Capítulo 16
nsisto en que no podemos justificar una acción militar contra Idris —exclamó un sacerdote.
El hombre vestía de azul y dorado. Era el sumo sacerdote de Marcaquieta, aunque Sondeluz no se acordaba bien de su nombre. ¿Nanrovah?
La discusión no era nueva. Sondeluz se inclinó hacia delante. Nanrovah y Marcaquieta eran dos firmes tradicionalistas. Solían argumentar en contra de todas las propuestas, pero gozaban del respeto general. Marcaquieta era casi tan viejo como Tejesonrojos, y se lo consideraba sabio.
Sondeluz se frotó la barbilla. Frente a Nanrovah se encontraba la suma sacerdotisa de Tejesonrojos, Inhanna.
—Venga, por favor —dijo la mujer en la arena—. ¿De verdad tenemos que volver a discutir sobre lo mismo? ¡Idris es un enclave rebelde en las fronteras de nuestro reino!
—Se mantienen apartados —dijo Nanrovah—. No tenemos ningún interés en sus tierras.
—¿Que no tenemos ningún interés? —exclamó la sacerdotisa, irritada—. ¡Dominan todos los pasos hacia los reinos del norte! ¡Todas las minas de cobre viables! ¡Tienen guarniciones militares próximas a T’Telir! ¡Y siguen diciendo que los gobiernan los reyes legítimos de Hallandren!
Nanrovah guardó silencio, pero hubo un murmullo de asentimiento sorprendentemente ruidoso por parte de los sacerdotes que observaban. Sondeluz los miró.
—¿Has infiltrado en el grupo a gente favorable a tu causa? —preguntó.
—Por supuesto —respondió Tejesonrojos—. Igual que los otros. Solo que yo lo he hecho mejor.
El debate continuó y otros sacerdotes intervinieron para argumentar a favor y en contra de un ataque a Idris.
Los sacerdotes expresaban la preocupación del pueblo de la nación: parte de su deber era escuchar a la gente y estudiar los asuntos de importancia nacional, para luego debatirlos allí y que los dioses, quienes no tenían ocasión de mezclarse con la gente, pudieran estar informados.
Si un tema alcanzaba un punto crítico, los dioses juzgaban.
Estaban divididos en subgrupos, cada uno responsable de un área determinada.
Algunos dioses estaban a cargo de temas civiles; otros, de acuerdos y tratados.
Idris no era un tema nuevo para la asamblea.
Pero Sondeluz nunca había visto que la discusión se volviera tan explícita y extrema.
Se habían discutido sanciones. Bloqueos.
Incluso una cierta presión militar. Pero ¿la guerra?
Nadie había pronunciado todavía la palabra, pero todos sabían qué era lo que estaban discutiendo los sacerdotes.
Sondeluz no podía quitarse de la cabeza las imágenes de sus sueños, las visiones de muerte y dolor.
No las aceptaba como proféticas, pero reconocía que debían de guardar relación con las preocupaciones de su subconsciente.
Temía las consecuencias de la guerra. Tal vez era solo un cobarde.
Sí que parecía que suprimir a Idris resolvería muchos problemas.