Capítulo 13 #2
—Tu Lemex estaba implicado en grandes planes —dijo Denth—.
Creo sinceramente que de verdad era un patriota.
Hay muchas intrigas en esta ciudad, princesa.
Algunos proyectos en los que Lemex nos hacía trabajar tenían gran magnitud, y por lo que sé eran por el bien de Idris.
Supongo que es solo que pensó que debería recibir una pequeña recompensa por su patriotismo.
—Era un tipo amigable, la verdad —dijo Tonk Fah—. No quería molestar a tu padre. Así que hizo los cálculos por su cuenta, se concedió un aumento a sí mismo e indicó en sus informes que sus gastos eran más elevados de lo que eran en realidad.
Vivenna guardó silencio mientras asimilaba aquellas palabras. ¿Cómo podía alguien que robaba dinero a Idris ser también un patriota? ¿Cómo podía una persona fiel a Austre acabar con varios cientos de alientos biocromáticos?
Sacudió la cabeza, con una mueca. «He visto hombres que se situaban por encima de otros, y los he visto derribados», citó para sí misma. Era una de las Cinco Visiones. No debería juzgar a Lemex, y menos estando muerto.
—Esperad —dijo, mirando a los mercenarios—. Habéis dicho que erais guardaespaldas. Entonces ¿qué hacíais ayudando a Lemex con sus «proyectos»?
Los dos hombres cruzaron la mirada.
—Te dije que era lista —dijo Tonk Fah—. Es por no ser mercenaria.
—Es cierto que somos guardaespaldas, princesa —explicó Denth—. Pero no carecemos de ciertas… habilidades. Podemos hacer que ocurran cosas.
—¿Cosas?
Denth se encogió de hombros.
—Conocemos a gente. Es parte de lo que nos hace útiles. Déjame pensar en este asunto de tu hermana. Igual se me ocurre alguna idea. Se parecería un poco a un secuestro…
—Cosa a la que no somos demasiado aficionados —dijo Tonk Fah—. ¿Lo hemos mencionado ya?
—Sí —contestó Vivenna—. Mal negocio. No da dinero. ¿En qué proyectos estaba trabajando Lemex?
—No estoy muy seguro de conocerlos todos —admitió Denth—. Solo veíamos piezas: hacer encargos, preparar encuentros, intimidar a gente. Tenía algo que ver con trabajar para tu padre. Podemos averiguarlo, si quieres.
Ella asintió.
—Hacedlo.
Denth se puso en pie.
—Muy bien —dijo. Pasó junto al diván de Tonk Fah y dio una palmada en la pierna del hombretón, haciendo que el pájaro graznara—. Vamos, Tonks. Es hora de saquear la casa.
Tonk Fah bostezó y se incorporó.
—¡Esperad! —exclamó Vivenna—. ¿Saquear la casa?
—Claro —respondió Denth mientras empezaba a subir la escalera—. Romper cualquier caja de seguridad oculta. Rebuscar en papeles y archivos. Descubrir en qué andaba metido el viejo Lemex.
—No le importará mucho —dijo Tonk Fah, poniéndose en pie—. Por lo de estar muerto y tal.
Vivenna se estremeció. Seguía deseando haber podido darle a Lemex un funeral idriano adecuado, en vez de enviarlo al osario de T’Telir. Hacer que un par de matones rebuscaran entre sus pertenencias parecía indecoroso.
Denth debió de advertir su incomodidad.
—No tenemos que hacerlo, si no quieres.
—No hay problema —dijo Tonk Fah—. Pero entonces nunca sabremos qué tramaba Lemex.
—Continuad —ordenó Vivenna—. Pero voy a supervisaros.
—La verdad es que dudo que lo hagas —dijo Denth.
—¿Y eso por qué?
—Porque… —empezó a decir Denth—. Mira, sé que nadie le pide a un mercenario su opinión. Verás…
—Venga, suéltalo de una vez —espetó Vivenna, molesta.
Al instante se reprendió por su mal humor. ¿Qué le pasaba? Los últimos días debían de estar afectándola. Denth sonrió, como si encontrara graciosísimo su estallido.
—Hoy es el día en que los retornados celebran su Asamblea de la Corte, princesa.
—¿Y? —preguntó Vivenna con forzada calma.
—Pues que también es el día en que tu hermana será presentada a los dioses. Sospecho que querrás ir a echarle un buen vistazo, para ver cómo le va. Y, si quieres hacerlo, tendrás que darte prisa. La Asamblea de la Corte empezará dentro de poco.
Vivenna se cruzó de brazos, sin moverse.
—Me han instruido sobre todas esas cosas, Denth. La gente corriente no puede entrar sin más en la Corte de los Dioses. Si quieres ver los juicios de la Asamblea de la Corte, tienes que contar con el beneplácito de uno de los dioses, ser enormemente influyente, o tener suerte y ganar la lotería.
—Cierto —dijo él, apoyándose contra el pasamanos—. Ojalá conociéramos a alguna persona con los suficientes alientos biocromáticos como para que la consideren automáticamente importante, y por tanto pueda acceder a la corte sin que nadie la cuestione.
—Huy, Denth —dijo Tonk Fah—. ¡Pero hace falta tener al menos cincuenta alientos para que te consideren digno! Es un número altísimo.
Vivenna vaciló.
—Y… ¿cuántos alientos tengo yo?
—Ah, unos quinientos o así —dijo Denth—. Al menos, eso decía Lemex. Y creo que es verdad. Al fin y al cabo, estás haciendo que brille la alfombra.
Ella bajó la mirada y reparó por primera vez en que estaba creando una zona de color aumentado a su alrededor. No era muy fuerte, pero se notaba.
—Será mejor que te pongas en marcha, princesa —dijo Denth mientras continuaba subiendo la escalera—. O llegarás tarde.
Siri estaba sentada, nerviosa, rubia de emoción, tratando de contenerse mientras las sirvientes la peinaban. La Celebración de la Boda, nombre que le parecía bastante inadecuado, había terminado por fin, y llegaba el momento de su presentación formal ante los dioses de Hallandren.
Probablemente estaba demasiado emocionada.
No había pasado tanto tiempo. Sin embargo, la perspectiva de poder salir de allí, aunque solo fuera para asistir a la corte, casi la mareaba.
Por fin podría relacionarse con alguien aparte de sacerdotes, escribas y criados.
Por fin conocería a algunos de los dioses de los que tanto había oído hablar.
Además, él estaría en la presentación. Las únicas veces que Siri había podido ver al rey-dios eran durante sus duelos de miradas nocturnos, cuando él estaba envuelto en sombras. Ese día, al menos lo vería a la luz.
Sonrió, examinándose en el gran espejo. Las sirvientes le habían arreglado el pelo de una manera extraordinariamente compleja, con una parte trenzada y el resto suelto.
Habían atado varias cintas a las trenzas y también las habían entrelazado con el pelo suelto.
Las cintas titilaron cuando volvió la cabeza.
Su familia se habría muerto de vergüenza por aquellos colores tan ostentosos.
Siri sonrió con malicia, haciendo que su pelo se volviera de un poco más brillante de rubio dorado para que contrastara mejor con las cintas.
Las mujeres sonrieron, aprobadoras, y un par de ellas dejaron escapar unos contenidos «oooh» ante la transformación.
Siri se reclinó en su asiento y puso las manos en el regazo mientras inspeccionaba las opciones de vestido para su aparición ante la corte. Eran prendas elaboradas, no tan complejas como las que llevaba al dormitorio, pero más formales que las que usaba normalmente.
Ese día, los sacerdotes y criadas vestían de rojo.
Eso hizo que Siri quisiera elegir otro color.
Al final, se decidió por el dorado, y señaló dos vestidos de ese tono para que las mujeres se los acercaran y poder estudiarlos mejor.
Por desgracia, mientras lo hacía, las mujeres cogieron otros tres vestidos dorados de un armario rodante en el pasillo.
Siri suspiró. Era como si quisieran impedirle una elección razonablemente simple. Odiaba ver tantos modelos desaparecer cada día. Si tan solo…
Se detuvo.
—¿Podría probármelos todos?
Las criadas se miraron unas a otras, un poco confundidas.
Asintieron, transmitiendo con su expresión un sencillo mensaje: «Pues claro que puedes».
Siri se sintió como una tonta, pero en Idris nunca había tenido la oportunidad de elegir.
Sonrió, se puso en pie y dejó que le quitaran la bata y la vistieran con el primer atuendo, cuidando de no despeinarla.
Se miró en el espejo y advirtió que el escote era bastante pronunciado.
Estaba dispuesta a darse un capricho con el color, pero la cantidad de carne que las hallandrenses mostraban le seguía pareciendo escandalosa.
Asintió y dejó que le quitaran el vestido.
Entonces le pusieron el siguiente, uno de dos piezas con el corsé por separado.
Cuando terminaron, Siri se miró en el espejo.
Le gustaba, pero quería probarse también los otros.
Así que, después de darse la vuelta e inspeccionar la espalda, asintió y pasó al siguiente.
Era una frivolidad. Pero ¿por qué le preocupaba tanto ser frívola?
Su padre no estaba allí para mirarla con aquella cara severa y ceñuda que tenía.
Vivenna estaba a un reino entero de distancia.
Siri era la reina del pueblo de Hallandren.
¿No debería intentar aprender sus costumbres?
Sonrió ante la ridícula justificación, pero se probó el siguiente vestido de todas formas.