Capítulo 19 #2
—¡Que ataquéis! —gritó Vivenna—. Sois mis guardaespaldas, sois…
Dejó la frase sin acabar cuando los dos hombres soltaron una risita.
«Ay, Colores, otra vez no», pensó.
—¿Qué pasa? —dijo—. ¿Es algún tipo de broma? ¿Habéis pintado de gris a ese hombre? ¿Qué está pasando?
—Muévete, roca con piernas —dijo una voz detrás del sinvida.
La criatura entró en la casa, cargando con un par de sacos de lona sobre los hombros. Al moverse, dejó a la vista a la mujer más bajita que tenía detrás. Ancha de caderas y de busto, el pelo castaño claro le caía hasta los hombros. Se quedó allí plantada con los brazos en jarras y aspecto irritado.
—Denth, él está aquí —espetó—. En la ciudad.
—Bien —respondió Denth, acomodándose de nuevo—. Le debo a ese hombre un espadazo en las tripas.
La mujer bufó.
—Mató a Arsteel. ¿Por qué crees que podrás vencerlo?
—Siempre he sido mejor espadachín —repuso Denth tranquilamente.
—Arsteel también era bueno. Ahora está muerto. ¿Quién es esa mujer?
—La nueva patrona.
—Espero que viva más que el último —gruñó ella—. Tarugo, suelta eso y trae el otro saco.
El sinvida depositó los sacos en el suelo y salió.
Vivenna se quedó observando, pues ya había atado cabos y suponía que la mujer bajita era Joyas, la tercera miembro del equipo de Denth.
¿Qué estaba haciendo con un sinvida? ¿Y cómo había encontrado la nueva casa?
Denth debía de haberle enviado un mensaje.
—¿Y a ti qué te pasa? —preguntó Joyas, mirando a Vivenna—. ¿Vino un despertante y te robó los colores?
Vivenna titubeó.
—¿Qué?
—Quiere decir que por qué pareces tan sorprendida —explicó Denth.
—Eso y que su pelo es blanco —dijo Joyas, acercándose a los sacos.
Vivenna se ruborizó, advirtiendo que la sorpresa la había traicionado. Devolvió su pelo a su adecuado color oscuro. El sinvida regresó cargando con otro saco.
—¿De dónde ha salido esa criatura? —preguntó Vivenna.
—¿Quién? —replicó Joyas—. ¿Tarugo? Lo creé a partir de un cadáver, obviamente. No lo hice en persona: pagué a alguien para que se ocupara.
—Demasiado dinero —añadió Tonk Fah.
La criatura volvió a entrar en la casa. No tenía una altura antinatural como la de los retornados. Podría haber sido un hombre normal, aunque muy musculoso. Únicamente el color de su piel, combinado con aquel rostro inexpresivo, era diferente.
—¿Lo ha comprado? —preguntó Vivenna—. ¿Cuándo? ¿Ahora mismo?
—Qué va —contestó Tonk Fah—. Ya hace meses que tenemos a Tarugo.
—Es útil tener un sinvida —dijo Denth.
—¿Y no me lo habíais dicho? —repuso Vivenna.
Trató de mantener la voz libre de histeria. Primero había tenido que tratar con la ciudad y con todos sus colores y su gente. Luego había recibido un gran número de alientos no deseados. Y ahora estaba enfrentándose a la más abyecta de las abominaciones.
—No salió el tema —contestó Denth, encogiéndose de hombros—. Son bastante corrientes en T’Telir.
—¡Estábamos hablando de derrotar a estos seres, no de recibirlos en nuestra casa! —exclamó Vivenna.
—¡Estábamos hablando de derrotar a algunos de ellos —dijo Denth—. Princesa, los sinvidas son como las espadas. Son herramientas. No podemos destruir a todos los que hay en la ciudad, ni tampoco nos interesa. Solo a los que utilizan tus enemigos.
Vivenna se deslizó pared abajo y se sentó en el suelo de madera. El sinvida soltó el último saco y entonces Joyas señaló el rincón. La criatura se alejó y se quedó allí de pie, esperando nuevas órdenes.
—Tomad —dijo Joyas a los otros dos, desatando el último saco, más grande—. Queríais esto.
Lo volcó de lado, revelando el brillante metal que tintineaba en su interior.
Denth sonrió y se puso en pie. Despertó de una patada a Tonk Fah, que tenía una capacidad sorprendente para quedarse dormido sin previo aviso, y se acercó al saco.
Extrajo varias espadas, brillantes y de aspecto nuevo, con hojas largas y finas.
Denth dio unos cuantos mandobles de prueba mientras Tonk Fah llegaba junto a él y se ponía a sacar unas dagas de aspecto mortífero, algunas espadas más cortas y luego unos jubones de cuero.
Vivenna se quedó sentada, con la espalda apoyada en la pared, controlando la respiración para calmarse.
Trató de no sentirse amenazada por el sinvida del rincón.
¿Cómo podían quedarse tan anchos teniéndolo ahí mismo?
Era tan antinatural que le daban picores y ganas de revolverse.
Al cabo de un rato, Denth reparó en ella.
Le dijo a Tonk Fah que engrasara las espadas, se acercó y se sentó delante de Vivenna, apoyando las manos en el suelo tras él.
—¿Ese sinvida va a ser un problema, princesa? —le preguntó.
—Sí —dijo ella en tono brusco.
—Pues tendremos que resolverlo —dijo él, mirándola a los ojos—. Mi equipo no puede funcionar si le atas las manos. Joyas ha dedicado mucho esfuerzo a aprender los Mandatos adecuados para utilizar un sinvida, por no mencionar aprender a mantenerlo.
—No la necesitamos.
—Sí —replicó Denth—. Sí que la necesitamos. Princesa, has traído un montón de prejuicios a esta ciudad. No es cosa mía decirte qué hacer con ellos. Solo soy tu empleado. Pero sí te diré que no sabes ni la mitad de las cosas que crees saber.
—No es por lo que crea saber, Denth —dijo Vivenna—. Hablamos de mi fe. No se debe abusar del cuerpo de una persona haciendo que vuelva a la vida para servirte.
—¿Por qué no? Vuestra propia teología dice que el alma se marcha cuando muere el cuerpo. El cadáver es solo tierra reutilizada. ¿Por qué no aprovecharlo?
—Está mal.
—La familia del cadáver recibió un buen dinero por el cuerpo.
—No importa —dijo Vivenna.
Denth se inclinó hacia delante.
—Muy bien, pues. Pero si le ordenas a Joyas que se marche, nos lo ordenas a todos. Te devolveré tu dinero, y luego te conseguiremos otro equipo de guardaespaldas. Tendrán que ayudarte ellos.
—Creía que eras mi empleado —restalló Vivenna.
—Lo soy. Pero puedo renunciar cuando quiera.
Ella continuó sentada, con el estómago revuelto.
—Tu padre estaba dispuesto a usar medios con los que no estaba de acuerdo —añadió Denth—. Júzgalo si debes hacerlo, pero dime una cosa. Si utilizar un sinvida pudiera salvar tu reino, ¿quién eres tú para decir que no?
—¿Por qué te importa? —preguntó ella.
—No me gusta dejar las cosas a medias.
Vivenna apartó la mirada.
—Míralo así, princesa —dijo él—. Puedes trabajar con nosotros, cosa que te dará oportunidades para explicar tus puntos de vista y tal vez cambiar nuestra forma de pensar sobre temas como los sinvidas o el biocroma.
O puedes despedirnos. Pero si nos rechazas por nuestros pecados, ¿no estás siendo arrogante?
¿No dicen algo al respecto las Cinco Visiones?
Vivenna frunció el ceño. «¿Cómo sabe tanto sobre el austrismo?».
—Me lo pensaré —dijo—. ¿Para qué ha traído Joyas todas esas espadas?
—Necesitaremos armas —dijo Denth—. Ya sabes, tiene que ver con aquello de la violencia que hemos mencionado antes.
—¿No teníais ninguna?
Él se encogió de hombros.
—Tonks suele llevar una porra o un cuchillo, pero las espadas llaman la atención en T’Telir. Es mejor no destacar, a veces. Tu pueblo tiene una visión interesante sobre este tema.
—Pero ahora…
—Ahora no tenemos más remedio. Si seguimos adelante con los planes de Lemex, las cosas se van a poner peligrosas. —Denth la miró—. Lo cual me recuerda que tengo otra cosa en la que quiero que pienses.
—¿Qué cosa?
—Esos alientos que tienes —dijo él—. Son una herramienta.
Igual que los sinvidas. Sé que no estás de acuerdo en cómo se obtuvieron.
Pero el hecho es que los tienes. Si una docena de esclavos muere por forjar una espada, ¿sirve de algo fundir la espada y negarse a utilizarla?
¿O es mejor usar esa espada y tratar de detener a los hombres que causaron ese mal en un principio?
—¿Qué estás sugiriendo? —preguntó Vivenna, aunque temiendo saberlo ya.
—Deberías aprender a utilizar los alientos —dijo Denth—. A Tonks y a mí nos vendría bien una despertante que nos respaldase.
Vivenna cerró los ojos. ¿Tenía que salirle con eso ahora, justo después de sacudir sus preocupaciones sobre los sinvidas? Había esperado encontrar incertidumbres y obstáculos en T’Telir, pero no tantas decisiones difíciles. Y, desde luego, no había previsto que pusieran en peligro su alma.
—No voy a convertirme en despertante, Denth —dijo en voz baja—.
Puede que haga la vista gorda respecto a ese sinvida por ahora, pero no voy a despertar nada.
Espero llevarme estos alientos conmigo al morir, para que nadie más pueda beneficiarse de recolectarlos.
Digas lo que digas, si compras esa espada forjada por esclavos explotados, lo que consigues es animar a los mercaderes malvados.
Denth guardó silencio. Entonces asintió y se puso en pie.
—Tú eres la jefa, y es tu reino. Si fracasamos, lo único que yo pierdo será una patrona.
—Denth —dijo Joyas, acercándose. Apenas dirigió una mirada a Vivenna—.
Esto no me hace ni pizca de gracia. No me gusta nada que él llegara aquí primero.
Tiene aliento. Según los informes, parece haber llegado al menos a la cuarta elevación.
Tal vez la quinta. Seguro que lo consiguió de ese rebelde, Vahr.
—¿Cómo sabes siquiera que se trata de él? —preguntó Denth.
Joyas bufó.
—La voz corre por todas partes. Gente hallada muerta en los callejones, con heridas corrompidas y negras. Avistamientos de un nuevo y poderoso despertante que recorre la ciudad con una espada de empuñadura negra en una vaina plateada. Es Tax, sin duda. Aunque ahora usa un nombre distinto.
Denth asintió.
—Vasher. Ya lleva un tiempo con él. Es un chiste suyo.
Vivenna frunció el ceño. «Espada de empuñadura negra. Vaina plateada. ¿El hombre del anfiteatro?».
—¿De quién estamos hablando?
Joyas le lanzó una mirada molesta, pero Denth solo se encogió de hombros.
—De un… viejo amigo nuestro.
—Es mal asunto —dijo Tonk Fah, acercándose—. Tax suele dejar un montón de cadáveres a su paso. Tiene unas motivaciones extrañas, no piensa como los demás.
—Está interesado en la guerra por algún motivo, Denth —dijo Joyas.
—Mejor —espetó Denth—. Así nuestros caminos se cruzarán antes.
Se volvió, agitando una mano con indiferencia. Vivenna lo miró marcharse y reparó en la frustración que se notaba en su paso, en lo brusco de sus movimientos.
—¿Qué le pasa? —preguntó Vivenna a Tonk Fah.
—Tax… o Vasher, supongo, mató a un buen amigo nuestro en Yarn Dred hace un par de meses. Antes Denth tenía a cuatro personas en este equipo.
—No tendría que haber pasado —terció Joyas—. Arsteel era un duelista brillante, casi tan bueno como Denth. Vasher nunca ha podido derrotar a ninguno de ellos.
—Utilizó esa… espada suya —gruñó Tonk Fah.
—No había negrura en torno a la herida —dijo Joyas.
—Pues tuvo que extirparla —replicó Tonk Fah tajante, viendo cómo Denth se ataba una vaina al cinto—. Es imposible que Vasher derrotara a Arsteel en un duelo justo. Imposible.
—Ese Vasher… —dijo Vivenna, casi sin querer—. Lo vi.
Joyas y Tonk Fah se volvieron bruscamente.
—Estaba en la corte ayer —explicó Vivenna—.
Un hombre alto, con espada, cuando nadie más llevaba.
Tenía la empuñadura negra y la vaina plateada, tal como decís.
Iba todo andrajoso. Despeinado, barba desaliñada, ropa con desgarrones.
Usaba una cuerda como cinturón. Me miraba desde atrás. Parecía… peligroso.
Tonk Fah maldijo en voz baja.
—Es él —dijo Joyas—. ¡Denth!
—¿Qué?
Joyas señaló a Vivenna.
—Va un paso por delante de nosotros. Ha estado siguiendo a tu princesa. Ella vio cómo la observaba en la corte.
—¡Colores! —maldijo Denth, guardando una espada de duelo en la vaina de su cintura—. ¡Colores, Colores y Colores!
—¿Qué pasa? —preguntó Vivenna, palideciendo—. A lo mejor fue casualidad. Puede que solo estuviera allí para ver los debates.
Denth negó con la cabeza.
—No existen las casualidades cuando se trata de ese hombre, princesa. Si te estaba observando, puedes apostar por los Colores a que sabe exactamente quién eres y de dónde vienes. —La miró a los ojos—. Y es fácil que planee matarte.
A Vivenna se le trabó el aire en la garganta. Tonk Fah le puso una mano en el hombro.
—Ah, no te preocupes, Vivenna. También quiere matarnos a nosotros. Al menos estás en buena compañía.