Capítulo 11 #2
Siri frunció el ceño y se volvió, pero Dedosazules esbozó una sonrisa falsa mientras cerraba la puerta.
«En nombre de Austre, ¿qué ha sido eso?», pensó ella, deteniéndose durante lo que seguramente fue demasiado tiempo a mirar la puerta. Al final, con un suspiro, se volvió. El fuego de costumbre chisporroteaba en la chimenea, pero más débil que otras veces.
Él estaba allí. Siri no necesitaba mirar para verlo.
Mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, advirtió que los colores del fuego, el azul, el naranja, incluso el negro, eran demasiado intensos, demasiado vibrantes .
Su vestido, de un brillante satén dorado, parecía arder con su propia luz interior.
Todo lo que era blanco, como algún encaje del vestido, se combaba un poco y desprendía un arcoíris de colores, como vistos a través de un prisma.
Una parte de ella deseó una habitación bien iluminada, donde pudiera experimentar la belleza total del biocroma.
Pero, naturalmente, eso no estaría bien. El aliento del rey-dios era una perversión. Se alimentaba de las almas de su pueblo, y los colores que evocaba eran a sus expensas.
Temblando, Siri desató los costados de su vestido y dejó que el atuendo cayera en piezas a su alrededor: las largas mangas quedaron libres, el corpiño se desprendió hacia delante, la falda y el vestido crujieron al precipitarse al suelo.
Siri completó el ritual deslizando las correas de su camisola por los hombros y dejándola caer junto al vestido.
Se libró de ambos dando un paso adelante y se inclinó para adoptar su postura de costumbre.
Su espalda se quejó, y Siri se preparó con pesadumbre para otra noche de incomodidad.
«Lo menos que podían hacer es asegurarse de que el fuego esté bien alimentado», pensó.
En aquel gran palacio de piedra hacía frío de noche, a pesar del clima tropical de Hallandren. Sobre todo si una estaba desnuda.
«Concéntrate en Dedosazules —pensó, tratando de distraerse—. ¿Qué quería decir con eso de que las cosas en palacio no son lo que parecen?».
¿Se refería al rey-dios y su capacidad de hacer que ejecutaran a Siri?
Pero ya tenía muy presente el poder del rey-dios.
¿Cómo olvidarlo, con él sentado a menos de cuatro metros, observándola desde las sombras?
No, no era eso. Dedosazules había considerado que tenía que hacerle aquella advertencia con disimulo, sin que nadie lo oyera.
«Procurad no bajar la guardia».
Aquello apestaba a política. Siri apretó los dientes. Si hubiera prestado más atención a sus tutores, ¿tal vez podría haber detectado significados más sutiles en la advertencia de Dedosazules?
«Como si necesitara más cosas confusas», pensó.
Si Dedosazules tenía algo que decirle, ¿por qué no lo había hecho?
A medida que pasaban los minutos, sus palabras dieron vueltas y más vueltas en la mente de Siri, como un durmiente inquieto, pero ella estaba demasiado incómoda y helada para llegar a ninguna conclusión. Lo cual la irritó incluso más.
Vivenna lo habría resuelto. Probablemente habría sabido por instinto por qué el rey-dios no había decidido acostarse con ella. Lo habría solucionado la primera noche.
Pero Siri era una incompetente. Se esforzaba muchísimo en hacer lo que habría hecho Vivenna: en ser la mejor esposa posible, en servir a Idris. En ser la mujer que todos esperaban que fuese.
Pero no lo era. No podía seguir con aquello.
Se sentía atrapada en el palacio. Lo único que conseguía de los sacerdotes era que le pusieran los ojos en blanco.
Ni siquiera podía tentar al rey-dios para que se acostara con ella.
Y ahora, para colmo, era muy posible que corriese peligro y ni siquiera comprendía por qué ni cómo.
En pocas palabras, se sentía absolutamente frustrada.
Gimiendo por el dolor de sus miembros, se incorporó en el suelo a oscuras y miró a la sombra del rincón.
—¿Quieres hacerlo de una vez, por favor? —estalló.
Silencio.
Siri sintió que su cabello se volvía de un terrible blanco hueso al comprender lo que había hecho. Se envaró y bajó los ojos, mientras el cansancio huía ante la llegada de una súbita ansiedad.
¿Cómo se le ocurría? El rey-dios podría llamar a sirvientes para que la ejecutaran.
De hecho, ni siquiera necesitaba llamar a nadie.
Podría hacer que su propio vestido cobrara vida, despertarlo para que la estrangulara.
Podría hacer que la alfombra se levantara y la asfixiara.
Probablemente podía hacerle caer el techo encima, sin moverse del asiento.
Siri esperó, respirando ansiosa, preparada para la furia y el castigo. Pero… no sucedió nada. Pasaron los minutos.
Finalmente, alzó la cabeza. El rey-dios se había movido y estaba sentado con la espalda más recta, mirándola desde su oscuro sillón junto a la cama. Ella vio la luz del fuego reflejada en sus ojos. No podía distinguir bien su cara, pero no parecía enfadado. Solo frío y distante.
Casi volvió a agachar la mirada, pero vaciló.
Si espetarle aquello no había provocado ninguna reacción, seguro que mirarlo tampoco lo haría.
Así que alzó la barbilla y lo miró a los ojos, sabiendo perfectamente que estaba cometiendo una locura.
Vivenna nunca lo habría provocado. Habría permanecido silenciosa y tranquila, o bien resolviendo el problema, o bien, si no había solución, arrodillándose cada noche hasta que su paciencia impresionara incluso al rey-dios de Hallandren.
Pero Siri no era Vivenna. Iba a tener que aceptar ese hecho.
El rey-dios continuó mirándola y ella notó que se ruborizaba. Se había arrodillado desnuda ante él seis noches seguidas, pero mirarlo a la cara sin ropa era más embarazoso. Con todo, no se arredró. Continuó arrodillada, observándolo, obligándose a mantenerse despierta.
Era difícil. Estaba cansada, y la posición era considerablemente más incómoda que estar postrada. Siguió mirando de todas formas, esperando, mientras pasaban las horas.
Al cabo de un tiempo, más o menos en el momento en que dejaba la habitación cada noche, el rey-dios se levantó. Siri se tensó, alerta. Pero él simplemente se dirigió a la puerta. Llamó con suavidad y la puerta se abrió, pues había criados esperando al otro lado. Salió y la puerta se cerró.
Siri esperó, inquieta. No llegó ningún soldado para arrestarla, ningún sacerdote para castigarla. Por fin, se acercó a la cama y se metió entre las mantas, agradeciendo su calor.
«La ira del rey-dios —pensó adormilada— es desde luego menos iracunda de lo que decían».
Y se quedó dormida.