El aliento de los dioses Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Amigo mío, debo admitir una debilidad. Nunca seré capaz de enviar a Vivenna como rehén en el nido de dragones que es esa ciudad. Enviarla sería matarla, y no puedo hacer eso. Aunque sepa que sería lo mejor para Idris.

Todavía no estoy seguro de lo que voy a hacer. No la enviaré, pues la quiero demasiado. Sin embargo, romper el tratado desatará la ira de Hallandren contra mi pueblo aún más rápidamente. Temo que he de tomar una decisión muy difícil en los próximos días.

Pero tal es la esencia del deber de un rey.

Hasta que volvamos a escribirnos, se despide tu señor y amigo,

D EDELIN

Vivenna apartó la mirada de la carta. La habitación estaba demasiado silenciosa. Quiso gritarle a la carta y a su padre, tan lejano. Pero no pudo. Estaba entrenada para evitarlo. Tener berrinches era una inútil muestra de arrogancia.

«No llames la atención. No te sitúes por encima de otros.

Quien se pone en las alturas acaba derribado.

Pero ¿qué hay del hombre que asesina a una hija suya para salvar a la otra?

¿Qué hay del hombre que te dice a la cara que el cambio fue por otros motivos, que era por el bien de Idris, que no fue una cuestión de favoritismo en absoluto?

¿Qué hay del rey que traicionó los más altos preceptos de su religión al comprar aliento para un espía suyo? ».

Vivenna parpadeó por una lágrima en el ojo y apretó los dientes, furiosa consigo misma y con el mundo. Se suponía que su padre era un buen hombre. El rey perfecto. Sabio y astuto, siempre seguro de sí mismo y siempre acertado.

El hombre que Vivenna estaba viendo en aquellas cartas era mucho más humano. ¿Por qué la sorprendía tanto descubrirlo?

«No importa —se dijo—. Nada de esto importa».

Algunas facciones del gobierno de Hallandren estaban azuzando al país hacia la guerra.

Al leer las sinceras palabras de su padre, Vivenna por fin lo creyó por completo.

Las tropas de Hallandren marcharían contra su patria antes de que terminara el año.

Y entonces los hallandrenses, tan coloridos pero tan engañosos, tomarían a Siri como rehén y amenazarían con matarla a menos que Dedelin se rindiera.

Su padre no entregaría el reino. Siri sería ejecutada.

«Y eso es lo que he venido a impedir», pensó Vivenna. Apretó con las manos el borde de la mesa y cuadró la mandíbula. Apartó la lágrima traicionera. Sus tutores la habían entrenado para ser fuerte, incluso rodeada de extraños en una ciudad desconocida. Tenía trabajo que hacer.

Se levantó, dejando las cartas sobre la mesa con la bolsa de monedas y el diario de Lemex.

Bajó la escalera, evitando los peldaños rotos, y se acercó a los mercenarios, que estaban enseñando a Parlin un juego que utilizaba naipes de madera.

Los tres hombres levantaron la cabeza al verla.

Vivenna se sentó con cuidado en el suelo sobre los talones, con las rodillas juntas en postura humilde.

Los miró a los ojos mientras hablaba.

—Sé de dónde procedía parte del dinero de Lemex —dijo—.

Idris y Hallandren irán pronto a la guerra.

A causa de esta amenaza, mi padre le proporcionó a Lemex unos recursos mucho mayores de lo que yo creía.

Envió dinero suficiente para que comprara cincuenta alientos, que le permitirían entrar en la corte e informar de sus sesiones.

Obviamente, mi padre no sabía que Lemex tenía ya una cantidad considerable de aliento.

Los tres hombres guardaron silencio. Tonk Fah lanzó una mirada a Denth, que se arrellanó, apoyando la espalda en una silla rota volcada.

—Creo que Lemex seguía siendo leal a Idris —continuó Vivenna—.

Sus escritos personales lo dejan relativamente claro.

No era un traidor, solo un hombre avaricioso.

Quería tanto aliento como fuera posible porque había oído que alargaba la vida.

Lemex y mi padre habían planeado retrasar los preparativos de guerra desde dentro de Hallandren.

Lemex prometió que encontraría un modo de sabotear los ejércitos sinvida, de dañar los suministros de la ciudad, y de socavar su capacidad general para la guerra.

Para que lo consiguiera, mi padre le envió una gran suma de dinero.

—¿Unos cinco mil marcos? —preguntó Denth, frotándose la barbilla.

—Menos —dijo ella—. Pero igualmente una gran cantidad. Creo que tienes razón respecto a Lemex, Denth, y llevaba ya un tiempo robándole a la Corona.

Parlin parecía confuso. No era de extrañar. Los mercenarios, sin embargo, no parecían sorprendidos.

—No sé si Lemex pretendía hacer lo que le pidió mi padre —dijo Vivenna, manteniendo la voz firme—.

Por la forma en que escondió el dinero y ciertas cosas que escribió…

bueno, tal vez estaba planeando traicionarlo y huir.

Ya no podemos saber lo que habría decidido llegado el momento.

Pero sí tenemos una vaga lista de las cosas que pretendía hacer.

Esos planes fueron lo bastante convincentes para persuadir a mi padre, y el apremio de sus cartas me ha convencido a mí.

Vamos a continuar la labor de Lemex y minar la capacidad bélica de Hallandren.

Se hizo el silencio.

—¿Y… tu hermana? —preguntó Parlin al cabo.

—La sacaremos de aquí —respondió ella con firmeza—. Su rescate y su seguridad son nuestra prioridad.

—Es más fácil decirlo que hacerlo, princesa —observó Denth.

—Lo sé.

Los mercenarios cruzaron una mirada.

—Bien, pues. Será mejor volver al trabajo —dijo Denth, levantándose—.

Le hizo un gesto con la cabeza a Tonk Fah, quien suspiró y se puso en pie también con un gruñido—.

Ya me imaginaba que cuando vieras esos papeles querrías continuar.

—Denth se desperezó—. Ahora que he visto lo que planeaba Lemex, comprendo por qué nos hizo ocuparnos de según qué cosas.

Una fue contactar y apoyar a algunas facciones rebeldes de la ciudad, incluida una que cayó hace unas semanas.

Una especie de secta del desafecto que seguía a un tipo llamado Vahr.

—Siempre me pregunté por qué Lemex lo apoyaba —dijo Tonk Fah.

—Esa facción está muerta —afirmó Denth—, junto con el propio Vahr. Pero todavía quedan muchos seguidores suyos. Esperando a que haya problemas. Podemos contactar con ellos. Hay otras pistas que podemos examinar, cosas que Lemex no nos explicó del todo, pero que a lo mejor podría averiguar.

—Y… ¿podrás encargarte de algo así? —preguntó Vivenna—. Acabas de decir que no será fácil.

Denth se encogió de hombros.

—No lo será. Pero, por si no te habías dado cuenta, es por estas cosas que Lemex nos contrató a nosotros. Un equipo de tres carísimos mercenarios especializados no es precisamente lo que contratas para que te sirva el té.

—A menos que quieras que te metan el té por algún sitio incómodo —observó Tonk Fah.

«¿Tres mercenarios? —pensó Vivenna—. Ah, es verdad. Hay otra. La mujer».

—¿Dónde está la otra integrante de vuestro equipo?

—¿Joyas? —dijo Denth—. Pronto la conocerás.

—Por desgracia —masculló Tonk Fah entre dientes.

Denth le dio un codazo.

—De momento, salgamos a ver cómo van las cosas con nuestros proyectos. Recoge lo que quieras de esta casa. Nos mudaremos mañana.

—¿Mudarnos? —dijo Vivenna.

—A no ser que quieras dormir en un colchón que Tonk Fah ha partido en cinco pedazos —repuso Denth—. Tiene algo contra los colchones.

—Y las sillas —dijo el grandullón alegremente—, y las mesas, y las puertas, y las paredes, en realidad. Ah, y la gente.

—En todo caso, princesa, la gente que trabajaba con Lemex conocía bien la existencia de este edificio. Y, como has descubierto, no era exactamente el tipo más honrado del mundo. Dudo que quieras cargar con las consecuencias de que te asocien con él.

—Mejor mudarnos a otra casa —coincidió Tonk Fah.

—Intentaremos no destrozar tanto la próxima —dijo Denth.

—Pero no prometemos nada —dijo Tonk Fah con un guiño.

Y los dos se marcharon.