Capítulo 19
iene su encanto —dijo Denth, examinando la casa—. Paneles de madera sólida. Se romperán muy limpiamente.
—Sí —convino Tonk Fah, asomándose a un armario—. Y tiene espacio de sobra. Seguro que, solo aquí dentro, ya podríamos guardar media docena de cadáveres.
Vivenna les dirigió una mirada y los dos mercenarios rieron.
La casa no era tan bonita como la de Lemex, porque ella no quería ser ostentosa.
Era una de las muchas viviendas construidas en hilera a lo largo de una calle bien cuidada.
Más profundo que ancho, el edificio estaba flanqueado a cada lado por grandes palmeras que dificultarían las miradas indiscretas desde las casas cercanas.
Estaba satisfecha. Parte de ella se resistía a vivir en una casa que, aunque modesta para los estándares de Hallandren, era casi tan grande como el palacio del rey en Idris.
Sin embargo, Parlin y ella habían mirado y rechazado casas en barrios más baratos de la ciudad.
Vivenna no quería vivir en un sitio donde le diera miedo salir de noche, sobre todo porque temía que su aliento la convirtiese en objetivo de alguien.
Bajó la escalera, seguida por los mercenarios.
La casa tenía tres alturas: un primer piso pequeño para los dormitorios, la planta baja con la cocina y la sala de estar y, por último, un sótano como despensa y trastero.
El mobiliario era escaso, y Parlin había ido al mercado a comprar más.
Vivenna no había querido gastarse el dinero, pero Denth le había señalado que, al menos, debían intentar guardar las apariencias, no fuera que terminaran llamando más la atención.
—Pronto se ocuparán de la casa del viejo Lemex —dijo—.
Hemos hecho correr el rumor en los bajos fondos de que el viejo ha muerto.
Esta noche alguna banda de ladrones se llevará todo lo que no hemos saqueado nosotros.
Mañana llegará la guardia de la ciudad y culparán de todo a ese robo.
Ya hemos pagado a la enfermera, que de todas formas no sabe quién era Lemex en realidad.
Cuando no vaya nadie a pagar las exequias, las autoridades confiscarán la casa y harán quemar el cuerpo junto con los de otros deudores.
Vivenna se detuvo al pie de la escalera, palideciendo.
—No parece muy respetuoso.
Denth se encogió de hombros.
—¿Y qué quieres, ir tú a reclamarlo al osario? ¿Organizarle una ceremonia idriana?
—Buen modo de que la gente se ponga a hacer preguntas —dijo Tonk Fah.
—Es mejor dejar que otros se encarguen de él —afirmó Denth.
—Supongo que sí. —Vivenna fue hacia la sala de estar—. Es solo que no me hace gracia dejar su cuerpo en manos de…
—¿De qué? —preguntó Denth, divertido—. ¿De paganos?
Vivenna no lo miró.
—Al viejo no parecían molestarle mucho las costumbres paganas —recordó Tonk Fah—. No con la cantidad de alientos que tenía. Pero claro, ¿no le dio tu padre el dinero para comprarlos?
Vivenna cerró los ojos.
«Y ahora tú tienes esos mismos alientos —se dijo—. No eres inocente en todo esto».
A Vivenna no le habían dado elección. Solo podía esperar y confiar en que su padre se hubiera hallado en la misma situación, sin más alternativa que hacer lo que parecía mal.
Como aún no había asientos, Vivenna se recogió el vestido y se arrodilló en el suelo de madera, con las manos en el regazo. Denth y Tonk Fah se sentaron contra la pared, tan cómodos como si estuvieran repantigados en mullidos sillones.
—Muy bien, princesa —dijo Denth, sacando un papel del bolsillo—. Tenemos planes para ti.
—Adelante, entonces.
—Primero, podemos conseguirte un encuentro con algunos aliados de Vahr.
—¿Quién era exactamente ese hombre? —preguntó Vivenna, frunciendo el ceño porque no le gustaba la idea de trabajar con revolucionarios.
—Vahr era jornalero en las plantaciones tintoreras —dijo Denth—.
Las cosas no son bonitas en esos campos: muchas horas, y poco más que comida como paga.
Hace unos cinco años, Vahr tuvo la brillante idea de que, si convencía a suficientes compañeros para que le dieran su aliento, quizá podría usar ese poder para iniciar una revuelta contra sus supervisores.
Se convirtió en un héroe de la gente de las plantaciones de flores de las afueras y acabó por llamar la atención de la Corte de los Dioses.
—En realidad nunca habría podido iniciar una auténtica rebelión —dijo Tonk Fah.
—Entonces ¿de qué nos sirven sus hombres, si nunca pudieron triunfar? —preguntó Vivenna.
—Bueno —respondió Denth—, tú no nos has pedido rebeliones ni nada por el estilo. Lo único que te interesa es ponerle difíciles las cosas a Hallandren cuando vaya a la guerra.
—Tener revueltas en los campos sería todo un incordio en plena guerra —observó Tonk Fah.
Vivenna asintió.
—Muy bien. Reunámonos con ellos.
—Debes saber, princesa —dijo Denth—, que no son personas muy… sofisticadas.
—No me ofende la pobreza ni la gente de pocos medios. Austre considera a todo el mundo por igual.
—No me refería a eso —repuso Denth, frotándose la barbilla—.
No es que sean campesinos, es que… bueno, cuando la pequeña insurrección de Vahr salió mal, esta es la gente que fue lo bastante lista para largarse deprisa.
Eso significa que no estaban demasiado comprometidos con Vahr desde un principio.
—En otras palabras —dijo Tonk Fah—, eran un puñado de matones y mafiosos que pensaban que Vahr podría proporcionarles dinero fácil o influencias.
«Magnífico», pensó Vivenna.
—¿Y nos conviene asociarnos con gente así?
Denth se encogió de hombros.
—Tenemos que empezar por alguna parte.
—Las otras cosas de la lista son un poco más divertidas —dijo Tonk Fah.
—¿Por ejemplo? —preguntó Vivenna.
—Saquear el almacén de los sinvidas, por ejemplo —dijo Denth, sonriendo—. No podremos matar a esas criaturas… o, al menos, no sin atraer al resto hacia nosotros, pero podríamos entorpecer su forma de actuar.
—Parece peligroso.
Denth miró a Tonk Fah, que abrió los ojos. Cruzaron una sonrisa.
—¿Qué pasa? —preguntó Vivenna.
—Plus de peligrosidad —dijo Tonk Fah—. Puede que no te robemos el dinero, ¡pero no tenemos nada en contra de cobrarte un extra por las misiones peligrosísimas!
Vivenna puso los ojos en blanco.
—Aparte de eso —añadió Denth—, por lo que tengo entendido, Lemex quería sabotear el suministro de alimentos a la ciudad.
No es mala idea. Los sinvidas no necesitan comer, pero sí los humanos que forman la estructura de apoyo del ejército.
Si interrumpimos el suministro, quizá la gente empiece a preguntarse si pueden permitirse una guerra larga.
—Eso suena más razonable —dijo Vivenna—. ¿Qué se os ha ocurrido?
—Saquear caravanas de mercaderes —respondió Denth—. Quemar cosas, costarles mucho dinero. Haremos que parezca cosa de bandidos, o igual de los partidarios de Vahr que quedan. Eso debería confundir a la gente de T’Telir, y tal vez dificulte que los sacerdotes decidan ir a la guerra.
—Los sacerdotes dirigen gran parte del comercio en la ciudad —apuntó Tonk Fah—. Tienen todo el dinero, así que suelen poseer también los suministros. Si haces que se esfume lo que pretendían usar para la guerra, vacilarán más en atacar. Eso dará más tiempo a tu gente.
Vivenna tragó saliva.
—Vuestros planes son un poco más… violentos de lo que esperaba.
Ambos compartieron una mirada.
—Verás —dijo Denth—, de ahí precisamente viene nuestra mala reputación. La gente nos contrata para que hagamos cosas difíciles, como minar la capacidad para la guerra de un país, y luego se queja de que somos demasiado violentos.
—Muy injusto —coincidió Tonk Fah.
—Tal vez la princesa prefiera que compremos cachorritos para sus enemigos y se los enviemos junto con bonitas notas educadas pidiéndoles que paren de ser tan malos.
—Y entonces —dijo Tonk Fah—, cuando no paren, ¡podríamos matar a los cachorritos!
—Muy bien —dijo Vivenna—. Comprendo que habrá que tener mano dura, pero… no quiero que los hallandrenses pasen hambre por culpa nuestra.
—Princesa —repuso Denth en tono más serio—, esta gente quiere atacar tu país. Creen que tu familia es la mayor amenaza que existe para su poder… y van a asegurarse de que nadie de linaje real viva para desafiarlos.
—Tu hermana les proporcionará un hijo que será el próximo rey-dios —dijo Tonk Fah—, y entonces matarán a todas las demás personas de sangre real. Nunca tendrán que volver a preocuparse por vosotros.
Denth asintió.
—Tu padre y Lemex tenían razón. Los hallandrenses tienen todo que perder si no os atacan. Y, por la pinta que tiene, tu pueblo va a necesitar toda la ayuda que puedas darle. Eso significa esforzarnos al máximo: asustar a los sacerdotes, destrozar sus reservas de suministros, debilitar sus tropas.
—No podemos detener la guerra —añadió Tonk Fah—. Solo podemos hacer que la lucha sea un poco más justa.
Vivenna respiró hondo y luego asintió.
—Muy bien, entonces vamos a…
En ese momento la puerta principal se abrió de par en par y chocó contra la pared. Vivenna alzó la cabeza. En el umbral se alzaba una figura, un hombre alto y fornido de músculos inusualmente grandes y rasgos planos. Vivenna tardó un momento en captar su otra rareza.
Tenía la piel gris. Los ojos también. No había ningún color en él, y las elevaciones de Vivenna le dijeron que tampoco tenía ni un solo aliento. Era un soldado sinvida.
Vivenna se puso en pie de un salto, reprimiendo apenas un grito de angustia. Retrocedió apartándose del enorme soldado, que permaneció allí plantado, inmóvil, sin respirar siquiera. Sus ojos la siguieron, en vez de quedarse mirando al frente como los de un muerto.
Por algún motivo, eso fue lo que más perturbó a Vivenna.
—¡Denth! —exclamó—. ¿A qué esperáis? ¡Atacad!
Los mercenarios se quedaron donde estaban, recostados en el suelo. Tonk Fah apenas abrió un ojo.
—Ah, bueno —dijo Denth—. Parece que la guardia nos ha descubierto.
—Lástima —asintió Tonk Fah—. Parecía que esto iba a ser un trabajo divertido.
—Ahora solo nos espera la ejecución —dijo Denth.