Capítulo 12
l momento llegó. Al final, Sondeluz tuvo que escuchar las peticiones.
Era fastidioso, ya que la Celebración de la Boda aún estaba en marcha. El pueblo, sin embargo, necesitaba a sus dioses. Sondeluz sabía que no debería sentirse tan molesto.
Había pasado casi toda una semana libre por la festividad, a la que no habían asistido ni el novio ni la novia, y eso debería bastarle.
Lo único que tenía que hacer era pasarse unas pocas horas al día mirando obras de arte y escuchando las preocupaciones de la gente.
No era mucho, aunque le fuese desgastando la cordura.
Suspiró, reclinándose en su trono del salón de audiencias.
Llevaba un tocado bordado en la cabeza, a juego con una túnica suelta de color rojo y oro.
El atuendo se extendía sobre sus hombros y se retorcía por su cuerpo, adornado con flecos dorados.
Como toda su ropa, ponérsela era más complicado de lo que parecía.
«Si mis sirvientes me abandonaran de pronto —pensó divertido—, sería totalmente incapaz de vestirme».
Apoyó la cabeza en un puño, el codo en el reposabrazos del trono. Aquella sala de su palacio daba directamente al jardín; el mal tiempo era raro en Hallandren y una fresca brisa soplaba del mar, trayendo olor a salitre. Sondeluz cerró los ojos, inspirándola.
La noche anterior había vuelto a soñar con la guerra.
A Llarimar le había parecido particularmente significativo.
Sondeluz no podía evitar preocuparse. Todo el mundo decía que si estallaba la guerra, Hallandren vencería con facilidad.
Pero, si era el caso, ¿por qué él siempre soñaba con T’Telir ardiendo?
No con alguna lejana ciudad de Idris, sino con su propio hogar.
«No significa nada —se dijo—. Es solo una manifestación de mis propias preocupaciones».
—Siguiente petición, divina gracia —susurró Llarimar a su derecha.
Sondeluz suspiró, abriendo los ojos. Ambos lados de la sala estaban llenos de sacerdotes alineados, con sus capillejos y sus túnicas. ¿De dónde había sacado Sondeluz a tantos? ¿Necesitaba un dios tanta atención?
La fila de gente se extendía hasta el jardín.
Era un grupo apesadumbrado y triste, donde varios tosían por una enfermedad u otra.
«¡Cuántos son! —pensó mientras conducían a una mujer a la sala.
Llevaba ya más de una hora escuchando peticiones—.
Supongo que tendría que haberlo esperado. Ha pasado casi una semana».
—Veloz —dijo, volviéndose hacia su sacerdote—. Ve a decirle a esa gente de la cola que se siente en la hierba. No hay motivo para que estén de pie así. Esto podría tardar.
Llarimar vaciló. Estar de pie era, naturalmente, un signo de respeto. Sin embargo, asintió y envió a un sacerdote menor a transmitir el mensaje.
«¿Toda esta gente espera para verme? —pensó Sondeluz—. ¿Qué haría falta para convencerlos de que soy un inútil?». ¿Qué haría falta para que dejaran de acudir a él? Después de cinco años de peticiones, no estaba seguro en absoluto de poder soportar otros cinco.
La mujer que iba a hacer la nueva petición se acercó al trono. Llevaba un niño pequeño en brazos.
«Un niño no, por favor», pensó Sondeluz, haciendo una mueca mental.
—Grandísimo —dijo la mujer, cayendo de rodillas sobre la alfombra—. Dios de la valentía.
Sondeluz guardó silencio.
—Este es mi hijo, Halan —continuó la mujer, sosteniendo en alto al bebé.
Al acercarse al aura de Sondeluz, la mantita adquirió un agudo tono azul, a dos pasos y medio del puro.
Sondeluz vio claramente que el niño sufría una terrible enfermedad.
Había perdido tanto peso que su piel estaba marchita.
El aliento del bebé era tan débil que fluctuaba como una vela al quedarse sin pabilo.
Moriría antes de que terminara el día. Tal vez antes de que pasara una hora.
—Los sanadores dicen que tiene las fiebres letales —dijo la mujer—. Sé que va a morir.
El bebé hizo un sonido, una especie de tos, quizá lo más cercano que podía a un sollozo.
—Por favor, grandísimo —dijo la mujer. Se sorbió la nariz e inclinó la cabeza—. Oh, por favor. Era valiente, como vos. Mi aliento sería vuestro. Los alientos de toda mi familia. Servicio durante cien años, lo que sea. Por favor, curadlo.
Sondeluz cerró los ojos.
—Por favor —susurró la mujer.
—No puedo —dijo Sondeluz.
Silencio.
—No puedo —repitió él.
—Gracias, mi señor —musitó la mujer al cabo de un momento.
Sondeluz abrió los ojos para ver cómo se la llevaban, llorando en silencio, con el niño apretado contra su pecho. La gente que hacía cola vio cómo se marchaba, sus caras entristecidas y al mismo tiempo esperanzadas. Una peticionaria más había fracasado. Eso significaba que tendrían una oportunidad.
Una oportunidad para suplicarle a Sondeluz que se suicidase.
Sondeluz se levantó de pronto, se quitó el tocado y lo arrojó al suelo. Se marchó a zancadas y abrió una puerta al fondo de la sala. La puerta golpeó contra la pared mientras él cruzaba el umbral.
Los sirvientes y sacerdotes lo siguieron de inmediato. Se volvió hacia ellos.
—¡Marchaos! —exclamó, agitando una mano. Muchos pusieron cara de sorpresa, desacostumbrados a ningún tipo de contundencia por parte de su amo—. ¡Dejadme en paz! —gritó, alzándose sobre ellos.
Los colores de la habitación se avivaron en respuesta a su emoción, y los sirvientes retrocedieron, confundidos, saliendo a trompicones hacia la sala para luego cerrar la puerta.
Sondeluz se quedó solo. Apoyó una mano en la pared mientras intentaba controlar su respiración, la otra mano en la frente.
¿Por qué sudaba así? Había visto miles de peticiones, y muchas habían sido peores que la que acababa de presenciar.
Había enviado a la muerte a mujeres embarazadas, condenado a padres e hijos, consignado a los inocentes y los fieles a la miseria.
No había ningún motivo para reaccionar de esa forma. Podía soportarlo. En realidad era una nadería. Igual que absorber el aliento de una persona nueva cada semana. Un pequeño precio que pagar…
La puerta se abrió y alguien entró. Sondeluz no se volvió.
—¿Qué quieren de mí, Llarimar? —preguntó—. ¿De verdad creen que lo haré? ¿Sondeluz el Egoísta? ¿De verdad creen que daré mi vida por uno de ellos?
Llarimar guardó silencio unos instantes.
—Ofrecéis esperanza, divina gracia —dijo por fin—. Una última e improbable esperanza. La esperanza forma parte de la fe, parte del conocimiento de que algún día uno de vuestros seguidores sí que recibirá un milagro.
—¿Y si se equivocan? —replicó Sondeluz—. No tengo ningún deseo de morir. Soy un holgazán aficionado al lujo. La gente como yo no renuncia a la vida, aunque sean dioses.
Llarimar no respondió.
—Los buenos están ya todos muertos, Veloz. Calmavidente, Tonobrillante. Esos sí que eran dioses dispuestos a entregarse. Los demás somos unos egoístas. No se ha concedido ninguna petición en… ¿cuánto, tres años?
—Aproximadamente, divina gracia —dijo Llarimar en voz baja.
—¿Y por qué debería ser de otro modo? —repuso Sondeluz, con una risita—.
Quiero decir, tenemos que morir para curar a uno de ellos.
¿No te parece ridículo? ¿Qué clase de religión anima a sus miembros a venir a pedir la vida de su dios?
—Meneó la cabeza—. Es irónico. Somos dioses para ellos solo hasta que nos matan.
Y creo que hasta sé por qué los dioses ceden.
Es por estas peticiones, por estar ahí obligados a sentarnos día tras día, sabiendo que podríamos salvar a uno de ellos…
y que probablemente deberíamos hacerlo, porque en realidad nuestra vida no vale nada.
Eso vuelve loco a cualquiera. ¡Hasta puede empujarlo al suicidio!
—Sonrió, mirando a su sumo sacerdote—. Suicidio por manifestación divina. Qué dramático.
—¿Cancelo el resto de las peticiones, divina gracia? —propuso Llarimar, sin dar ninguna muestra de estar molesto por el estallido.
—Claro, ¿por qué no? —respondió Sondeluz, moviendo una mano—. Está claro que necesitan una lección de teología. Ya deberían saber qué inutilidad de dios soy. Que se marchen, diles que vuelvan mañana… suponiendo que sean tan necios como para hacerlo.
—Sí, divina gracia —dijo el sacerdote, inclinándose.
«¿Es que este hombre no se enfada nunca conmigo? —pensó Sondeluz—. ¡Él, más que nadie, debería saber que no soy una persona de fiar!».
Dio media vuelta y se marchó mientras Llarimar regresaba a la sala de las peticiones.
Ningún sirviente trató de seguirlo. Sondeluz cruzó las puertas de una habitación rojiza tras otra, hasta llegar a una escalera por la que subió al primer piso.
Esa planta estaba abierta por los cuatro lados, y en realidad no era más que un gran patio cubierto.
Se dirigió al fondo, al lado opuesto a la fila de gente.
La brisa era fuerte allí. La sintió tirando de su túnica, trayendo consigo aromas que habían viajado cientos de kilómetros, cruzado el océano, serpenteado entre las palmeras antes de entrar por fin en la Corte de los Dioses.
Permaneció allí largo rato, contemplando la ciudad y más allá el mar.
No tenía ningún deseo, a pesar de lo que decía a veces, de abandonar su cómodo hogar en la corte.
No era un hombre de junglas, sino de fiestas.
Pero a veces deseaba poder al menos querer ser algo más. Las palabras de Tejesonrojos todavía le pesaban. «Tendrás que posicionarte tarde o temprano, Sondeluz. Eres un dios para esta gente».
Lo era, quisiera o no. Eso era lo más frustrante. Había intentado con todas sus fuerzas ser inútil y superficial. Y, sin embargo, seguían acudiendo.
«Nos vendría bien tu confianza. Eres mejor de lo que tú mismo crees».