El aliento de los dioses Capítulo 9
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Capítulo 9

ivenna, primogénita de Dedelin, rey de Idris, contempló la grandiosa ciudad de T’Telir. Era el lugar más feo que había visto en su vida.

La gente vestida con llamativos colores se abría paso entre las calles abarrotadas, chillando, hablando, empujando, apestando, tosiendo y chocando unos contra otros.

Con su pelo aclarado a gris, Vivenna se arrebujó en su chal para seguir haciéndose pasar, de aquellas maneras, por una mujer mayor.

Había temido destacar. No tendría que haberse preocupado.

¿Quién podría destacar en semejante confusión?

Sin embargo, era mejor cubrirse las espaldas. Había llegado a T’Telir hacía apenas unas horas, con la intención de rescatar a su hermana, no de dejarse secuestrar.

Era un plan osado. Vivenna apenas podía creer que se le hubiera ocurrido a ella. Sin embargo, de las muchas cosas que sus tutores le habían enseñado, una destacaba en su mente: un líder era alguien que actuaba. Nadie más iba a ayudar a Siri, de modo que le correspondía a Vivenna hacerlo.

Sabía que carecía de experiencia. Esperaba que su conciencia de ello la ayudara a no ser demasiado temeraria, pero tenía la mejor educación y el mejor conocimiento político que su reino podía proporcionar, y gran parte de su formación se había centrado en la vida en Hallandren.

Como devota seguidora de Austre, había practicado toda la vida para evitar destacar.

Podría esconderse en una ciudad tan vasta y desorganizada como T’Telir.

Y desde luego que era vasta. Vivenna había memorizado mapas, pero no la habían preparado para las vistas, los sonidos, los olores y, sobre todo, los colores de la ciudad en día de mercado.

Incluso el ganado llevaba cintas brillantes.

Vivenna se encontraba a un lado de la calle, encorvada junto a un edificio cubierto de ondeantes estandartes.

Delante de ella, un pastor conducía un pequeño rebaño de ovejas hacia la plaza del mercado.

Estaban todas teñidas de colores distintos.

«Pero ¿no estropeará eso la lana?», pensó Vivenna con amargura.

Los diferentes colores en los animales le chirriaban tanto que tuvo que apartar la mirada.

«Pobre Siri —pensó—. Atrapada en medio de todo esto, encerrada en la Corte de los Dioses, probablemente tan obnubilada que apenas podrá pensar».

Vivenna había sido entrenada para tratar con los horrores de Hallandren.

Aunque los colores le daban náuseas, poseía la entereza suficiente para soportarlos. ¿Cómo se las apañaría la pequeña Siri?

Dio unas pataditas contra el suelo mientras esperaba junto al edificio, a la sombra de una gran estatua de piedra. «¿Dónde está ese hombre?», se preguntó. Parlin todavía no había regresado de su exploración.

No había nada que hacer sino esperar. Vivenna contempló la estatua, dedicada a los famosos D’Denir Celabrin.

La mayoría de las estatuas representaban a guerreros.

Se alzaban en todas las poses imaginables a lo largo y ancho de la ciudad, armados y a menudo ataviados con ropajes de colores.

Según sus lecciones, al pueblo de T’Telir le parecía un pasatiempo entretenido vestir a las estatuas.

Se decía que las primeras las encargó Dalapaz el Bendito, el retornado que se había hecho con el control de Hallandren al final de la Multiguerra.

El número de estatuas había ido en aumento cada año a medida que los retornados las iban pagando con un dinero que, naturalmente, procedía del mismo pueblo.

«Exceso y despilfarro», pensó Vivenna, negando con la cabeza.

Por fin advirtió que Parlin regresaba. Frunció el ceño al ver que llevaba un ridículo tocado en la cabeza, que recordaba un poco a un calcetín, aunque mucho más grande.

El brillante sombrero verde caía a un lado de su rostro cuadrado, y parecía muy fuera de lugar en contraste con sus ropas idrianas de viaje, de color marrón desgastado.

Alto, aunque no desgarbado, Parlin era solo unos años mayor que Vivenna.

Lo conocía de toda la vida: el hijo del general Yarda prácticamente se había criado en palacio.

Los últimos tiempos los había pasado en el bosque, vigilando la frontera con Hallandren o protegiendo uno de los pasos del norte.

—¿Parlin? —dijo ella mientras el joven se acercaba, cuidando de mantener su malestar apartado de su voz y su cabello—. ¿Qué es eso que llevas en la cabeza?

—Un sombrero —dijo él, conciso como siempre.

No era que fuese un maleducado; Vivenna sabía que, sencillamente, rara vez sentía la necesidad de explayarse.

—Ya veo que es un sombrero, Parlin. ¿De dónde lo has sacado?

—El hombre del mercado me ha dicho que son muy populares.

Vivenna suspiró. Había dudado en traer a Parlin a la ciudad. Era un buen hombre, más firme y fiable que nadie, pero su existencia había consistido en vivir en el bosque y proteger puestos aislados. Aquella ciudad probablemente le resultaba abrumadora.

—Pues es un sombrero ridículo, Parlin —dijo Vivenna, con el pelo controlado para mantener a raya el rojo—. Y te hace destacar.

Parlin se quitó el sombrero y se lo guardó en el bolsillo.

Sin decir nada más, dio media vuelta y contempló las multitudes pasar.

Parecían ponerlo tan nervioso como a Vivenna.

Tal vez aún más. Sin embargo, ella se alegraba de tenerlo.

Era una de las pocas personas que confiaba en que no la delatarían ante su padre, porque sabía que ella le gustaba a Parlin.

Durante su juventud, a menudo le traía regalos del bosque.

Normalmente, algún animal que había matado.

Para Parlin, nada mostraba mejor el afecto que un trozo de algo muerto y sangrante en la mesa.

—Este lugar es extraño —dijo él—. Aquí la gente se mueve en rebaño.

Sus ojos siguieron a una bonita chica hallandrense. Como la mayoría de las mujeres de T’Telir, la muy desvergonzada apenas llevaba nada encima. Blusas abiertas hasta bastante por debajo del cuello, faldas por encima de la rodilla… algunas mujeres incluso llevaban pantalones, como los hombres.

—¿Qué has descubierto en el mercado? —preguntó Vivenna, recuperando su atención.

—Que aquí hay un montón de idrianos.

—¿Cómo? —exclamó Vivenna, descuidándose y mostrando su sorpresa.

—Idrianos —repitió Parlin—. En el mercado. Algunos comerciaban, pero muchos parecían trabajadores corrientes. Los he observado.

Ella frunció el ceño y se cruzó de brazos.

—¿Y el restaurante? —preguntó—. ¿Has explorado, como te pedí?

Él asintió.

—Parece limpio. Me parece muy raro que la gente coma cosas preparadas por desconocidos.

—¿Has visto a alguien sospechoso allí?

—¿Qué se consideraría sospechoso en esta ciudad?

—No lo sé. Eres tú quien ha insistido en adelantarse a explorar.

—Siempre es buena idea cuando se va de caza. Así es menos probable espantar a los animales.

—Por desgracia, Parlin —dijo Vivenna—, las personas no son como los animales.

—Soy consciente de ello —respondió él—. Los animales tienen sentido.

Vivenna suspiró. Pero también advirtió que Parlin tenía razón al menos en una cosa.

Divisó a un grupo de idrianos que caminaban por la calle, uno tirando de un carro que probablemente había contenido mercancías.

Eran fáciles de distinguir por su ropa apagada y el leve acento de su voz.

Le sorprendió que vinieran tan lejos a comerciar.

Pero era cierto que el comercio no estaba muy boyante en Idris últimamente.

Reacia, cerró los ojos y, usando el chal para ocultar la transformación, cambió su pelo de gris a castaño. Si había otros idrianos en la ciudad, era improbable que ella destacara. Tratar de fingir que era una anciana sería más sospechoso que no hacerlo.

Le seguía pareciendo peligroso estar así de expuesta. En Bevalis, la habrían reconocido al instante. Por supuesto, Bevalis solo tenía unos pocos miles de habitantes. La escala enormemente superior de T’Telir requeriría un ajuste consciente.

Le hizo un gesto a Parlin y, apretando los dientes, se unió a la multitud en dirección a la plaza del mercado.

El mar Interior era lo que lo cambiaba todo.

T’Telir era un puerto principal y los tintes que vendía, hechos con las lágrimas de Edgli, una flor autóctona, lo convertían en un núcleo comercial.

Vivenna veía las pruebas a su alrededor.

Sedas y ropas exóticas. Mercaderes de piel marrón de Tedradel con sus largas barbas negras sujetas en forma de cilindro con cordeles de cuero.

Alimentos frescos de las ciudades costeras.

En Idris, la población apenas se esparcía por las granjas y montañas.

En Hallandren, un país que controlaba más de un tercio de la costa del mar Interior, las cosas eran distintas. Podían florecer. Medrar.

Volverse extravagantes.

Distinguió en la lejanía la llanura donde se alzaba la Corte de los Dioses, el lugar más profano bajo los coloridos ojos de Austre.

Entre sus muros, dentro del terrible palacio del rey-dios, Siri estaba cautiva, prisionera del propio Susebron.

Siguiendo la lógica, Vivenna comprendía la decisión de su padre.

En crudos términos políticos, Vivenna era más valiosa para Idris.

Si la guerra era segura, tenía sentido enviar a la hija menos útil como táctica dilatoria.

Pero a Vivenna le resultaba difícil pensar en Siri como «menos útil».

Era caprichosa, pero también la que sonreía cuando los demás estaban deprimidos, la que traía regalos cuando nadie los esperaba.

Era irritante, pero también inocente. Era la hermana pequeña de Vivenna. Alguien tenía que cuidar de ella.

El rey-dios exigiría un heredero. Ese tendría que haber sido el deber de Vivenna, su sacrificio por su pueblo. Ella estaba preparada y dispuesta. Le parecía fatal que Siri tuviera que pasar por algo tan terrible.