El aliento de los dioses Capítulo 10
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Capítulo 10

ivenna notó que el pelo se le decoloraba al instante a un blanco inmaculado.

«¡Piensa! —se dijo—. ¡Te han formado en política! Estudiaste negociación de rehenes. Pero… ¿qué se hace cuando tú misma eres la rehén?».

De repente, los dos hombres estallaron en carcajadas. El hombretón dio varios golpes en la mesa con la mano, haciendo que su pájaro graznara.

—Lo siento, princesa —dijo Denth, el más delgado, sacudiendo la cabeza—. Era humor de mercenarios.

—A veces matamos, pero no asesinamos —añadió Tonk Fah—. Eso es cosa de asesinos.

—Asesinos —repitió Denth, alzando un dedo—. A esos sí que se los respeta. ¿Por qué será? En realidad solo son mercenarios con un nombre más bonito.

Vivenna parpadeó, luchando por dominar sus nervios.

—No habéis venido a matarme —dijo con voz tensa—. ¿Entonces solo vais a secuestrarme?

—Dioses, no —respondió Denth—. Eso es mal negocio. ¿Cómo se gana dinero así? Cada vez que secuestras a alguien que vale su rescate, molestas a gente mucho más poderosa que tú.

—Nunca enfades a la gente importante —sentenció Tonk Fah, y bostezó—. A no ser que te pague gente que sea aún más importante.

Denth asintió.

—Y eso sin tener en cuenta que hay que alimentar y cuidar a los cautivos, intercambiar notas de rescate y concertar los puntos de cita. Todo un quebradero de cabeza, créeme. Una forma horrorosa de ganar dinero.

Guardaron silencio. Vivenna apretó la palma de las manos contra la mesa para impedir que le temblaran. «Saben quién soy —se dijo, obligándose a pensar de manera lógica—. O bien me han reconocido, o bien…».

—Trabajáis para Lemex —dijo.

Denth sonrió de oreja a oreja.

—¿Lo ves, Tonk? Ya nos dijo que era lista.

—Supongo que por eso es princesa y nosotros solo mercenarios —respondió Tonk Fah.

Vivenna frunció el ceño. «¿Se están burlando de mí o qué?».

—¿Dónde está Lemex? ¿Por qué no ha venido él?

Denth volvió a sonreír y señaló con el mentón al mesonero, que estaba llevando a la mesa una gran olla de humeante guiso. Olía a especias picantes, y tenía flotando dentro lo que parecían pinzas de cangrejo. El hombre dejó un puñado de cucharas de madera sobre la mesa y luego se retiró.

Denth y Tonk Fah no pidieron permiso antes de empezar a comerse la comida de Vivenna.

—Tu amigo Lemex —dijo Denth, cogiendo una cuchara—, nuestro patrón, no anda muy bien de salud.

—Fiebres —dijo Tonk Fah entre cucharada y cucharada.

—Nos ha pedido que te llevemos con él —continuó Denth, tendiéndole un papel doblado con la mano izquierda mientras rompía una pinza de cangrejo con tres dedos de la otra.

Vivenna se encogió al ver cómo sorbía el contenido de la pinza.

«Princesa —rezaba el mensaje—. Por favor, confía en estos hombres.

Denth me ha servido bien durante una temporadita ya, y es leal, si es que puede llamarse leal a un mercenario.

Sus hombres y él han cobrado, y confío en que nos sea fiel mientras dure este contrato.

Ofrezco prueba de autenticidad con esta contraseña: máscara azul».

Estaba escrito con la letra de Lemex. Y, además, daba la contraseña correcta. No era «máscara azul», palabras puestas para despistar. La verdadera contraseña era usar la palabra «temporadita» en vez de «tiempo». Vivenna miró a Denth, que estaba sorbiendo el contenido de otra pinza.

—Ah, claro —dijo él, arrojando la cáscara—. Ahora viene la parte difícil. La princesa tiene que tomar una decisión. ¿Estamos diciéndole la verdad o la estamos engañando? ¿Hemos falsificado esa carta? ¿O tal vez hemos apresado al viejo espía y lo hemos torturado para obligarlo a escribirla?

—Podríamos traerte sus dedos como prueba de buena fe —dijo Tonk Fah—. ¿Ayudaría eso?

Vivenna alzó una ceja.

—¿Humor de mercenarios?

—Apenas se lo puede llamar humor —dijo Denth con un suspiro—. No solemos ser un colectivo muy listo. De lo contrario, habríamos elegido una profesión sin una tasa de mortalidad tan alta.

—Como la tuya, princesa —dijo Tonk—. Tu profesión tiene una buena esperanza de vida. Me he preguntado muchas veces si debería meterme a aprendiz de princesa.

Ella frunció el ceño mientras los dos hombres se echaban a reír. «Lemex no habría cedido a la tortura —pensó—. Está demasiado bien entrenado. Y, aunque lo hubiera hecho, no habría incluido la contraseña real y la falsa».

—Vamos —dijo, poniéndose en pie.

—Espera —replicó Tonk Fah, con la cuchara casi en la boca—. ¿Vamos a dejarnos lo que queda de comida?

Vivenna miró la sopa roja y sus flotantes miembros de crustáceos.

—Ya lo creo que sí.

Lemex tosió débilmente. Su anciano rostro estaba cubierto de sudor, la piel pegajosa y pálida, y de vez en cuando murmuraba entre delirios.

Vivenna estaba sentada en un taburete junto a su cama, con las manos en el regazo.

Los dos mercenarios esperaban con Parlin al fondo de la habitación.

La otra única persona presente era una enfermera de aire solemne, la misma mujer que había informado a Vivenna en voz baja de que no podía hacerse nada más.

Lemex estaba muriendo. Era improbable que sobreviviera a ese mismo día.

Era la primera vez que Vivenna veía el rostro del espía, aunque había mantenido con él una correspondencia abundante.

Su cara parecía… extraña. Vivenna sabía que Lemex era un hombre mayor; eso hacía de él un mejor espía, pues nadie buscaba espías entre los ancianos.

Pero no había esperado encontrarlo flaco como un palo, temblando y tosiendo.

Se suponía que era un caballero entrado en años, vivaz y de lengua incisiva. O así lo había imaginado ella.

Le daba la sensación de estar perdiendo a uno de sus amigos más íntimos, aunque en realidad nunca lo había conocido.

Con él perdía su refugio en Hallandren, su ventaja secreta.

Era quien tendría que haber hecho funcionar aquel temerario plan suyo.

El mentor habilidoso y tenaz con el que había contado.

Lemex volvió a toser. La enfermera miró a Vivenna.

—Su lucidez va y viene, mi señora. Esta misma mañana nos ha hablado de vos, pero ahora empeora cada vez más…

—Gracias —dijo Vivenna en voz baja—. Puedes retirarte.

La mujer hizo una reverencia y se marchó.

«Es el momento de actuar como una princesa», pensó Vivenna, poniéndose en pie para inclinarse sobre la cama.

—Lemex —dijo—, necesito que me transmitas tu conocimiento. ¿Cómo debo contactar con tus redes de espías? ¿Dónde están los otros agentes de Idris que hay en la ciudad? ¿Cuáles son las contraseñas que les harán escucharme?

Él tosió, la miró sin verla y susurró algo. Vivenna se acercó más.

—… nunca lo diré —dijo—. Podéis torturarme todo lo que queráis. No cederé.

Vivenna volvió a sentarse. La red de espías idrianos en Hallandren estaba organizada intencionadamente de manera muy libre.

Su padre conocía a todos los agentes del reino, pero Vivenna solo se había comunicado con Lemex, el líder y coordinador de la red.

Apretó los dientes y se inclinó de nuevo hacia delante.

Se sintió como una ladrona de tumbas cuando agitó a Lemex ligeramente.

—Lemex, mírame. No he venido a torturarte. Soy la princesa. Recibiste carta mía. Ahora acudo a tu presencia.

—No podréis engañarme —susurró el anciano—. Vuestra tortura no es nada. No cederé. No a vosotros.

Vivenna suspiró y apartó la mirada.

De repente Lemex se estremeció y una oleada de color barrió la cama, rebasó a Vivenna y palpitó sobre el suelo antes de desvanecerse. A su pesar, Vivenna reculó sorprendida.

Hubo otra oleada. No era color propiamente dicho. Era un latido de color aumentado, una ondulación que hizo que los tonos de la habitación destacaran más a su paso. El suelo, las sábanas, su propio vestido, todo cobró una vibrante viveza durante un segundo, antes de volver a los tonos originales.

—En nombre de Austre, ¿qué ha sido eso? —preguntó Vivenna.

—Aliento biocromático, princesa —dijo Denth mientras se erguía y se apoyaba en el marco de la puerta—. El viejo Lemex tiene un montón. Un par de centenares de alientos, calculo yo.

—Eso es imposible —replicó ella—. Es idriano. Nunca aceptaría aliento.

Denth lanzó una mirada a Tonk Fah, que estaba rascándole el cuello a su pájaro. El grueso soldado tan solo se encogió de hombros.

Otra oleada de color surgió de Lemex.

—Se está muriendo, princesa —dijo Denth—. Su aliento se vuelve irregular.

Vivenna clavó la mirada en Denth.

—No tiene…

Algo le agarró el brazo. Vivenna se sobresaltó y miró a Lemex, que había conseguido extender la mano y cogerla. La estaba mirando a la cara.

—Princesa Vivenna —dijo, mostrando por fin lucidez en la mirada.

—Lemex —lo apremió ella—, tus contactos. ¡Tienes que dármelos!

—He hecho algo malo, princesa.

Ella se quedó muy quieta.

—Aliento, princesa —dijo el espía—. Lo heredé de mi predecesor y luego he comprado más. Mucho más…

«Dios de los Colores», pensó Vivenna, sintiendo la repulsión en el estómago.

—Sé que estuvo mal —susurró Lemex—. Pero…

me sentía tan poderoso… Podía hacer que el mismo polvo de la tierra obedeciera mi Mandato.

¡Fue por el bien de Idris! A la gente con aliento se la respeta aquí en Hallandren.

Podía ir a fiestas donde normalmente me habrían excluido.

Podía ir a la Corte de los Dioses cuando lo deseaba y oír la Asamblea de la Corte.

El aliento extendió mi vida, me hizo ágil a pesar de mi edad. Yo…

Parpadeó mientras su mirada se desenfocaba.

—Oh, Austre —susurró—. Me he condenado yo mismo. He ganado notoriedad abusando del alma de otros. Y ahora me estoy muriendo.

—¡Lemex! —exclamó Vivenna—. No pienses en eso ahora. ¡Nombres! Necesito nombres y contraseñas. ¡No me dejes sola!

—Condenado —susurró él—. Que alguien lo tome. ¡Por favor, que alguien se lo quede!

Vivenna trató de apartarse, pero él seguía agarrándola del brazo, y se estremeció pensando en el aliento que ostentaba el espía.