El aliento de los dioses Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

Vivenna suspiró y se unieron a una pequeña procesión que cruzaba la hierba hacia una gran estructura fuera del círculo de palacios.

Había temido destacar: a fin de cuentas, seguía llevando su sencillo vestido idriano, de escote cerrado, tejido práctico y colores apagados.

Pero estaba empezando a darse cuenta de que no había forma de destacar en T’Telir.

La gente a su alrededor llevaba una sorprendente variedad de ropajes que le hicieron preguntarse quién tenía tanta imaginación como para diseñarlos todos.

Algunos eran tan modestos como los de Vivenna y otros incluso tenían colores apagados, aunque esos en general contrastaban con brillantes pañuelos o sombreros.

La modestia en el diseño y el color no estaba de moda, a todas luces, pero tampoco era inexistente.

«Todo consiste en llamar la atención —pensó—. Los tonos blancos y desvaídos son una reacción contra los colores brillantes. Pero, como todo el mundo se esfuerza tanto en parecer distinto, ¡nadie lo es!».

Sintiéndose un poco más segura, Vivenna miró a Parlin, que parecía más tranquilo ahora que estaban lejos de las grandes multitudes de la ciudad.

—Interesantes edificios —dijo él—. La gente viste con demasiado color, pero ese palacio es de uno solo. ¿Por qué será?

—No es de un solo color. Tiene muchos tonos diferentes del mismo color.

Parlin se encogió de hombros.

—El rojo es rojo.

¿Cómo podía explicárselo Vivenna? Cada rojo era diferente, como notas de una escala musical.

Las paredes eran de rojo puro. Las tejas, las columnas y otros adornos eran de tonos ligeramente distintos, cada uno específico e intencionado.

Las columnas, por ejemplo, formaban quintas sucesivas de color que armonizaban con el tono básico de las paredes.

Era una sinfonía de tonalidades. El edificio obviamente estaba construido pensando en alguien que hubiera alcanzado la tercera elevación, ya que solo una persona así podría ver la resonancia ideal. Para los demás… bueno, era solo un puñado de rojo.

Dejaron atrás el palacio rojo y se dirigieron al anfiteatro.

La diversión era un elemento central en la vida de los dioses de Hallandren.

Al fin y al cabo, no podía esperarse que los dioses hicieran nada útil con su tiempo.

A menudo los entretenían en sus palacios o en los jardines del patio, pero para acontecimientos muy grandes estaba el anfiteatro, que también servía como emplazamiento para los debates legislativos de Hallandren.

Ese día, los sacerdotes debatirían para diversión de sus deidades.

Vivenna y Parlin esperaron su turno mientras la gente se amontonaba a la entrada del anfiteatro.

Ella se volvió a mirar hacia otra puerta, preguntándose por qué no la utilizaba nadie.

La respuesta quedó clara cuando se acercó una figura.

El hombre iba rodeado de sirvientes, algunos cargando un dosel.

Todos iban vestidos de azul y plata, igual que su líder, que les sacaba más de una cabeza a los demás.

Desprendía un aura biocromática como Vivenna no había visto jamás, aunque también era cierto que solo hacía unas horas que podía verlas.

La burbuja de color aumentado de aquel hombre era enorme, de casi diez metros.

Para los sentidos de la primera elevación que tenía Vivenna, el aliento del dios era infinito.

Por primera vez, pudo ver que sí que había algo diferente en los retornados.

No eran solo despertantes con más poder: era como si tuvieran un solo aliento, pero tan inmensamente poderoso que los impulsaba por sí mismo a las elevaciones superiores.

El dios entró en el anfiteatro por la puerta abierta. Mientras lo miraba, la sensación de asombro de Vivenna se disipó. Había una arrogancia en la pose de aquel hombre, un desdén en su modo de acceder al recinto libremente mientras otros esperaban su turno en una entrada abarrotada.

«Para mantenerse vivo —pensó Vivenna— necesita absorber el aliento de otra persona cada semana».

Se había permitido relajarse demasiado, pero en esos momentos sintió que volvía su repulsión. El color y la belleza no podían encubrir una soberbia tan gigantesca, ni ocultar el pecado de ser un parásito que vivía a costa de la gente corriente.

El dios desapareció en el anfiteatro. Vivenna esperó, pensando un momento en su propio biocroma y lo que significaba. Se quedó estupefacta cuando un hombre junto a ella se alzó súbitamente del suelo.

El hombre se elevó por los aires, levantado por su capa, inusitadamente larga.

El tejido se había endurecido y parecía una mano que alzaba al hombre para que pudiera ver por encima de la multitud.

«¿Cómo lo hace?». Vivenna había oído que el aliento podía dar vida a los objetos, pero ¿qué significaba «vida»?

Parecía que las fibras de la capa estuvieran tensas como músculos, pero ¿cómo elevaban algo mucho más pesado?

El hombre descendió al suelo. Murmuró algo que Vivenna no pudo oír y su aura biocromática se volvió más fuerte cuando recuperó su aliento de la capa.

—Pronto volveremos a avanzar —dijo el hombre a sus acompañantes—. Ya hay menos gente por delante.

En efecto, la multitud no tardó en empezar a moverse.

No pasó mucho tiempo antes de que Vivenna y Parlin entraran en el anfiteatro propiamente dicho.

Recorrieron los bancos de piedra, buscando un sitio que no estuviera demasiado atestado, y Vivenna miró con urgencia hacia los palcos de arriba.

El edificio era recargado, pero no muy grande, así que no tardó en localizar a Siri.

Cuando lo hizo, se le cayó el alma a los pies. «Mi hermana —pensó con un escalofrío—. Mi pobre hermana».

Siri iba vestida con un escandaloso vestido dorado que no le llegaba ni a las rodillas.

También lucía un escote muy pronunciado.

Su cabello, que debería haber sido capaz de mantener de un tono castaño oscuro, mostraba el amarillo dorado de la diversión y llevaba entrelazadas unas cintas de profundo color rojo. La atendían docenas de sirvientes.

—Mira lo que le han hecho —susurró Vivenna—. Qué miedo debe de estar pasando la pobre, obligada a vestir una cosa así, forzada a mantener el pelo de un color a juego con su ropa y…

«Y obligada a ser la esclava del rey-dios».

El rostro de mandíbula cuadrada de Parlin se endureció.

No se enfadaba a menudo, pero Vivenna percibió que en esos momentos sí lo estaba.

Ella sentía lo mismo. Estaban aprovechándose de Siri, llevándola de un lado a otro para exhibirla como si fuera una especie de trofeo.

A Vivenna le parecía toda una declaración de intenciones.

Estaban diciendo que podían coger a una casta e inocente mujer idriana y hacer con ella lo que se les antojara.

«Lo que estoy haciendo es lo correcto —pensó Vivenna con creciente determinación—. Venir a Hallandren fue un acierto. Puede que Lemex esté muerto, pero yo tengo que continuar. Tengo que encontrar un modo de salvar a mi hermana».

—Vivenna —dijo Parlin.

—¿Hum?

—¿Por qué empieza a postrarse todo el mundo?

Siri jugueteaba distraída con una borla de su vestido. El último dios estaba sentándose en su palco. «Con este hacen veinticinco —pensó—. Ya deben de estar todos».

De repente, el público empezó a ponerse en pie y luego a arrodillarse.

Siri se levantó para mirar, ansiosa. ¿Qué se estaba perdiendo?

¿Había llegado el rey-dios o era otra cosa?

Incluso los dioses se habían arrodillado, aunque no se postraron como los mortales.

Todos parecían hacer una reverencia hacia Siri.

«¿Es algún tipo de saludo ritual a su nueva reina? ».

Entonces lo vio. Su vestido explotó en color, la piedra a sus pies ganó lustre y su misma piel se hizo más vibrante. Delante de ella, un cuenco blanco empezó a brillar y pareció estirarse hasta que el blanco se dividió en los colores del arcoíris.

Una sirviente arrodillada le tiró a Siri de la manga.

—Receptáculo —susurró la mujer—. ¡Detrás de vos!