El aliento de los dioses Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—¡Salir de la ciudad! ¡Receptáculo, no podéis abandonar la Corte de los Dioses!

—¿Cómo?

—Quizá vos no seáis ninguna diosa —respondió Dedosazules—, pero sois la esposa del rey-dios. Sería demasiado peligroso dejaros salir. Pero no os preocupéis: podéis pedir todo lo que queráis, cualquier cosa, y se os proporcionará.

«Excepto la libertad», pensó ella, sintiendo una leve náusea.

—Os aseguro que cuando la Celebración de la Boda acabe, tendréis pocas cosas de las que quejaros. Todo lo que pudierais desear está aquí, todo tipo de capricho, todo lujo, toda diversión.

Siri asintió, aturdida, todavía sintiéndose atrapada.

—Además —dijo Dedosazules, alzando una yema manchada de tinta—, si lo deseáis, la Asamblea de la Corte se reúne para decidir cuestiones atinentes al pueblo.

La asamblea solo se reúne al completo en ocasiones importantes, aunque diariamente se celebran juicios menores.

Vos no formaréis parte de la asamblea, naturalmente, pero se os permitirá asistir cuando terminen las festividades.

Si nada de esto os place, podéis pedir la compañía de algún artista del sacerdocio del rey-dios.

Sus sacerdotes incluyen artistas devotos y habilidosos en todos los géneros: música, pintura, danza, poesía, escultura, títeres, teatro, pintura de arena, o cualquiera de los géneros menores.

Siri parpadeó. «¡Dios de los Colores! —pensó—. ¡Incluso estar cruzada de brazos es todo un esfuerzo aquí!».

—Pero ¿estoy obligada a participar en algo de todo eso?

—No, no lo creo —contestó Dedosazules—. Receptáculo, no parecéis contenta.

—Eh…

¿Cómo podía explicarlo? Toda su vida, se había esperado de ella que fuese algo, y durante la mayor parte de ella Siri se había esforzado en no serlo.

Y eso ya quedaba atrás. No podía desobedecer, so pena de hacerse matar y meter a Idris en una guerra.

Por una vez, estaba dispuesta a servir, a intentar ser obediente.

Pero, irónicamente, no parecía tener nada que hacer. Excepto engendrar un hijo.

—Muy bien. —Suspiró—. ¿Dónde están mis aposentos? Iré a instalarme.

—¿Vuestros aposentos, receptáculo?

—Sí. Supongo que no residiré en esta alcoba.

—No —dijo Dedosazules, riendo—. ¿La sala de concepción? Pues claro que no.

—Entonces ¿dónde?

—Receptáculo, en cierto modo, todo este palacio es vuestro. No veo por qué necesitáis habitaciones específicas. Pedid de comer y vuestras criadas os traerán una mesa. Si deseáis descansar, os traerán un diván o una silla. Si queréis entretenimiento, os traerán actores.

De repente, las extrañas acciones de sus sirvientes, como traerle un montón de prendas para elegir y luego maquillarla y arreglarle el pelo allí mismo, cobraron sentido.

—Comprendo —dijo, casi para sí—. ¿Y los soldados que vinieron conmigo? ¿Hicieron lo que les ordené?

—Por supuesto —respondió Dedosazules—. Han partido esta mañana. Fue una decisión sabia, puesto que no son dedicados siervos de los Tonos y no se les habría permitido quedarse aquí en la corte. No podrían haberos proporcionado ningún otro servicio.

Siri asintió.

—Receptáculo, si me disculpáis…

Ella asintió, distraída, y Dedosazules se marchó, dejándola pensando en lo terriblemente sola que estaba. «No puedo obsesionarme con eso», decidió. Se volvió hacia una de las mujeres, una joven más o menos de su misma edad.

—Bueno, eso no ha aclarado mucho a qué dedicar mi tiempo, ¿verdad?

La criada se ruborizó en silencio, agachando la cabeza.

—O sea, parece que hay un montón de cosas que hacer —dijo Siri—. Tal vez demasiadas y todo.

La muchacha hizo otra inclinación.

«Esto va a terminar siendo muy molesto muy pronto», pensó Siri, apretando los dientes.

Una parte de ella quería hacer algo chocante para arrancarle una reacción a la chica, pero sabía que era una tontería.

De hecho, parecía que muchos de sus impulsos y reacciones naturales no iban a servirle de nada allí en Hallandren.

Así que, para evitar cometer una estupidez, Siri se levantó, decidida a examinar su nuevo hogar.

Salió de aquella estancia demasiado negra y se asomó al pasillo.

Se volvió hacia sus criadas, que formaban fila tras ella, obedientes.

—¿Hay algún lugar al que tenga prohibido ir? —preguntó.

La mujer a la que se había dirigido negó con la cabeza.

«Muy bien, pues —pensó—. Más vale que no acabe tropezando con el rey-dios en el cuarto de baño».

Cruzó el pasillo, abrió la puerta y entró en la habitación amarilla en que había estado el día anterior.

La silla y el banco que había utilizado ya no estaban, sustituidos por unos divanes amarillos.

Siri alzó una ceja y se encaminó hacia la habitación de las bañeras, al otro lado.

La bañera había desaparecido. Siri dio un respingo. La habitación era tal como recordaba, con los mismos rojos. Sin embargo, el suelo de losas en pendiente y las bañeras incrustadas ya no estaban. El conjunto completo debía de ser portátil, traído para su baño y retirado luego.

«De verdad pueden transformar cualquier habitación —pensó sorprendida—. Deben de tener almacenes llenos de muebles, bañeras y tapices, de todos los colores, esperando los caprichos de su dios».

Llena de curiosidad, dejó atrás la habitación ya sin bañeras y caminó sin un rumbo concreto.

Cada habitación parecía tener cuatro puertas, una en cada pared.

Algunas salas eran más grandes que otras.

Algunas tenían ventanas al exterior, otras estaban en medio del palacio.

Cada una era de un color, aunque seguía siendo difícil distinguirlas.

Habitaciones interminables, prístinas, con sus adornos siguiendo un único tema de color.

Pronto estuvo completamente perdida, pero eso no parecía importar.

Cada habitación era, en cierto modo, igual que cualquier otra.

Se volvió hacia las sirvientes.

—Me gustaría desayunar.

Sucedió mucho más rápido de lo que Siri habría creído posible.

Varias mujeres se marcharon y regresaron con un sillón tapizado de verde a juego con la habitación en la que estaba.

Siri se sentó a esperar mientras una mesa, sillas y finalmente comida aparecían como por ensalmo.

En menos de quince minutos, tenía servido un desayuno caliente.

Vacilante, cogió un tenedor y probó un bocado.

Solo entonces fue consciente de lo hambrienta que estaba.

El desayuno se componía sobre todo de salchichas acompañadas de verdura.

Los sabores eran más fuertes que en casa, pero, cuanto más probaba la comida picante de Hallandren, más descubrió que le gustaba.

Hambrienta o no, era extraño comer en silencio.

Siri estaba acostumbrada a hacerlo en las cocinas con el servicio o en la mesa con su padre, sus generales, y la gente o los monjes que el rey hubiera invitado ese día.

Nunca era una actividad silenciosa, mientras que allí en Hallandren, tierra de colores, sonidos y ostentación, se encontraba comiendo sola, callada, en una habitación que parecía sosa a pesar de sus brillantes adornos.

Las criadas la observaban. Ninguna le habló. Su silencio era supuestamente respetuoso, lo sabía, pero a Siri solo le resultó intimidatorio. Intentó varias veces entablar conversación, pero solo obtuvo respuestas breves.

Masticó una alcaparra picante. «¿Es así como va a ser mi vida a partir de ahora? —pensó—. ¿Pasar la noche sintiéndome medio utilizada, medio ignorada por mi esposo, y luego el día rodeada de gente y, sin embargo, de algún modo, sola?».

Se estremeció, perdido el apetito. Soltó el tenedor y la comida se fue enfriando poco a poco en la mesa. Siri la miró, y una parte de ella deseó haberse quedado en aquella cómoda y enorme cama negra.