El aliento de los dioses Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

¿Por qué parecía que cuanto más demostraba ser un idiota, más se convencía la gente de que tenía algún tipo de profundidad oculta?

Por implicación, lo llamaban mentiroso con la misma frase en la que halagaban su supuesta virtud interior.

¿No comprendía nadie que un hombre podía ser al mismo tiempo agradable e inútil?

No todos los idiotas de lengua vivaz eran héroes disfrazados.

Su sentido vital lo alertó del regreso de Llarimar mucho antes de que lo hiciera el sonido de sus pasos. El sacerdote llegó hasta la pared junto a él. Llarimar apoyó los brazos en la barandilla, que, al estar construida para un dios, era un palmo y medio demasiado alta para el sacerdote

—Se han ido —dijo.

—Ah, muy bien —contestó Sondeluz—. Creo que hemos conseguido algo hoy.

He huido de mis responsabilidades, les he gritado a mis sirvientes y me he quedado plantado lloriqueando.

Sin duda, esto convencerá a todo el mudo de que soy aún más noble y honorable de lo que creían.

Mañana habrá el doble de peticiones, y yo continuaré mi inexorable marcha hacia la locura total.

—No podéis volveros loco —dijo Llarimar en voz baja—. Es imposible.

—Claro que puedo —replicó Sondeluz—. Solo tengo que concentrarme el tiempo suficiente. Verás, lo grandioso que tiene la locura es que está toda dentro de tu cabeza.

El sacerdote negó con la cabeza.

—Veo que habéis vuelto a vuestro humor normal.

—Veloz, me ofendes. Mi humor es cualquier cosa menos normal.

Permanecieron en silencio unos minutos. Llarimar no hizo ningún comentario ni reprendió las acciones de su dios. Como el buen sacerdote que era.

Eso hizo que a Sondeluz se le ocurriera una cosa.

—Veloz, eres mi sumo sacerdote.

—Sí, divina gracia.

Sondeluz suspiró.

—Tendrías que prestar atención a los pies que te doy, Veloz. Ahí tocaba que dijeras algo ingenioso.

—Mis disculpas, divina gracia.

—Inténtalo con más ganas la próxima vez. En todo caso, tú sabes de teología y esas cosas, ¿correcto?

—He estudiado lo mío, divina gracia.

—Bien, pues ¿qué sentido tiene, en términos religiosos, tener a dioses que solo pueden sanar a una persona y entonces mueren? Me parece contraproducente. Es una forma perfecta de despoblar el panteón.

Llarimar se inclinó y contempló la ciudad.

—Es complicado, divina gracia. Los retornados no son solo dioses: son hombres que murieron, pero decidieron regresar a ofrecer bendiciones y conocimiento. A fin de cuentas, solo alguien que ha muerto puede tener algo útil que decir sobre el más allá.

—Cierto, supongo.

—El caso es, divina gracia, que los retornados no están aquí para quedarse. Extendemos sus vidas y les damos tiempo adicional para que nos bendigan. Pero, en realidad, se supone que solo deben permanecer vivos el tiempo necesario para hacer lo que les corresponde.

—¿Lo que les corresponde? —preguntó Sondeluz—. Suena un poco vago.

Llarimar se encogió de hombros.

—Los retornados tienen… objetivos. Finalidades que son suyas propias.

Vos conocíais los vuestros antes de decidir volver, pero el proceso de saltar a través de la Ola Iridiscente fragmenta la memoria.

Con tiempo suficiente, recordaréis lo que habéis venido a hacer.

Las peticiones… son una forma de ayudaros a recordar.

—¿Así que he vuelto para salvar la vida de una persona?

Sondeluz frunció el ceño al decirlo, pero estaba avergonzado. En sus cinco años, había pasado poco tiempo estudiando su propia teología. Pero en fin, para eso estaban los sumos sacerdotes.

—No necesariamente, divina gracia —respondió Llarimar—.

Puede que hayáis vuelto para salvar a una persona.

Pero lo más probable es que haya información sobre el futuro o la otra vida que consideraseis necesario compartir.

O tal vez haya algún gran evento en el que creyerais que debéis participar.

Recordad, fue el heroísmo de vuestra muerte lo que os dio el poder de retornar.

Lo que hayáis de hacer tal vez esté relacionado de algún modo con eso.

—Llarimar bajó el tono de voz y se le perdió un poco la mirada.

»Visteis algo, Sondeluz. Al otro lado, el futuro es visible, como un pergamino que se extiende hacia los eternos armónicos del Cosmere.

Algo que visteis, algo acerca del futuro, os preocupó.

En vez de permanecer en paz, aprovechasteis la oportunidad que os concedió vuestra valiente muerte y retornasteis al mundo, decidido a solucionar un problema, compartir información o ayudar a quienes seguían con vida.

»Algún día, cuando sintáis que habéis cumplido vuestra tarea, podréis usar las peticiones para encontrar a alguien que merezca vuestro aliento.

Entonces podréis continuar vuestro viaje por la Ola Iridiscente.

Nuestro trabajo, como seguidores vuestros, es proporcionaros aliento y manteneros con vida hasta que podáis cumplir ese objetivo, sea cual sea.

Mientras tanto, rezamos en busca de augurios y bendiciones, que solo puede vislumbrar alguien que, como vos, ha tocado el futuro.

Sondeluz no respondió de inmediato.

—¿Y si no creo?

—¿En qué, divina gracia?

—En nada de todo esto —dijo Sondeluz—. Que los retornados sean dioses, que estas visiones sean algo más que inventos aleatorios de mi cerebro. ¿Y si no creo que haya ningún propósito ni plan en retornar?

—Entonces tal vez sea eso lo que habéis venido a descubrir.

—Entonces… espera. ¿Estás diciendo que en el otro lado, en el que obviamente yo creía cuando estaba allí, me di cuenta de que si retornaba no creería en el otro lado, así que volví con el propósito de descubrir la fe en el otro lado, que solo perdí precisamente porque retorné en un principio?

Llarimar calló un momento. Luego sonrió.

—Eso último no aguanta bien del todo un escrutinio lógico, ¿verdad?

—No mucho, no —dijo Sondeluz, sonriendo también. Se dio la vuelta y sus ojos dieron con el palacio del rey-dios, que se alzaba como un monumento sobre las otras estructuras de la corte—. ¿Qué piensas de ella?

—¿De la nueva reina? No la he visto, divina gracia. No será presentada hasta mañana.

—No me refiero a la persona, sino a las implicaciones.

Llarimar lo miró.

—¡Divina gracia, eso huele a interés en la política!

—Bla, bla, sí, lo sé. Sondeluz es un hipócrita. Haré penitencia por ello más tarde. Ahora responde a la dichosa pregunta.

Llarimar sonrió.

—No sé qué pensar de ella, divina gracia. La corte de hace veinte años creía que traer aquí a una heredera de la realeza era buena idea.

«Ya —se dijo Sondeluz—. Pero esa corte ya no existe».

Los dioses supusieron que les convenía volver a unir el linaje real con la dinastía actual de Hallandren.

Pero esos dioses, los que creían saber cómo manejar la llegada de la muchacha de Idris, estaban muertos. Habían dejado sustitutos inferiores.

Si lo que Llarimar decía era verdad, entonces había algo importante en las cosas que veía Sondeluz.

Aquellas visiones de guerra, y la terrible sensación de amenaza.

Por motivos que no podía explicar, le daba la impresión de que su pueblo se precipitaba de cabeza por una pendiente, completamente ignorante del abismo oculto en la hendidura de las tierras que tenía al frente.

—La Asamblea de la Corte se reúne al completo en juicio mañana, ¿no? —preguntó Sondeluz, todavía mirando el palacio negro.

—Sí, divina gracia.

—Contacta con Tejesonrojos. Mira a ver si puedo compartir palco con ella durante los juicios. Tal vez me entretenga. Ya sabes el dolor de cabeza que me produce la política.

—No os puede doler la cabeza, divina gracia.

En la distancia, Sondeluz alcanzaba a ver a los peticionarios rechazados saliendo por las puertas, de regreso a la ciudad, dejando a sus dioses atrás.

—Cualquiera lo diría —murmuró.

Siri estaba de pie en el dormitorio negro, vestida con su camisola, mirando por la ventana.

La planta del palacio del rey-dios donde pasaba la mayor parte del tiempo estaba ubicada en la amplia sección de la torre que se alzaba por encima de la muralla, y el dormitorio tenía vistas al mar por el este.

Siri contempló las olas lejanas, sintiendo el calor del sol vespertino.

Aunque llevaba solo la fina ropa interior, la calidez era agradable, atemperada por una fresca brisa que soplaba desde el océano.

El viento agitaba su largo cabello, hacía aletear el tejido de su ropa.

Debería estar muerta. Le había dirigido la palabra directamente al rey-dios, se había incorporado y le había hecho una exigencia. Había pasado toda la mañana esperando el castigo. No había llegado.

Se apoyó en el alféizar, cruzando los brazos sobre la piedra, y cerró los ojos para sentir la brisa del mar.

Una parte de ella aún estaba sorprendida por lo que había hecho.

Esa parte se hacía cada vez más pequeña.

«He estado interpretando mal las cosas aquí —pensó—.

Me he dejado dirigir por mis miedos y mis preocupaciones».

Normalmente, no perdía el tiempo con miedos y preocupaciones.

Solo hacía lo que le parecía correcto. Empezaba a sentir que debería haberse enfrentado al rey-dios hacía días.

Tal vez no estaba siendo lo bastante cautelosa.

Quizá el castigo aún llegaría. Sin embargo, por el momento, sentía que había conseguido algo.

Sonrió, abrió los ojos y dejó que su pelo cambiara a un decidido amarillo dorado.

Era hora de dejar de tener miedo.