El aliento de los dioses Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Pero ¿dónde lo consiguió?

—La mayoría la reunió Dalapaz el Bendito —respondió Dedosazules—.

Recogió miles de alientos durante los días de la Multiguerra.

Se los entregó al primer rey-dios de Hallandren.

Luego esa herencia se ha transferido de padre a hijo durante siglos, y también ha ido aumentando, ya que cada rey-dios recibe dos alientos por semana, en vez del aliento semanal que les corresponde a los otros retornados.

—Pues vaya —dijo Siri, recostándose en el asiento.

Se sentía extrañamente decepcionada ante la idea de que Susebron no era un dios, sino solo un hombre con muchísimo más biocroma de lo normal.

Pero… ¿y los propios retornados? Volvió a cruzarse de brazos, todavía preocupada.

Nunca se había visto obligada a analizar objetivamente sus creencias.

Austre era simplemente… bueno, Dios. Una no cuestionaba a la gente cuando la oía hablar de Dios.

Los retornados eran usurpadores que habían expulsado de Hallandren a los seguidores de Austre, no auténticas deidades.

Sin embargo, ¡qué majestuosos eran! ¿Por qué había sido expulsada la familia real de Hallandren?

Ella conocía la historia oficial que se enseñaba en Idris, que la realeza no había apoyado los conflictos que condujeron a la Multiguerra.

Por eso el pueblo se rebeló contra ellos.

Esa revuelta la lideró Kalad el Usurpador.

Kalad. Aunque Siri se había saltado la mayoría de sus lecciones, incluso ella conocía las historias que se contaban sobre ese hombre.

Era el que había dirigido al pueblo de Hallandren a la herejía de crear un nuevo tipo de sinvidas.

Había creado un poderoso ejército de esas criaturas, como nunca se había visto sobre la faz de la tierra.

Las historias decían que los sinvidas de Kalad eran más peligrosos, distintos.

Terribles y destructivos. Al final terminó derrotado por Dalapaz, que luego puso fin a la Multiguerra mediante la diplomacia.

Se decía que los ejércitos de Kalad todavía estaban por ahí fuera, en alguna parte. Esperando el momento para atacar y destruir de nuevo. Siri sabía que esa historia era solo una leyenda contada a la luz de las hogueras, pero seguía dándole escalofríos pensar en ella.

En todo caso, Dalapaz se había hecho con el poder y detenido la Multiguerra. Sin embargo, no había devuelto Hallandren a sus legítimos gobernantes. Las historias de Idris hablaban de traición. Los monjes hablaban de herejías que estaban demasiado arraigadas en Hallandren.

Sin duda, el pueblo de Hallandren tendría su propia versión de la historia. Ver a los retornados en sus palcos hizo dudar a Siri. Pero un hecho sí que estaba claro: las cosas en Hallandren eran mucho menos terribles de lo que le habían enseñado.

Vivenna se estremeció horrorizada mientras la gente con sus coloridos ropajes se apiñaba a su alrededor.

«Las cosas aquí son incluso peores que lo que decían mis tutores», decidió, rebulléndose en su asiento. Parlin parecía haber perdido gran parte de su nerviosismo por verse en medio de semejante multitud. Estaba concentrado en los sacerdotes que debatían en el anfiteatro.

Ella seguía sin poder decidir si el aliento que contenía era horrible o maravilloso.

Estaba empezando a comprender poco a poco que era horrible precisamente por lo maravillosa que era la sensación que daba.

Cuanta más gente la rodeaba, más abrumada se sentía por la percepción amplificada de ellos que le ofrecía el aliento.

Sin duda, si Parlin pudiera captar la magnitud total de todos aquellos colores, no miraría tan boquiabierto las vestimentas.

Sin duda, si pudiera sentir a la gente, se vería tan acorralado como ella, incapaz de respirar.

«Ya es suficiente —decidió—. He visto a Siri, y ya sé qué han hecho con ella. Es hora de irnos». Se dio la vuelta para marcharse. Y se detuvo.

Había un hombre de pie dos filas más atrás, mirándola.

En otras circunstancias, Vivenna no le habría prestado atención.

Vestía unos ajados ropajes marrones, desgarrados en algunas partes, y unos pantalones anchos atados a la cintura por una sencilla cuerda.

Su vello facial estaba a medio camino entre la barba y el descuido.

Iba despeinado y el pelo le llegaba hasta los hombros.

Y creaba una burbuja de color a su alrededor, tan brillante que tenía que ser de la quinta elevación. La estaba observando, la miraba a los ojos, y Vivenna tuvo la súbita y horrorosa sensación de que ese hombre sabía exactamente quién era ella.

Retrocedió trastabillando. Aquel hombre tan extraño no le quitaba los ojos de encima.

Al cambiar de postura, echó atrás su capa y reveló una gran espada de negra empuñadura que llevaba al cinto.

Poca gente en Hallandren portaba armas. A ese hombre no parecía importarle.

¿Cómo había conseguido introducirla en la corte?

La gente que tenía a los lados estaba dejándole bastante espacio, y Vivenna habría jurado que podía percibir algo en aquella espada.

Parecía oscurecer los colores. Los hacía más pronunciados.

Convertía los pardos en marrones, los rojos en granates, los azules en marinos. Como si tuviera su propio biocroma…

—Parlin —dijo, con más brusquedad de la que pretendía—. Nos marchamos.

—Pero…

—Ahora —dijo Vivenna, volviéndose y echando a andar.

Sus recién hallados sentidos biocromáticos le indicaron que el hombre la seguía mirando. Ahora que se paraba a pensarlo, cayó en la cuenta de que sus ojos eran lo que la había hecho sentirse tan incómoda desde un principio.

«Los tutores me hablaron de esto —pensó mientras se dirigían a uno de los pasadizos de piedra para salir—. Es el sentido vital, la capacidad de saber cuándo hay otra gente cerca y cuándo te observan. Todo el mundo lo posee en cierto grado. El biocroma lo amplía».

En cuanto entraron en el pasadizo, esa sensación de ser observada desapareció, y Vivenna dejó escapar un suspiro de alivio.

—No comprendo por qué quieres marcharte —dijo Parlin.

—Ya hemos visto lo que queríamos.

—Supongo. Pero pensaba que te interesaría escuchar lo que estaban diciendo los sacerdotes sobre Idris.

Vivenna se detuvo.

—¿Qué?

Parlin frunció el ceño, con expresión inquieta.

—Creo que puede que declaren la guerra. ¿No teníamos un tratado?

«¡Santo Dios de los Colores!», pensó Vivenna, dándose media vuelta para echar a correr de nuevo hacia el anfiteatro.