El aliento de los dioses Capítulo 18
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Capítulo 18

iri esperaba inquieta ante la puerta del dormitorio de su esposo. Como de costumbre, Dedosazules la acompañaba y no había nadie más en el pasillo. El hombre escribía en su cuaderno, sin dar ninguna muestra de cómo sabía siempre cuándo era el momento de que ella entrara.

Por una vez, a Siri no le importó el retraso, nerviosa como estaba.

Eso le daba más tiempo para pensar en lo que iba a hacer.

Los acontecimientos del día aún revoloteaban por su cabeza: Treledees diciéndole que tenía que proporcionar un heredero; Sondeluz el Audaz hablando en circunloquios y luego dejándola con lo que parecía una cálida despedida; su rey y marido sentado en lo alto de su torre, combando la luz a su alrededor; los sacerdotes abajo, discutiendo si invadir o no su patria.

Diversas personas querían empujarla en direcciones distintas, pero ninguna de ellas estaba dispuesta a decirle cómo hacer lo que querían, y algunas ni siquiera se molestaban en decirle qué querían.

Lo único que estaban consiguiendo era irritarla.

Ella no era ninguna seductora. No tenía ni idea de cómo hacer que el rey-dios la deseara, sobre todo porque la aterrorizaba que hiciera justo eso.

El sumo sacerdote Treledees le había dado una orden.

Por tanto, Siri pretendía mostrarle cómo respondía a las órdenes, en especial cuando iban acompañadas de amenazas.

Esa noche entraría en el dormitorio del rey, se sentaría en el suelo y se negaría a desnudarse.

Iba a enfrentarse al rey-dios. Él no la deseaba.

Bueno, pues Siri ya estaba harta de dejarse mirar todas las noches.

Pretendía explicarle todo eso en términos muy claros.

Si Susebron quería volver a verla desnuda, tendría que ordenar que las criadas la desvistieran.

Dudaba mucho que fuese a hacerlo. El rey-dios nunca había intentado ningún acercamiento y, al presidir los debates del anfiteatro, se había limitado a sentarse y mirar.

Siri empezaba a tener otra impresión de aquel rey-dios.

Era un hombre con tanto poder que se había vuelto perezoso.

Un hombre que lo tenía todo, y por eso no se molestaba con nada.

Un hombre que esperaba que los demás lo hicieran todo por él.

La gente como él la molestaba. Recordó a un capitán de la guardia de Idris que ordenaba a sus hombres trabajar sin descanso mientras él se pasaba la tarde jugando a las cartas.

Era hora de que alguien desafiara al rey-dios. Más que eso, era hora de que sus sacerdotes descubrieran que no podían amedrentarla. Estaba cansada de dejarse manipular. Esta noche reaccionaría. Esa era su decisión. Y la ponía más nerviosa que todos los Colores.

Miró a Dedosazules. Al cabo de un rato, él se dio cuenta.

—¿De verdad me observan cada noche? —susurró ella, inclinándose.

Él se quedó quieto y palideció un poco. Miró a ambos lados y negó con la cabeza.

Ella frunció el ceño. «Pero Treledees sabía que no me he acostado con el rey-dios».

Dedosazules se acercó.

—No se atreverían a mirar, receptáculo —susurró el hombre menudo—. Recordad, el rey-dios es la más sagrada de sus divinidades. Verlo desnudo con su esposa… no, no se atreverían. Pero de escuchar sí que son perfectamente capaces.

Ella asintió.

—Les preocupa mucho tener un heredero.

Dedosazules miró nervioso alrededor.

—¿Corro peligro con ellos? —preguntó Siri.

Él la miró a los ojos y luego asintió bruscamente.

—Más peligro del que creéis, receptáculo.

Entonces se retiró, señalando la puerta.

«¡Tenéis que ayudarme!», vocalizó ella.

Dedosazules negó con la cabeza, levantando las manos. «No puedo. Ahora no». Y abrió la puerta, hizo una reverencia y se marchó deprisa, lanzando miradas nerviosas hacia atrás.

Siri lo miró. Se acercaba el momento en que tendría que acorralarlo y averiguar qué sabía. Hasta entonces, tenía otra gente a la que molestar. Se dio la vuelta y observó la habitación oscura. Su nerviosismo regresó.

«¿Hago bien?». Ponerse beligerante nunca le había supuesto ningún problema. Sin embargo… su vida ya no era como antes. Y el miedo de Dedosazules la había puesto aún más nerviosa.

Desafío. Siempre había sido su forma de llamar la atención.

Siri nunca había sido obstinada por maldad.

Era solo que nunca había sido capaz de estar a la altura de Vivenna, así que hacía lo contrario de lo que se esperaba de ella.

Su actitud desafiante le había funcionado bien.

¿O no? Su padre se pasaba el día enfadado con ella, y Vivenna siempre la había tratado como a una niña.

Los habitantes de la ciudad le habían tenido cariño, pero un poco a regañadientes.

«No —pensó de pronto—. No, no puedo volver a eso. La gente de este palacio, de esta corte, no es de la que puedes desafiar solo porque estás cabreada». Si molestaba a los sacerdotes de palacio, no la reñirían como hacía su padre. Le mostrarían lo que significaba realmente estar en su poder.

Pero ¿qué hacer, entonces? No podía seguir quitándose la ropa y arrodillándose desnuda en el suelo, ¿verdad?

Sintiéndose confusa, y un poco enfadada consigo misma, entró en la habitación oscura y cerró la puerta. El rey-dios esperaba en su rincón, como siempre en las sombras. Siri lo miró, contemplando aquel rostro demasiado calmado. Sabía que debería desnudarse y arrodillarse, pero no lo hizo.

No porque se sintiera desafiante. Ni siquiera por estar enfadada o gruñona. Se quedó de pie porque estaba harta de dudar. ¿Quién era ese hombre que podía gobernar a dioses y combar la luz con la fuerza de su biocroma? ¿De verdad no era más que un malcriado perezoso?

Él la miró. Como otras veces, no montó en cólera por la insolencia de Siri. Sin apartar los ojos de él, Siri tiró de las cintas de su aparatoso vestido y lo dejó caer al suelo. Fue a quitarse la camisola, pero vaciló.

«No —pensó—. Esto tampoco está bien».

Miró la ropa interior: los bordes del blanco atuendo se difuminaban, el blanco se mezclaba con color. Miró el rostro impasible del rey-dios.

Entonces, apretando los dientes para contener el nerviosismo, Siri dio un paso adelante.

Él se tensó. Ella lo notó en las comisuras de sus ojos y sus labios. Dio otro paso adelante y el blanco de su ropa interior se diluyó más en un prisma de colores. El rey-dios no hizo nada. Solo miró mientras ella seguía acercándose cada vez más.

Se detuvo justo delante de él. A continuación se volvió y se metió en la cama, sintiendo la profunda suavidad bajo su cuerpo mientras gateaba hasta el centro del colchón.

Se sentó sobre los talones, mirando la negra pared de mármol con su brillo de obsidiana.

Los sacerdotes del rey-dios esperaban al otro lado, aguzando el oído para escuchar cosas que no eran asunto suyo.

«Esto va a ser de lo más embarazoso», pensó, inspirando hondo. Pero se había visto obligada a yacer postrada, desnuda, ante el rey-dios durante más de una semana. ¿De verdad era el momento de volverse pudorosa?

Empezó a dar saltitos en la cama, haciendo chirriar los muelles. Luego, con cierta vergüenza, empezó a gemir.

Ojalá quedara convincente. En realidad, Siri no sabía cómo tenía que sonar.

¿Y cuánto tiempo duraba, en general? Trató de gemir cada vez más fuerte, de saltar con más brío, durante lo que consideró que era el tiempo suficiente.

Entonces se detuvo de sopetón, dejó escapar un último gemido y se desplomó en la cama.

Todo quedó en silencio. Siri alzó los ojos y miró al rey-dios.

Parte de su máscara emocional se había suavizado, y mostraba una expresión muy humana de confusión.

Ella casi se echó a reír al verlo tan perplejo.

Lo miró a los ojos y negó con la cabeza.

Luego, con el corazón aporreando y la piel un poco sudorosa, se tumbó en la cama para descansar.

Agotada por los acontecimientos y las intrigas del día, no tardó en hacerse un ovillo bajo la lujosa colcha y relajarse. El rey-dios la dejó sola. De hecho, se había tensado al ver que Siri se acercaba, casi como si estuviera preocupado. Incluso asustado de ella.

No podía ser. Era el dios y el rey de Hallandren, y ella no era más que una niña tonta que se había aventurado en aguas demasiado profundas.

No, no estaba asustado. La mera idea casi volvió a darle ganas de reír.

Se contuvo, manteniendo la ilusión para los sacerdotes que escuchaban, y se durmió en la lujosa comodidad del lecho.

A la mañana siguiente, Sondeluz no se levantó de la cama.

Sus criados merodeaban en torno a sus aposentos como una bandada de pájaros revoloteando alrededor de un granero. Hacia el mediodía, empezaron a agitarse incómodos y mirarse unos a otros.

Sondeluz permaneció en la cama, contemplando el intrincado dosel rojo. Algunos criados se acercaron tímidamente y colocaron una bandeja de comida en una mesita. Él no hizo ademán de tocarla.

Había vuelto a soñar con la guerra.

Al final, una figura se acercó a la cama. Corpulento y vestido con su ropa sacerdotal, Llarimar contempló a su dios, sin revelar nada de la irritación que Sondeluz estaba convencido de que debía de sentir.

—Dejadnos, por favor —dijo Llarimar a los criados.

Estos vacilaron, dubitativos. ¿Cuándo se había visto a un dios sin sus sirvientes?

—Por favor —repitió Llarimar, aunque su tono indicaba que no era una petición.

Despacio, los criados salieron de la habitación. Llarimar retiró la bandeja de comida y se sentó en el borde de la mesita. Estudió a Sondeluz con expresión meditabunda .

«¿Qué he hecho para ganarme a un sacerdote como él?», pensó Sondeluz.