El aliento de los dioses Capítulo 17
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Capítulo 17

ivenna volvía hacia la casa de Lemex, analizando la discusión que había oído en la Corte de los Dioses. Sus tutores le habían enseñado que los debates en la Asamblea de la Corte no siempre acababan en acción: que hablaran de guerra no significaba que fuera a suceder.

Sin embargo, a Vivenna esa discusión le había parecido más trascendental. Había sido demasiado apasionada, con demasiadas voces a favor de una postura. Eso indicaba que su padre tenía razón. La guerra era inevitable.

Caminó con la cabeza gacha por una calle casi desierta. Había descubierto que podía evitar las masas de gente internándose en las zonas más residenciales de la ciudad. Parecía que a la gente de T’Telir le gustaba estar donde estaba todo el mundo.

La calle estaba en un barrio pudiente y tenía aceras de pizarra.

Hacían agradable caminar. Parlin andaba junto a ella, deteniéndose a veces para estudiar helechos o palmeras.

A los hallandrenses les gustaban las plantas; la mayoría de las casas estaban a la sombra de árboles, enredaderas y exóticos matorrales en flor.

En Idris, cada enorme casa de aquella calle se habría considerado una mansión, pero allí solo eran de tamaño medio, probablemente viviendas de mercaderes.

«No te distraigas —se dijo Vivenna—. ¿Hallandren atacará pronto? ¿O esto es solo el preludio de algo que todavía está a meses, quizá a años de distancia?».

La acción real no tendría lugar hasta que los dioses votaran, y Vivenna no estaba segura de qué hacía falta para llegar a ese punto. Sacudió la cabeza. Solo llevaba un día en T’Telir y ya sabía que su formación y sus lecciones no la habían preparado ni la mitad de bien de lo que había creído.

Le daba la sensación de que no sabía nada.

Y eso la hacía sentirse muy perdida. No era la mujer confiada y competente que había asumido que era.

La aterradora verdad era que, si la hubieran enviado a ella para convertirse en la esposa del rey-dios, se habría sentido casi tan ineficaz y perdida como, sin duda, debía de estar sintiéndose la pobre Siri.

Doblaron una esquina. Vivenna confiaba en el asombroso sentido de la dirección de Parlin para que los llevara de vuelta a la casa de Lemex, y pasaron bajo la mirada de una silenciosa estatua de los D’Denir.

El orgulloso guerrero se erguía con la espada alzada sobre la cabeza de piedra y su pétrea armadura estaba rematada por un pañuelo rojo que ondeaba alrededor del cuello.

Su aspecto era dramático, como si marchara glorioso a la guerra.

Poco después se acercaron a los escalones de la casa de Lemex.

Pero Vivenna se detuvo al ver que la puerta colgaba de una bisagra.

La parte inferior estaba rota, como si le hubieran dado una violenta patada.

Parlin se detuvo junto a ella y, al instante, chistó y alzó la mano izquierda para que Vivenna guardara silencio.

Llevó su otra mano al largo cuchillo de caza que tenía al cinto y miró alrededor.

Vivenna dio un paso atrás, nerviosa y deseando huir.

Pero ¿adónde podía ir? Los mercenarios eran su único contacto en la ciudad.

Denth y Tonk Fah podrían haber repelido un ataque, ¿no?

Los sentidos biocromáticos de Vivenna la advirtieron de que alguien se acercaba desde el otro lado de la puerta. Puso una mano sobre el brazo de Parlin, preparada para echar a correr.

Denth abrió la puerta rota y asomó la cabeza.

—Ah —dijo—. Sois vosotros.

—¿Qué ha pasado? —preguntó ella—. ¿Os han atacado?

Denth miró la puerta y soltó una risita.

—Qué va —dijo, abriéndola e indicándole que pasara.

A través de la puerta rota Vivenna vio que los muebles estaban destrozados, que había agujeros en las paredes y los cuadros estaban acuchillados y rotos. Denth entró, apartó a patadas el relleno de un diván y se dirigió hacia la escalera. Varios peldaños estaban rotos.

Miró atrás y advirtió la confusión de Vivenna.

—Bueno, te hemos dicho que íbamos a registrar la casa, princesa. Ya puestos, era mejor hacerlo a conciencia.

Vivenna se sentó con cuidado, casi esperando que la silla cediera bajo su peso.

Tonk Fah y Denth habían sido pero que muy concienzudos en su búsqueda: parecían haber roto hasta el último trozo de madera de la casa, incluyendo las patas de las sillas.

Por suerte, la silla en la que Vivenna se había sentado estaba bien apuntalada y sostuvo su peso.

El escritorio frente a ella, que había pertenecido a Lemex, estaba hecho añicos. Habían sacado los cajones, y al descubrir un falso fondo habían vaciado el compartimento. Sobre la mesa había un puñado de papeles y varias bolsas.

—Eso es todo —dijo Denth, apoyándose en el marco de la puerta. Tonk Fah estaba tumbado en un diván roto cuyo relleno asomaba por todas partes.

—¿Era necesario destrozar tantas cosas? —preguntó Vivenna.

—Había que asegurarse —respondió Denth, encogiéndose de hombros—. Te sorprendería saber dónde esconde cosas la gente.

—¿Dentro de la madera de la puerta principal? —preguntó ella sin entonación.

—¿A ti se te habría ocurrido mirar ahí?

—Por supuesto que no.

—Pues entonces, a mí me parece un escondite bastante bueno. Al darle con los nudillos, nos ha parecido encontrar un sitio hueco. Resulta que era solo una sección de madera distinta, pero era importante comprobarlo.

—La gente se pone muy astuta cuando se trata de esconder cosas importantes —dijo Tonk Fah con un bostezo.

—¿Sabes qué es lo que más odio de ser mercenario? —preguntó Denth, levantando una mano.

Vivenna alzó una ceja.

—Las astillas —dijo él, meneando varios dedos rojos.

—No hay paga de peligrosidad por estas cosas —añadió Tonk Fah.

—Ya estáis diciendo bobadas —replicó Vivenna.

Examinó los objetos que había en la mesa. Una bolsa dio un tintineo sugerente. Vivenna soltó el nudo y la abrió.

Dentro brillaba oro. Mucho oro.

—Habrá algo más de cinco mil marcos —dijo Denth en tono perezoso—. Lemex lo tenía repartido por toda la casa. Hemos encontrado un lingote en la pata de tu silla.

—La cosa se ha vuelto más fácil después de encontrar el papel que tenía para acordarse de dónde lo había escondido todo —observó Tonk Fah.

—¿Cinco mil marcos? —exclamó Vivenna, sintiendo que su cabello se aclaraba un poco por la sorpresa.

—Parece que el viejo Lemex estaba haciéndose un colchoncito bastante gordo —rio Denth—. Eso, sumado a la cantidad de aliento que tenía… Debía de estar sisándole más a Idris de lo que yo pensaba.

Vivenna miró la bolsa. Luego a Denth.

—Me… lo habéis dado —dijo—. ¡Podríais habéroslo quedado y gastarlo!

—En realidad, lo hemos hecho —respondió Denth—. Hemos cogido como unas diez piezas para la comida. Debería llegar de un momento a otro.

Vivenna lo miró a los ojos.

—¿Ves? Justo a eso me refería, Tonks. —Denth miró al hombretón—. Si yo hubiera sido, pongamos, un mayordomo, ¿estaría ella mirándome así? ¿Solo porque no he cogido el dinero y he salido corriendo? ¿Por qué todo el mundo espera que un mercenario le robe?

Tonk Fah gruñó y volvió a desperezarse.

—Échales un vistazo a esos papeles, princesa —añadió Denth mientras daba una patada al diván de Tonk Fah. Señaló con el mentón hacia la puerta—. Te esperamos abajo.

Vivenna los vio retirarse, Tonk Fah mascullando por tener que ponerse en pie, con trozos de relleno pegados a la ropa.

Bajaron la escalera a trompicones y pronto se oyó ruido de platos.

Debían de haber enviado a por la comida a algún chico de la calle, de los que pasaban de vez en cuando ofreciéndose a voces para traer comida de los restaurantes de la zona.

Vivenna no se movió. Cada vez estaba menos segura de cuál era su propósito en aquella ciudad.

Pero aún tenía a Denth y a Tonk Fah y, para su propia sorpresa, cada vez sentía más apego por ellos.

¿Cuántos hombres del ejército de su padre, todos ellos buena gente, habrían podido resistirse a echar a correr con cinco mil marcos?

Aquellos dos mercenarios eran más de lo que parecían.

Volvió su atención a los libros, cartas y papeles de la mesa.

Varias horas después, Vivenna seguía allí sentada, con una vela solitaria ardiendo y goteando cera sobre la astillada esquina de la mesa. Hacía tiempo que había dejado de leer. Un plato de comida que le había llevado Parlin reposaba intacto junto a la puerta.

Las cartas estaban esparcidas por toda la mesa ante ella.

Había tardado tiempo en ordenarlas. La mayoría estaban escritas con la familiar letra de su padre.

No la de su escriba: la de su padre en persona.

Esa fue su primera pista. Solo escribía de su puño y letra sus comunicados más personales, o los más secretos.

Vivenna mantuvo el pelo bajo control. Respiró con calma. No miraba por la oscurecida ventana las luces de una ciudad que debería estar durmiendo. Solo estaba allí sentada.

Aturdida.

La última carta, la última antes de la muerte de Lemex, estaba en lo alto del montón. Tenía solo unas semanas.

Estimado amigo:

Nuestras conversaciones me han preocupado más de lo que querría admitir. He hablado largamente con Yarda. No vemos solución.

Se avecina la guerra. Todos lo sabemos ya.

Las continuas discusiones en la Corte de los Dioses, cada vez más encendidas, muestran una tendencia preocupante.

El dinero que te enviamos para adquirir el aliento que te abriera las puertas de esas reuniones es una de las mejores inversiones que he hecho jamás.

Todo apunta a que es inevitable que los sinvidas de Hallandren marchen hacia nuestras montañas.

Por tanto, te doy permiso para hacer lo que habíamos hablado.

Cualquier disrupción que puedas causar en la ciudad, cualquier retraso que puedas conseguirnos, será enormemente valioso.

Los fondos adicionales que solicitaste deberían haber llegado ya.