El aliento de los dioses Capítulo 15
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Capítulo 15

rabada su respiración, Siri se dio la vuelta. Y lo encontró a él detrás, aunque no tenía ni idea de cómo había llegado. No había ninguna entrada trasera allí, solo la pared de piedra.

Iba vestido de blanco. Siri no se lo había esperado.

Algo en el biocroma del rey-dios hacía que el blanco puro se dividiera como ella había visto antes, que se fracturase como la luz al atravesar un prisma.

Ahora, a la luz del día, pudo verlo por fin adecuadamente.

Sus ropas parecían extenderse como un arcoíris con forma de túnica que le envolvía en un aura de color.

Y era joven, mucho más de lo que habían sugerido sus encuentros a oscuras.

Supuestamente llevaba décadas reinando en Hallandren, pero el hombre que estaba delante de ella no parecía tener más de veinte años.

Siri lo miró asombrada, con la boca entreabierta, y cualquier palabra que hubiera pretendido decir se esfumó.

Aquel hombre de verdad era un dios. El mismo aire se distorsionaba a su alrededor.

¿Cómo podía no haberlo visto? ¿Cómo podía haberlo tratado como lo había hecho? Se sintió como una idiota.

Él la miró con expresión neutra e ilegible, el rostro tan controlado que le recordó a Vivenna.

Vivenna. Ella no habría sido tan beligerante. Habría merecido casarse con una figura tan majestuosa.

La criada susurró algo, tirándole del vestido otra vez. Con retraso, Siri cayó arrodillada sobre la piedra y la larga cola de su vestido aleteó suavemente al viento tras ella.

Tejesonrojos se arrodilló obediente sobre su cojín.

Sondeluz, en cambio, permaneció de pie, mirando al otro lado del estadio hacia un hombre a quien apenas distinguía.

El rey-dios iba vestido de blanco, como hacía a menudo, para causar un efecto teatral.

Como era el único ser que había alcanzado la décima elevación, tenía un aura tan fuerte que podía extraer color incluso de algo incoloro.

Tejesonrojos alzó la mirada hacia Sondeluz.

—¿Por qué nos arrodillamos? —preguntó él.

—¡Es nuestro rey! —susurró la diosa—. Baja aquí, idiota.

—¿Qué sucederá si no lo hago? No pueden ejecutarme. Soy un dios.

—¡Podrías perjudicar nuestra causa!

«¿Nuestra causa? —pensó Sondeluz—. ¿Una reunión y ya formo parte de sus planes?».

Sin embargo, no era tan necio como para ganarse innecesariamente la ira del rey-dios.

¿Por qué arriesgar aquella vida perfecta, con sirvientes que cargaban su silla a través de la lluvia y cascaban nueces para él?

Se arrodilló sobre su cojín. La superioridad del rey-dios era arbitraria, tanto como la divinidad de Sondeluz; ambas formaban parte de un grandioso juego de pretensiones.

Pero él había descubierto que las cosas imaginarias eran a menudo lo único que tenía verdadera sustancia en la vida de las personas.

Siri respiraba entrecortadamente, arrodillada en el suelo de piedra ante su esposo.

Todo el anfiteatro estaba inmóvil y en silencio.

Con la mirada gacha, aún alcanzaba a ver los pies calzados de blanco de Susebron delante de ella.

Incluso de ellos emanaba un aura de color, y las tiras blancas de sus sandalias desprendían unos lazos iridiscentes.

Dos cuerdas de color rojo cayeron al suelo a cada lado del rey-dios.

Siri vio cómo las cuerdas se retorcían con vida propia, envolvían con cuidado a Susebron y lo elevaban por el aire.

Sus ropajes blancos aletearon mientras las cuerdas lo llevaban por el espacio entre el dosel y la pared trasera.

Siri alzó la cabeza para ver cómo las cuerdas depositaban a su marido en un saliente de piedra más arriba.

Susebron se sentó en un trono dorado. A su lado, un par de sacerdotes despertantes Mandaron a sus cuerdas vivientes enroscarse en sus brazos y hombros.

El rey-dios extendió una mano. La gente se levantó, su conversación comenzó de nuevo y volvieron a sus asientos.

«Así que… no va a sentarse conmigo», pensó Siri mientras se ponía en pie.

Se sintió aliviada en parte, aunque también frustrada.

Había empezado a superar su asombro por estar en Hallandren y desposada con un dios, pero él había vuelto a impresionarla.

Preocupada, se sentó y miró por encima de la multitud para entrever cómo un grupo de sacerdotes entraba en el anfiteatro, allá abajo.

¿Cómo interpretar a Susebron? No podía ser un dios. No uno auténtico. ¿Verdad?

Austre era el verdadero Dios de la humanidad, el que enviaba a los retornados.

Los hallandrenses lo habían adorado también, antes de la Multiguerra y el exilio de la familia real.

Solo después de eso habían caído, convirtiéndose en paganos, adoradores de los Tonos Iridiscentes: el aliento biocromático, los retornados y el arte en general.

Sin embargo, Siri nunca había visto a Austre.

Le habían impartido enseñanzas sobre él, pero ¿qué pensar de una criatura como la que tenía delante, el rey-dios?

Ese halo divino de color no era algo que pudiera pasar por alto.

Siri empezaba a comprender cómo era posible que el pueblo de Hallandren, después de ser casi destruido por sus enemigos y que lo salvaran las habilidades diplomáticas de Dalapaz el Bendito, pudiera recurrir a los retornados en busca de guía divina.

Suspiró y miró hacia la derecha mientras una figura bajita subía los peldaños hacia su palco.

Era Dedosazules, con las manos manchadas de tinta, escribiendo en un libro de cuentas como de costumbre mientras entraba en el pabellón de Siri.

Miró al rey-dios, asintió para sí mismo e hizo otra anotación en su libro.

—Veo que su inmortal majestad está situado y vos estáis adecuadamente expuesta, receptáculo.

—¿Expuesta?

—Por supuesto —dijo Dedosazules—. Ese es el motivo principal de vuestra visita. Los retornados no tuvieron mucha ocasión de veros cuando llegasteis.

Siri se estremeció, tratando de mantener una postura más adecuada.

—¿No deberían estar prestando atención a los sacerdotes de ahí abajo? En vez de observarme a mí, quiero decir.

—Probablemente —contestó Dedosazules, sin apartar los ojos de su libro—. Pero, que yo haya visto, rara vez hacen lo que se supone que deben hacer.

No parecía especialmente reverente hacia ellos.

Siri dejó que la conversación decayera, pensativa. Dedosazules aún no le había explicado su extraña advertencia de la otra noche: «No todo en este palacio es lo que parece».

—Dedosazules —dijo Siri—. Respecto a aquello que me dijisteis sobre…

Él le lanzó una mirada de inmediato, con los ojos muy abiertos e insistentes, que la cortó en seco. Devolvió la vista a su libro. El mensaje era obvio: ahora no.

Siri suspiró, resistiendo el impulso de desplomarse en el asiento.

Abajo, sacerdotes de diversos colores se alzaban en pequeñas plataformas, debatiendo a pesar de la llovizna.

Siri los oía bastante bien, aunque poco de lo que decían tenía sentido para ella: el debate en curso parecía tener algo que ver con la manera de ocuparse de la basura y las aguas residuales en la ciudad.

—Dedosazules —preguntó—, ¿de verdad son dioses?

El escriba titubeó un momento antes de alzar la cabeza de su libro.

—¿Receptáculo?

—Los retornados. ¿Creéis que de verdad son seres divinos? ¿Que pueden ver el futuro?

—Hum… No creo que yo sea el más indicado para responder, receptáculo. Permitidme traeros a algún sacerdote. Él podrá contestar a vuestras preguntas. Dadme un…

—No —dijo Siri, deteniéndolo—. No quiero la opinión de un sacerdote: quiero la opinión de una persona corriente, como vos. La de un seguidor típico.

Él frunció el ceño.

—Mis disculpas, receptáculo, pero yo no soy seguidor de los retornados.

—Pero trabajáis en palacio.

—Y vos vivís allí, receptáculo. Sin embargo, ninguno de los dos adora a los Tonos Iridiscentes. Vos sois de Idris. Yo soy de Pahn Kahl.

—Pahn Kahl solo es otra parte de Hallandren.

Dedosazules alzó una ceja e hizo un mohín.

—En realidad, receptáculo, son bastante distintos.

—Pero os gobierna el rey-dios.

—Podemos aceptarlo como rey sin adorarlo como nuestro dios —explicó Dedosazules—. Es uno de los motivos por los que soy mayordomo en palacio en vez de sacerdote.

«Su túnica —pensó Siri—. Tal vez por eso siempre va de marrón». Se volvió para mirar a los sacerdotes en sus pedestales, abajo, en la arena. Cada uno vestía un grupo distinto de colores, cada uno representando, supuso, a un retornado diferente.

—Entonces ¿qué pensáis de ellos?

—Buena gente —dijo él—, pero equivocados. Un poco lo que pienso de vos, receptáculo.

Ella lo miró, pero Dedosazules ya había devuelto la atención a su libro de cuentas. No era el hombre más fácil del mundo con quien mantener una conversación.

—Pero ¿cómo explicáis el resplandor del rey-dios?

—Biocroma —dijo él, todavía escribiendo, como si no le molestaran sus preguntas; saltaba a la vista que estaba acostumbrado a que lo interrumpieran.

—Los demás retornados no pliegan el blanco en colores como hace él, ¿verdad?

—No, no lo hacen. Pero claro, tampoco tienen la cantidad de alientos que tiene él.

—De modo que sí que es distinto —concluyó Siri—. ¿Por qué nació con más?

—No nació con ellos, receptáculo. El poder del rey-dios no deriva del biocroma inherente a ser un retornado.

En eso, es idéntico a los demás. Sin embargo, posee algo distinto.

La Luz de la Paz, lo llaman. Un nombre rebuscado curioso para un tesoro oculto de alientos que se cuentan por decenas de miles.

«¿Decenas de miles?», pensó Siri.

—¿Tantos?

Dedosazules asintió, distraído.

—Se dice que los reyes-dioses son los únicos que alcanzan jamás la décima elevación.

Eso es lo que hace que la luz se fracture a su alrededor, además de darles otras capacidades.

La de romper Mandatos sinvida, por ejemplo, o la de despertar objetos sin tocarlos, usando solo su voz.

Esos poderes no son resultado de la divinidad, sino el efecto de ostentar esa cantidad de aliento.