Capítulo 14 #2
—El tiempo parece pasar más rápido cuando no te fijas en él, querida. En eso, guarda un notable parecido con la mayoría de las mujeres que conozco.
Y, dicho eso, aceptó un puñado de nueces y se acomodó para esperar.
Al parecer, a la gente de T’Telir no le gustaban los carruajes, ni siquiera para transportar a los dioses.
Siri, algo perpleja, permanecía sentada mientras un grupo de sirvientes cruzaba la hierba con su silla a cuestas hacia una gran estructura circular situada al final de la Corte de los Dioses.
Llovía. No le importaba. Había estado encerrada demasiado tiempo.
Se giró en su silla y miró al grupo de criadas que llevaba la cola de su largo vestido dorado, impidiendo que rozara la hierba mojada. Alrededor de todas ellas caminaban más mujeres, sosteniendo un gran dosel para protegerla de la lluvia.
—¿Podríais… apartarlo? —pidió Siri—. ¿Para dejar que la lluvia me caiga encima?
Las sirvientes se miraron perplejas.
—Solo un ratito —dijo Siri—. Lo prometo.
Las mujeres intercambiaron miradas ceñudas, pero redujeron el paso, permitiendo a los porteadores de Siri adelantarse y exponerla a la lluvia.
Ella alzó la cabeza, sonriendo mientras la llovizna le caía sobre el rostro.
«Siete días encerrada es demasiado tiempo», se dijo.
Se regodeó un largo momento, disfrutando de la fría humedad en la piel y la ropa.
La hierba parecía acogedora. Siri miró de nuevo hacia atrás.
—Podría ir andando, ¿sabéis?
«Sentir mis pies en ese fresco verdor…». Las criadas parecieron de lo más incómodas ante esa idea.
—O no —dijo Siri, dándose la vuelta mientras las mujeres apretaban el paso, cubriendo de nuevo el cielo con su dosel.
Caminar era probablemente mala idea, considerando la larga cola de su vestido.
Había acabado por elegir un modelo mucho más atrevido que ningún otro que hubiera llevado jamás.
Su escote era un pelín pronunciado, y no tenía mangas.
También tenía un curioso diseño que cubría la parte delantera de sus piernas con una breve falda, pero llegaba hasta el suelo por detrás.
Siri lo había escogido en parte por la novedad, aunque se ruborizaba cada vez que pensaba en cuánta pierna estaba enseñando.
Pronto llegaron al anfiteatro y los porteadores la llevaron hacia arriba por su interior.
Siri se interesó al ver que no tenía techo y el suelo estaba cubierto de arena.
Justo por encima de ese suelo, un pintoresco grupo de personas empezaba a congregarse en las filas de bancos.
Aunque algunos llevaban paraguas, muchos hacían caso omiso a la llovizna y charlaban amigablemente entre ellos.
Siri sonrió a la multitud: había representados un centenar de colores distintos y numerosos estilos diferentes de vestir.
Era bueno ver un poco de variedad otra vez, aunque esa variedad resultara un poco chabacana.
Sus porteadores llegaron con ella a un gran saliente de piedra incrustado en el lado del edificio.
Allí, las mujeres metieron los palos del dosel en unos agujeros abiertos en la piedra, permitiendo que se sostuviera solo y cubriera el palco entero.
Los sirvientes se afanaron en preparar las cosas y los porteadores bajaron la silla.
Siri se levantó, frunciendo el ceño. Por fin estaba libre del palacio.
Y, sin embargo, parecía que iba a tener que sentarse por encima de todos los demás.
Incluso los otros dioses, que Siri supuso que ocupaban los otros palcos con dosel, estaban lejos y separados de ella por paredes.
«¿Cómo es que pueden hacer que me sienta sola incluso rodeada por cientos de personas?». Se volvió hacia una de sus sirvientes.
—El rey-dios. ¿Dónde está?
La mujer hizo un gesto hacia los otros palcos como el de Siri.
—¿Está en uno de ellos? —preguntó Siri.
—No, receptáculo —dijo la mujer con la mirada gacha—. No llegará hasta que todos los dioses estén aquí.
«Ah —pensó Siri—. Tiene sentido, supongo».
Volvió a sentarse mientras varios criados preparaban comida.
A un lado, un juglar empezó a tocar la flauta, como para ahogar los sonidos de la gente de abajo.
Siri habría preferido oírlos. Aun así, decidió no permitirse el mal humor.
Al menos había salido, y podía ver a otra gente, aunque no pudiera relacionarse con ella.
Sonrió para sus adentros, se inclinó hacia delante apoyando los codos en las rodillas y estudió los exóticos colores de abajo.
¿Qué pensar de la gente de T’Telir? Eran sumamente diversos. Algunos tenían la piel oscura, lo que significaba que procedían de los confines del reino de Hallandren. Otros tenían el pelo amarillo, o incluso de extraños colores como el azul y el verde, producto de tintes, supuso.
Todos vestían ropa brillante, como si no hubiera otra opción.
Los sombreros ornamentados eran populares, tanto en hombres como en mujeres.
La ropa oscilaba desde los chalecos y los pantalones cortos hasta las túnicas y los vestidos largos.
«¡Cuánto tiempo deben de pasar comprando!
». A Siri ya le costaba decidir qué ponerse, y eso que solo tenía como una docena de opciones cada día, y sin sombrero.
Después de rechazar los primeros que le trajeron, las criadas habían dejado de ofrecérselos.
Los séquitos fueron llegando uno tras otro, cada uno luciendo un conjunto de colores distinto, normalmente un tono intenso y uno metálico.
Siri contó los palcos. Había espacio para unos cincuenta dioses, pero en la corte solo había un par de docenas.
Veinticinco, si no recordaba mal. En cada procesión había una figura que sobresalía por encima de las demás.
Algunas, sobre todo las mujeres, llegaban transportadas en sillas o divanes.
Los hombres generalmente andaban, algunos vestidos con complejas túnicas, otros solo con sandalias y falda.
Siri se inclinó hacia delante y observó a un dios que pasaba junto a su palco.
Su pecho desnudo la hizo ruborizarse, pero le permitió ver su cuerpo musculoso y su piel bronceada.
Él la miró y le hizo una leve inclinación de cabeza en señal de respeto. Sus sirvientes y sacerdotes se inclinaron hasta casi tocar el suelo. El dios continuó su camino, sin decir nada.
Siri se reclinó en su asiento, y negó con la cabeza cuando una criada le ofreció comida. Todavía quedaban cuatro o cinco dioses por llegar. Al parecer, las deidades de Hallandren no eran tan puntuales como la habían llevado a creer los puntillosos horarios de Dedosazules.
Vivenna atravesó las puertas y se adentró en la Corte de los Dioses, dominada por un grupo de grandes palacios. Vaciló y unos grupitos de personas la adelantaron por ambos lados, aunque no había una gran muchedumbre.
Denth tenía razón: le había resultado fácil entrar en la corte.
Los sacerdotes de la puerta la habían dejado pasar sin preguntarle siquiera su identidad.
Incluso habían permitido la entrada a Parlin, quizá dando por sentado que era su ayudante.
Vivenna se volvió para mirar a los sacerdotes de túnica azul.
Alcanzaba a ver burbujas de color a su alrededor, indicativas de su fuerte biocroma.
La habían formado al respecto. Los sacerdotes que protegían las puertas tenían suficiente aliento para llegar a la primera elevación, el estado en que se obtenía la capacidad de distinguir niveles de aliento en los demás.
Vivenna tenía también esa capacidad. No era que las auras o los colores tuvieran un aspecto diferente a sus ojos.
De hecho, la capacidad de distinguir alientos era parecida al tono perfecto que había conseguido.
Los demás oían los mismos sonidos que ella, pero Vivenna era capaz de distinguirlos unos de otros.
Vio lo cerca que tenía que estar una persona de los sacerdotes antes de que los colores aumentaran, y vio exactamente cuánta intensidad ganaban esos tonos.
La información le hizo saber instintivamente que todos los sacerdotes pertenecían a la primera elevación.
Parlin tenía un solo aliento, igual que los ciudadanos corrientes que tenían que presentar papeles para acceder a la corte.
Vivenna podía notar lo fuerte que era ese aliento, y si la persona estaba enferma o no.
Cada sacerdote tenía exactamente cincuenta alientos, como la mayoría de los individuos adinerados que entraban por las puertas.
Un buen número de ellos tenía al menos doscientos alientos, suficientes para la segunda elevación y el tono perfecto que esta concedía.
Solo unos pocos tenían más alientos que Vivenna, que había llegado hasta la tercera elevación y la percepción perfecta del color que conllevaba.
Dejó de estudiar a la multitud. La habían educado sobre las elevaciones, pero nunca había esperado experimentarlas de primera mano. Se sentía sucia. Pervertida. Sobre todo porque los colores eran preciosos.
Sus tutores le habían enseñado que la corte se componía de un amplio círculo de palacios, pero no mencionaron lo armónicamente equilibrado en color que estaba cada palacio.
Todos ellos eran obras de arte, que hacían gala de sutiles gradaciones de color que la gente normal no podría apreciar.
Se alzaban sobre un césped perfecto, de un verde uniforme.
Estaba recortado con sumo cuidado y no lo mancillaba camino ni sendero alguno.
Vivenna lo pisó, con Parlin a su lado, y sintió el apremio de quitarse los zapatos y caminar descalza por la hierba húmeda.
Pero no sería apropiado en absoluto, así que Vivenna reprimió el impulso.
La llovizna estaba empezando a remitir por fin y Parlin bajó el paraguas que había comprado para mantenerlos a ambos secos.
—Pues aquí estamos —dijo, sacudiendo el paraguas—. La Corte de los Dioses.
Vivenna asintió.
—Buen sitio para que pasten las ovejas.
—Lo dudo —dijo ella en voz baja.
Parlin frunció el ceño.
—¿Cabras, entonces?