Capítulo 13
oy a entregarlo —dijo Vivenna con firmeza.
Estaba sentada junto a los mercenarios en casa de Lemex.
Era el día después de haberse visto obligada a aceptar los alientos, y había pasado la noche inquieta, dejando que los mercenarios y la enfermera se encargaran de deshacerse del cuerpo de Lemex.
No recordaba haberse quedado dormida por el cansancio y la tensión del día, pero sí de haberse acostado a descansar un rato en el otro dormitorio de la planta superior.
Al despertar, se había sorprendido al ver que los mercenarios seguían allí.
Al parecer, Parlin y ellos habían dormido abajo.
Consultar con la almohada no la había ayudado mucho con sus problemas. Todavía tenía todo aquel asqueroso aliento, y seguía sin saber qué diantres iba a hacer en Hallandren sin Lemex. Al menos, con el aliento sí que sabía qué hacer. Podía entregarse.
Estaban en el salón de Lemex. Como la mayoría de los lugares de Hallandren, la habitación estaba repleta de colores: las paredes eran de finas tiras de madera parecida al junco, manchada de brillantes verdes y amarillos.
Vivenna no pudo evitar darse cuenta de que ahora veía los colores más vibrantes.
Tenía un sentido del color extrañamente preciso: podía dividir sus matices y sus tonos, comprender por instinto cuánto se acercaba cada color al ideal.
Era como un tono perfecto para los ojos.
Era muy pero que muy difícil no ver belleza en los colores.
Denth estaba apoyado contra la pared del fondo. Tonk Fah estaba tumbado en un diván, bostezando de vez en cuando, con su pintoresco pájaro posado en un pie. Parlin había ido a montar guardia fuera.
—¿Entregarlo, princesa? —preguntó Denth.
—El aliento. —Vivenna se había sentado en un taburete de la cocina y no en alguno de los sillones o sofás, demasiado mullidos—. Saldremos a buscar a la pobre gente violada por vuestra cultura al robarles el aliento y les daré uno a cada uno.
Denth dirigió una mirada a Tonk Fah, que se limitó a bostezar.
—Princesa —dijo Denth—, no se puede dar aliento uno a uno. Hay que darlo todo de una vez.
—Incluyendo tu propio aliento —apuntó Tonk Fah.
Denth asintió.
—Eso te convertiría en una apagada.
A Vivenna se le revolvió el estómago al oírlo. La idea de perder no solo la nueva belleza y el color, sino también su propio aliento, su alma… bueno, fue casi suficiente para volverle el pelo blanco.
—No —dijo—. Eso sí que no puede ser.
Guardaron silencio.
—Podría despertar alguna cosa —señaló Tonk Fah, agitando el pie y haciendo graznar a su pájaro—. Meter el aliento en un par de pantalones o algo así.
—Es buena idea —dijo Denth.
—¿Qué… qué implica eso? —preguntó Vivenna.
—Le das vida a algo, princesa —explicó Denth—. A un objeto inanimado. Eso te extraerá parte de tu aliento y dejará al objeto más o menos vivo. La mayoría de los despertantes lo hacen de manera temporal, pero no veo por qué no puedes dejar el aliento allí y olvidarte de él.
Despertar. Tomar el alma de las personas y usarlas para crear monstruosidades sin vida.
De algún modo, Vivenna tenía la sensación de que Austre consideraría eso un pecado aún mayor que tener el aliento sin más.
Suspiró, sacudiendo la cabeza. El problema con el aliento era que, en cierto modo, era solo una distracción, algo que temía estar usando para no reflexionar sobre la ausencia de Lemex. ¿Qué iba a hacer sin él?
Denth se sentó en un sillón a su lado y apoyó los pies en la mesita. Cuidaba mejor su aspecto que Tonk Fah y llevaba el pelo negro recogido en una pulcra coleta y la cara afeitada.
—Odio ser mercenario —dijo—. ¿Sabes por qué?
Ella alzó una ceja.
—No hay seguridad en el trabajo —continuó Denth, echándose atrás en su asiento—. Las cosas que hacemos suelen ser peligrosas e impredecibles. Nuestros patronos acostumbran a morírsenos.
—Aunque no de un resfriado, por lo general —observó Tonk Fah—. Las espadas suelen ser el método elegido.
—Mira nuestra situación actual —dijo Denth—. Ya no tenemos patrono. Eso nos deja sin ninguna instrucción como es debido.
Vivenna se quedó muy quieta. «¿Significa eso que su contrato ha terminado? Saben que soy una princesa de Idris. ¿Qué harán con esa información? ¿Por eso se quedaron aquí anoche, en vez de marcharse? ¿Planean chantajearme?».
Denth la miró.
—¿Has visto eso? —preguntó, volviéndose hacia Tonk Fah.
—Sí. Lo está pensando.
Denth se reclinó más en su sillón.
—De eso exactamente estoy hablando. ¿Por qué todo el mundo asume que, cuando el contrato de un mercenario termina, lo traicionará?
¿Crees que vamos por ahí apuñalando a la gente solo por diversión?
¿Crees que un cirujano tendrá este mismo problema?
¿La gente se preocupa por si, en el momento en que dejen de pagar, el cirujano soltará una carcajada maniaca y les cortará los dedos de los pies?
—A mí me gusta cortar dedos de pies —apuntó Tonk Fah.
—Eso es diferente —dijo Denth—. No lo harías solo porque se te ha acabado el contrato, ¿verdad?
—Qué va —respondió Tonk Fah—. Los dedos son los dedos.
Vivenna puso los ojos en blanco.
—¿Queréis llegar a alguna parte con esto?
—Queremos llegar, princesa —dijo Denth—, a que estabas pensando que íbamos a traicionarte. Tal vez desplumarte o venderte como esclava o algo así.
—Tonterías —replicó Vivenna—. No estaba pensando en nada de eso.
—Seguro que no —dijo Denth—. El trabajo de mercenario es muy respetable, es legal en casi todos los reinos que conozco. Somos tan miembros de la comunidad como el panadero o el pescadero.
—No pagamos a los recaudadores de impuestos, ojo —añadió Tonk Fah—. A esos solemos apuñalarlos por diversión.
Vivenna negó con la cabeza. Denth se inclinó hacia delante y habló en tono más serio.
—Lo que intento decir, princesa, es que no somos criminales. Somos empleados. Tu amigo Lemex era nuestro jefe. Ahora está muerto. Supongo que nuestro contrato pasa a ti, si lo quieres.
Vivenna sintió un leve atisbo de esperanza.
Pero ¿podía confiar en ellos? A pesar de las palabras de Denth, le costaba tener fe en los motivos y el altruismo de un par de hombres que luchaban por dinero.
Sin embargo, no se habían aprovechado de la enfermedad de Lemex, y se habían quedado incluso cuando podían haber desvalijado aquel lugar y marcharse mientras ella dormía.
—Muy bien —dijo—. ¿Cuánto os queda de contrato?
—Ni idea —contestó Denth—. De esas cosas se encarga Joyas.
—¿Joyas?
—La tercera integrante del grupo —dijo Tonk Fah—. Está haciendo cosas de Joyas.
Vivenna frunció el ceño.
—¿Cuántos sois?
—Solo tres —respondió Denth.
—A menos que cuentes las mascotas —puntualizó Tonk Fah, equilibrando al pájaro sobre su pie.
—Volverá dentro de poco —dijo Denth—. Se pasó anoche por aquí, pero estabas dormida. De todas formas, sé que nos quedan al menos unos meses de contrato, y nos pagaron la mitad por adelantado. Aunque decidas no pagar el resto, seguro que te debemos unas semanas más.
Tonk Fah asintió.
—Así que si hay alguien a quien quieras matar, ahora es el momento.
Vivenna se quedó mirándolo y Tonk Fah soltó una risita.
—Vas a tener que acostumbrarte a nuestro terrible sentido del humor, princesa —dijo Denth—. Suponiendo, claro, que quieras que sigamos contigo.
—Ya he dado a entender que os quiero conmigo —dijo ella.
—Muy bien —respondió Denth—. Pero ¿qué vas a hacer con nosotros? ¿Por qué has venido a la ciudad?
Vivenna no respondió inmediatamente. «No tiene sentido callarme —pensó—. Ya saben el secreto más peligroso: mi identidad».
—He venido a rescatar a mi hermana —dijo—. A sacarla del palacio del rey-dios y encargarme de que regrese a Idris sana y salva.
Los mercenarios guardaron silencio. Al cabo de un tiempo, Tonk Fah silbó.
—Ambiciosa —comentó mientras su loro imitaba el silbido.
—Bueno, es princesa —dijo Denth—. Tienden a serlo.
—Siri no está preparada para lidiar con Hallandren —afirmó Vivenna, inclinándose hacia delante—.
Mi padre la envió en mi lugar, pero no soporto la idea de que tenga que servir como esposa del rey-dios.
Por desgracia, si la cogemos y nos marchamos sin más, Hallandren probablemente atacará mi país.
Tenemos que hacerla desaparecer de un modo que no pueda atribuirse a mi pueblo.
Si es necesario, podemos cambiarme por mi hermana.
Denth se rascó la barba.
—¿Y bien? —preguntó Vivenna.
—Queda un poquito fuera de nuestra especialidad —dijo Denth.
—Lo nuestro normalmente es dar tundas —dijo Tonk Fah.
Denth asintió.
—O, como mínimo, impedir que la gente reciba tundas. Lemex nos contrató en parte como guardaespaldas.
—¿Por qué no pidió unos cuantos soldados idrianos para que lo protegieran?
Denth y Tonk Fah cruzaron la mirada.
—¿Cómo expresarlo con delicadeza? —argumentó Denth—. Princesa, tu Lemex estaba malversando dinero del rey para gastárselo en aliento.
—¡Lemex era un patriota! —replicó Vivenna de inmediato.
—Puede que sí —respondió Denth—. Pero ni los buenos sacerdotes se guardan de sisar alguna moneda del cepillo aquí y allá, por así decirlo. Creo que Lemex pensó que sería mejor tener músculo extranjero, en vez de soldados leales a tu reino, para su protección.
Vivenna calló. Le seguía costando imaginar que el hombre reflexivo, astuto y apasionado que aparecía en las cartas de Lemex fuera un ladrón. Sin embargo, también era difícil imaginar a Lemex conteniendo tanto aliento como obviamente había poseído.
Pero ¿malversar? ¿Robar a la mismísima Idris?
—Siendo mercenario se aprenden cosas —dijo Denth, acomodándose con las manos detrás de la cabeza—. Luchas contra un montón de gente, y te das cuenta de que empiezas a comprenderlos. Sobrevives a base de anticiparte a ellos. El caso es que la gente no es simple. Ni siquiera los idrianos.
—Aburridos, sí —añadió Tonk Fah—, pero no simples.