El aliento de los dioses Capítulo 8
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Capítulo 8

iri gimió y se dio la vuelta. Le dolía la espalda, le dolían los brazos, le dolía la cabeza. De hecho, estaba tan incómoda que no podía dormir, a pesar del cansancio. Se incorporó, llevándose las manos a la cabeza.

Había pasado la noche entera en el suelo de la alcoba del rey-dios, dormitando… más o menos. El sol entraba en la habitación, reflejándose en el mármol de las partes del suelo que no estaban alfombradas.

«Alfombras negras —pensó, sentada sobre el arrugado vestido azul, que había utilizado como sábana y almohada—. Alfombras negras en un suelo negro con muebles negros. Estos hallandrenses desde luego saben cómo aprovechar un color».

El rey-dios no estaba en la habitación. Siri observó el enorme sillón de cuero negro en el que el monarca había pasado la mayor parte de la noche. No se había dado cuenta de su marcha.

Bostezó y se puso en pie, recogió la camisola de entre el montón de prendas arrugadas y se la puso. Se soltó el pelo, sacudiéndolo. Tendría que acostumbrarse a llevarlo tan largo. Le cayó por la espalda, de color rubio satisfecho.

De algún modo, Siri había sobrevivido intacta a la noche.

Se acercó descalza al sillón y pasó los dedos por el liso cuero.

No había sido muy respetuosa. Se había dormido.

Se había acurrucado, abrazada al vestido.

Incluso había mirado hacia el sillón varias veces, no por desafío o por desobediencia: simplemente tenía demasiado sueño para recordar que no podía mirar al rey-dios.

Y él no la había mandado ejecutar. Dedosazules la había asustado al decirle que el rey-dios era volátil y de temperamento irritable, pero, si ese era el caso, con ella se había contenido.

¿Y qué otra cosa iba a hacer? Los hallandrenses habían esperado décadas para conseguir que una princesa real de sangre real se desposara con su linaje de reyes-dioses.

Siri sonrió. «Al menos tengo cierto poder».

Él no podía matarla… no hasta que obtuviera lo que quería.

No era mucho, pero eso le dio un poco más de confianza.

Rodeó el asiento, advirtiendo su tamaño.

Todo en la habitación era un poco demasiado grande, distorsionando su perspectiva, haciéndola sentir más baja de lo que era.

Apoyó la mano en el reposabrazos y se preguntó por qué el rey-dios no había decidido tomarla.

¿Qué tenía ella de malo? ¿No era deseable?

«Serás boba —se reprendió, sacudiendo la cabeza y acercándose a la cama todavía intacta—. Pasaste la mayor parte del viaje preocupándote por lo que iba a suceder en tu noche de bodas, y cuando no pasa nada, ¿vas y te quejas?».

Siri sabía que no era libre. Él la tomaría tarde o temprano: ese era el motivo de todo aquel acuerdo. Pero la noche anterior no había sucedido. Siri sonrió, bostezando, y entonces se metió en la cama, se acurrucó bajo las mantas y se quedó dormida.

La siguiente vez que despertó fue mucho más agradable que la anterior.

Siri se desperezó, y entonces advirtió algo.

Su vestido, que había dejado amontonado en el suelo, ya no estaba.

Además, habían reavivado el fuego de la chimenea, aunque no entendió por qué.

El día era cálido, y mientras dormía había apartado las mantas con las piernas, quedándose en ropa interior.

«Se supone que he de quemar las sábanas —recordó—. Por eso han avivado el fuego».

Se incorporó, sola en la habitación negra. Las sirvientes y los sacerdotes no sabrían que Siri había pasado toda la noche en el suelo a menos que el rey-dios se lo contara a alguien. Pero ¿qué probabilidades había de que un hombre de su poder revelase detalles íntimos a sus sacerdotes?

Lentamente, Siri se levantó y retiró las sábanas.

Hizo una pelota con todo, se acercó a la chimenea y las arrojó al amplio hogar.

Contempló las llamas. Aún no sabía por qué el rey-dios la había dejado sola.

Hasta saberlo, sin duda sería mejor que todo el mundo creyera que el matrimonio se había consumado.

Después de que la ropa de cama hubiera terminado de arder, Siri escrutó la habitación, buscando algo que ponerse.

No encontró nada. Con un suspiro, se acercó hasta la puerta, vestida solo con ropa interior.

La abrió y dio un leve respingo. Fuera había más de veinte sirvientes de diversa edad, todas arrodilladas.

«¡Dios de los Colores! —pensó Siri—. ¿Cuánto tiempo llevan postradas ahí?». De repente, no le pareció tan indignante verse obligada a esperar al antojo del rey-dios.

Las mujeres se levantaron con la cabeza gacha y entraron en la habitación.

Siri retrocedió y ladeó la cabeza al advertir que algunas traían enormes cofres.

Iban vestidas de distinto color que el día anterior, aunque el corte era el mismo: faldas abiertas, como pantalones ondulantes, rematadas con blusas sin mangas y unas tocas que dejaban asomar el pelo por la espalda.

En vez de azul y plata, sus atuendos eran de color amarillo y cobre.

Las mujeres abrieron los cofres y sacaron las prendas que contenían. Todas eran de colores brillantes, y cada una de un corte distinto. Las extendieron en el suelo ante ella y luego volvieron a ponerse de rodillas, a la espera.

Siri vaciló. Era hija de un rey, así que nunca había tenido privaciones. Sin embargo, la vida en Idris era austera. Poseía cinco vestidos, un número casi extravagante. Uno era blanco, y los otros cuatro del mismo gris pálido.

Tener delante tantos colores y opciones era abrumador. Siri trató de imaginar cómo le quedaría cada uno. Muchos eran peligrosamente escotados, aún más que las blusas que llevaban las criadas… y eso era ya escandaloso para los criterios de Idris.

Al final, vacilante, Siri señaló un atuendo. Era un vestido de dos piezas, falda roja y blusa a juego. Las mujeres se levantaron, algunas para retirar los vestidos descartados, otras para quitarle con cuidado la ropa interior.

Siri quedó vestida en cuestión de pocos minutos.

Se sintió avergonzada al descubrir que, aunque las prendas le quedaban perfectas, la blusa estaba diseñada para mostrar el vientre.

Aun así, no era tan escotada como las otras, y la falda le llegaba hasta las pantorrillas.

El tejido de seda roja era más liviano que las lanas y el lino que estaba acostumbrada a usar.

La falda aleteaba y siseaba cuando se daba la vuelta, y Siri temió que se transparentara.

Al ponerse en pie, casi se sintió tan desnuda como durante la noche.

«Parece que aquí me quieren así a todas horas», pensó con sequedad mientras las sirvientes se retiraban.

Otras le acercaron un taburete y ella se sentó a esperar mientras le lavaban la cara y los brazos con un paño agradablemente cálido.

Cuando terminaron, volvieron a aplicarle maquillaje, la peinaron y le echaron un poco de perfume.

Cuando Siri abrió los ojos y vio el perfume formando una neblina a su alrededor, Dedosazules estaba allí.

—Ah, excelente —dijo. El criado lo acompañaba obediente, con tinta, pluma y papel—. Ya estáis levantada.

«¿Ya? —pensó Siri—. ¡Pero si debe de ser más de mediodía!».

Dedosazules la observó de arriba abajo, asintiendo, y luego miró la cama, sin duda comprobando que las sábanas hubieran sido destruidas.

—Bien —dijo—. Confío en que vuestras sirvientes hayan atendido vuestras necesidades, receptáculo.

Y empezó a retirarse, con el paso ansioso de un hombre que tenía demasiado que hacer.

—¡Esperad! —exclamó Siri, poniéndose en pie y apartando a varias criadas.

Él vaciló.

—¿Receptáculo?

Siri titubeó, insegura de cómo expresar lo que sentía.

—¿Sabéis… qué se supone que debo hacer?

—¿Hacer, receptáculo? ¿Queréis decir, con relación a…?

Dedosazules miró en dirección a la cama. Ella se ruborizó.

—No, eso no. Me refiero a mi tiempo. ¿Cuáles son mis deberes? ¿Qué se espera de mí?

—Que proporcionéis un heredero.

—Aparte de eso.

Dedosazules frunció el ceño.

—Bueno… para seros sincero, receptáculo, en realidad no lo sé. Debo decir que, desde luego, vuestra llegada ha causado cierto revuelo en la Corte de los Dioses.

«Y en mi vida también», pensó ella mientras su pelo se volvía rojo.

—No es que sea culpa vuestra, por supuesto —se apresuró a añadir Dedosazules—. Pero, por otra parte… bueno, habría preferido tener más tiempo para prepararme.

—¿Más tiempo? —replicó Siri—. ¡Pero si el matrimonio se acordó en tratado hace más de veinte años!

—Sí, bueno, pero nadie pensó… —Se interrumpió—. Ejem. Bueno, sea como sea, haremos todo lo que podamos para acomodaros en el palacio del rey.

«¿Qué pasa aquí? —pensó Siri—. ¿Nadie pensó… que el matrimonio fuera a celebrarse? ¿Por qué no? ¿Daban por hecho que Idris no cumpliría su parte del trato?».

De todas formas, él no había contestado a su pregunta.

—Bien, pero ¿qué se supone que debo hacer? —Se sentó de nuevo en el taburete—. ¿Tengo que quedarme mano sobre mano mirando la chimenea todo el día?

Dedosazules se echó a reír.

—¡Ay, Colores, no! ¡Mi señora, esta es la Corte de los Dioses! Encontraréis muchas cosas en que ocuparos. Cada día se permite la entrada de artistas que desplieguen sus talentos para sus deidades. Podéis ordenar que os traigan a cualquiera de ellos para una actuación privada.

—Ah. ¿Y podría, tal vez, salir a montar a caballo?

El hombre se frotó la barbilla.

—Supongo que podríamos traeros algunos caballos a la corte. Naturalmente, habrá que esperar a que termine la Celebración de la Boda.

—¿La Celebración de la Boda?

—Todavía… ¿no lo sabéis, pues? ¿No os prepararon para nada de esto?

Siri sintió que se ruborizaba una vez más.

—No pretendía ofenderos, receptáculo —añadió Dedosazules—. La Celebración de la Boda es un periodo de una semana en el que festejamos el matrimonio del rey-dios. Durante ese tiempo no podéis salir de palacio. Al final, seréis presentada oficialmente a la Corte de los Dioses.

—Ah. Y después de eso, ¿podré salir de la ciudad?