El aliento de los dioses Capítulo 14
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Capítulo 14

stá lloviendo —observó Sondeluz.

—Muy perspicaz, divina gracia —dijo Llarimar, que caminaba junto a su dios.

—No me gusta la lluvia.

—Lo decís con frecuencia, divina gracia.

—Soy un dios —dijo Sondeluz—. ¿No debería tener poder sobre el clima? ¿Cómo puede llover si yo no quiero?

—Ahora mismo hay veinticinco dioses en la corte, divina gracia. Tal vez sean más los que desean lluvia que los que no.

La túnica en rojo y oro de Sondeluz susurraba con cada paso.

La hierba estaba fresca y húmeda bajo los dedos de sus pies calzados en sandalias, pero un grupo de criados le tapaba la lluvia con un amplio dosel.

Las gotas caían suaves sobre la tela. En T’Telir, los chaparrones eran comunes, pero nunca muy fuertes.

A Sondeluz le habría gustado ver una tormenta de verdad, como las que decía la gente que se desataban en las junglas.

—Entonces haré una encuesta —dijo—. Preguntaré a los otros dioses. A ver cuántos querían que lloviera hoy.

—Como deseéis, divina gracia —respondió Llarimar—. No demostrará gran cosa.

—Demostrará de quién es la culpa. Y… si resulta que la mayoría de nosotros quiere que deje de llover, tal vez se inicie una crisis teológica.

Llarimar, como de costumbre, no parecía molesto por la idea de un dios que trataba de socavar su propia religión.

—Divina gracia —dijo—, os aseguro que nuestra doctrina es bastante sólida.

—¿Y si los dioses no quieren que llueva, pero sigue haciéndolo?

—¿Os gustaría que hiciera sol todo el tiempo, divina gracia?

Sondeluz se encogió de hombros.

—Claro.

—¿Y los granjeros? Sin la lluvia, sus cosechas se estropearían.

—Pues que llueva sobre las cosechas —dijo Sondeluz—, pero no en la ciudad. Unas cuantas pautas climatológicas selectivas no deberían ser demasiado reto para un dios.

—La gente necesita agua para beber, divina gracia —objetó Llarimar—. Es necesario limpiar las calles. ¿Y qué pasa con las plantas de la ciudad? Los hermosos árboles, e incluso esta hierba sobre la que os gusta caminar, morirían si no lloviera.

—Bueno —dijo Sondeluz—, pero yo podría obligarlos a seguir viviendo.

—Y eso es lo que hacéis, divina gracia. Vuestra alma sabe que la lluvia es lo mejor para la ciudad, y por eso llueve. A pesar de lo que piense vuestra parte consciente.

Sondeluz frunció el ceño.

—Con ese argumento, podrías afirmar que cualquiera es un dios, Llarimar.

—Cualquiera no regresa de la muerte, divina gracia. Ni tiene el poder de curar a los enfermos, y desde luego tampoco vuestra capacidad de predecir el futuro.

«Buenos argumentos», pensó Sondeluz mientras se acercaban al anfiteatro.

La gran estructura circular se encontraba al fondo de la Corte de los Dioses, fuera del anillo de palacios que rodeaba el patio.

La comitiva de Sondeluz entró, sujetando todavía el dosel rojo por encima de él, y se internó en el patio cubierto de arena.

Luego subieron por una rampa hacia la zona de asientos.

El anfiteatro tenía cuatro filas de asientos para la gente corriente, bancos de piedra que acogerían a los ciudadanos de T’Telir más favorecidos, afortunados o lo bastante ricos para entrar en la sesión de la asamblea.

Las zonas superiores estaban reservadas para los retornados.

Allí, lo bastante cerca para oír lo que se decía en el suelo del anfiteatro, pero lo bastante lejos para permanecer apartados, se hallaban los palcos.

Tallados en piedra, con adornos, eran lo bastante grandes como para dar cabida al séquito entero de un dios.

Sondeluz vio que varios de sus semejantes habían llegado ya, identificados por los doseles de colores que asomaban por encima de los palcos.

Bendicevidas estaba allí, igual que Mercestrella.

Pasaron junto al palco vacío reservado habitualmente para Sondeluz, rodearon el anillo y se acercaron a un palco rematado por un pabellón verde.

Tejesonrojos estaba allí. Su vestido verde y plata era espléndido y revelador, como siempre.

A pesar de su lujoso ribete y sus bordados, era poco más que una larga tela con algunos lazos y un agujero en el centro para la cabeza.

Eso lo dejaba completamente abierto por ambos lados desde los hombros hasta las pantorrillas, y los muslos de Tejeronsojos se curvaban voluptuosos. Se incorporó en su asiento, sonriendo.

Sondeluz respiró hondo. Tejesonrojos siempre lo trataba con amabilidad, y desde luego tenía buena opinión de él, pero estando con ella le parecía que tenía que mantener la guardia alta en todo momento. Una mujer como aquella podía apoderarse de un hombre.

Apoderarse de él y no soltarlo nunca.

—Sondeluz, querido —dijo, ensanchando la sonrisa mientras los criados de Sondeluz se adelantaban correteando para colocar su sillón, el reposapiés y una mesita.

—Tejesonrojos —respondió él—. Mi sumo sacerdote dice que tienes tú la culpa de este tiempo tan deprimente.

Ella alzó una ceja y, a un lado, de pie con los otros sacerdotes, Llarimar se ruborizó.

—Me gusta la lluvia —dijo Tejesonrojos, volviendo a reclinarse en su diván—. Es… diferente. Me gustan las cosas que son diferentes.

—Entonces debo aburrirte terriblemente, querida —dijo Sondeluz, sentándose y cogiendo un puñado de uvas, ya peladas, del cuenco que había en la mesita.

—¿Aburrirme?

—No aspiro a otra cosa que a la mediocridad, y la mediocridad rara vez es diferente. De hecho, debería decir que está muy de moda en la corte últimamente.

—No deberías decir esas cosas —repuso Tejesonrojos—. La gente podría empezar a creerte.

—Me malinterpretas. Justo por eso las digo. Pienso que, si no puedo hacer milagros divinos propiamente dichos como controlar el clima, bien podría contentarme con el milagro menor de ser quien dice la verdad.

—Hum —replicó ella, desperezándose, meneando la yema de los dedos mientras suspiraba con satisfacción—.

Nuestros sacerdotes dicen que el propósito de los dioses no es jugar con el tiempo ni evitar desastres, sino proporcionar visiones y servir al pueblo.

Tal vez esa actitud tuya no sea el mejor modo de velar por sus intereses.

—Tienes razón, por supuesto —dijo Sondeluz—. Acabo de tener una revelación. La mediocridad no es el mejor modo de servir a nuestro pueblo.

—¿Cuál es, entonces?

—Asado al punto sobre un lecho de medallones de boniato —dijo él, llevándose una uva a la boca—. Con una humilde guarnición de ajo y una salsa ligera de vino blanco.

—Eres incorregible —dijo ella, relajando los músculos después de desperezarse.

—Soy lo que el universo me hizo ser, querida.

—¿Te inclinas entonces ante los caprichos del universo?

—¿Qué más podría hacer?

—Combatirlo —dijo Tejesonrojos. Entornó los ojos y, con gesto distraído, cogió una uva de la mano de Sondeluz—. Combatirlo con todas tus fuerzas, obligar al universo a inclinarse él ante ti.

—Es un concepto encantador, Tejesonrojos. Pero diría que el universo y yo pertenecemos a categorías de peso un poco distintas.

—Creo que te equivocas.

—¿Estás diciendo que estoy gordo?

Ella lo miró inexpresiva.

—Lo que digo es que no hace falta que seas tan modesto, Sondeluz. Eres un dios.

—Un dios que ni siquiera puede hacer que deje de llover.

—Yo quiero que haya tormentas y tempestades. Tal vez esta llovizna sea el término medio entre tú y yo.

Sondeluz se metió otra uva en la boca, la aplastó entre los dientes y sintió el dulce jugo inundar su paladar. Pensó mientras masticaba.

—Tejesonrojos, querida —dijo al fin—. ¿Hay algún tipo de subtexto en nuestra actual conversación? Porque, como deberías saber, soy muy malo con el subtexto. Me da dolor de cabeza.

—No pueden darte dolores de cabeza.

—Pues tampoco me des subtextos. Son demasiado sutiles para mí. Hace falta un esfuerzo de comprensión, y el esfuerzo, por desgracia, va contra mi religión.

Tejesonrojos alzó una ceja.

—¿Un nuevo principio para quienes te adoran?

—Ah, no me refiero a esa religión —respondió Sondeluz—. Soy devoto de Austre en secreto. Es una teología deliciosamente burda: negro, blanco, nada de molestarse con complicaciones. Fe sin nada de molesto raciocinio.

Tejesonrojos le robó otra uva.

—No conoces lo bastante bien el austrismo. Es complejo. Si buscas algo realmente sencillo, deberías probar la fe de Pahn Kahl.

Sondeluz arrugó el ceño.

—¿No adoran a los retornados, como el resto de nosotros?

—No. Tienen su propia religión.

—Pero todo el mundo sabe que los Pahn Kahl son prácticamente hallandrenses.

Tejesonrojos se encogió de hombros, con la mirada fija en el estadio de abajo.

—¿Y cómo hemos tomado esta tangente, por cierto? —preguntó Sondeluz—. En serio, querida, a veces nuestras conversaciones me recuerdan a un carruaje roto al galope.

Ella alzó una ceja.

—Muy emocionante —añadió él—, pero sin dirección.

Tejesonrojos dio un quedo bufido.

—Tú eres quien pidió verse conmigo, Sondeluz.

—Sí, pero los dos sabemos que tú lo querías. ¿Qué estás planeando, Tejesonrojos?

Ella hizo girar la uva entre los dedos.

—Espera —dijo.

Sondeluz suspiró e indicó por señas a un criado que le trajera nueces. Uno colocó un cuenco sobre la mesa y entonces otro se acercó y empezó a cascarlas.

—Primero das a entender que debería unirme a vosotros, ¿y ahora te niegas a decirme lo que queréis que haga? Pero bueno, mujer, algún día tu ridículo sentido de la teatralidad va a causar problemas de dimensiones cataclísmicas, como, por ejemplo, aburrimiento en tus interlocutores.

—No es teatralidad —dijo ella—. Es respeto.

Señaló con la cabeza al otro lado del anfiteatro, donde el palco del rey-dios todavía estaba vacío, con su trono dorado colocado en un pedestal.

—Ah. Conque hoy estamos patrióticos, ¿eh?

—Más bien es curiosidad.

—¿Por?

—Ella.

—¿La reina?

Tejesonrojos lo miró.

—Pues claro. ¿De quién más podría estar hablando?

Sondeluz descontó los días. Había pasado una semana.

—Vaya —dijo—. ¿Su periodo de aislamiento ha terminado, entonces?

—De verdad, deberías prestar más atención, Sondeluz.

Él se encogió de hombros.