Capítulo 9 #2
Su padre había tomado su decisión. La mejor decisión para Idris.
Vivenna también había tomado la suya. Si iba a haber guerra, ella quería estar preparada para sacar a su hermana de la ciudad cuando se volviera peligrosa.
De hecho, pensaba que tenía que haber un modo de rescatar a Siri antes de que estallara la guerra, una manera de engañar a los hallandrenses, de hacerles creer que Siri había muerto.
Algo que salvara a su hermana sin provocar más hostilidades.
No era algo que su padre pudiera aceptar. Así que Vivenna no se lo había dicho. Era mejor que el rey pudiera negar su implicación si las cosas salían mal.
Avanzó calle abajo, con la vista fija en el suelo, cuidando de no llamar la atención.
Salir de Idris había sido sorprendentemente fácil.
¿Quién sospecharía una jugada tan osada por parte de Vivenna, que siempre había sido perfecta?
Nadie le preguntó nada cuando pidió comida y suministros, explicando que quería disponer de raciones de emergencia.
Nadie cuestionó que propusiera una expedición a los picos más altos para recoger unas valiosas raíces, como excusa para disimular las primeras semanas de su desaparición.
Había sido muy fácil persuadir a Parlin.
Confiaba en ella, quizá demasiado, y conocía a la perfección los caminos y senderos que conducían a Hallandren.
Parlin había llegado hasta las murallas de la ciudad en una expedición exploratoria hacía un año.
Con su ayuda, Vivenna había podido reclutar a unos cuantos amigos suyos, también hombres del bosque, para que la protegieran y formaran parte de su supuesta expedición.
Había enviado al resto de vuelta esa misma mañana.
Serían de poca utilidad en la ciudad, donde Vivenna ya había dispuesto que otro aliado la protegiera.
Los amigos de Parlin llevarían la noticia a su padre, quien para entonces ya se habría enterado de lo que había hecho su hija.
Antes de marcharse, Vivenna había encargado a su sirviente que le entregara una carta.
Al descontar los días, cayó en la cuenta de que su carta se entregaría esa misma noche.
No sabía cómo iba a reaccionar su padre.
Tal vez enviaría en secreto una partida de soldados para recuperarla.
Tal vez la dejaría en paz. En la carta le había advertido que, si veía a soldados de Idris buscándola, se limitaría a presentarse en la Corte de los Dioses, explicar que se había producido un error e intercambiarse por su hermana.
Esperaba de verdad no tener que hacerlo. El rey-dios no era de fiar y podía hacer cautiva a Vivenna y quedarse también con Siri, obteniendo así a dos princesas en vez de una para proporcionarle placer.
«No pienses en eso», se dijo, arrebujándose más en su chal a pesar del calor.
Era mejor buscar otro modo. El primer paso era encontrar a Lemex, el jefe de los espías de su padre en Hallandren.
Vivenna se había carteado con él en varias ocasiones.
Su padre quería que estuviera familiarizada con su mejor agente de inteligencia en T’Telir, y ahora su previsión actuaría en su contra.
Lemex conocía a Vivenna, y le habían dicho que obedeciera sus órdenes.
El día que su partida de Idris Vivenna había enviado una misiva al espía, que llegaría rápido a través de mensajero con recambio de caballos.
Suponiendo que el mensaje se hubiera entregado sin problemas, el espía se reuniría con ella en el restaurante acordado.
Su plan parecía bueno. Estaba preparada. ¿Por qué, entonces, se sentía tan aterrada cuando entró en el mercado?
Se detuvo callada como una roca en medio del arroyo de tráfico humano que inundaba la calle.
Era una extensión enorme, cubierta de tenderetes, corrales, edificios y gente.
Allí no había adoquines, solo arena y tierra con zonas de hierba aquí y allá, y la disposición de los edificios no parecía tener mucho orden ni concierto.
Las calles, arbitrarias, se habían trazado allá por donde a la gente le apetecía circular.
Los mercaderes vendían a voz en grito, los estandartes ondeaban al viento y los artistas pugnaban por llamar la atención. Era una orgía de color y movimiento.
—Caray —dijo Parlin en voz baja.
Vivenna se volvió, sacudiéndose su estupor.
—¿No acababas de estar aquí?
—Sí —dijo Parlin, con los ojos un poco nublosos—. Caray otra vez.
Ella negó con la cabeza.
—Vayamos al restaurante.
Él asintió.
—Por aquí.
Vivenna lo siguió, irritada. Aquello era Hallandren, de modo que no debería estar admirada.
Debería estar molesta. Pero aquello la abrumaba tanto que le resultaba difícil sentir algo más allá de una leve sensación de fastidio.
Nunca se había dado cuenta de cómo daba por normal la hermosa simpleza de Idris.
Agradeció la presencia familiar de Parlin a medida que la potente oleada de olores, sonidos e imágenes trataba de ahogarla.
En algunos lugares había tanta gente que tuvieron que abrirse paso a empujones.
En ocasiones, Vivenna se vio al borde del pánico, apretujada por cuerpos sucios y repulsivamente coloridos.
Por suerte, el restaurante no estaba demasiado lejos y llegaron justo cuando pensaba que los brutales excesos de aquel lugar iban a hacerla gritar.
El cartel de la entrada tenía la imagen de un barco navegando alegremente.
A juzgar por los olores que emanaban del interior, el barco representaba la especialidad del restaurante: el pescado.
Vivenna apenas fue capaz de controlar el asco.
Había comido pescado varias veces, mientras se preparaba para su vida en Hallandren. Nunca había llegado a gustarle.
Parlin entró, se hizo a un lado de inmediato y se agazapó, casi como un lobo, mientras dejaba que sus ojos se acostumbraran a la penumbra.
Vivenna le dio al encargado el nombre falso por el que Lemex sabía que debía llamarla.
El hombre miró a Parlin, se encogió de hombros y los condujo a una mesa situada al fondo del comedor.
Vivenna se sentó. A pesar de su formación, no estaba muy segura de qué se hacía en un restaurante.
Parecía significativo que esa clase de lugares pudieran existir en Hallandren, lugares donde se daba de comer no a los viajeros, sino a los lugareños que no se molestaban en preparar su propia comida y cenar en su propia casa.
Parlin no se sentó, sino que permaneció de pie junto a la silla de Vivenna, vigilando la sala. Parecía tan tenso como ella.
—Vivenna —dijo en voz baja, inclinándose—. Tu pelo.
Ella se sobresaltó al advertir que se le había aclarado tras la conmoción de abrirse paso entre la multitud. No se había vuelto blanco del todo, ya que Vivenna estaba demasiado bien entrenada para eso, pero sí se había hecho más claro, como si le hubiera caído talco encima.
Sintiendo un escalofrío de paranoia, volvió a colocarse el pañuelo sobre la cabeza y apartó el rostro cuando el mesonero se acercó para tomarles el pedido. En la mesa había garabateada una corta lista de comidas. Parlin por fin se sentó, desviando hacia sí la atención del mesonero.
«Puedes hacer esto mucho mejor —se reprendió Vivenna a sí misma—.
Llevas casi toda la vida estudiando Hallandren».
Su pelo se oscureció, volviendo al castaño habitual.
El cambio fue tan sutil que cualquier persona que hubiera estado mirando seguramente lo habría considerado un efecto de la luz.
Aun así, se dejó el pañuelo puesto, sintiéndose avergonzada.
¿Un paseo por el mercado y ya perdía el control?
«Piensa en Siri», se ordenó. Eso le dio fuerzas. Su misión era un acto improvisado, temerario incluso, pero era importante. Calmada de nuevo, volvió a quitarse el pañuelo y esperó mientras Parlin escogía un plato, un guiso de marisco, y el mesonero se alejaba.
—¿Y ahora qué? —preguntó Parlin.
—Esperaremos —dijo ella—. En la carta, le decía a Lemex que comprobara el restaurante todos los mediodías. Nos quedaremos aquí hasta que llegue.
Parlin asintió, algo nervioso.
—¿Qué ocurre? —preguntó Vivenna con calma.
Él miró hacia la puerta.
—No me fío de este sitio, Vivenna. Solo huelo cuerpos y especias, solo oigo el parloteo de la gente. No hay viento, ni árboles, ni ríos, solo… gente.
—Lo sé.
—Tengo que volver fuera.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Si no estás familiarizado con un sitio —explicó él, incómodo—, conviene que te familiarices cuanto antes.
Y no añadió más explicación. Vivenna sintió un aguijonazo de miedo ante la idea de quedarse sola. Pero no era apropiado obligar a Parlin a quedarse y asistirla.
—¿Prometes que estarás cerca?
Él asintió.
—Entonces ve.
Parlin se marchó del comedor. No caminaba como los hallandrenses: sus movimientos eran demasiado fluidos, demasiado similares a los de una bestia al acecho.
«Tal vez debería haberlo enviado de vuelta con los demás».
Pero la idea de quedarse completamente sola había sido demasiado.
Vivenna necesitaba a alguien que la ayudara a encontrar a Lemex.
Tal y como estaban las cosas, ya le parecía que corría un riesgo demasiado grande al entrar en la ciudad con un solo guardia, aunque fuera tan dotado como Parlin.
Pero estaba hecho. No tenía sentido preocuparse ya.
Se quedó allí sentada, con los brazos cruzados sobre la mesa, pensando.
Allá en Idris, su plan para salvar a Siri había parecido más sencillo.
Pero en esos momentos estaba percibiendo su auténtica naturaleza.
De algún modo, tenía que entrar en la Corte de los Dioses y sacar de allí a su hermana.
¿Cómo podía conseguirse algo tan audaz? Sin duda, la Corte de los Dioses estaría bien vigilada.
«Lemex tendrá ideas —supuso—. No tenemos que hacer nada todavía. Voy a…».
Un hombre se sentó a su mesa. Vestido de manera menos colorida que la mayoría de los hallandrenses, llevaba un atuendo de cuero marrón en su mayor parte, aunque con un chaleco de seda roja encima.
No era Lemex. El espía era un hombre mayor, de unos cincuenta años.
Aquel desconocido tenía el rostro alargado y el pelo bien cuidado, y no pasaría de los treinta y cinco.
—Odio ser mercenario —dijo el hombre—. ¿Sabes por qué?
Aturdida, Vivenna se quedó muy quieta, con la boca entreabierta.
—Los prejuicios —continuó el hombre—. Todos los demás trabajan, piden que se les compense y la gente los respeta.
A los mercenarios no. Tenemos mala fama solo por hacer nuestro trabajo.
¿A cuántos trovadores les escupen por aceptar dinero del mayor postor?
¿A cuántos panaderos se hace sentir culpables por vender pasteles a un tipo y luego vender más de esos mismos pasteles al enemigo del tipo?
—La miró—. No. Solo al mercenario. Injusto, ¿no te parece?
—¿Quién… quién eres? —consiguió preguntar Vivenna por fin.
Dio un respingo cuando otro hombre se sentó al otro lado. El recién llegado, rechoncho, llevaba una porra sujeta a la espalda. Había un pintoresco pájaro posado en ella.
—Me llamo Denth —dijo el primer hombre, cogiendo la mano de Vivenna para estrecharla—. Y este es Tonk Fah.
—Encantado —dijo Tonk Fah, cogiendo también la mano de ella cuando Denth la soltó.
—Por desgracia, princesa —añadió Denth—, estamos aquí para matarte.