El aliento de los dioses Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Conocía a muchos sumos sacerdotes de otros retornados, y la mayoría de ellos eran insufribles en distinta medida.

Algunos se enfadaban rápidamente, otros se apresuraban a señalar defectos y había quienes se mostraban tan empalagosamente efusivos hacia sus dioses que resultaban enloquecedores.

Treledees, el sumo sacerdote del mismísimo rey-dios, era tan envarado que hacía que incluso los dioses se sintieran inferiores.

Y luego estaba Llarimar. Paciente y comprensivo. Se merecía un dios mejor.

—Muy bien, divina gracia —dijo—. ¿Qué es esta vez?

—Estoy enfermo —respondió Sondeluz.

—No podéis poneros enfermo, divina gracia.

Sondeluz soltó unas toses débiles. Llarimar puso los ojos en blanco.

—Venga, Veloz, ¿no puedes seguirme un poco la corriente?

—¿Seguiros la corriente de que estáis enfermo? —Llarimar mostró un atisbo de diversión—. Divina gracia, eso sería fingir que no sois un dios. No creo que sea un buen precedente para que lo establezca vuestro sumo sacerdote.

—Es la verdad —susurró Sondeluz—. No soy ningún dios.

De nuevo, ni un atisbo de irritación o enfado en Llarimar. Tan solo se inclinó hacia delante.

—Por favor, no digáis esas cosas, divina gracia. Incluso si vos mismo no creéis, no debéis decirlo.

—¿Por qué no?

—Por el bien de los muchos que sí creen.

—¿Y debo continuar engañándolos?

Llarimar meneó la cabeza.

—No es ningún engaño. No es extraño que haya otros que tengan más fe en uno que uno mismo.

—¿Y no te parece un poco raro en mi caso?

El sacerdote sonrió.

—No, conociendo vuestro temperamento. Bien, ¿por qué ha sido esta vez?

Sondeluz se volvió y miró de nuevo al techo.

—Tejesonrojos quiere mis Mandatos para los sinvidas.

—Entiendo.

—Destruirá a nuestra nueva reina. Tejesonrojos teme que la casa real de Idris pretenda hacerse con el trono de Hallandren.

—¿Y vos opináis distinto?

Sondeluz negó con la cabeza.

—No. Probablemente sea cierto. Pero no creo que esa muchacha, la reina, sepa que forma parte de nada. Me preocupa que Tejesonrojos aplaste a esa chica por miedo. Me preocupa que sea demasiado agresiva y nos meta a todos en una guerra, cuando no sé todavía si es lo adecuado.

—Parece que ya tenéis una opinión formada al respecto, divina gracia —dijo Llarimar.

—No quiero formar parte, Veloz —dijo Sondeluz—. Siento que me están arrastrando.

—Es vuestro deber implicaros en el liderazgo del reino. No se puede evitar la política.

—Puedo, si no me levanto de la cama.

Llarimar alzó una ceja.

—No lo creeréis sinceramente, ¿verdad, divina gracia?

Sondeluz suspiró.

—No irás a darme un sermón sobre cómo incluso mi inacción tiene efectos políticos, ¿verdad?

El sacerdote vaciló.

—Tal vez. Os guste o no, formáis parte del funcionamiento de este reino, y provocáis efectos incluso al quedaros en la cama. Si no hacéis nada, entonces los problemas serán tan culpa vuestra como si los hubierais instigado.

—No —replicó Sondeluz—. Creo que te equivocas. Si no hago nada, entonces al menos no puedo estropear las cosas. Cierto, puedo dejar que vayan mal, pero no es lo mismo. No lo es, diga lo que diga la gente.

—¿Y si, al actuar, pudierais mejorar las cosas?

Sondeluz sacudió la cabeza.

—No va a suceder. Me conoces lo suficiente como para saberlo.

—Sí que os conozco, divina gracia —dijo Llarimar—. Os conozco mejor, tal vez, de lo que pensáis. Siempre habéis sido uno de los mejores hombres que he conocido.

Sondeluz puso los ojos en blanco, pero se detuvo al advertir la expresión de Llarimar. «Uno de los mejores hombres que he conocido». Sondeluz se incorporó.

—¡Me conocías! —acusó—. Por eso decidiste ser mi sacerdote. ¡Me conocías de antes! ¡Antes de que muriera!

Llarimar no respondió.

—¿Quién era yo? —preguntó Sondeluz—. Un buen hombre, sostienes. ¿Qué había en mí que me hacía un buen hombre?

—No puedo decir nada, divina gracia.

—Ya has dicho algo —replicó Sondeluz, alzando un dedo—. De perdidos al río. No hay vuelta atrás.

—Ya he dicho demasiado.

—Venga —insistió Sondeluz—. Solo un poquito. ¿Era de T’Telir, entonces? ¿Cómo morí?

«Y ¿quién es ella, la mujer que veo en mis sueños?».

Llarimar no dijo nada más.

—Podría ordenarte que hablaras…

—No, no podríais —dijo el sacerdote, sonriendo mientras se levantaba—. Es como la lluvia, divina gracia. Podéis afirmar que queréis ordenarle al clima que cambie, pero en el fondo no lo creéis. No obedece, ni tampoco obedecería yo.

«Conveniente artículo teológico, ya lo creo —pensó Sondeluz—. Sobre todo cuando quieres ocultarles cosas a tus dioses».

Llarimar se volvió para marcharse.

—Tenéis ofrendas que juzgar, divina gracia. Sugiero que dejéis que vuestros sirvientes os bañen y vistan para que podáis hacer el trabajo del día.

Sondeluz suspiró, desperezándose. «¿Cómo me ha hecho esto ese hombre, exactamente?

», pensó. En realidad Llarimar no le había revelado nada, pero Sondeluz había superado su arrebato de melancolía.

Miró al sacerdote cuando este llegaba a la puerta e indicaba a los criados que volvieran.

Tal vez tratar con deidades hoscas era uno de los gajes de su oficio.

«Pero… me conocía de antes —se dijo Sondeluz—.

Y ahora es mi sacerdote. ¿Cómo sucedió eso? ».

—Veloz —lo llamó.

Llarimar se dio media vuelta, precavido, sin duda esperando que Sondeluz siguiera indagando en su pasado.

—¿Qué debo hacer? —preguntó Sondeluz—. ¿Respecto a Tejesonrojos y la reina?

—No puedo decíroslo, divina gracia. Veréis, aprendemos de vuestros actos. Si os guío, entonces no ganamos nada.

—Excepto tal vez la vida de una joven a la que están utilizando como peón.

Llarimar vaciló.

—Haced lo mejor que sepáis, divina gracia —respondió después—. Es todo lo que puedo sugerir.

«Estupendo», pensó Sondeluz mientras se levantaba. Ignoraba qué era lo mejor que sabía.

La verdad era que nunca se había molestado en averiguarlo.