedo hacerlo! ¡No puedo! Es…».
El rey-dios sacó algo de debajo de su camisa y luego dejó que la prenda cayera de nuevo, cubriéndolo.
Siri permaneció sentada, jadeando, y poco a poco advirtió que él no estaba haciendo más avances hacia ella.
Se calmó y obligó a su pelo a recuperar el color.
El rey-dios dejó el objeto sobre la cama, y la luz de la chimenea reveló que era…
un libro. Siri inmediatamente pensó en los hechos históricos que había mencionado Dedosazules, pero enseguida descartó la idea.
Ese libro, a juzgar por el título del lomo, era un libro de cuentos para niños.
El rey-dios apoyó los dedos sobre el volumen y lo abrió por la primera página, con delicadeza.
El blanco pergamino se rindió ante la fuerza de su biocroma y arrojó por los aires un prisma de colores.
El efecto no distorsionaba el texto, de modo que Siri se inclinó despacio para distinguir las palabras.
Miró al rey-dios. Su cara parecía menos envarada que de costumbre. Susebron señaló la página con la cabeza y luego la primera palabra con el dedo.
—¿Quieres que lea esto? —preguntó Siri en un susurro, consciente de los sacerdotes que podrían estar escuchando.
El rey-dios asintió.
—Pone «Cuentos para niños» —añadió ella, confusa.
Él le dio la vuelta al libro, mirándolo también. Se frotó la barbilla, pensativo.
«¿Qué está pasando aquí?», pensó Siri. No parecía que el rey-dios fuera a acostarse con ella. ¿Acaso esperaba que ella le leyera un cuento? No concebía que le pidiera algo tan infantil. Lo miró de nuevo. Él volvió a girar el libro, señalando la primera palabra con el dedo. Asintió.
—¿«Cuentos»? —preguntó Siri.
Él señaló la palabra. Ella la miró con más atención, tratando de discernir algún significado oculto o texto misterioso. Suspiró y alzó la mirada de nuevo.
—¿Por qué no me lo dices y ya está?
Él vaciló, ladeando la cabeza. Entonces abrió la boca. Al débil resplandor de la chimenea, Siri vio algo sorprendente.
El rey-dios de Hallandren no tenía lengua.
Había una cicatriz. Apenas podía verla entornando mucho los ojos. Algo le había ocurrido, algún terrible accidente le había hecho perderla. O… ¿se la habían quitado a propósito? ¿Por qué querría nadie extirparle la lengua al mismísimo rey?
La respuesta se le ocurrió casi de inmediato.
«Aliento biocromático —pensó, recordando una lección medio aprendida de su infancia—. Para despertar objetos, hay que dar un Mandato. Palabras pronunciadas con voz nítida y clara. No se permiten murmullos ni susurros, o el aliento no funcionará».
El rey-dios apartó la mirada de pronto, con expresión avergonzada. Cogió el libro, se lo apretó contra el pecho y se dispuso a levantarse.
—No, por favor —dijo Siri, acercándose a él.
Extendió la mano para tocarle el brazo. El rey-dios se detuvo. Ella retiró la mano al instante.
—No pretendía parecer asqueada —susurró ella—. No ha sido por… tu boca. Es porque he comprendido la razón por la que debieron de hacértelo.
El rey-dios la estudió y luego, despacio, tomó asiento una vez más.
Se mantuvo lo bastante lejos para que no se tocaran, y Siri no volvió a estirar la mano.
Sin embargo, cuidadoso, casi en actitud reverencial, él colocó de nuevo el libro sobre la cama.
Lo abrió otra vez por la primera página y entonces la miró, con ojos suplicantes.
—No sabes leer, ¿verdad? —preguntó Siri.
Él negó con la cabeza.
—Ese es el secreto —susurró ella—. Eso es lo que asusta tanto a Dedosazules.
¡No eres rey, eres una marioneta! Una figura simbólica.
Los sacerdotes te sacan a desfilar, te dan un aura biocromática tan fuerte que hace que la gente se arrodille asombrada.
Pero te amputaron la lengua para que no pudieras usarla nunca, y tampoco te enseñaron a leer, no vaya a ser que aprendas demasiado o logres comunicarte con los demás.
Él dejó caer los hombros y apartó la mirada.
—Todo para poder controlarte.
«No me extraña que Dedosazules esté tan asustado. Si le hacen eso a su propio dios… entonces los demás no somos nada para ellos».
Por fin tenía sentido que se hubieran mostrado tan inflexibles en no dejarla hablar ni besar siquiera al rey. Tenía sentido que aborrecieran tanto a Siri. Les preocupaba que alguien pasara tiempo a solas con el rey-dios. Alguien que pudiera descubrir la verdad.
—Lo siento —susurró.
Él sacudió la cabeza y la miró a los ojos. Había en ellos una fuerza que Siri no habría esperado de un hombre tan aislado y recluido como él. Al poco tiempo, el rey-dios bajó la mirada y señaló de nuevo las palabras de la página. La primera palabra. La primera letra, de hecho.
—Es la letra «shash»—dijo Siri, sonriendo—. Puedo enseñártelas todas, si quieres.
Los sacerdotes hacían bien en preocuparse.