El aliento de los dioses Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

El concepto le pareció divertido y se echó hacia atrás, disfrutando de los fuegos artificiales. Sin embargo, pronto lo distrajo alguien más al acercarse. O, más bien, una alguien muy importante que conducía a un grupo de otros álguienes mucho menos importantes. Sondeluz dio otro sorbo a su bebida.

La recién llegada era hermosa. Se trataba de una diosa, al fin y al cabo.

Brillante pelo negro, piel pálida, cuerpo exuberante y curvilíneo.

Llevaba bastante menos ropa que Sondeluz, pero eso era típico de las diosas de la corte.

Su fino vestido de seda verde y plata estaba abierto por ambos lados, mostrando muslos y caderas, y el escote era tan bajo que dejaba muy poco a la imaginación.

Tejesonrojos la Hermosa, diosa de la sinceridad.

«Esto se pone interesante», pensó Sondeluz, sonriendo para sí.

La seguían unos treinta sirvientes, además de su suma sacerdotisa y otros seis sacerdotes menores.

Los maestros artificieros se emocionaron al advertir que habían pasado a tener no uno, sino dos observadores divinos.

Sus aprendices se movieron veloces y prepararon otra serie de chorros de fuego.

Un grupo de sirvientes de Tejesonrojos se adelantaron, cargando con un ornado diván que colocaron en la hierba junto a Sondeluz.

Tejesonrojos se tumbó con su esbelta elegancia de costumbre, cruzando sus piernas perfectas y apoyándose sobre el costado en una pose seductora sin dejar de ser refinada.

La orientación le permitía ver los fuegos artificiales si lo deseaba, pero su atención estaba claramente concentrada en Sondeluz.

—Mi querido Sondeluz —dijo mientras un criado se acercaba con un puñado de uvas—. ¿No vas a saludarme siquiera?

«Allá vamos», pensó él.

—Mi querida Tejesonrojos —dijo, haciendo a un lado la copa y entrecruzando los dedos—. ¿Por qué iba yo a cometer semejante grosería?

—¿Grosería? —repitió ella, divertida.

—En efecto. Obviamente haces un decidido esfuerzo por llamar la atención. Los detalles son magníficos, por cierto. ¿Eso que llevas en los muslos es maquillaje?

Ella sonrió y mordió una uva.

—Es un tipo de pintura. Los diseños son obra de algunos de los artistas de más talento de mi sacerdocio.

—Mi enhorabuena para ellos —respondió Sondeluz—. De todas formas, preguntas por qué no te saludo. Bueno, supongamos que hubiera actuado como estás sugiriendo que debería. Al aproximarte, ¿habrías querido que te alabara?

—Naturalmente.

—¿Habrías querido que mencionara lo espectacular que estás con ese vestido?

—No me quejaría.

—¿Subrayar cómo brillan tus deslumbrantes ojos como ascuas ardientes con los fuegos artificiales?

—Estaría bien.

—¿Declarar cómo tus labios son tan perfectamente rojos que podrían dejar a cualquier hombre sin aliento y, aun así, llevarlo a crear la poesía más brillante cada vez que recordara ese momento?

—Me sentiría halagada, en efecto.

—¿Y afirmas pretender de mí esas reacciones?

—Así es.

—Pues entonces, maldición, mujer —replicó Sondeluz, cogiendo de nuevo su copa—. Si estoy aturdido, deslumbrado y sin aliento, ¿cómo demonios quieres que te salude estando así de anonadado?

Ella se echó a reír.

—Bueno, salta a la vista que has encontrado la lengua.

—Por extraño que parezca, la tenía en la boca. Siempre se me olvida buscarla ahí.

—Pero ¿no es ahí donde tendría que estar?

—Querida —repuso él—, ¿no me conoces lo suficiente para saber que mi lengua, precisamente, rara vez hace lo que se espera que haga?

Tejesonrojos sonrió mientras los fuegos artificiales se disparaban de nuevo.

Dentro de las auras de dos dioses, los colores de las chispas se potenciaban a base de bien.

Al otro lado, algunas chispas cayeron al suelo lejos de las auras de aliento, y esas parecieron débiles y opacas en comparación, como si su fuego fuese tan frío e insignificante que pudieran recogerse con la mano y guardarse en el bolsillo.

La diosa apartó la mirada de la exhibición.

—¿Así que me encuentras hermosa?

—Por supuesto. Querida, sin duda exudas belleza. Formas literalmente parte de la definición de la palabra. Figura en alguna parte en tu título, si no me equivoco.

—Mi querido Sondeluz, creo que te estás burlando de mí.

—Nunca me burlo de una dama, Tejesonrojos —dijo él, levantando de nuevo su bebida—. Burlarse de una mujer es como beber demasiado vino. Puede que sea divertido al principio, pero la resaca es infernal.

Tejesonrojos calló un momento.

—Pero nosotros no tenemos resaca, ya que no podemos emborracharnos.

—¿No podemos? —preguntó Sondeluz—. Entonces ¿por qué diantres estoy bebiendo tanto vino?

Ella alzó una ceja.

—A veces, Sondeluz, no estoy segura de cuándo dices bobadas y cuándo hablas en serio.

—Bueno, con eso sí que puedo ayudarte —dijo él—. Si alguna vez concluyes que hablo en serio, es que le has dado demasiadas vueltas al asunto.

—Comprendo —asintió ella, y se giró en el diván para quedar bocabajo.

Se apoyó en los codos, con los pechos apretujados entre ambos, los fuegos artificiales reflejándose en su espalda desnuda y proyectando coloridas sombras entre sus omóplatos arqueados—.

Así que admites que soy hermosa y espectacular.

¿Te apetecería entonces retirarte de las festividades esta noche? ¿Dedicarte a… otros entretenimientos?

Sondeluz titubeó. Ser incapaces de procrear no impedía que los dioses buscaran intimidad, sobre todo con otros retornados.

De hecho, por lo que había visto él, la imposibilidad de tener descendencia solo aumentaba la laxitud de la corte en esos menesteres.

Muchos dioses tomaban amantes mortales; se sabía que Tejesonrojos tenía unos cuantos entre su clerecía.

Las relaciones con mortales no se consideraban infidelidades para los dioses.

Tejesonrojos se relajaba en el diván, flexible, tentadora. Sondeluz abrió la boca, pero en su mente vio… a ella. La mujer de su visión, la de sus sueños, el rostro que le había mencionado a Llarimar. ¿Quién era?

Probablemente, nada. Un destello de su vida anterior, o tal vez solo una imagen creada por su subconsciente. Quizá incluso, como decían los sacerdotes, algún tipo de símbolo profético. Ese rostro no debería hacerlo vacilar. No cuando tenía delante la perfección.

—Yo… debo rehusar —se descubrió diciendo—. Tengo que ver los fuegos artificiales.

—¿Son más fascinantes que yo?

—En absoluto. Simplemente, parece mucho más difícil que ellos me quemen.

Ella se echó a reír.

—Bueno, ¿y por qué no esperamos a que terminen y luego nos retiramos?

—Por desgracia —dijo Sondeluz—, sigo debiendo rehusar. Soy demasiado perezoso.

—¿Demasiado perezoso para el sexo? —preguntó Tejesonrojos, poniéndose otra vez de costado para mirarlo.

—Soy una persona bastante indolente. Un pésimo ejemplo de dios, como no paro de decirle a mi sumo sacerdote. Nadie parece creérselo, así que me temo que he de seguir esforzándome en demostrar que tengo razón. Retozar contigo, por desgracia, socavaría toda la base de mi argumento.

Ella negó con la cabeza.

—A veces me confundes, Sondeluz. Si no fuera por tu reputación, pensaría que eres tímido. ¿Cómo puedes haberte acostado con Calmavidente y no hacerme nunca ni caso a mí?

«Calmavidente fue la última retornada honorable que ha conocido esta ciudad —pensó Sondeluz, sorbiendo su bebida—. Ninguno de los que quedan tiene una brizna de su decencia. Yo incluido».

Tejesonrojos guardó silencio y contempló la última exhibición de los maestros artificieros. El espectáculo se había vuelto cada vez más florido, y Sondeluz estaba pensando en detenerlo, para que no agotaran todos los fuegos con él y no les quedara nada en caso de que otro dios los llamara.

Ella no hizo ningún ademán de regresar a su palacio, y Sondeluz no añadió nada más.

Sospechaba que Tejesonrojos no había acudido a él solamente para practicar la esgrima verbal, o ni siquiera para intentar acostarse con él.

Siempre tramaba algo. Sondeluz estaba convencido de que aquella mujer era más profunda de lo que sugería su vistosa superficie.

Su corazonada acabó por dar en el blanco. Tejesonrojos dejó de prestar atención a los fuegos artificiales y miró el oscuro palacio del rey-dios.

—Tenemos reina nueva.

—Ya me he dado cuenta —dijo Sondeluz—. Aunque reconozco que es solo porque me lo han recordado varias veces.

Guardaron silencio.

—¿No has pensado en el tema? —preguntó Tejesonrojos al cabo.

—Trato de evitar los pensamientos. Conducen a otros pensamientos y, si no vas con cuidado, esos otros pensamientos conducen a acciones. Las acciones cansan. Lo sé de buena tinta, gracias a alguien que una vez lo leyó en un libro.

La diosa suspiró.

—Evitas pensar, me evitas a mí, evitas esforzarte… ¿Hay algo que no evites?

—El desayuno.

Tejesonrojos no reaccionó, cosa que Sondeluz encontró decepcionante. Estaba absorta en el palacio del rey. Sondeluz solía tratar de ignorar el gran edificio negro: no le gustaba cómo parecía cernerse sobre él.

—Tal vez deberías hacer una excepción —dijo Tejesonrojos— y pensar un poco en esta situación concreta. La reina significa algo.

Él jugueteó con su copa entre los dedos.

Sabía que los sacerdotes de Tejesonrojos eran de los que más a favor se mostraban de la guerra en la Asamblea de la Corte.

No había olvidado su fantasmal pesadilla de antes, la visión de T’Telir ardiendo.

Esa imagen se negaba a borrarse de su mente.

Él nunca decía nada a favor o en contra de la guerra. No quería involucrarse.

—Ya habíamos tenido reinas —dijo por fin.

—Ninguna de linaje real —replicó Tejesonrojos—. Al menos, ninguna desde los días de Kalad el Usurpador.

Kalad. El hombre que había provocado la Multiguerra, el que había usado su conocimiento del aliento biocromático para crear un enorme ejército de sinvidas y hacerse con el poder en Hallandren.

Había protegido el reino con sus ejércitos y, sin embargo, también lo había destrozado al expulsar a la casa real a las tierras altas.

Ahora habían vuelto. O, al menos, lo había hecho una de ellos.

—Es un día peligroso, Sondeluz —dijo Tejesonrojos en voz baja—. ¿Qué sucederá si esa mujer engendra un hijo que no sea retornado?

—Imposible.

—¿Sí? ¿Tan seguro estás?

Él asintió.

—De los retornados, solo el rey-dios puede engendrar hijos, y siempre nacen muertos.

Ella negó con la cabeza.

—La única constancia que tenemos sobre eso proviene de los sacerdotes de palacio.

Pero he oído decir que hay… discrepancias en los archivos.

E, incluso dejándolas de lado, hay bastantes consideraciones más.

¿Por qué necesitamos a alguien de sangre real para «legitimar» nuestro trono?

¿No son suficientes trescientos de años de gobierno por parte de la Corte de los Dioses para que el reino ya sea legítimo por sí mismo?

Sondeluz no respondió.

—Este matrimonio implica que todavía aceptamos la autoridad real —añadió Tejesonrojos—. ¿Qué sucederá si ese rey de las tierras altas decide recuperar sus territorios? ¿Qué sucederá si esa reina nuestra tiene un hijo de otro hombre? ¿Quién será el heredero? ¿Quién gobernará?

—El rey-dios gobierna. Todo el mundo lo sabe.

—No gobernaba hace trescientos años —replicó ella—. Lo hacía la realeza. Luego lo hizo Kalad, y después Dalapaz. Los cambios pueden ser muy rápidos. Al invitar a esa mujer a nuestra ciudad, puede que hayamos dado comienzo al final del gobierno retornado en Hallandren.

Guardó silencio, pensativa. Sondeluz estudió a la bella diosa. Habían pasado quince años desde su retorno, cosa que la hacía vieja, para ser una retornada. Vieja, sabia e increíblemente artera.

Tejesonrojos le lanzó una mirada.

—No pienso dejarme pillar desprevenida, como hizo la realeza cuando Kalad se apoderó de su trono. Algunos estamos haciendo planes, Sondeluz. Puedes unirte a nosotros si lo deseas.

—Eso es política, querida —repuso él con un suspiro—. Ya sabes cuánto me repugna.

—Eres el dios de la valentía. Nos vendría bien tu confianza.

—Llegados a este punto, solo confío en que no os seré de ninguna utilidad.

El rostro de ella se envaró al intentar ocultar su frustración. Luego Tejesonrojos suspiró y se puso en pie, alardeando de su perfecta figura una vez más.

—Tendrás que posicionarte tarde o temprano, Sondeluz —dijo—. Eres un dios para esta gente.

—No por decisión propia, querida.

Ella sonrió, y luego se inclinó y lo besó suavemente.

—Plantéate mi propuesta. Eres mejor de lo que tú mismo crees. ¿Piensas que me ofrecería a cualquiera?

Él vaciló y luego frunció el ceño.

—La verdad es que… sí, lo pienso.

Ella rio y se dio la vuelta mientras sus sirvientes recogían su diván.

—¡Venga ya, hombre! Debe de haber como mínimo tres dioses a quienes no se me ocurriría dejar que me tocaran.

Disfruta de la fiesta y, en serio, trata de imaginar lo que le está haciendo nuestro rey a nuestro legado en sus aposentos ahora mismo.

—Se volvió a mirarlo—. Sobre todo si imaginarlo te recuerda lo que acabas de perderte.

Le hizo un guiño y se marchó.

Sondeluz se acomodó en su diván y despidió a los maestros artificieros con palabras de alabanza. Mientras los trovadores empezaban a cantar, trató de vaciar su mente tanto de las ominosas palabras de Tejesonrojos como de las visiones de guerra que habían invadido sus sueños.

No consiguió ninguna de las dos cosas.